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HISTORIA DE LA FILOSOFÍA                                             

ZEFERINO GONZÁLEZ (1831-1894)                                                        

Tomo I - Tomo II - Tomo III - Tomo IV                                                       

 

 

Historia de la Filosofía - Tomo II - Segunda época filosófica
La filosofía cristiana

§ 13 - SAN GREGORIO DE NISSA Y EL NAZIANCENO

Entre los Santos Padres de la Iglesia y escritores cristianos que florecieron en el cuarto siglo y parte del siguiente, los que más se ocuparon en materias filosóficas, fueron San Gregorio de Nissa y su homónimo el Nazianceno. Además de las verdades fundamentales de la Filosofía cristiana, enseñaron:

a) Que el hombre, a pesar de su pequeñez aparente o cosmológica, es superior a todos los cuerpos terrestres y celestes, a causa de su inteligencia y libertad.
 

 

     b) Que el alma racional informa, vivifica y anima al cuerpo humano en todas sus partes y de una manera indivisible, sin residir en alguna parte determinada del mismo. 

   c) Que esta alma comienza a existir al mismo tiempo que el cuerpo por ella informado, y no antes: Anima in Corpus divino condita flatu, immeat externe, escribe el Nazianceno, rechazando la teoría platónica acerca de la preexistencia de las almas (1), adoptada después por Orígenes.

El primero, o sea San Gregorio de Nissa, se ocupó con mayor detenimiento y con mayor sentido filosófico en el examen y resolución de las principales cuestiones pertenecientes a la teodicea y la psicología. El Obispo de Nissa, después de refutar el antropomorfismo en todas sus fases, aduce sólidas razones y argumentos para probar la existencia de Dios, su unidad, su perfección infinita, su omnipotencia, y al demostrar y exponer los demás atributos de la divinidad, insiste especialmente sobre su inmaterialidad absoluta, a la cual considera como fundamento o razón suficiente primitiva de la posibilidad y existencia de seres inmateriales y espirituales.

En orden al problema psicológico, Gregorio de Nissa comienza por enseñar que el alma humana debe su origen a la acción inmediata de Dios, o sea a la creación ex nihilo, y que esta creación no se verifica, ni antes de la formación del cuerpo, como pretendían los platónicos y origenistas, ni después de la formación perfecta de éste, sino en los primeros días de su organización en el vientre de la madre. Deben rechazarse, por lo tanto, como falsas las opiniones y teorías contrarias, y principalmente las que suponen que el alma del hijo es producida, o por el alma del padre, o por la acción mutua y combinación o choque de la acción del padre y de la madre, a la manera que el fuego es producido por la acción mutua o choque del hierro y el fuego: Alii demum hominem autumant.... facultatem animam generandi cum coitu habere: alii ex utraque parte maris et foeminae animam proseminari tradunt, quemadmodum cum lapis aliquis et ferrum collisa fuerint, ex inflammatione ignis gignitur.

Después de esto, y sin perjuicio de reconocer que la unión del alma con el cuerpo es cosa muy difícil de explicar y comprender (rationem quandam conjunctionis habet, quae explicari dicendo et intelligi cogitando non potest) en cuanto a su modo y naturaleza íntima, enseña terminantemente, no solamente la unidad esencial y substancial del hombre (cum unus et idem homo sit qui corpore et animo constat, unum esse communeque tribuendum ei dicimus) como persona, sino la unidad, o, digamos mejor, la unicidad del alma, afirmando explícitamente que las tres vidas o manifestaciones vitales que existen en el hombre con todas sus funciones (2), proceden de una sola y misma alma (unica quaedam est intelligens), que es el alma racional o inteligente. Como la correlación o la dependencia mutua de las diferentes facultades y funciones vitales es consecuencia natural de la unidad substancial y anímica, enseñadas por el Obispo de Nissa, éste afirma también la mutua dependencia y relación entre los sentidos y la inteligencia, la cual depende de aquellos parcialmente, según que no puede ejercer sus funciones propias sin la cooperación y acción de los sentidos: Neque facultas intelligens sine sensu actiones suas exercet.

La existencia y condiciones de la libertad humana son también objeto de las investigaciones del Obispo de Nissa, el cual considera esta libertad del hombre como la más importante y noble de sus prerrogativas, puesto que le confiere el poder de juzgar y elegir libremente, y le exime de la ley de la necesidad: Nulla necessitatis lege tenetur; sed judicio certo et liberrimo, quod vult, eligit.

La imparcialidad histórica nos obliga, sin embargo, a observar que la mente del Nisseno no estaba libre de contradicciones, o al menos de vacilaciones, en el problema psicológico. Después de enseñar y afirmar tan explícitamente la unidad substancial, y, sobre todo, la unidad anímica en el hombre, parece ceder a las tendencias y como a solicitaciones platónicas que acaso había heredado de su maestro y amigo Orígenes, afirmando o dejando entender en otros pasajes que el hombre verdadero, la verdadera persona humana, es el hombre interior, es el alma, y no el cuerpo, mero instrumento de aquél y de ésta: Ego enim sum ille qui intus est homo.... Quamobrem corpus est hominis instrumentum, est animi instrumentum: siquidem homo proprie animo censetur.

En cambio, es justo hacer constar que el Obispo de Nissa poseía conocimientos no muy comunes en su tiempo acerca de las ciencias físicas y naturales; siendo muy de notar, entre otras cosas, el sentido científico y el criterio amplio con que concebía y explicaba la obra de la creación, dejando libre campo a la investigación y a la ciencia para interpretar la palabra revelada sin perjuicio de la fe, o, digamos mejor, para que las ciencias físicas y naturales puedan fijar la realidad cósmica y su proceso sin negar la revelación mosaica. Así es que, al exponer la cosmogonía bíblica, le vemos apuntar ideas que sorprenden y llaman la atención, dadas las condiciones de las ciencias naturales por aquel entonces. Basta recordar, en confirmación de esto, que San Gregorio de Nissa supone y afirma que la luz creada en el principio, fue separándose de los otros cuerpos durante los tres primeros días o épocas, para formar en el cuarto el sol y los astros por medio de la reunión y condensación de la luz creada de antemano y difundida, por el espacio (in trium dierum spatio illustrans Solis natura facta non est, sed cum in universitate rerum diffusa esset, simul coacta est et conjuncta) de manera que la creación del sol y demás astros en el cuarto día responde a condensaciones determinadas de la luz preexistente. Como se ve, hay aquí una especie de intuición y como una preformación rudimentaria, pero bastante explícita, de la famosa teoría de Laplace.

El Obispo de Nissa aduce sólidas razones y argumentos para probar la existencia de Dios, su unidad, su perfección infinita, su omnipotencia; y al demostrar y exponer los demás atributos de la Divinidad, insiste especialmente sobre su inmaterialidad absoluta, a la cual considera como fundamento o razón suficiente primitiva de la posibilidad y existencia de seres inmateriales y espirituales.

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(1) «Vereor ne absurda etiam ac praepostera cogitatio cuiquam obrepat, tanquam anima alibi usquam versata sit, ac deinceps corpori astricta fuerit.» Opera, Orac. 31.

(2) He aquí uno de los pasajes en que expone esta doctrina, que representa uno de los dogmas capitales de la psicología cristiana: «Ceterum, etsi superiori oratione declaratum est, triplex esse in vivendi facultate discrimen, ut alia sit vita quae quidem nutriatur, expers tamen sit sensus; alia et nutriatur et sentiat, careat autem facúltate rationis; alia denique et ratione utaturet perfecta sit, perque faculta tes caeteras omnes diffusa, ut in iis existat, et tanquam eximium quiddam intelligentiae vim habeat; nemo tamen idcirco existimet tres in humano opificio animas existere, seorsum certis quasi limitibus circumscriptas, ut naturam hominis ex pluribus animis contlatam putare debeamus. Nam vera et perfecta anima reapse unica quaedam est, intelligens, nulla ex materia crassa constans, sed per sensus, naturae illi crassae mixta.» Op. om., col. 72, edic. París, 1605.

La filosofía cristiana en el siglo IV.  Juan Filipón                                                                                Nemesio

 

 

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