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HISTORIA DE LA FILOSOFÍA                                             

ZEFERINO GONZÁLEZ (1831-1894)                                                        

Tomo I - Tomo II - Tomo III - Tomo IV                                                       

 

 

PRÓLOGO DE LA PRIMERA EDICIÓN

Corría el último tercio del siglo XV; vislumbrábanse en el horizonte los albores turbulentos y turbados del XVI, y en medio de las luchas apasionadas del Renacimiento, en medio del batallar incesante de las escuelas, en medio del tumulto producido por el choque violento de ideas cabalísticas y de ideas arábigo-judáicas, de sistemas antiguos y de sistemas nuevos, de corrientes paganas y de corrientes cristianas, Pico de la Mirándola escribió las siguientes palabras: Philosophia quaerit, theologia invenit, Religio possidet veritatem.

 

  Palabras son estas que revisten los caracteres de un verdadero apotegma filosófico que encierra un fondo incontestable de verdad, y que trazan a grandes rasgos el objeto real, el resultado más legítimo y fecundo de esas tres grandes manifestaciones del espíritu humano.

Y en efecto: si es misión propia de la Filosofía marchar y moverse en busca de la verdad, toda vez que Dios entregó el mundo a las disputas de los hombres; si la investigación perseverante, profunda, consciente de la realidad objetiva y de la verdad absoluta, constituye la función esencial y característica de la Filosofía —philosophia quaerit veritatem— no es menos cierto que pertenece a la teología descubrir y afirmar esa realidad en su sentido más amplio, poner al hombre en comunicación intima y perfecta con esa verdad absoluta; porque la fe divina que le sirve de punto de partida —fides quaerens intellectum— la palabra de Dios que le sirve de norma y de luz, derraman vivos resplandores sobre los problemas más trascendentales que discute la Filosofía, en atención a que esa fe divina representa y entraña una derivación inmediata de la razón infinita, que es a un mismo tiempo la realidad completa, el ser infinitamente real, ens realissimum, y la verdad absoluta, la norma primitiva de toda verdad: Theologia invenit veritatem.

Que la Religión de Jesucristo, —a la que alude sin disputa el autor del apotegma citado— y sola la Religión de Jesucristo es la que da al hombre la posesión plena y perfecta de la verdad, pruébanlo de consuno la razón y la experiencia; porque son ellas las que nos revelan que los hombres colocados fuera de la corriente cristiana, siquiera sean renombrados filósofos y sabios afamados; viven y mueren agitados por la incertidumbre, y atormentados por dudas desgarradoras acerca do los grandes problemas metafísicos, morales y religiosos, y especialmente acerca de los problemas formidables que se refieren a las relaciones del hombre con Dios, en su origen, en su vida, y sobre todo en su muerte y en su destino final, mientras que el hombre de la fe divina y de la convicción religiosa marcha con paso firme y seguro hacia su final destino, porque la fe y la palabra de Dios iluminan con esplendente luz el gran misterio de la realidad divina, de la realidad humana y de la realidad cósmica, como iluminan también el misterio oscuro y formidable de la vida y de la muerte del hombre: Religio possidet veritatem.

Por lo demás, —y dicho sea de paso— el filósofo del Renacimiento no hizo más que reproducir y encarnar en una fórmula precisa, o digamos artística, un pensamiento que constituye y representa el fondo de la idea cristiana, y que por esta razón había sido apuntado ya y formulado de una manera más o menos explícita y comprensiva por algunos Padres y Doctores antiguos de la Iglesia, como primeros representantes de la Filosofía cristiana. Así, por ejemplo, no pocos siglos antes que apareciera el protagonista defensor de las novecientas conclusiones de omni re scibili, Lactancio había escrito que la suma del saber humano consiste y debe buscarse en la unión de la Religión y de la ciencia porque si la Religión sin ciencia es poco digna del hombre, en cambio la ciencia sin Religión es insuficiente y no merece grande estima: Scientiae summam breviter circumscriho: ut neque Religio ulla sine sapientia suscipienda sit, nec ulla sine Religione probanda sapientia.

¿Deberemos pensar por eso que la Filosofía se halla condenada a buscar incesantemente la verdad —quaerit— sin llegar jamás a su descubrimiento y posesión real y efectiva? Cuestión es esta que la historia de la Filosofía parece resolver y resuelve, a primera vista, en sentido afirmativo. Opiniones contrarias, con igual tesón y con igual apariencia de verdad defendidas y atacadas, hipótesis y teorías que se levantan hoy briosas y prepotentes para desaparecer mañana cual hoja arrebatada por el viento, luchas, victorias y derrotas alternadas entre el monismo hylozoista y el dualismo cósmico, entre el panteísmo, inmanente y el teísmo trascendente, entre la concepción idealista y la concepción positivista, entre la moral estoica y la moral epicúrea, entre el dogmatismo v el escepticismo, entre la tesis materialista y la tesis espiritualista; épocas históricas informadas y dominadas, ya por una, ya por otra de estas tendencias y teorías tan opuestas y diferentes; escuelas que nacen, se desarrollan, dominan, decaen y mueren en sucesión monótona y desesperante; sistemas que se levantan, chocan y se precipitan unos sobre otros con rapidez vertiginosa, y alguna vez con imponente estruendo: tal es el espectáculo que ofrece a nuestra vista la historia de la Filosofía. De aquí esa impresión más o menos acentuada de escepticismo que se experimenta de primera intención al terminar la lectura de la historia de la Filosofía. Porque, en efecto, nada más a propósito para producir en la mente impresiones y corrientes escépticas, que el espectáculo de la lucha constante, periódica y no pocas veces estéril de la Filosofía consigo misma, la consideración de la impotencia para descubrir, arraigar y establecer de una manera permanente en el seno de la humanidad ninguno de sus sistemas, ninguna de sus soluciones doctrinales.

Cuando se penetra, sin embargo, en el fondo de las cosas; cuando, a través de las luchas y contradicciones eternas de los sistemas filosóficos, se observan sus efectos y resultados con mirada escrutadora y penetrante, no es difícil persuadirse que si alguien pudo decir con cierto fondo de verdad que la historia de la Filosofía es la historia de los errores del espíritu humano, con igual fondo de verdad pudiera decirse también que la historia de la Filosofía es la historia de los progresos y desarrollo del espíritu humano.

Sin afirmar o suponer, ni mucho menos, como afirma y supone la filosofía racionalista de la historia, que cada sistema filosófico representa un momento necesario, lógico y por ende legítimo de la inteligencia y de la humanidad, o, si se quiere, del Absoluto de Schelling, o de la Idea hegeliana; sin creer, ni mucho menos, que todos los sistemas filosóficos que vienen sucediéndose en la historia son igualmente verdaderos y progresivos de su naturaleza; sin afirmar, ni mucho menos, que la evolución ascendente y progresiva del espíritu humano, a la que contribuyeron en mayor o menor escala los diferentes sistemas filosóficos, se halle representada por una línea recta y no por una espiral, y hasta por desviaciones y retrogradaciones más o menos considerables y pronunciadas, bien puede afirmarse y creerse que la movilidad, la inconstancia y la esterilidad de la Filosofía y sus sistemas, no son tan completas y efectivas como pudiera suponerse a primera vista. Si bien se reflexiona, los sistemas filosóficos, al menos los que entrañan cierto grado superior de importancia histórica y científica, dejan casi siempre huellas más o menos profundas de su paso por el espíritu humano y por la sociedad, y cuando, después de reinar por algún tiempo sobre ésta, decaen y mueren, al parecer, dejan siempre en pos de sí ideas, direcciones y tendencias determinadas, lo que pudiéramos llamar sedimentos intelectuales, fuerzas latentes pero vivas y reales, que representan otros tantos factores más o menos importantes de la evolución progresiva de la ciencia, de la sociedad y del espíritu humano en general.

Para comprender esto mejor, conviene tener en cuenta que el movimiento de avance o progresivo de la humanidad debe representarse y concebirse como una línea resultante del empuje vigoroso y de la marcha precipitada, por decirlo así, de la Filosofía y de la ciencia, en combinación con la inercia propia de las masas y con la fuerza resistente de la humanidad colectiva. Los hombres de la Filosofía y de la ciencia avanzan y marchan delante, descubriendo y afirmando nuevos principios, nuevas máximas, nuevas direcciones, nuevos ideales y nuevos derroteros; pero las masas, cuyo criterio único y general es el sentido común completado por la experiencia, necesitan ante todo darse cuenta a sí mismas de las nuevas doctrinas, a las que oponen la resistencia natural de la costumbre y la desconfianza instintiva de lo desconocido e inexperimentado; necesitan reconocer la conformidad u oposición de las nuevas ideas con lo que constituye el criterio innato y general de la humanidad, o sea con el sentido común, y necesitan, sobre todo, períodos de tiempo más o menos largos para que esas nuevas ideas, doctrinas y direcciones penetren, se infiltren y se difundan por todas las capas sociales, hasta ponerlas en disposición y aptitud para entrar en los nuevos derroteros, para marchar decididamente en pos de los ideales descubiertos y señalados de antemano por la Filosofía y la ciencia. Así, pues, los filósofos, sin ser los autores exclusivos del progreso humano, son y merecen apellidarse sus precursores naturales, y contribuyen a acelerar su movimiento.

Cosa cierta es que, sin los filósofos y sus sistemas, la humanidad marcharía avanzando y podría caminar por los caminos múltiples del bien y de la perfección, porque la razón humana, como participación que es de la razón divina, como impresión de las ideas eternas —impressio quaedam rationum aeternarum— como derivación y semejanza de la verdad increada que se refleja y brilla en nosotros —participatio luminis increati — similitudo increatae Veritatis in nobis resultantis— según la palabra y el pensamiento de Santo Tomás, contiene y entraña una virtualidad infinita, —intellectiis est infinitus in intelligendo —potentia quodammodo infinita—potentia ad omnia intelligibilia— y, por consiguiente, representa un principio innato de progreso, es una fuerza esencialmente progresiva; pero no es menos cierto que con el auxilio de la Filosofía y de la ciencia, impulsada y dirigida por los filósofos, la humanidad marcha o puede marchar por los caminos del progreso con mayor velocidad, ya que no siempre con mayor seguridad y acierto.

 

  Despréndese de lo dicho que en el fondo de la Filosofía y de su historia palpita un dogmatismo real, a pesar de su aparente escepticismo, y que la esterilidad que a primera vista pudiera achacarse a la ciencia filosófica con sus sistemas múltiples y con sus luchas incesantes, se resuelve en verdadera y fecunda vitalidad.

Y esto nos revela al propio tiempo la importancia y utilidad que consigo lleva el estudio de la historia de la Filosofía. Porque si es útil y provechoso el conocimiento de la historia de los estados y naciones; si la historia externa de los pueblos es luz de la verdad y maestra de la vida, en frase del Orador romano, dicho se está de suyo que el conocimiento de la historia de la Filosofía debe ser y es importante y provechoso sobremanera, como lo es siempre conocer la causa del efecto, y conocer la ley interna que preside al fenómeno externo. Las acciones del hombre nacen de sus convicciones; los hechos son expresión y resultados de las ideas, y la historia de los pueblos y de las naciones y de los estados y de los individuos, representa la historia y las evoluciones del pensamiento humano, lo mismo en las grandes colectividades que en los individuos. Obreras silenciosas, pero infatigables y activas, las ideas son las que preparan y afirman, dirigen y constituyen el movimiento de los hombres y los pueblos; son las que determinan y explican los progresos, las desviaciones, las retrogradaciones parciales, los altos o estaciones que se observan en ese gran hecho histórico social que llamamos civilización. Y la civilización, como forma la más amplia y comprensiva del progreso humano, procede, ante todo y sobre todo, de las ideas. La perfección, la verdad, la realidad de una civilización, se hallan necesariamente en armonía y relación con la naturaleza, importancia y verdad de las ideas fundamentales que la dan forma y vida, y la diversidad de estas ideas fundamentales origina y contiene la razón suficiente de la diversidad de civilizaciones. La idea constituye la trama viva y fecunda de la historia de los hombres y los pueblos: la historia del hecho es y permanece letra muerta, si no es vivificada e interpretada por la historia de la idea.

Síguese de aquí que la historia de la Filosofía, la cual, en último resultado, no es mas que la historia misma del pensamiento humano, la historia de las ideas, entraña importancia muy grande, toda vez que representa un elemento principalísimo de la Filosofía de la historia y de la Filosofía de la civilización. Y esto no ya sólo por cuanto que encierra la razón suficiente primordial del movimiento de avance que se verifica en la humanidad de una manera lenta y gradual, o digamos solemne y acompasada, sino porque representa y explica los movimientos extraordinarios y bruscos que de vez en cuando se manifiestan en la marcha de la historia y de la civilización. Que si la acción paulatina y latente, pero perseverante o irresistible de las ideas, origina y explica el movimiento progresivo del primer género, la acción extraordinaria de las mismas, consecuencia natural, o de la aparición súbita de concepciones grandiosas y originales que chocan con vigor contra otras concepciones, o de pensadores dotados de grande actividad y prestigio, origina y explica la segunda especie de movimientos. Porque no debe olvidarse que la historia de la Filosofía, como la historia de los pueblos, tiene sus grandes guerras y sus grandes conquistas, tiene sus grandes hombres y sus grandes legisladores, tiene sus destronamientos o cambios de dinastías filosóficas, como tiene también sus revoluciones y restauraciones.

Ni se crea, por lo que dejo escrito, que en mi sentir, la Filosofía sola representa el origen y la razón suficiente de lo que hay de perfección y progreso en la historia de la humanidad y en su civilización. Lejos de eso, opino, por el contrario, que a la idea cristiana corresponde parte preferente o influencia trascendental y decisiva en el origen y desenvolvimiento de la civilización y del progreso. La historia, la razón y la experiencia revelan de consuno lo que sería la civilización de que tanto se envanece hoy la Europa, si no hubiera sido preparada, dirigida y vivificada por el principio cristiano. La historia de Grecia y de Roma en la antigüedad, lo mismo que la historia de la India, de la China y del África musulmana, demuestran con la evidencia de los hechos que la civilización producida e informada por la sola idea filosófica, siquiera esta idea sea tan admirable, tan elevada y tan profunda como la idea simbolizada en los nombres de Sócrates, de Platón, de Aristóteles, de Zenón y de Plotino, es civilización colocada a distancia inmensa de nuestra civilización europea; que toda civilización que carezca de la idea cristiana es una civilización esencialmente infecunda, estéril e incompleta, como acontece en la India y la China, siquiera se halle informada por determinadas ideas religiosas, además de las filosóficas; que toda civilización, en fin, que, arrojando de su seno el principio evangélico, se coloca fuera de la corriente cristiana, se marchita y perece irremisiblemente, como pereció y se marchitó la civilización en la patria de los Orígenes, los Tertulianos y los Agustinos.

El Cristianismo, que comenzó por proclamar en alta voz la igualdad y la fraternidad de todos los hombres ante Dios y ante la naturaleza, verdades fundamentales y constitutivas de toda civilización digna de este nombre, pero verdades que ni siquiera habían llegado a vislumbrar ni el genio intuitivo de Platón, ni el talento analítico y enciclopédico de Aristóteles, ni el instinto jurídico de Roma; el Cristianismo, que, con su in principio creavit Deus coelun et terram, resolvió de una manera tan sencilla como filosófica el gran problema cosmológico que tanto había atormentado ala Filosofía helénica; el Cristianismo, que presenta soluciones completas, fecundas, firmes y precisas para todos los grandes problemas que solicitan la inteligencia y el corazón del hombre, y especialmente para los que se refieren a su origen, a su destino final y eterno, a su porvenir en la vida presente y en la vida futura, a sus relaciones con sus semejantes y con Dios, contribuyó antes que la Filosofía, y mucho más que la Filosofía, a la civilización europea, en lo que tiene de más grande, elevado y fecundo, en lo que tiene de verdadera civilización, en lo que causa y constituye su superioridad real sobre las civilizaciones extrañas a la acción e influencia del Evangelio. La revolución, que parece haber sentado su trono en el centro de esta civilización, bien puede imprimir en ella tendencias anticristianas, ideas socialistas y comunistas, costumbres paganas y sensualistas; bien puede trabajar y esforzarse a sacarla de las corrientes cristianas para colocarla en las corrientes del antiguo paganismo; bien puede suscitar iras poderosas y acumular odios profundos contra Cristo y su Iglesia; pero jamás podrá persuadir al hombre de serena razón y de buena voluntad que el origen histórico, la razón suficiente primordial y los elementos más importantes y fecundos de la civilización europea no son debidos al Cristianismo. ¿Cabe poner en duda que las grandes instituciones, las grandes ideas, las grandes aspiraciones que caracterizan a la civilización moderna y le dan marcada superioridad sobre las civilizaciones antiguas, deben sus comienzos, su desarrollo y su fuerza nativa al Cristianismo? ¿Cabe poner en duda que la cultura europea debe su incubación, sus primeros pasos y su desenvolvimiento, a ese Cristianismo que sembró la Europa de escuelas públicas y gratuitas para el pueblo, y a la vez de escuelas superiores o Universidades para los elegidos de la ciencia? ¿Será necesario recordar que el Cristianismo aligeró primero, limó en seguida y rompió por último las cadenas materiales del esclavo, y esto después de limar y romper sus cadenas morales, dándole la conciencia de su propia dignidad?

Y fue también el Cristianismo el que reformó las costumbres públicas y privadas, el que suavizó las costumbres de la paz y las costumbres de la guerra, el que transformó paulatinamente la vida civil y la vida política, las leyes y las instituciones, como fue también el que introdujo y afirmó en el seno do la sociedad y de las naciones la idea de la fraternidad y amor universal de los hombres, la idea de la libertad y la idea de la justicia, de las cuales son corolarios legítimos la abolición de la esclavitud, la rehabilitación de la mujer, la libertad de la persona y del trabajo, la independencia y la dignidad de la conciencia religiosa ante los poderes humanos, la inviolabilidad del derecho y de la propiedad. Y no es que yo niegue la participación real de la Filosofía, si no en el origen, al menos en el desarrollo y aplicaciones de estas grandes ideas; antes por el contrario, doy grandísima importancia e influencia decisiva a la espontaneidad nativa del espíritu humano, a las fulguraciones luminosas de la razón, a las anticipaciones intuitivas del genio. ¡Pluguiera a Dios que la razón, la Filosofía y la ciencia no abusaran de sus fuerzas, de las fuerzas preparadas y acumuladas por el principio cristiano, de la fuerza recibida y heredada del Cristianismo, para rebelarse contra éste, para blasfemar de su Fundador divino, para falsear, torcer y destruir el movimiento de civilización cristiana de la antigua Europa y para colocarla en la corriente del ateísmo socialista.

Téngase en cuenta, además, que hasta la idea misma del progreso humano, hasta esa idea que la filosofía moderna o novísima, y aun pudiéramos decir la filosofía revolucionaria, reivindica para sí de una manera exclusiva, debe al Cristianismo su germinación inicial y su primer desarrollo. Para quien sepa leer en la historia y la doctrina del Cristianismo, es verdad inconcusa que en la teoría ético-cristiana va envuelta la idea del progreso verdadero, y aun pudiéramos decir indefinido, del hombre, toda vez que su perfectibilidad ético-intelectual abraza una escala indefinida, cuyo término final y cuyo ideal es el mismo infinito, y cuya medida es la aproximación y asimilación a Dios, verdad absoluta, bondad y santidad suprema. No es menos incontestable que la Ciudad de Dios de San Agustín, la Historia de Paulo Orosio, y los libros De Gubernatione Dei de Salviano, entrañan la idea más o menos explícita del progreso humano social e histórico, así como es cosa averiguada que esta ley general del progreso humano, principalmente en lo que se refiere al orden intelectual y científico, fue apuntada y defendida por Roger Bacon y Durando en la Edad Media; fue aplicada en parte después por el autor del Novum Organum, y fue afirmada y desarrollada más tarde por Pascal. Cierto que el progreso reconocido y proclamado por Pascal y la Filosofía cristiana no es el progreso de la perfectibilidad indefinida y palingenésica de Cóndorcet, ni el progreso sensualista y libertino de Saint-Simón y de Fourrier, ni el progreso humanitario de Leroux y Proudhon, ni mucho menos el progreso positivista de Comte y Littré, ni siquiera el progreso evolucionista y transformista de Darwin y Häckel, ni tampoco el progreso físico-fatalista de la novísima escuela sociológica; pero es el progreso de la razón y de la historia, es el progreso que concierta y armoniza la contingencia del hecho y la libertad individual con la causalidad universal y la infalibilidad de la Providencia divina.

Indicadas ya y reconocidas la importancia y la superioridad de la historia de la Filosofía con respecto a la historia, externa de los pueblos y estados, basadas en la importancia y superioridad del pensamiento sobre la acción exterior, de la idea sobre el hecho, conviene determinar ahora las condiciones científicas y de método que deben presidir a su exposición y desenvolvimiento, si ha de ser fecunda en resultados y adecuada a sus propios fines; en otros términos, fijado el objeto peculiar de la historia de la Filosofía, que es lo que constituye y distingue específicamente las diferentes ciencias (scientia specificatur per objectum, decían no sin razón los antiguos Escolásticos), es preciso fijar el método que en la exposición y desarrollo de su objeto conviene seguir.

Según Hegel y sus discípulos, la historia de la Filosofía, lo mismo que las demás ciencias históricas y todas las de naturaleza positiva, debe escribirse con sujeción al principio de la identidad radical y real del hecho y de la idea, y, por consiguiente, subordinando, o hablando con más propiedad filosófica, absorbiendo el fenómeno en el numeno, la experiencia sensible en la razón pura, el hecho en la idea. Dada esta concepción de la historia, concepción que, por otro lado, no es más que una de tantas aplicaciones de aquel principio fundamental de los hegelianos: todo lo que es racional es real, debe existir perfecta identidad, o, al menos, paralelismo exacto entre el orden cronológico y el orden lógico; los hechos responden a los conceptos de la razón pura, en los cuales radica su ser y con los cuales se identifican en su fondo esencial; y como quiera que los conceptos de la razón nos son más fácilmente conocidos y los poseemos de una manera más inmediata que los hechos históricos y los fenómenos externos, los cuales radican y tienen su razón de ser en los primeros, síguese de aquí que la historia de la Filosofía no es, ni representa para el historiador filósofo, más que la sucesión dialéctica de ciertos momentos de la Idea. En otros términos: la contingencia aparente y externa de los sistemas filosóficos, se resuelve en una evolución interna necesaria de la razón universal inmanente, o de la Idea, y la historia de la Filosofía es, y no puede ser otra cosa, más que una síntesis a priori de la razón pura, una síntesis comprensiva, pero arbitraria, como una concepción prehistórica de la historia de la Filosofía.

A pesar de su clásica grandeza y de su unidad fascinadora, esta concepción hegeliana es de todo punto inadmisible, porque equivale a sustituir al contenido real y a la significación histórica de los sistemas filosóficos, el contenido abstracto de categorías puramente ideales y dialécticas. Por otra parte, en el orden lógico del hegelianismo, las relaciones internas y dialécticas de los conceptos racionales son las que determinan y concretan la sucesión cronológica y objetiva de los diferentes sistemas filosóficos; y la verdad es que en el orden histórico y real, esta sucesión entraña por necesidad un aspecto subjetivo, y es determinada, en parte al menos, por influencias psicológicas y por influencias del medio en que nacen y se desenvuelven. Dada y admitida la existencia de la Idea hegeliana, la razón y la experiencia demuestran de consuno que si el processus dialéctico de esta Idea puede fundar y determinar el orden lógico de los conceptos de la razón pura y sus relaciones internas ideales, nunca podrá darnos con esto la realidad contingente de las cosas, ni el orden cronológico de los hechos. La historia, lo mismo que la naturaleza física, pide ser observada, quiere ser interrogada y estudiada en su realidad concreta y en sus hechos; no pide ni debe ser adivinada de antemano, ni construida a priori.

Ahora es justo añadir que, si no se quiere caer en el extremo contrario, no debe rechazarse en absoluto y en todos sus aspectos esta concepción hegeliana de la historia, ni mucho menos su aplicación a la historia de la Filosofía. Que si ésta no debe ser nunca una construcción sistemática y apriorística de la razón pura que absorba y anule la realidad histórica de los hechos, tampoco debe ser una narración puramente empírica de los sistemas filosóficos, sino que debe estudiar, discernir y determinar el enlace de unos con otros, su acción y reacción recíprocas, la influencia del medio ambiente, la filiación de las doctrinas, inquirir y señalar la ley que preside al hecho, y la sucesión racional detrás de la sucesión histórica. En nuestra opinión, la historia de la Filosofía debe abrazar y entraña simultáneamente un elemento empírico y contingente, y otro elemento racional y necesario. No es ni un sistema dialéctico de conceptos puros, ni una mera yuxtaposición de doctrinas, o, como decía el mismo Hegel, «no es una serie de aventuras de caballeros errantes que se baten por una beldad que nunca vieron, y que sólo dejan en pos de sí la narración divertida de sus ridículas empresas». En suma: la historia de la Filosofía, sin perjuicio de exponer con la debida exactitud los sistemas filosóficos, considerados como productos contingentes de la libertad y de la inteligencia del individuo junto con las condiciones del medio ambiente, debe al propio tiempo investigar y señalar la razón suficiente de esos sistemas, su ley generadora, la idea racional, necesaria y una, que existe y se oculta bajo el desorden aparente de los hechos, las relaciones doctrinales y genéticas de los sistemas considerados como factores específicos de la historia de la Filosofía, y abstracción hecha de la unidad primitiva, remota e indirecta, que a la Filosofía corresponde por parte de lo que se llama filosofía del sentido común.

Porque es de advertir que la sucesión de los sistemas filosóficos, considerada en cuanto constituye el movimiento generador de la Filosofía, y su historia propiamente dicha, o sea como manifestación parcial y determinada del pensamiento reflejo, tiene lugar fuera de la acción directa del sentido común; pero sin que le sea dado prescindir por completo de su influencia espontánea y latente con respecto a las aplicaciones prácticas de dichos sistemas. Y es que esta filosofía del sentido común representa y constituye el fondo esencial y uno de la razón humana en sus relaciones innatas con la verdad, que es su objeto necesario. En otros términos: la historia de la Filosofía, como evolución sistemática y refleja de la razón humana, marcha y verifica su movimiento propio apartando con frecuencia la vista de esa filosofía del sentido común que le sirve de base primitiva, indirecta y hasta cierto punto extraña, si se quiere; pero que no por eso deja de impedir, con su fuerza nativa y esencialmente conservadora, que ciertas ideas se apoderen de las muchedumbres, o tomen arraigo en las diferentes capas sociales, como no lo tomaron por esta razón, al menos en el orden práctico, ni la doctrina nirvánica del budhismo, ni las teorías comunistas de Platón, ni las exageraciones éticas del estoicismo, ni tantas otras ideas y teorías peligrosas e incompatibles con el bienestar de la humanidad, con que tropezamos a cada paso en la historia de la Filosofía. Como conjunto orgánico de sistemas y como evolución histórica especial y concreta, la Filosofía representa y constituye una esfera relativamente independiente y separada de la filosofía del sentido común, pero conservando siempre determinados y esenciales puntos de contacto con ésta, y sujeta a su fuerza de atracción; representa una construcción arquitectónica asentada sobre una roca granítica; es una concepción refleja del pensamiento individual, que presupone una concepción espontánea de la razón universal.

El advenimiento de Jesucristo, que es el centro de la historia universal del género humano, representa también el punto central de la historia de la Filosofía. Porque el advenimiento del Cristianismo lleva naturalmente consigo la división de la Filosofía en Filosofía pagana y Filosofía cristiana, en Filosofía anterior, o al menos extraña o independiente del Cristianismo, y en Filosofía posterior a éste, y más o menos influida por la idea cristiana. Mas como quiera que, a contar desde los primeros años del siglo XVI, se inició en el seno de esta Filosofía, hasta entonces casi exclusivamente cristiana, un movimiento separatista, que ha venido desarrollándose y creciendo hasta nuestros días, movimiento que se halla representado por no pocos filósofos racionalistas o partidarios de doctrinas y teorías incompatibles con el Cristianismo, de aquí la necesidad de dividir la Filosofía posterior al advenimiento del Cristianismo en Filosofía propiamente cristiana, y en Filosofía moderna, la cual, al lado de autores, sistemas, principios y elementos cristianos, contiene y abraza simultáneamente autores, sistemas, principios y elementos más o menos heterodoxos y anticristianos.

En este sentido y con estas reservas acepto y he adoptado en esta obra la clasificación, generalmente recibida, de Filosofía pagana o antigua, Filosofía cristiana y Filosofía moderna. Cada una de ellas abraza secciones o subdivisiones relacionadas con su evolución peculiar. Así, por ejemplo, la Filosofía cristiana puede subdividirse en Filosofía patrística y Filosofía escolástica, la cual, a su vez, es susceptible de otras subdivisiones, así como en la Filosofía moderna podemos señalar o distinguir la época primera, que abraza desde Bacón, o si se quiere desde el Renacimiento hasta Kant, en el cual y con el cual comienza el segundo período o sea la Filosofía novísima. Divisiones análogas pueden aplicarse a la Filosofía antigua o pagana, que contiene y abraza, además de la Filosofía de los pueblos orientales, la Filosofía antesocrática, la Filosofía postsocrática, y la Filosofía greco-romana.

En el cuadro de la Filosofía pagana he creído conveniente y justo hacer entrar la Filosofía de los pueblos antiguos y de las civilizaciones orientales, Filosofía anterior a la de la Grecia, o que al menos se movió fuera de su órbita. Tengo para mí que una historia de la Filosofía, en que se haga caso omiso de aquella, debe calificarse de incompleta; porque esa filosofía de los pueblos antiguos, aunque inferior sin duda a la griega, no carece de importancia histórica y científica; significa algo en la evolución progresiva y vicisitudes de la idea filosófica, y puede contribuir a esclarecer los primeros pasos de la historia y de la civilización. No sería razonable ciertamente, ni tampoco muy oportuno, guardar hoy silencio sobre las especulaciones filosóficas que tuvieron por teatro las orillas del Ganges, y que dieron origen, o al menos sirvieron de ocasión y punto de partida al movimiento budhista, que dominó y domina las vastas y pobladas regiones del Asia central y meridional. Y es esto tanto más oportuno, por no decir necesario, cuanto que esa especie de renacimiento budhista que hoy presenciamos, y la intencionada importancia intelectual que se atribuye por algunos al budhismo, hacen indispensable exponer y discutir la idea filosófica doctrinal que encierra esa concepción asiática.

Por lo que hace a lo que pudiera llamarse parte externa del método, principalmente en lo que se refiere a la naturaleza y uso de las fuentes, hame parecido oportuno adoptar un término medio, evitando de esta suerte dos extremos que no es raro observar en achaque de erudición y de historia, y que considero igualmente censurables. Sin salir de nuestro asunto, vemos historias de la Filosofía desprovistas, no ya sólo de citas, sino también de toda clase de indicaciones bibliográficas y de fuentes históricas. En cambio, hay otros libros de este género en que las citas, las indicaciones bibliográficas y las fuentes llenan páginas enteras y absorben parte muy considerable de la obra. Esta abundancia o lujo de citas y fuentes, que puede justificarse, o que al menos es tolerable en una historia de la Filosofía extensa y voluminosa, bien puede calificarse de inoportuna, y parece poco justificada, cuando se trata de una historia elemental y compendiosa de la Filosofía.

Por esta y algunas otras consideraciones, y después de vacilar algún tiempo, he creído oportuno adoptar un término medio en esta materia. Consiste este en indicar al principio de la obra las fuentes principales, o sea los escritos y trabajos más importantes consultados como fuentes, bien sea para toda la historia de la Filosofía, bien sea para alguno de sus períodos, bien sea para alguno o algunos de los filósofos más notables. Todo ello sin perjuicio de aducir algunas citas y de intercalar palabras y sentencias de los autores respectivos en el texto de la obra, con objeto de que el lector pueda juzgar por sí mismo de la fidelidad y exactitud que entraña la exposición de determinadas ideas y teorías. Por punto general, he procurado aducir estas citas y pasajes cuando se trata, o de filósofos y sistemas de grande importancia en la historia de la Filosofía, o de obras especiales y poco conocidas generalmente, o de puntos controvertidos entre los historiadores y críticos, o cuando se trata, finalmente, de opiniones e ideas, o no mencionadas, o expuestas y juzgadas de una manera inexacta por los historiadores de la Filosofía. En obras históricas elementales, el uso de una erudición excesiva, además de comunicar al libro cierto carácter pedantesco, suele acarrear confusión de ideas y de juicios. Pero desterrar hoy de las mismas toda clase de erudición bibliográfica, y no alegar textos y citas, es desconocer la condición propia y la naturaleza de los libros históricos, en los cuales nadie tiene derecho para ser creído sobre su palabra; y es desconocer, sobre todo, las exigencias de la época crítica que atravesamos.

Debo añadir ahora que las fuentes principales de que me he servido para conocer y exponer la doctrina de los filósofos que entrañan especial importancia histórica y científica, han sido, generalmente hablando y con pocas excepciones, sus propios escritos. Aun con respecto a no pocos filósofos de segundo orden, me he creído en el caso de consultar y leer sus obras en todo o en parte, porque sólo de esta manera es posible exponer con la fidelidad necesaria y juzgar con algún acierto la doctrina y las ideas de ciertos autores, doctrina e ideas que muchos historiadores de la Filosofía suelen exponer y juzgar de una manera rutinaria e inexacta, o cuya exposición omiten por completo, a pesar de su importancia relativa, según acontece con algunos representantes de la Filosofía escolástica.

La indicación de nombres y la exposición de doctrinas pertenecientes a filósofos españoles, ocupan más espacio que el que en una historia general de la Filosofía les corresponde; pero esto no se me achacará como gran defecto por parte de los lectores españoles, por más que podrá serlo, y lo será ciertamente, para los extranjeros, si por acaso alguno de ellos leyere este libro.

Los defectos de éste, sin contar la parte principal que corresponde a la insuficiencia del autor, encontrarán atenuación y alguna disculpa en las circunstancias de lugar y tiempo en que fue escrito. Escribióse, es verdad, en la patria de Séneca; pero escribióse en medio de las múltiples y gravísimas atenciones propias del cargo episcopal, lo cual vale tanto como decir que se escribió sin espacio y vagar convenientes, y, sobre todo, sin la tranquilidad de espíritu tan necesaria para emprender y llevar a cabo esta clase de trabajos.

Que la historia de la Filosofía es tal vez el ramo de saber que se encuentra más descuidado entre nosotros, cosa es de suyo manifiesta, como lo es también la conveniencia de estimular a aquellos de mis compatriotas que se hallen en mejores condiciones que las mías al efecto, para que llenen este gran vacío de nuestra literatura. Algo y aun mucho pesó esta última consideración en mi ánimo para decidirme a tomar la pluma y escribir este ensayo de HISTORIA DE LA FILOSOFÍA.

Prólogo de la segunda edición                                          Fuentes bibliográficas de la Historia de la Filosofía


 

 

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