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HISTORIA DE LA FILOSOFÍA                                             

ZEFERINO GONZÁLEZ (1831-1894)                                                        

Tomo I - Tomo II - Tomo III - Tomo IV                                                       

 

 

Historia de la Filosofía - Tomo III - Crisis escolástico-moderna

§ 47 - DESCARTES

Este filósofo, en torno del cual se han librado grandes batallas; que unas veces ha sido ensalzado hasta las nubes, y otras rebajado en demasía; que por un concurso especial de circunstancias viene gozando de gran celebridad en la historia de la Filosofía, y que, con razón o sin ella, fue y es apellidado con frecuencia el padre y fundador de la Filosofía moderna, nació en Haya de la Turena en 1596. Después de hacer sus primeros estudios bajo la dirección de los Jesuitas en el colegio de La Fleche, donde trabó amistad estrecha y constante con el P. Mersenne, vivió por algún tiempo en París, hasta que en 1617 se alistó como voluntario en el ejército de Mauricio de Nassau, del cual se separó después para servir en el de Maximiliano de Baviera, pasando por último a militar en Hungría a las órdenes del conde Bucqnoy.

 

   Abandonada la profesión de las armas, Descartes (René Descartes, Renatus de Quartis, Renatus Cartesius), recorrió varias provincias y ciudades de Alemania, Suiza e Italia, regresando por último a su patria, la cual abandonó al cabo de algún tiempo para fijar su residencia en Holanda, cuando contaba treinta y siete años de edad. En 1648 hizo una excursión o viaje a París, y al año siguiente, invitado por Cristina, reina de Suecia, marchó a Estocolmo, donde falleció en 1650. 

El afán de aparecer como innovador original y fundador de una Filosofía nueva y completa, fue causa de que este escritor hiciera alarde más de una vez de no haber leído y de menospreciar las obras y escritores que le precedieron; pero la verdad es que sus mismos escritos y el testimonio de autores contemporáneos y posteriores, indican y demuestran que, no sólo había leído y conocía a los principales filósofos, sino que en más de una ocasión plagió sus ideas y recibió sus inspiraciones.

Las contradicciones y la confusión de ideas que, según veremos después, aparecen con bastante frecuencia en sus escritos, se reflejan también en su carácter, cuya prudencia se parece mucho a la pusilanimidad y se roza con la hipocresía. Que esto y no otra cosa revelan sus temores pueriles de chocar con la teología, no menos que sus continuas protestas y reservas en favor de la religión y de la política, protestas y reservas a través de las cuales se vislumbra con bastante claridad cierto egoísmo servil, acompañado de cierto escepticismo religioso, porque escepticismo o indiferentismo religioso parece que se oculta en el fondo de lo que contestaba a los que le preguntaban por su religión, cuando decía: yo soy de la religión de mi rey, o de la religión de mi nodriza. Palabras son estas que traen involuntariamente a la memoria el apotegma cujus regio, illius religio, de ciertos políticos, y que recuerda el jus in sacra que Hobbes concedía a los reyes.

Descartes escribió y publicó casi todas sus obras en Holanda. Las principales son las siguientes: Discours de la Methode, pour bien conduire sa raison et chercher la verité dans les sciences, en la cual el autor habla también de la dióptrica, los meteoros y la geometría, como ensayos de aplicación de su método. El título de la segunda es: Renati Des-Cartes, Meditationes de prima Philosophia, in quibus Dei existentia, et animae a corpore distinctio demonstrantur. La segunda edición de ésta (1642) contiene además las objeciones principales contra las demostraciones indicadas, y las respuestas del autor. La tercera lleva el título de Principia Philosophiae, y la cuarta es un tratado sobre Las pasiones del alma (1). Estas cuatro obras, que contienen la Filosofía de Descartes, contienen también frecuentes repeticiones, y, lo que es peor, frecuentes contradicciones, lo cual hace sobremanera difícil la exposición clara y metódica de su doctrina filosófica.

Hasta en las secciones o partes en que divide sus obras, se echan de ver sus repeticiones, tan ocasionadas a la confusión de ideas. Sus Meditationes de prima Philosophia versan principalmente, como es sabido, sobre la existencia y atributos de Dios y del alma humana, cuestiones que constituyen el objeto de una de las secciones o partes en que había dividido su Discurso sobre el método, que son: a) consideraciones acerca de las ciencias; b) reglas principales del método; c) algunas reglas de moral sacadas de este método; d) razones que prueban la existencia de Dios y del alma humana, o fundamento de la metafísica; e) orden de las cuestiones que pertenecen a la física; f) cosas que se requieren para seguir adelante en la investigación de la naturaleza. Sus Principia Philosophiae contienen cuatro secciones o partes, en que se trata: 1.º, de principiis cognitionis humanae; 2.º, de principiis rerum materialium; 3.º, de mundo adspectabili; 4.º, de terra.

48. BASE Y ESPÍRITU GENERAL DE LA FILOSOFÍA DE DESCARTES

Descartes se propone modestamente regalar al género humano una Filosofía tan nueva como completa (integrum Philosophiae corpus humano generi darem), en atención a que todas las Filosofías y todos los libros de Filosofía que hasta entonces habían aparecido en el mundo, sólo representaban una colección desordenada de opiniones, o erróneas, o insubstanciales, y si algo útil se encuentra en los últimos, se necesitaría mayor trabajo para entresacarlo de los libros que para descubrirlo por nosotros mismos. Por lo que hace a la Filosofía peripatética o escolástico-cristiana, sin excluir la de San Anselmo, San Buenaventura y Santo Tomás, Descartes se compromete a probar que todas sus soluciones son falsas e inadmisibles.

Después de echar por tierra toda la Filosofía tradicional y cristiana, Descartes levanta el pedestal de su Filosofía sobre la doble base de la duda universal y del libre pensamiento. «Suponemos fácilmente, nos dice, que no hay Dios, ni cielo, ni tierra, y que no tenemos cuerpo. También dudaremos de todas las otras cosas que nos han parecido muy ciertas, hasta de las demostraciones matemáticas y de sus principios»; en una palabra: dudaremos de todo menos de nuestro propio pensamiento.

La segunda base del edificio cartesiano es la primera máxima o regla que propone en su discurso sobre el método, máxima cuya letra y cuyo espíritu pueden condensarse en los siguientes términos: «No admitir cosa alguna como verdadera, sino a condición de ser conocida su verdad con evidencia por nuestro pensamiento: con respecto a la verdad, el pensamiento humano debe ser libre de toda autoridad, y sólo debe someterse a la evidencia (2) como regla única de verdad y certeza».

Excusado parece advertir que esta máxima, fecundada, o, mejor dicho, esterilizada por la duda universal y combinada con el menosprecio y la hostilidad hacia la Filosofía cristiana tradicional, encierra, no ya sólo el germen, sino la substancia y la esencia completa del racionalismo. Es, pues, incontestable que el principio racionalista es el carácter dominante, es la nota característica de la Filosofía cartesiana, y no sin razón lo han reconocido así generalmente católicos y no católicos, amigos y enemigos del cartesianismo.

Haciendo alusión al método y al espíritu cartesiano, Víctor Cousin escribió: «La Filosofía que había precedido a Descartes, era la Teología; la Filosofía de Descartes es la separación de la Filosofía y de la Teología». Aunque la primera parte de este pasaje es inexacta y falsa, porque la Filosofía anterior a Descartes, si bien marchaba de acuerdo con la Teología, era distinta de ésta, y nunca con ésta se confundió, no sucede lo mismo con la segunda, que es muy exacta y verdadera; porque es muy cierto que el método y espíritu de la Filosofía de Descartes entrañan la separación completa entre la Filosofía y la Teología, separación que por etapas sucesivas, pero lógicas, debía transformarse en hostilidad y negación, no ya sólo contra la teología, sino contra la metafísica, según proclaman hoy en voz alta las escuelas positivistas en sus diferentes matices.

Cuando el citado jefe del eclectismo escribía: «La Filosofía del siglo XVIII es el desenvolvimiento o expansión del movimiento cartesiano en dos sistemas opuestos (el idealismo y el sensualismo), que el cartesianismo contenía en su seno, sin haber desenvuelto todas sus potencias»; y cuando el Globo añadía que, «gracias a Descartes somos protestantes en Filosofía, así como gracias a Lutero somos protestantes en religión», revelaban paladinamente y ponían de manifiesto cuál sea el verdadero espíritu, el espíritu real y substancial de la Filosofía enseñada por el autor del Discurso sobre el método.

49. DOCTRINA FILOSÓFICA DE DESCARTES

Entremos ahora en la exposición concreta de las opiniones y teorías filosóficas de Descartes, y dejando a un lado las máximas o reglas que nos presenta en su discurso con mucho aparato, y que, sin embargo, se encuentran en cualquier manual de lógica (3), veamos su doctrina acerca del hombre, de Dios y del mundo.

A) El hombre

La existencia del hombre se conoce en la conciencia y por la conciencia propia (cogito, ergo sum), o sea del pensamiento. Pensar, no es sólo conocer intelectualmente, sino querer, imaginar y sentir: «las funciones de ver y de oír son pensamientos (sensualismo)». El alma, para nosotros, no es más que una cosa que piensa, y, por consiguiente, su esencia consiste en el pensamiento, así como la esencia del cuerpo consiste en la extensión. Siendo ésta esencialmente divisible y compuesta de partes, y el pensamiento esencialmente indivisible y simple, síguese de aquí que el cuerpo y el alma son dos substancias, no sólo distintas, sino esencialmente antitéticas y exclusivas la una de la otra: el cuerpo es una substancia absolutamente material e inanimada; el alma una substancia absolutamente indivisible animada. Aunque llamamos hombre al compuesto de alma y cuerpo, el hombre verdadero, el yo humano, es la substancia pensante (res cogitans) o el alma sola. El cuerpo es sólo un instrumento, una máquina (machinamentumquoddam) inerte, inanimada e independiente de la acción del alma, como la de ésta es independiente de los movimientos del cuerpo; de manera que ni el cuerpo influye en el alma por medio de la sensación y demás funciones orgánicas, ni aquélla en el cuerpo por medio de la voluntad (ocasionalismo), por más que éstas sean las apariencias: Machinamentum quoddam est (corpas hominis) ex ossibus, nervis, musculis, venis, sanguine et pellibus ita aptatum et compositum, ut etiamsi nulla in eo mens existeret, eosdem haberet omnes motus, qui nunc in eo non ab imperio voluntatis, nec proinde a mente procedunt.

Sin embargo, en esta teoría, como en otras muchas, nótanse en Descartes afirmaciones contradictorias y confusión de ideas, diciendo que de la unión del alma y cuerpo resulta unum quid y ens per se, después de haberlos declarado independientes y antitéticos; dice unas veces que se necesita todo el ingenio humano para conocer algo de dicha unión, mientras que en otros lugares afirma que por medio de los sentidos es conocida con toda claridad (per sensus clarissime) semejante unión. Ora nos dice que estas substancias no pueden menos de ser completas (nequeunt esse non completae), ora reconoce que son substancias incompletas, y hasta que por esta razón constituyen una sola esencia: et ex hoc quod sint incompletae, sequitur illud, quod componant ens per se.

En armonía con esta confusión de ideas, Descartes, después de haber establecido en la metafísica una separación absoluta y omnímoda entre el alma y el cuerpo, en su Tratado de las pasiones nos enseña :

a) Que el alma está unida y vivifica o anima todas las partes del cuerpo;

b) Que reside especialmente en la glándula pineal;

c) Que por medio de los espíritus animales obra sobre el cuerpo, y éste sobre el alma, con otras varias aserciones, a juzgar por las cuales es preciso reconocer que la concepción antropológica del Tratado de las pasiones es la antinomia y la negación de la concepción antropológica de su metafísica.

La teoría ideológica de Descartes no es menos contradictoria y confusa que su teoría antropológica. Además de las ideas adventicias y facticias, Descartes admite también la existencia en el hombre de ideas innatas; pero al exponer y fijar la naturaleza y número de estas últimas, se contradice con toda la gravedad que puede esperarse del fundador de una nueva Filosofía, superior a todas las Filosofías habidas y por haber, puesto que unas veces nos dice que son muy pocas (paucissimae autem sunt ejusmodi notiones) las ideas de este género, mientras que en otras partes nos dice que son innumerables: Et alia innumera, quae quidem omnia recenseri facile non possunt.

La contradicción aparece más evidente cuando se le ve afirmar y decir que son innatas, aun aquellas ideas en cuyo origen y adquisición interviene la acción de los sentidos (4), siquiera sea ocasionalmente, o que se refieren a los objetos sensibles.

Si sentir es pensar, como lo es en opinión del filósofo francés, y si el pensamiento es el fundamento lógico y la prueba de la espiritualidad e inmortalidad del alma humana, es preciso negar a los brutos la facultad de sentir, so pena de concederles una alma espiritual e inmortal. De aquí la teoría peregrina de Descartes acerca de los brutos como seres mecánicos, consecuencia necesaria de su teoría sensualista sobre el pensamiento, y premisa natural a la vez del hombre-máquina de La Metrie.

Téngase presente que Descartes, no solamente confunde el pensamiento con la sensación, sino también con toda afección o modificación de que tenemos conciencia (cogitationis nomine intelligo illa omnia quae nobis consciis in nobis sunt, quatenus eorum in nobis conscientia est), lo cual vale tanto como decir que algunas funciones de la vida vegetal o nutritiva, los movimientos ejecutados por los brazos u otros miembros, etc., son también pensamientos.

Si por este lado el filósofo francés se coloca en el terreno del sensualismo y aun del materialismo puro, no tarda, siguiendo su costumbre de embrollarse y contradecirse, en apelar al intelectualismo exagerado y acercarse al idealismo, afirmando que para el hombre no hay más medio de conocer con certeza la verdad, sino la evidencia y la deducción racional (nullas vias hominibus patere ad cognitionem certam veritatis, praeter evidentem intuitum et necessariam deductionem), o sea la evidencia inmediata y la mediata; porque «la experiencia, añade, es falaz, al paso que el entendimiento nunca hace mal las deducciones (deductionem vero nunquam male fieri ab intellectu)»: de manera que, según esta doctrina, sería necesario admitir como verdaderas las opiniones contradictorias que los filósofos suelen presentar como fundadas en razonamientos y deducciones racionales. Una vez colocado en este terreno escéptico-idealista, Descartes llega hasta a negar a los sentidos la percepción de los cuerpos: Ne quidera ipsa corpora proprie sensu percipi, sed solo intellectu.

B) Dios

La existencia de Dios se demuestra por la existencia en nosotros de su idea, o sea de la idea de un ser infinito y perfecto. Esta idea no puede proceder del hombre ni de ninguna otra causa finita, puesto que la causa debe ser al menos tan perfecta como su efecto. Luego la idea del ser infinito sólo puede proceder de un ser infinito (tránsito del orden ideal y subjetivo al orden real y objetivo), o sea de Dios. Luego la idea innata de Dios entraña la necesidad de su existencia real: totaque vis argumenti in eo est, quod agnoscam fieri non posse ut existam talis naturae, qualis sum, nempe ideam Dei in me habens, nisi re vera Deus etiam existeret.

Por otro lado, nuestro entendimiento percibe la existencia real como contenida necesariamente en la idea del ser perfectísimo, lo cual basta para concluir que éste existe realmente (5) o fuera de nuestro entendimiento.

En virtud de su omnipotencia, Dios creó libremente el mundo, y le conserva en el ser por su sola y libre voluntad. Pero el poder y la voluntad de Dios no se extiende sólo a la existencia del mundo y de las cosas, sino a la esencia de éstas; de manera que las verdades eternas y metafísicas que expresan las esencias de las cosas y su relación necesaria, dependen de la voluntad de Dios, que, como legislador soberano, las orden o y estableció desde toda eternidad.

Así es que Descartes afirma que Dios fue y es tan libre para hacer que no fuera verdadero que todas las líneas tiradas desde el centro a la circunferencia no sean iguales, como para crear el mundo (6), lo cual vale tanto como negar implícitamente la distinción real y primitiva entre el bien y el mal, y abrir la puerta al escepticismo universal, toda vez que semejante doctrina es incompatible con la necesidad de la verdad científica, y hasta echa por tierra el valor y la legitimidad del principio de contradicción, ley necesaria de la razón y condición precisa de la ciencia.

El conocimiento de Dios es la causa primitiva y única de la verdad y de la certeza (ontologismo, germen de escepticismo), de manera que el hombre no puede conocer con perfección cosa alguna sin conocer primero a Dios: adeo ut priusquam illum nossem, nihil de ulla alia re perfecte scire potuerim.

De aquí infiere que, en tanto estamos ciertos de las cosas que conocemos con evidencia, en cuanto conocemos la veracidad de Dios (la cual, lo mismo que la existencia de Dios, conocemos por la evidencia que resplandece en la idea innata de Dios, según Descartes), en la cual estriba también la certeza del mundo externo en cuanto percibido por los sentidos.

Como se ve, hay aquí evidente petición de principio y lo que se llama círculo vicioso. Según Descartes, venimos en conocimiento de la existencia y atributos divinos, y concretamente de la veracidad de Dios, por medio de la evidencia que acompaña a su idea innata y de las deducciones racionales fundadas en esta idea; y al propio tiempo se dice que la veracidad divina es el fundamento necesario y la condición esencial para que la evidencia intelectual o sensible produzca la certeza.

 

     Sólo a Dios conviene propiamente y en toda verdad el nombre y la razón de substancia, puesto que él solamente no necesita de otra cosa para ser (substantia quae nulla plane re indigeat unica tantum potest intelligi, nempe Deus) o existir; y precisamente la substancia es aquello que de tal manera existe, que no necesita de ninguna otra cosa para existir: Per substantiam nihil aliud intelligere possumus, quam rem quae ita existit, ut nulla alia re indigeat ad existendum (panteismo de Spinoza).

C) El mundo

La materia y el movimiento son los únicos principios constitutivos del mundo, el cual es, por consiguiente, una máquina o compuesto mecánico. Las partes de la materia, dotadas al principio de movimiento rectilíneo, adquirieron con el choque direcciones curvas y formaron remolinos, dando origen de esta suerte a las estrellas, a los planetas, que son estrellas apagadas, a los demás cuerpos siderales, lo mismo que a los sublunares. El mundo representa un problema de mecánica, y su ley única es la ley del movimiento local, ley a la cual se reducen, no sólo las fuerzas o acciones químicas, sino los movimientos vitales de las plantas y animales (materialismo moderno, equivalencia de las fuerzas), o sea lo que llamamos vida de las plantas y sensibilidad animal.

La cantidad de movimiento que Dios comunicó a la materia cuando fue creada, persevera y perseverará la misma siempre. Toda vez que la esencia del cuerpo consiste en la extensión, y que ésta se encuentra en el espacio, síguese de aquí que el espacio y el cuerpo son una misma cosa.

El mundo, si no es infinito propiamente, es por lo menos indefinido o ilimitado, en atención a que lo es el espacio que concebimos fuera y sobre el mundo sideral (Jordano Bruno) que vemos, porque el espacio entraña extensión, y la extensión es la esencia del cuerpo. De aquí se deduce que donde hay espacio hay cuerpo, y que el vacío implica contradicción.

La doctrina y las teorías físicas de Descartes valen muy poco, en su mayor parte, si se exceptúan algunas aplicaciones de la geometría a la física y la astronomía. A pesar de esto, Leibnitz dice que «no había penetrado bastante las verdades importantes de Kepler sobre la astronomía, y que el conocimiento que poseía sobre las sales y la química era bien pobre».

En cambio, las relaciones que establece entre la física y la moral se hallan en contradicción con sus ideas espiritualistas acerca de Dios y del alma racional, pero en perfecta consonancia con sus ideas y tendencias sensualistas y materialistas. Porque Descartes no se contenta con enseñar que las razones o medios para hacer a los hombres más sabios y prudentes deben buscarse en la medicina (in medicina quaeri debere), sino que afirma terminantemente que en las verdades físicas debe buscarse el fundamento de la moral más sublime y perfecta: Physicae hae varitates fundamentum altissimae et perfectissimae ethicae.

Descartes no escribió tratado alguno completo y sistemático de moral; pero si tenemos en cuenta esta doctrina y algunas otras indicaciones esparcidas como al acaso en sus escritos, relacionadas con la moral, y principalmente a) lo que dice acerca de la dificultad de conciliar el libre albedrío con la Providencia divina; b) la negación más o menos explícita de las causas finales so pretexto de que no podemos comprender la sabiduría infinita de Dios, y c) su peregrina teoría acerca de la mutabilidad de las verdades eternas, la cual entraña lógicamente la negación de la necesidad e inmutabilidad del orden moral, hay derecho para suponer y sospechar que su teoría ética debía tener mucha afinidad con la de las escuelas positivistas y materialistas de nuestros días.

Para convencerse de esto más y más, basta recordar que en el libro titulado El mundo de Descartes, obra póstuma publicada por sus discípulos, Descartes establece el determinismo como ley absoluta y general de las cosas. Si a esto se añade la concepción mecánica de la vida, expresada en los animales-máquinas del mismo, y la confusión e identificación que establece entre el pensamiento y las demás funciones de la vida, no es posible desconocer que la teoría ética cartesiana, si debía estar en armonía con las exigencias de la lógica, poco o nada tendría que envidiar a las teorías éticas de los modernos secuaces del positivismo materialista.

En su física, escribe un moderno admirador del filósofo francés, Descartes no ha hecho más que repetir a Epicuro; su fisiología tiene el mismo carácter que su física, y en ella y con ella pone término a esa invención del alma material o inmaterial que turbó a tantos cerebros. «En sus líneas generales, concluye el mismo autor, su concepción del mundo, fundada sobre la extensión y el movimiento, no se diferencia del antiguo materialismo.»

50. CRÍTICA

Si a lo que se acaba de indicar acerca de la teoría cosmológico-física de Descartes, se añade que rechazaba la investigación de las causas finales, se verá que su teoría cosmológico-física tiene más de un punto de contacto con la doctrina y pretensiones del empirismo materialista contemporáneo.

Después de lo dicho arriba acerca de la base y caracteres generales de la Filosofía de Descartes, y después de las observaciones hechas al exponer y resumir su doctrina, creo innecesario detenerme en hacer su crítica; porque ésta queda hecha de antemano, y basta resumirla en los siguientes términos:

a) La Filosofía de Descartes, sin ser una Filosofía esencialmente panteísta, ni escéptica, ni sensualista, ni positivista, contiene el germen, premisas lógicas y direcciones marcadas de todos estos errores.

b) La importancia exagerada y exclusiva que concede al pensamiento como fenómeno subjetivo, y en general a los hechos de conciencia, colocan a la Filosofía cartesiana en la pendiente del idealismo escéptico y subjetivo, que Kant y Fichte se encargaron de ensanchar, desenvolver y afirmar.

c) Todas estas tendencias y afinidades, peligrosas y funestas de suyo, lo son mucho más a causa del virus racionalista, del cual son derivaciones espontáneas, y que constituye en realidad el fondo substancial, la nota característica de la Filosofía cartesiana. Así, y solamente así, se explica y comprende ese concierto de alabanzas de que ha sido objeto por parte de todos los representantes del racionalismo, siquiera no pudieran menos de conocer que el mérito de Descartes como filósofo, y abstracción hecha del principio racionalista, es por demás escaso, sobre todo bajo el punto de vista de la originalidad, puesto que de otros autores y de la antigüedad, como dice Leibnitz, «sacó una buena parte de sus mejores pensamientos».

d) La incoherencia en las teorías, y la contradicción en las ideas y afirmaciones, preséntanse también con frecuencia en la doctrina de Descartes, según se ha visto; y esto puede considerarse como uno de los caracteres de su Filosofía que no habla mucho en su favor.

e) En antropología, Descartes resucita el dualismo psicológico absoluto de Platón, enfrente del dualismo psicológico relativo y sintético de la Filosofía escolástica. La separación absoluta entre el alma y el cuerpo, y la concentración o reducción consiguiente del yo y de la persona humana al alma sola, con exclusión de cuerpo, como elemento esencial del hombre, representa el espiritualismo dualista de la Filosofía platónica, enfrente del espiritualismo concreto de Aristóteles y de los escolásticos.

Análoga exageración existe en su teoría cosmológica. El monismo panteísta dice: «El mundo, no sólo depende de Dios por parte de su existencia y esencia, sino que se identifica substancial y realmente con Dios». El teísmo cristiano dice : «El mundo depende de la libre voluntad de Dios en cuanto a su existencia, pero no en cuanto a sus esencias reguladas por las ideas divinas, eternas e inmutables, como son eternas e inmutables también las verdades metafísicas que tienen su fundamento en las ideas divinas». Descartes dice: «El mundo depende de la voluntad de Dios, no sólo en cuanto a la existencia, sino también en cuanto a la esencia y en cuanto a las verdades metafísicas relacionadas con ésta».

En vista de todo lo dicho, no son de extrañar las reservas que Leibnitz, Bossuet, Pascal, Huet y el mismo Bayle, con otros varios, hicieron con respecto al valor de la Filosofía de Descartes. Ni han faltado racionalistas sensatos e independientes que no han podido menos de reconocer que el mérito de la Filosofía de Descartes, como Filosofía, no responde en manera alguna a la fama y ruido que ha metido. Ritter, entre otros, lo reconoce así, ya pesar del sentido racionalista que domina en su Historia de la Filosofía moderna, se expresa en los siguientes términos, al juzgar la Filosofía cartesiana:

«Si pasamos revista a las diferentes partes de la Filosofía de Descartes, pocas cosas nuevas encontramos en ella. Compónese en su mayor parte de ideas que en su época no podían pasar por nuevas. Las pruebas de la existencia de Dios son propiedad antigua de la escuela teológica, y Descartes ni siquiera les comunicó nueva luz.... Su principio Cogito, ergo sum, jamás había caído en olvido desde que San Agustín lo colocó a la entrada de la ciencia. Campanella lo había aplicado con igual vigor, y hasta los mismos escépticos franceses habían sentado el conocimiento de nosotros mismos como el principio de todos nuestros conocimientos. No hay fundamento para sostener que la doctrina de Descartes, a causa de su encadenamiento sistemático, sacó de este principio más que lo que habían sacado otras doctrinas que le habían empleado. Tampoco hay nada nuevo en los razonamientos por medio de los cuales pasa de la limitación de nuestro pensamiento y de la veracidad de Dios a la existencia real del mundo externo y corporal.... La manera con que se explicó sobre el problema de la unión entre el alma y el cuerpo, no hizo más que renovar la idea, emitida ya frecuentemente, de los espíritus animales como medios de unión entre los dos seres, y, aunque sin intención, prestó con esto un apoyo al materialismo.

»No es posible sostener que su doctrina, a pesar de la fuerza con que establece las ideas innatas, haya trabado una línea de demarcación exacta entre ellas y los resultados de nuestra experiencia. Al contrario....: al referir a la imaginación los conocimientos matemáticos, quitaba a sus pruebas la mayor parte de su fuerza científica. Después de todo, debe decirse que las indagaciones filosóficas de Descartes quedaron sin nuevos resultados, y que ni siquiera mantuvieron con firmeza las antiguas distinciones. Cosa es esta que se reconoce claramente, cuando se le ve considerar la sensación y las operaciones de la imaginación, unas veces como modos del pensamiento, y otras veces como fenómenos puramente corporales....

»La verdad es que, si se considera lo que hay de incoherente en las diversas partes de su sistema, y cuan pocas ideas nuevas ha enseñado que se puedan sostener, se siente uno embarazado para explicar de dónde ha venido el suceso o renombre de su doctrina.»

No pondremos término a esta crítica de la Filosofía de Descartes sin llamar la atención otra vez más sobre lo que ya dejamos insinuado, a saber: que su teoría sobre la omnipotencia y la libertad en Dios con respecto a la contingencia de las relaciones esenciales de las cosas y de las verdades metafísicas o eternas, no solamente abre la puerta al escepticismo en el orden científico, sino que lleva consigo la negación del orden moral, siendo, como es, evidente que semejante teoría es incompatible con la necesidad e inmutabilidad de la ley moral. Un paso más, y la moral cartesiana se convierte en la moral del materialismo, en la moral de convención y de origen humano, bien así como su idealismo parcial y subjetivo, sólo necesita un paso más para transformarse y convertirse en el idealismo universal y escéptico de Kant, según advierte con razón Kuno Fischer.

A causa del fermento racionalista que palpita en su seno, la Filosofía cartesiana puede considerarse como la mayor de ese silogismo inmenso que representa el proceso general de la Filosofía anticristiana y negativa de los tres últimos siglos. Nada se debe admitir como verdadero, dijo Descartes, sino lo que lleva el sello de la evidencia, y el siglo XVII no hizo más que comentar, desenvolver y aplicar esta tesis cartesiana. Vino después el siglo de Voltaire y de la Enciclopedia, y estableció la menor del gigantesco silogismo, diciendo: es así que nada de lo que hasta entonces había enseñado la Teología y la Filosofía acerca de la religión, de la moral cristiana, de la vida y muerte eterna, etc., llevaba el sello de la evidencia. De donde infiere hoy nuestro siglo, combinando las dos premisas anteriores, que nada debe admitirse como cierto y verdadero, sino lo que nos dicen los sentidos y lo que se refiere a la materia. Tal es la última y legítima consecuencia de la premisa racionalista sentada por Descartes (7), comentada por su escuela en el siglo XVII, y aplicada o concretada por la Filosofía del siglo siguiente, que representa ciertamente la menor que corresponde a esa premisa.

Por lo demás, Descartes ni siquiera tiene el mérito de la originalidad real y efectiva en esta materia, por más que su nombre haya servido de bandera visible a la Filosofía racionalista en sus diferentes manifestaciones. Porque la verdad es que Descartes fue aquí eco, y eco relativamente inconsciente, de las ideas y tendencias racionalistas y anticatólicas que flotaban entonces en la atmósfera europea, gracias al choque producido en los pueblos y en los espíritus por el libre examen del protestantismo, que se había infiltrado a la callada por todas partes y en todos los órdenes de ideas.

__________

(1) Sus discípulos y admiradores publicaron después de su muerte algunos tratados inéditos, como Le Monde ou traité de la lumiere y los Opuscula posthuma, physica et mathematica.

(2) Que este es el espíritu y el verdadero sentido de esta máxima fundamental y primera de la investigación filosófica, según Descartes, reconócelo bien claramente Víctor Cousin, cuando, comentando dicha máxima, escribe: «De esta suerte y por esta máxima, caen de un solo golpe todas las autoridades, cualesquiera que sean, ya sean dominaciones temporales ante las cuales se inclina el mundo, ya sean dominaciones religiosas y científicas, consagradas por la veneración o la admiración de los siglos, a no ser que estas diversas autoridades se tomen el trabajo y encuentren el secreto de hacernos evidente, y evidente con una evidencia irresistible, la verdad que nos anuncian.... nuestro derecho y nuestro deber es no someternos más que a la verdad reconocida y sentida, y no a la verdad obscura todavía y como extranjera, que no nos toca y no brilla en nosotros.
       »El precepto de rendirse solamente a la evidencia es, pues, un precepto de libertad: hace libre al espíritu humano en todos los órdenes de conocimiento, y el primero que lo proclamó pudo ser apellidado con justicia el libertador de la razón humana.» Histoire de la Philos., lecc. 11.

(3) Redúcense aquellas reglas a dividir las dificultades o problemas en varias partes para examinarlas separadamente; a reiterar y examinar con cuidado la enumeración de las partes, y a proceder ordenadamente en la investigación de la verdad, comenzando por los objetos mas simples y fáciles, y subiendo por grados a los compuestos y mas difíciles.

(4) «Denique, existimo illas omnes ideas esse nobis innatas; sensuum enim organa nihil nobis tale referunt qualis est idea, quae illorum occasione formatur, et sic idea ista debuit esse antea in nobis.» Meditationes de prima Philos., lib. II.

(5) «Ex eo solo quod (mens) percipiat, existentiam neressariam et aeternam in entis summe perfecti idea contineri, plane concludere debet ens summe perfectum existere.» Princip. philos., p. 1.ª § 14.

(6) «Rogas praeterea, quid adegerit Deum ad has veritates (aeternas et necessarias) creandas? Dico autem, fuisse ipsi aeque liberum facere, ne verum foret omnes lineas ductas a centro circuli ad peripheriam esse aequales, atque creare mundum.» Epist. 110.

(7) Los escritores todos que penetran en el fondo de la doctrina cartesiana, han descubierto en ésta, a través de su espiritualismo superficial y descosido, intimas y estrechas relaciones con el materialismo. «Si hablando en general, escribe Lange, el materialismo arranca de Bacón, en cambio Descartes imprimió  finalmente a esta concepción de las cosas el carácter de una explicación puramente mecánica, la cual se revela sobretodo en el Hombre-máquina de La Mettrie.» Sabido es que Voltaire dejó escrito que había conocido a varias personas a quienes el cartesianismo había llevado a la negación de Dios; cosa en verdad muy natural, dada la estrecha relación entre el materialismo y el ateísmo.

Campanella                                                                                                                        Escuela cartesiana

 

 

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