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HISTORIA DE LA FILOSOFÍA                                             

ZEFERINO GONZÁLEZ (1831-1894)                                                        

Tomo I - Tomo II - Tomo III - Tomo IV                                                       

 

 

Historia de la Filosofía - Tomo II - Segunda época filosófica
La filosofía cristiana

§ 37 - SAN ANSELMO

Al lado y enfrente de la escuela nominalista de los siglos XI y XII, presentóse la escuela realista con sus diversos matices. Los principales representantes del realismo moderado fueron San Anselmo y Guillermo de Champeaux, si bien este último ofreció alguna desviación durante la primera época de su enseñanza, como veremos después.

En 1033, y en Aosta de Italia, nació San Anselmo, el cual pasó en su juventud a Francia, y vistió el hábito de monje en la abadía de Bec, en Normandía, atraído por la buena reputación de este monasterio y por la fama de su escuela, dirigida por Lanfranco de Pavía. Elegido Abad de su monasterio, Anselmo fue elevado más tarde a la silla arzobispal de Cantorbery, y falleció en esta ciudad el año de 1109, dejando en pos de sí merecida reputación de santidad y de ciencia. Sin contar sus numerosos escritos ascéticos, son notables sus producciones filosóficas y teológicas, y principalmente el Monologium, el Proslogium, el tratado De veritate, el que lleva por título De Libero Arbitrio, y el que lleva por epígrafe De Fide Trinitatis et Incarnatione Verbi, escrito precisamente con el objeto de refutar los errores de Roscelin (adversus blasphemias Roscellini) acerca de la Trinidad.

 

       Dicho se está de suyo, que el Arzobispo de Cantorbery emplea parte de este último libro en combatir el nominalismo de Roscelin, oponiendo a éste el realismo moderado (universalia in re) o aristotélico. Los pasajes que se han citado al hablar de Roscelin indican bastante que San Anselmo consideraba los errores dogmáticos de aquél como resultado y aplicación de su teoría nominalista.

Los demás puntos importantes de la doctrina filosófica de San Anselmo, son los siguientes :

1.º La fe divina, lejos de prohibir ni menos poner trabas al ejercicio de la razón, le comunica, por el contrario, luz, y sobre todo seguridad, para que, apoyándose sobre aquélla, pueda penetrar y esclarecer el reino de la verdad (fide stabilitus, in rationis ejus (veritatis) indagine se voluerit exercerc), siendo por demás notable, por lo filosófica, la razón que al efecto alega; a saber: que la verdad es tan anchurosa y profunda, que jamás puede ser agotada por el hombre: veritatis ratio tam ampia, tamque profunda est, ut a mortalibus nequeat exhauriri.

San Anselmo insiste con frecuencia en este pensamiento eminentemente católico y científico. Unas veces escribe: sacra pagina nos ad investigandam rationem invitat, ubi dicit: Nisi credideritis non intelligetis. Credo, ut intelligam, escribe en el capítulo primero del Proslogium.

2.º El punto de partida de la razón humana para elevarse al conocimiento de Dios, es el conocimiento de sí misma: mens rationalis, quanto studiosius ad se discendum intendit, tanto efficacius ad illius (Dei) cognitionem ascendit; y esto es tanta verdad, que el alma humana encuentra dentro de sí misma la idea de Dios, en la cual y por la cual reconoce y demuestra su existencia. La razón posee la idea de un ser el mayor y más perfecto entre todos los posibles, o superior al cual nada se puede pensar, y ésta es precisamente la concepción más racional, más primitiva y más universal de Dios: es así que si Dios no existiera realmente, podríamos concebir un ser superior y más perfecto que Él; luego la idea misma que encontramos dentro de nosotros, prueba la realidad objetiva de Dios (2), o sea su existencia real.

3.º La noción o idea esencial de la libertad consiste en la facultad de obrar el bien, por lo cual la libertad propiamente dicha o de albedrío, puede y debe definirse: «la potestad de tener o conservar la rectitud de la voluntad, por la misma rectitud, es decir, por amor de la rectitud o bien moral»: potestas servandi rectitudinem voluntatis propter ipsam rectitudinem. Esta definición, que es aplicable a la libertad que existe en Dios y en los ángeles, como existe en el hombre, prueba que la potencia para pecar no entra en la esencia de la libertad: non pertinet ad definitionem libertatis arbitrii, posse peccare.

4.º Al exponer ciertos puntos relacionados con la teoría del conocimiento, especialmente con respecto a Dios, encuéntranse en San Anselmo algunas frases que presentan sabor ontologista, si bien es cierto que todas ellas pueden recibir un sentido diferente del que pretenden los partidarios del ontologismo, según hemos observado al hablar de San Agustín. El que ve la luz y la verdad, puede decirse que ve a Dios, por cuanto que la luz de la razón, y la verdad por ella conocida y contenida en los primeros principios, son derivaciones y manifestaciones inmediatas, vivaces y similitudinarias de Dios, luz infinita y verdad esencial y universal. En este sentido deben entenderse las siguientes frases de San Anselmo: Potuit (anima) omnino aliquid intelligere de te, nisi per lucem tuam et veritatem tuam? Si ergo vidit lucem et veritatem, vidit te; si non vidit te, non vidit lucem et veritatem.

San Anselmo merece ser considerado como el representante más genuino de la Filosofía escolástica en su segundo período. La fe divina le sirve de guía, de base fundamental y de norma para no extraviarse; pero al propio tiempo, lejos de ahogar y contrariar al movimiento de la razón humana, lejos de impedir su vuelo ni la indagación de la verdad, ésta se lanza a las regiones más elevadas de la ciencia, se entrega con toda libertad a especulaciones las más sublimes, y ciérnese con sobrehumana serenidad sobre los problemas más arduos de la Filosofía. El que quiera formarse una idea de la libertad, de la fuerza, del vigor y seguridad con que se mueve la razón humana, protegida, asegurada e iluminada por los resplandores de la verdad divina, que lea el Monologium, el Proslogium y el tratado De Fide Trinitatis del arzobispo de Cantorbery, que allí verá a la razón humana exponiendo, demostrando y desarrollando con admirable profundidad y lógico encadenamiento, no ya sólo la existencia, la esencia y los atributos de Dios, sino, hasta los altísimos misterios de la Trinidad y de la Encarnación, que parecen perder su incomprensibilidad a la luz de la razón vigorizada por la fe.

Después de lo dicho acerca de los puntos capitales de la doctrina filosófica de San Anselmo, casi parece excusado advertir que ésta contiene el germen de algunas teorías modernas. Basta, para persuadirse de esto, fijar la atención en sus ideas acerca de obrar el bien por el bien (propter ipsam rectitudinem), en su definición de la libertad, en la demostración cartesiana de la existencia de Dios, en su prueba ontológica y la teoría de las ideas innatas, en el punto de partida de esta misma demostración, sin contar el sabor ontologista que presentan algunos de sus pasajes. Nótese, sin embargo, que San Anselmo señala como último motivo de la voluntad el bien en cuanto querido por Dios, de manera que la rectitud o bien, sólo es objeto y motivo inmediato de la elección, pero no motivo único y absoluto, como pretenden las teorías de Kant, Krause y otros racionalistas de nuestra época.

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(1) Tal es en substancia la famosa demostración ontológica de la existencia de Dios, plagiada siglos adelante, por Descartes. He aquí los términos con que la presenta San Anselmo: «Et quidem credimus te (Deum) esse aliquid, quo nihil majus cogitari possit.... Et certe, id quo majus cogitari nequit, non potest esse in intellectu solo: si enim vel in solo intellectu est, potest cogitari esse et in re, quod majus est.... Sic ergo vere est aliquid quo majus cogitari non potest, ut nec cogitari possit non esse; et hoc es tu, Domine Deus noster.» Proslog., cap. II y III.

Abelardo                                                                                                                  Guillermo de Champeaux

 

 

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