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HISTORIA DE LA FILOSOFÍA                                             

ZEFERINO GONZÁLEZ (1831-1894)                                                        

Tomo I - Tomo II - Tomo III - Tomo IV                                                       

 

 

Historia de la Filosofía - Tomo II - Segunda época filosófica
La filosofía cristiana

§ 76 - OCCAM

Guillermo Occam u Ockam nació en el último tercio del siglo XIII en Inglaterra, condado de Surrey, y, según la opinión más probable, murió en Munich en 1347. Vistió el hábito y profesó en la Orden de San Francisco, en la que tuvo por maestro a Escoto, cuyo criticismo heredó, y cuyas tendencias escépticas afirmó y desenvolvió en gran manera, combinándolas con la concepción nominalista, que puso de nuevo en boga.

El carácter crítico-escéptico e innovador de su doctrina, refléjase en las vicisitudes de su vida inquieta y azarosa. Condenado y rechazado por su Orden como partidario de las teorías de Miguel de Cesena sobre la pobreza voluntaria; enemigo acérrimo de la potestad pontificia, y apologista decidido y exagerado de la potestad real; anatematizado por la Iglesia y rechazado, o al menos mirado con aversión por las universidades, el escritor franciscano buscó la protección de Felipe el Hermoso y de Luís de Baviera, poniendo su pluma a disposición de los monarcas que se distinguieron por sus querellas contra la Santa Sede, a condición de que le defendieran contra el poder eclesiástico. Tu me defendas gladio, ego te defendam calamo, dijo a Luís de Baviera, el osado discípulo de Escoto. Sus partidarios y sucesores le dieron el nombre de inceptor venerabilis, por haber renovado el nominalismo, y algunos le apellidaron también Doctor invincibilis, a causa de su ingenio fecundo en expedientes y sutilezas para atacar a sus adversarios y defender sus propias ideas.

El nombre de Occam representa, ante todo, la renovación del nominalismo, y, en efecto, el filósofo inglés se constituye en paladín y restaurador de la olvidada teoría nominalista de Roscelin, repitiendo una y otra vez que los universales carecen de realidad objetiva y son vanas abstracciones (tales res universales omnino frustra ponuntur); que los nombres que llamamos universales significan directamente los individuos (hoc nomen, homo, significat ornnes homines singulares); que el objeto de la ciencia son los singulares (scientia est de rebus singularibus); en una palabra, que el universal no es más que una voz común a muchos individuos semejantes, formada a consecuencia de la percepción de varios singulares semejantes entre sí: Universale.... est conceptio vel vox singularibus similibus communis, quam homines efformarunt post multa singularia similia percepta.

 

  La teoría nominalista conduce a Occam a dos afirmaciones tan inexactas como atrevidas, pero lógicas, dado su nominalismo. La primera es que el objeto o el resultado de la ciencia no es conocer la realidad objetiva de las cosas, sino los conceptos y proposiciones que las representan o significan: scientia quaelibet est tantum de propositionibus, tanquam de illis quae sciuntur, quia solae propositiones sciuntur.

La segunda es que las ideas arquetipas en Dios no representan las especies, sino los individuos o existencias singulares: ideae.... non sunt specierum, quia ipsa singularia sola sunt extra producibilia, et nulla alia.

A la sombra del nominalismo, amigo natural del escepticismo, Occam desenvuelve y generaliza el criticismo escéptico de Escoto, lo cual constituye otro de los caracteres fundamentales de su doctrina. Así es que apenas hay parte alguna o sección importante de las ciencias filosóficas en que no aparezcan a cada paso sus dudas y negaciones. Si se trata de psicología, el filósofo franciscano rechaza la necesidad y existencia de las especies como medios de conocimiento; enseña que en el hombre el alma sensitiva es distinta de la racional o intelectual, alegando, entre otras razones, que la primera es extensa y material, y, por consiguiente, no puede ser idéntica en esencia y número con la segunda (1); añade que la sensitiva se distingue también de la forma substancial de corporeidad, de manera que en el hombre existen tres formas substanciales; enseña que ni por la razón, ni por la experiencia, es posible demostrar que la acción de entender sea función propia y personal del alma humana, ni que ésta sea forma substancial del cuerpo (non potest evidens fieri per rationes, sive per experientiam, quod talis anima sit forma corporis); enseña igualmente que, según la razón y la experiencia, el alma humana debe decirse extensa y sujeta a generación y corrupción, si bien es cierto que su incorruptibilidad es más conforme a la verdad y consta por la fe: licet secundum fidem et veritatem ponatur quod ista sit anima intellectiva quae est forma incorruptibilis, tamen talis (homo sequens rationem naturalem) diceret, quod est forma extensa, et generabilis et corruptibilis; et non videtur quod experientia aliam formam concludat.

Si se trata de moral, Occam enseña que la rectitud moral de la ley natural depende de la libre voluntad de Dios, y esto, no ya sólo en cuanto a los preceptos de la segunda tabla, como decía Escoto, sino en cuanto a todos ellos, sin excluir al primero, puesto que Dios puede separar la malicia moral, no solamente del hurto y adulterio, sino del odio de Dios (odium Dei), y esto de tal manera, que semejantes actos podrían ser meritorios por parte del hombre, si Dios mandara ejecutarlos: possunt fieri a Deo sine omni circumstantia mala annexa, et etiam meritorie possent fieri a viatore, si caderent sub praecepto divino.

Con respecto a la libertad, condición necesaria de la moralidad, mientras que por una parte reconoce que su existencia y realidad consta por la experiencia, afirma que la razón natural es impotente para probar la existencia de la libertad humana: utrum possit probari sufficienter quod voluntas sit libera.... dico, quod non potest probari per aliquam rationem.

Si desde el terreno de la moral y de la psicología pasamos a la teodicea, aumenta, en vez de disminuir, el escepticismo de Occam. El discípulo de Escoto nos dice que si por Dios se entiende un ser sobre el cual no hay otro superior o más perfecto, la razón puede demostrar su existencia; pero si por Dios se entiende un ser más noble y perfecto que todo otro ser distinto de él, en este caso, y bajo este punto de vista, no es posible conocer con evidencia que Dios existe: non potest sciri evidenter quod Deus est.

Las dificultades y vacilaciones con que tropieza Occam al tratarse de la existencia de Dios suben de punto, o, mejor dicho, desaparecen por completo, al tratar de sus atributos, afirmando resueltamente la impotencia de la razón humana para demostrar la unidad de Dios, la cual sólo nos es conocida por la fe: ex hoc non sequitur quod possit demonstrari, quod tantum unum est tale, sed hoc fide tantum tenemus.

Dicho se está de suyo, que si la razón es impotente para conocer y demostrar la unidad de Dios, lo será igualmente para conocer y demostrar los demás atributos divinos. Que Dios es infinito, que es omnipotente, que conoce todas las cosas dentro y fuera de su esencia, que es causa inmediata o mediata de todas las cosas, que es causa final de todos los agentes, cosas son a que podemos asentir por razones más o menos probables, pero no conocer ni asentir a ellas con certeza, sino en virtud de la fe o revelación divina. Tal es la doctrina del filósofo franciscano, el cual lleva su escepticismo hasta el punto de negar a la razón humana la posibilidad de demostrar que Dios es causa eficiente de algún efecto: dico quod non potest probari naturali ratione, quod Deus sit causa efficiens alicujus effectus.

A este tenor Occam sigue arrojando la duda sobre todo género de cuestiones y sobre los problemas más capitales de la Filosofía. Aun en los casos en que acepta alguna solución determinada; en que se decide por ésta o aquélla doctrina, lo hace casi siempre con fórmulas y restricciones que tienden a excluir la certeza científica: Non potest probari sufficienter quod Deus sit causa finalis agentis naturalis, etc. — Dico ad istam quaestionem, quod sic, sed difficile est hoc probare.— Neutra, pars quaestionis potest sufficienter probari; tales son las frases con que se tropieza a cada paso en sus escritos.

Estas tendencias tan explícitamente escépticas, en unión con el principio nominalista puro, cuyas relaciones íntimas y lógicas con el materialismo no son un misterio para los hombres de la Filosofía y de la ciencia, arrastraron y condujeron al discípulo de Escoto al terreno materialista. Cierto que la fe católica le impide caer en el abismo que se abre a sus pies; pero no es menos cierto que la tesis materialista se presenta como la consecuencia legítima, como corolario lógico de su doctrina, considerada ésta en el orden puramente racional y filosófico, con abstracción del orden revelado y sobrenatural. Porque la verdad es que cuando se afirma terminantemente que la razón y la experiencia, no solamente son impotentes para demostrar que el alma humana es incorruptible, sino que, ateniéndonos a ellas, más bien debería concluirse y afirmarse que está sujeta a generación y corrupción, y que es una cosa extensa, se entra de lleno en el terreno materialista, sobre todo cuando se añade, como añade el filósofo inglés, que ni siquiera podemos saber que existe en nosotros una alma inteligente, inmaterial, y que la acción de entender propia de la misma se verifique en nosotros (2), o que no pueda pertenecerá una forma o alma corruptible y extensa, si nos atenemos únicamente a la razón natural y a la experiencia. Lo cual vale tanto como decir que, en el orden filosófico y científico, no hay distinción real ni menos esencial entre el hombre y los brutos, y que no consta la espiritualidad e inmortalidad del alma humana.

Nada diremos acerca de sus teorías en orden a la naturaleza, extensión, límites y relaciones de la potestad imperatoria y de la potestad pontificia, y entre los poderes civiles y los eclesiásticos, en atención a que son cuestiones que no pertenecen directamente a la Filosofía. Sus ideas sobre estas materias se resienten evidentemente de su tendencia nominalista y de las vicisitudes y condiciones especiales de su vida, tendencia y vicisitudes que explican sus atrevidas opiniones acerca de la subordinación del pontificado al imperio, y acerca de la potestad excesiva e ilimitada que concede al poder civil o temporal, no ya sólo en las cosas temporales, sino también en las que se hallan íntimamente ligadas con las cosas de la Iglesia (3) y con su autoridad divina.

De aquí que en sus escritos, y principalmente en el que lleva por título Super potestate Summi Pontificis octo quaestionum decissiones, se tropieza a cada paso, no ya sólo con ideas y conclusiones del regalismo más exagerado, sino con teorías que bien pueden calificarse de revolucionarias y cismáticas. Porque Occam no se contenta con atribuir a los Reyes la facultad de intervenir en lo referente a la inmunidad de lugares sagrados y personas eclesiásticas; no le basta al filósofo inglés conceder a los príncipes seculares la facultad de señalar los lugares en que debe verificarse la ordenación de clérigos (in quibus locis clerici debeant ordinari), o conferirse los órdenes sagrados, la de legislar acerca de la adoración de la Cruz y custodia de las reliquias de los mártires (ubi Sancta Crux et reliquiae martyrum debeant observari), y hasta la de ordenar y disponer el castigo del Prelado que reitera el sacramento del Bautismo (quis debeat punire antistitem iterantem sacramentum baptismi), y la persona o juez que debe proceder a este castigo: al discípulo de Escoto, repito, no le basta lo dicho, sino que completa y corona la tesis regalista, en su sentido más exagerado y absoluto, afirmando paladinamente:

a) Que la obediencia general que los fieles cristianos deben al Papa, se entiende solamente de las cosas que son necesarias a la congregación o sociedad cristiana, y aun esto respetando los derechos y libertades de los demás.

b) Que aunque el juzgar autoritativamente acerca de esto pertenece al Papa, pertenece a los hombres sabios y prudentes juzgar de esa necesidad y violación de libertades y derechos en el orden doctrinal o en el terreno de la ciencia y de la realidad.

 

  c) Que en el caso de que el Papa incurra en error acerca de lo dicho, los hombres sabios y poderosos, y en general cualquiera que conozca el error del Papa, no solamente pueden, sino que deben y están obligados a resistir (4) y oponerse a las disposiciones o mandatos del Papa, cada cual en su esfera y de la manera que le sea posible.

§ 77 - CRÍTICA

Despréndese de las indicaciones que se acaban de hacer, que Occam no se limita a rechazar la concepción más o menos exagerada que algunos de sus antecesores tenían acerca de la potestad pontificia en sus relaciones con la civil, sino que su doctrina entraña el virus pernicioso de la moderna teoría sobre la omnipotencia del Estado, y que la teoría del protegido y amigo de Felipe el Hermoso y Luís de Baviera contiene las semillas del derecho moderno o revolucionario, sentando a la vez las premisas naturales y lógicas del cesarismo avasallador de los derechos legítimos de la Iglesia en nuestros días. Ya dejamos indicado que estas ideas secularizadoras y estas tendencias anticristianas contienen la clave de los elogios que a Occam suelen tributar ciertos historiadores de la Filosofía y muchos críticos racionalistas.

Si desde este terreno político-eclesiástico y jurídico pasamos al terreno propiamente filosófico, vemos que la doctrina de Occam representa igualmente la protesta y rebelión contra el espíritu, las tendencias y la doctrina general de la Filosofía escolástica, considerada en su propia naturaleza y en sus representantes más legítimos. Ésta, adoptando la solución realista, salva la dignidad de la ciencia, salva su objeto propio, que es lo universal, lo necesario e inmutable, y salva también la certeza científica; Occam destruye todo esto por medio del nominalismo y del escepticismo, caracteres principales de su doctrina. La Filosofía escolástica, al alejarse del escepticismo, rechazaba igualmente el tradicionalismo fideista, defendiendo las fuerzas y derechos de la razón humana, sin atentar por esto contra los derechos de la revelación: Occam, arrastrado por su tendencia escéptica, se refugia en el seno del fideísmo tradicionalista, pero después de haber inferido graves heridas a la razón humana y a la ciencia, rebajando su poderío, sus fuerzas naturales y su legitimidad.

Si el espiritualismo y el teísmo son caracteres fundamentales y universales de la Filosofía escolástica, bien puede decirse que la Filosofía de Occam entraña un fondo incontestable de sensualismo materialista y de ateísmo positivista, si se tienen en cuenta sus indicaciones y afirmaciones acerca del alma humana y acerca de Dios, en cuanto capaces de ser conocidos por la razón y la ciencia. Si consideramos a Occam con abstracción de la fe cristiana que procura conservar; si se fija la atención en su doctrina, prescindiendo de las reservas que le impone la profesión del Cristianismo y de sus dogmas, se verá que su psicología y su teodicea tienen poco que envidiar a la psicología y teodicea de los positivistas contemporáneos, a los cuales da también la mano su teoría acerca de la moralidad variable o contingente de la ley natural, concepción que está muy en armonía con las teorías utilitarias y evolucionistas que han venido y vienen sucediéndose en la historia de la Filosofía del siglo pasado y presente.

En resumen y en realidad, el discípulo de Escoto produjo una gran desviación en la Filosofía escolástica, comunicándole una dirección menos sobria, y, sobre todo, menos cristiana que la que antes tenía. La Filosofía del franciscano inglés representa y entraña, no solamente la degeneración y el falseamiento de la Filosofía escolástica, sino el origen primero, los antecedentes lógicos más o menos latentes de la moderna Filosofía anticristiana, considerada en sus tendencias crítico-escépticas, en sus conclusiones positivistas y ateístas, en su moral utilitaria y variable, en su psicología materialista, en su política secularizadora y cesarista, y hasta en su elemento revolucionario y en su levadura anárquica.

Porque la verdad es que cuando Occam decía y proclamaba en alta voz que era, no solamente lícito, sino obligatorio, resistir y oponerse a las disposiciones y mandatos del Sumo Pontífice; cuando sometía el juicio de éste al juicio de sus inferiores; cuando afirmaba que todos los fieles, ora fuesen príncipes o súbditos, ricos o pobres, simples sabios o prelados, podían y debían erigirse en jueces del Papa y de sus errores, y oponerse y resistir con todas sus fuerzas y por todos los medios, no hacía más que proclamar el principio de insurrección, la tesis revolucionaria y anárquica. Mientras que esta doctrina contra el Papa sirvió para menoscabar su autoridad y sus derechos, los reyes y magistrados, los magnates, los legistas y los políticos la aplaudieron con ambas manos y la llevaron a la práctica. Arrastrados por el orgullo, la ambición de mando, la codicia y la soberbia, no pudieron o no quisieron comprender, no acertaron a prever que sus aplausos y sus empresas contra la autoridad del Papa eran aplausos y empresas contra su propia autoridad y contra toda potestad social. En su imbecilidad e imprevisión, no comprendieron que el grito de guerra lanzado contra el Papa por el cortesano de Luís de Baviera, era a la vez el grito de guerra lanzado contra los reyes. Que si los fieles cristianos tienen derecho para juzgar al Vicario de Jesucristo y rebelarse contra él, con mayor razón podrán los pueblos juzgar a los reyes y rebelarse contra ellos, y quedar rotos los lazos que constituyen y afirman el orden social. En el fondo de la doctrina de Occam sobre esta materia, palpita y resuena la voz de Proudhon, proclamando la anarquía universal: a la palabra del antiguo enemigo de la potestad pontificia, responde como eco y corolario legítimo, aunque lejano, la del autor de las Contradicciones económicas cuando escribe: Je suis anarchiste.
 

__________

(1) «Eadem forma numero, non est extensa et inextensa, materialis et immaterialis; sed anima sensitiva in homine est extensa et materialis, et anima intellectiva non: ergo, etc.» Quodlibet. 2.º, cuest. 10.ª

(2) «Intelligendo per animam intellectivam, formam immaterialem incorniptibilem.... non potest evidenter sciri per rationem vel per experientiam quod talis forma sit in nobis, neque quod intelligere talis substantiae proprium sit in nobis, nec quod talis anima sit forma corporis.... Ad principale (argumentum) responderet sequens rationem naturalem, quod experimur intellectionem in nobis quae est actus formae corruptibilis et corporeae: et diceret consequenter quod talis intellectio recipitur in forma extensa.» Quodl. 1.º, cuest. 10.

(3) Así vemos que, después de haber probado a su manera y alegando las leyes promulgadas por Justiniano acerca del Papa, de los clérigos y de las cosas eclesiásticas, Occam concluye indicando que no sin razón aquel Emperador se juzgó superior al Papa y a los eclesiásticos: «Igitur, leges condendo privatas et alias multas de clericis et rebus eorum, ac eis libertatem, et immunitates, et privilegia indulgendo, indicavit aperte quod se superiorem Papa et clericis reputavit.» De potest. Sum. Pontif., cuest. 1.ª, cap. XII.

(4) Al argumento alegado por los defensores de la potestad pontificia, diciendo que los fieles deben obedecer al Papa en todo o sin excepción, Occam contesta que «necesse est sine omni exceptione obedire Papae in his quae necessaria sunt congregationi fidelium, salvis juribus et libertatibus aliorum. Et si quaeratur quis habet judicare quae sint illa necessaria congregationi fidelium, respondetur quod hoc judicare per simplicem notitiam vel doctrinam, spectat ad sapientes in lege divina peritos et in hujusmodi scientiis et rationis judicio eminentiam habentes, quicumque sint, sive subditi, sive praelati, sive saeculares, sive religiosi. Hoc autem auctoritative (ut videtur) judicare, principaliter spectat ad Summum Pontiticem de consilio sapientum. Quod si in judicio erraverit, sapientes, imo quicumque errare cognoverint, resistere obligantur pro loco et tempore et aliis circumstantiis, et quantum licet unicuique pro gradu suo et statu suo.» De Potest. Sum. Pont., cuest. 1.ª, cap. XVI.

Cuarto período de la filosofía escolástica. Decadencia                               La escuela realista. Roberto Holkot


 

 

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