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HISTORIA DE LA FILOSOFÍA                                             

ZEFERINO GONZÁLEZ (1831-1894)                                                        

Tomo I - Tomo II - Tomo III - Tomo IV                                                       

 

 

Historia de la Filosofía - Tomo II - Segunda época filosófica
La filosofía cristiana

§ 54 - SANTO TOMÁS DE AQUINO

Antes de bajar al sepulcro, Alberto Magno vio eclipsada su fama y su gloria por la fama y la gloria de uno de sus discípulos, cuyo saber y cuyo nombre fue el primero en reconocer, profetizar y defender. Lejos de envidiar ni amenguar la gloria de su discípulo, Alberto Magno se constituye en apologista y defensor de su nombre y de su doctrina, porque moraba en su corazón la caridad cristiana quae non aemulatur, como dice el Apóstol. Llamábase este discípulo

 

      Tomás de Aquino, que nació en el castillo de Roca-Seca de Italia, por los años 1225-27, de la ilustre familia de los condes de Aquino, emparentada con las casas reinantes de Alemania, Francia, Aragón y Sicilia. Después de recibir su primera educación religiosa y literaria en el monasterio de Monte Casino y en la universidad de Nápoles, determinó abrazar la vida religiosa en la Orden de Santo Domingo, propósito que llevó a cabo después de vencer graves dificultades y peligrosas tentaciones.

Formado al lado y bajo la enseñanza de Alberto Magno, a quien acompañó en sus viajes y permanencia en Colonia y París, no tardó en adquirir tal reputación, que muy joven aún enseñó públicamente Filosofía y Teología en la entonces tan célebre y concurrida universidad de París, recibiendo a la vez el grado de doctor o maestro. Su reputación creció de día en día al compás de su saber, del cual nos dejó además evidente testimonio en sus obras, tan admirables por su mérito como por su número, pues apenas se concibe que haya podido escribir tantos y tantos volúmenes, si se tiene en cuenta que Santo Tomás de Aquino sólo vivió cuarenta y ocho o cuarenta y nueve años. Sorprendióle la muerte en el monasterio de Fosa-Nova, en 1274, cuando se dirigía al Concilio general de Lyon (1), convocado y presidido por Gregorio X.

Las obras filosóficas de Santo Tomás son muy numerosas y de índole muy diversa, no ya sólo porque algunas son exclusivamente filosóficas, mientras que otras son a la vez teológicas, sino porque algunas representan el pensamiento propio y como original de su autor, al paso que en otras representa el papel de comentador más bien que el de pensador original, habiendo también algunas que participan a la vez de todas estas condiciones (2). De aquí procede la dificultad de conocer a fondo y de una manera completa la Filosofía de Santo Tomás, y de aquí la inexactitud con que generalmente se la encuentra expuesta en las historias de la Filosofía.

Para el que haya estudiado con alguna detención las obras de Santo Tomás, la dificultad no está en exponer su Filosofía, sino en reducirla y compendiarla. He aquí el resumen de la misma, procediendo per summa capta, para no exceder los límites que nos hemos prefijado y que no es lícito traspasaren un compendio.

§ 55 - CONCEPTO DE LA CIENCIA SEGÚN SANTO TOMÁS

La ciencia en general es el conocimiento de las cosas por sus causas (cognitio rei per causam), y es de tres maneras para el hombre: la ciencia divina, la ciencia humana, y la mixta de divina y humana. La primera es el conocimiento de las cosas divinas, procedente de una revelación especial de Dios; la segunda es el conocimiento científico de las cosas humanas, mundanas y divinas, que el hombre adquiere o puede adquirir por la sola luz natural de la razón (adquam (veritatem) rationis inquisitio pertingere potest), sin necesidad de especial auxilio; la mixta es la que abraza o comprende simultáneamente verdades conocidas por revelación y verdades conocidas por la razón natural, como sucede en la teología, ciencia a la que las verdades reveladas sirven de base y de primeros principios, y que por medio de la razón natural llega al conocimiento y posesión de ciertas verdades relacionadas con aquellos principios de una manera más o menos necesaria y científica.

La verdad, objeto de la ciencia, y hasta fin general y supremo del Universo (oportet igitur veritatem esse ultimum finem totius universi), o es superior enteramente a la razón humuna, como la Trinidad divina y otros misterios semejantes, o está contenida dentro de los límites y fuerzas naturales de la razón. La primera sólo puede ser conocida por medio de la fe o revelación sobrenatural; la segunda puede ser conocida por la razón humana. A esta última clase pertenecen, no sólo las verdades inferiores que se refieren al mundo y al hombre, sino muchas de las que se refieren a Dios, como son su existencia, su unidad, su omnipotencia y demás atributos, la creación ex nihilo, las cuales, lo mismo que algunas verdades que se refieren al alma humana, como la libertad, la inmortalidad, etc., no son en rigor artículos de fe ni necesitan de la revelación divina, sino que son más bien condiciones y bases previas para la fe sobrenatural: non sunt articuli fidei, sed praeambula ad articulos. De aquí es que la fe divina, lejos de oponerse a la razón natural, lejos de destruirla e inutilizarla, presupone y exige necesariamente el conocimiento connatural y propio de la razón: fides praesupponit cognitionem naturalem.

Aunque las verdades indicadas no constituyen en rigor artículos de fe para los sabios, puesto que pueden conocerlas de una manera demostrativa (quae etiam philosophi demonstrative de Deo probaverunt, ducti naturalis lumine rationis) y científica, para la generalidad de los hombres ignorantes forman parte de la fe, porque asienten a ellas en virtud de la autoridad de Dios. Y esto prueba la necesidad y utilidad de la revelación divina, toda vez que, además de ser absolutamente indispensable para conocer y tener idea de las verdades propiamente sobrenaturales o misterios de la fe, es también moralmente necesaria para que la generalidad de los hombres conozca con certeza no pocas verdades pertenecientes al orden natural, como son la mayor parte de las arriba indicadas, y principalmente las que se refieren al orden moral y religioso, por ejemplo, la existencia y providencia de Dios, la inmortalidad del alma, los premios y castigos de la vida futura. Y la razón es, porque estas verdades, si bien en absoluto no exceden las fuerzas de la razón humana, exceden las fuerzas de la generalidad de los hombres, los cuales, atendidas sus preocupaciones y atenciones cotidianas, su falta de cultura y de medios intelectuales, es moralmente imposible que conozcan de una manera científica y evidente estas verdades, sobre todo cuando vemos que, tomadas en conjunto, son conocidas por pocos, aun entre los hombres ilustrados, y esto después de largos estudios, y amalgamadas con muchos errores: a paucis, et per longum tempus et cum admixtione multorum errorum.

Así es que en el asenso del filósofo cristiano a estas verdades, a la fuerza de la razón natural, se añade la fuerza de la autoridad divina, que afirma y robustece la primera; y esto es sobremanera racional y conveniente, atendida la flaqueza de la razón humana, que a veces toma por demostración científica y evidente la que no lo es en realidad (3), según manifiestan de consuno la experiencia y la historia misma de la Filosofía, con sus negaciones, sus luchas y sus contradicciones sobre problemas y verdades de la mayor importancia para el hombre.

De aquí se infiere que las relaciones entre la fe y la razón, o si se quiere entre la Filosofía y la Teología, no son ni pueden ser relaciones de hostilidad y de absoluta independencia, sino relaciones de armonía y de subordinación. La luz de la fe no destruye la luz del conocimiento natural (non destruit lumen naturalis cognitionis), sino que más bien la completa y perfecciona, como hacen los demás dones sobrenaturales o las demás gracias divinas, que no destruyen, sino antes bien perfeccionan la naturaleza (eam non tollunt sed magis perficiunt), ora en sí misma, ora en sus facultades y acciones. Y, a la verdad, si hubiera oposición entre la fe y la razón, sería necesario admitir y suponer que Dios es autor de falsedad o error, toda vez que la una y la otra traen su origen de Dios mismo, autor y principio de la naturaleza y de la gracia, de la fe divina y de la razón humana: Cum utrumque sit nobis a Deo, Deus esset nobis auctor falsitatis.

La armonía que existir debe, y existe, entre la fe y la razón, así como la subordinación relativa de la segunda a la primera, se comunican naturalmente y se reproducen, por decirlo así, entre la teología y la Filosofía, toda vez que la primera es una derivación espontánea, es como el desenvolvimiento racional de la fe, que le sirve de base y principio, al paso que la segunda es a su vez una aplicación sistemática, un desenvolvimiento racional y científico de la luz natural (sicut autem sacra doctrina fundatur super lumen fidei, ita Philosophia super lumen naturale rationis) de la razón, que le sirve de base y principio. Es, por lo tanto, imposible que las verdades que pertenecen realmente a la Filosofía o que en ésta se contienen sean contrarias a las cosas que pertenecen a la fe, debiendo decirse más bien que son inferiores a ésta (sed deficiunt ab eis), o sea a las verdades propias de la fe divina. Así, pues, cuando en los dichos o sentencias de los filósofos se encuentra algo contrario a la fe, esto no pertenece realmente a la Filosofía, sino que entraña o representa abuso de la Filosofía, por defecto o flaqueza de la razón: Si quid autem in dictis Philosophorum inveniatur contrarium fidei, hoc non est Philosophiae, sed magis Philosophiae abusus ex de defectu rationis.

En conformidad con estas ideas, que expresan los principios fundamentales acerca de las relaciones entre la teología y la Filosofía, podremos hacer uso recto de la segunda en la primera, de tres maneras o con tres objetos. Porque, en primer lugar, la Filosofía nos sirve para demostrar ciertas verdades previas respecto de la fe y que ésta presupone (ad demonstrandum ea quae sunt praeambala fidei) como bases o condiciones necesarias para el conocimiento de las cosas pertenecientes a la fe, cuales son, por ejemplo, la existencia y unidad de Dios. Sirve, en segundo lugar, la Filosofía y debemos emplearla para dar a entender y manifestar en lo posible las cosas de la fe por medio de semejanzas y analogías, como lo practicó San Agustín, el cual, en los libros De Trinitate, hace uso de muchos ejemplos y aduce semejanzas tomadas de la doctrina filosófica, para dar a conocer e ilustrar el misterio de la Trinidad. En tercer lugar, es útil la Filosofía para rechazar y rebatir las cosas que se oponen o alegan contra la fe, bien sea demostrando que son falsas, bien sea probando que no se oponen a la fe de una manera necesaria y concluyente.

Pero así como podemos hacer aplicaciones útiles y provechosas de la Filosofía a la teología y a la fe, habrá, por el contrario, abuso en estas aplicaciones, si éstas no se hacen en la forma y condiciones indicadas; abuso que puede verificarse de dos maneras principalmente. Es la primera, cuando el hombre aplica a las cosas de la fe e introduce en la teología opiniones erróneas, que no forman parte de la verdadera Filosofía, por más que las hayan enseñado algunos filósofos. La segunda manera, o, digamos mejor, lo que constituye el abuso más notable y peligroso de la Filosofía, consiste en querer subordinar y medir las cosas de la fe por medio de la Filosofía, siendo así que el orden natural exige, por el contrario, que la Filosofía, como ciencia humana y verdad del orden natural, se subordine a la fe, que es verdad divina, sobrenatural y de un orden superior (4); lo cual prueba cuan descaminados andan los que nada quieren creer sino lo que alcanzan por medio de la Filosofía, como si ésta fuera la medida general y única, la norma absoluta de toda verdad.

Aunque en el orden cronológico y pedagógico la lógica es la primera de las ciencias, puesto que le pertenece enseñar los procedimientos y métodos científicos, y es como la preparación general para todas las ciencias, en el orden ontológico o del ser, la metafísica ocupa el primer lugar en la serie de las ciencias puramente humanas y naturales, porque es la que investiga las primeras causas y razones de las cosas, y es la que suministra a las demás ciencias los primeros principios y las nociones más fundamentales. La metafísica es la ciencia superior de las cosas, la Filosofía suprema (sapientia, prima philosophia), de la cual reciben su savia y vida las demás ciencias.

La dignidad e importancia intelectual de las ciencias se halla en relación con la dignidad e importancia intelectual de los seres que les sirven de objeto, y esta diversidad de objetos es la que determina también y constituye la diversidad específica de las ciencias. La diversidad genérica de las mismas se halla en relación, o, mejor dicho, depende del grado de abstracción y universalidad a que se halla subordinada la investigación del objeto. De aquí resultan tres géneros o grupos de ciencias, que son:

a) Ciencias físicas, en las cuales el entendimiento, al indagar, reconocer y fijar las verdades relativas a su objeto, prescinde de la singularidad (abstrahit a materia singulari) o accidentes individuales, pero no prescinde de las cualidades o accidentes sensibles: así, al inquirir y reconocer las leyes del movimiento, del calórico o electricidad, el físico prescinde de si ese movimiento se realiza en el pedazo de oro A o B, pero no prescinde de si este oro está frío o caliente, tiene esta figura o la otra, es puro o aleado, porque estas cualidades o accidentes sensibles pueden modificar la condición y desarrollo del movimiento, del calórico, la electricidad, etc.

 

     b) Las ciencias matemáticas forman el segundo género, porque prescinden, no sólo de la singularidad, sino también de ciertas cualidades, o sea de todos los accidentes corpóreos, menos la extensión (abstrahunt a materia sensibili); pues el matemático, al proponer y resolver los problemas geométricos, prescinde de si el triángulo, el círculo, etc., es duro o blando, caliente o frío, etc., y sólo considera la extensión. 

c) Finalmente, en las ciencias metafísicas, que forman el tercer grupo, la inteligencia considera su objeto con abstracción de la singularidad, de los accidentes sensibles, y también de la extensión (abstrahunt a materia intelligibili), que se denomina cualidad o materia inteligible.

De aquí es que cuando consideramos la esencia y atributos de Dios; cuando discurrimos sobre los ángeles y el alma racional; cuando pensamos en la verdad, la justicia, el ser, la inteligencia, la libertad, con otros objetos análogos, nuestro entendimiento prescinde de la singularidad o diferencias individuales, prescinde igualmente de las cualidades sensibles, y prescinde también de la extensión, apellidada por los escolásticos materia inteligible, lo cual vale tanto como prescindir de toda materia o substancia que lleve consigo la composición o multiplicidad de partes: abstrahit a materia intelligibili.

Infiérese de lo dicho, que lo universal es objeto necesario y propio de la ciencia, puesto que en toda ciencia el entendimiento considera su objeto con precisión o abstracción de la singularidad (scientia est de universalibus), no siendo posible que haya ciencia acerca de un individuo como individuo.

Los universales son reales y existen fuera de nosotros por parte de la naturaleza concebida y denominada universal, pero no existen a parte rei, o fuera de nosotros por parte de la universalidad misma, pues ésta depende del entendimiento, según que considera y percibe lo que hay de común, por ejemplo, en los individuos de una especie, sin considerar ni percibir pro tunc las diferencias y accidentes que los distinguen y singularizan.

El sistema platónico, o sea el realismo absoluto, es inadmisible, porque todo lo que es real, es decir, todo lo que existe de hecho, es singular, puesto que la existencia sólo conviene y puede hallarse en cosas singulares: existentia est singularium.

El sistema nominalista es igualmente absurdo, porque niega la realidad objetiva de los universales, lo cual vale tanto como negar la realidad de la ciencia, toda vez que ésta no existe sino a condición de ser conocimiento de objetos y verdades universales. En la teoría nominalista, la ciencia no puede ser el conocimiento de verdades universales y necesarias, sino el conocimiento de palabras universales y contingentes o arbitrarias.

Generalmente hablando, en las ciencias filosóficas deben emplearse a la vez el método deductivo y el inductivo, el procedimiento racional y el empírico, la experiencia y el discurso, porque todas necesitan más o menos de estos varios procedimientos. Sin embargo, la condición especial de cada ciencia exige el predominio relativo de cada uno de estos métodos, porque el método debe estar en relación con la naturaleza de la ciencia de que se trata. Tampoco se ha de buscar una certeza absoluta en todas las cosas (omnimoda certitudo non potest inveniri nec est requirenda similiter in omnibus), antes bien es propio del hombre instruído o de ciencia buscar en cada materia el grado de certeza que le corresponde, habida razón de la naturaleza de la cosa: Ad hominem bene instructum pertinet, ut tantum certitudinis quaerat in unaquaque materia, quantum natura rei patitur.

Es, por lo tanto, irracional la pretensión de los que en todas las cosas buscan la certeza matemática, y aplican a todas las materias el método peculiar y propio de las ciencias matemáticas (5), sin reparar que no todas las ciencias ni todos los objetos son susceptibles de los procedimientos y demostraciones que se adaptan a las matemáticas.

Prescindiendo de las ciencias teológicas y de las verdades sobrenaturales, y concretándonos a las ciencias y verdades comprendidas dentro de la esfera de la actividad racional del hombre, el instrumento propio y el medio principal para investigar, descubrir y conocer científicamente la verdad, es la razón natural, es nuestra razón individual. A la autoridad corresponde solamente un lugar muy secundario; porque la ciencia no consiste en saber lo que pensaron y piensan otros hombres, sino en saber cuál sea la verdad y realidad de las cosas en sí mismas, y esto más que nadie deben tenerlo presente y practicarlo los filósofos, cuya profesión propia es la adquisición de la ciencia y la investigación de la verdad: Studium sapientiae non est ad hoc quod sciatur quid homines senserint, sed qualiter se habeat veritas rerum. —Specialiter tamen hoc oportet facere philosophos, qui sunt professores sapientiae, quae est cognitio veritatis.

Sin perjuicio de lo dicho acerca del empleo simultáneo y combinado del método racional y del empírico en todas las ciencias, el primero debe predominaran la lógica, las ciencias metafísicas y las matemáticas; el segundo en las ciencias físicas y naturales, y los dos igualmente en las psicológicas, morales y político-sociales.

__________

(1) Un ilustre biógrafo y elocuente apologista de Santo Tomás, gloria a la vez del catolicismo y de la tribuna española, después de reseñar la muerte de Santo Tomas, añade: «Así murió el «Ángel de las Escuelas,» el «gran Buey mudo de Sicilia,» el «Doctor Angélico,» el «Águila de la filosofía,» el «Sol de la Iglesia....»
      «Ante la nueva de la muerte de Santo Tomás, divulgada a lo lejos por los hombres y por los ángeles, «el mundo se consternó de tal modo, dicen los historiadores, como si en pleno mediodía se perdiese de pronto el sol en los espacios.» El Papa, los Reyes, las Órdenes religiosas, el pueblo, las universidades, todos rivalizaron en dar muestras de su dolor.» Santo Tomás de Aquino, por D. Alejandro Pidal y Mon, cap. I, paginas 66-67.

(2) Las principales, y nada más que las principales obras de Santo Tomas que contienen su Filosofía y se hallan más directamente relacionadas con esta ciencia, haciendo caso omiso de sus escritos puramente dogmáticos, exegéticos y místicos, son las siguientes: Summa Theologica. —Summa contra Gentiles. —Commentaria in quataor libros sententiarium. —Quaestiones Disputalae. —Commentaria in librum Perihermenias. —De sensu et sensato. —Commentaria in libros De Anima. —De memoria et reminiscentia. —Commentaria in tredecim libros Metaphysicorum. —De Ente et Essentia. —Commentaria in librum De divinis nominibus. —Commentaria sea Expositio in librum Boetii De hebdomadibus. —Expositio et qaaestiones in librum Sev. Baetii De Trinitate. —De differentia Verbi divini et hamani. —De Natura verbi intellectus. —De unitate intellectus contra Averroistas. —Commentaria in decem libros Ethicorum. —De substantiis separatis sive de Angelorum natura. —De aeternitate mundi. —De Fato. —De principio individuationis.
      Téngase en cuenta que se omiten aquí varios tratados relativos a la lógica, los que dicen relación a las ciencias físicas, como Commentario in octo libros Physicorum. —De Coelo et Mundo. —De Generatione et corruptione. —De mixtione elementorum, etc. etc., y los que tratan de ciencias político-sociales, entre las cuales merecen especial mención sus Comentarios sobre la política de Aristóteles y el tratado De Regimine Principum.

(3) «Inter multa vera, quae demonstrantur, immixcetur aliquid falsum, quod non demonstratur, sed aliqua probabili vel sophistica ratione asseritur, quae interdum demonstrado reputatur. Et ideo oportuit per viam fidei, fixa certitudine, ipsam veritatem de rebus divinis hominibus exhiberi. Salubriter ergo divina providit clementia, ut ea etiam quae ratio investigare potest, fide tenenda praeciperet, ut sic omnes de facili possint divinae cognitionis participes esse, et absque dubitatione et errore.» Sum. cont. Gent., lib. I, cap. IV.

(4) Notable es el pasaje que acabamos de extractar, o, mejor dicho, de traducir en el texto, y bien merece que todo filósofo católico conserve en la memoria y tenga a la mano las palabras con que el Doctor Angélico expone y resume con tanta lucidez y exactitud su pensamiento sobre materia tan importante. Después de sentar los principios generales acerca de las relaciones entre la razón y la fe, entre la Filosofía y la Teología, y después de probar que estas relaciones no son ni pueden ser relaciones de hostilidad y de independencia absoluta, sino de armonía y de subordinación, concluye y escribe: «Sic igitur in sacra doctrina (téngase presente que Santo Tomás da el nombre de sacra doctrina a la teología) Philosophia possumus tripliciter uti. Primo, ad demonstrandum ea quae sunt praeambula fidei, quae necessaria sunt in fidei scientia, ut ea, quae naturalibus rationibus de Deo probantur, ut Deum esse, Deum esse unum, et hujusmodi de Deo vel de creaturis in Philosophia probata, quae fides supponit. Secundo, ad notificandum per aliquas similitudines ea quae sunt fidei, sicut Augustinus in libris De Trinitate utitur multis similitudinibus ex doctrinis philosophicis sumptis ad manifestandum Trinitatem. Tertio, ad resistendum his quae contra fidem dicuntur, sive ostendendo esse falsa, sive ostendendo non esse necessaria.
      «Tamen utentes Philosophia in sacra Scriptura possunt dupliciter errare. Uno modo utendo his quae sunt contra fidem, quae non sunt Philosophiae, sed potius error vel abusus ejus, sicut Origenes fecit. Alio modo, ut ea quae sunt fidei includantur sub metis Philosophiae, ut si nihil aliquis credere velit nisi quod per Philosophiam haberi potest, cum e converso Philosophia sit ad metas fidei redigenda.» Exposit. in lib. Boet. de Trinit., cuest. 2.ª, art. 3.º

(5) «Quidam non recipiunt quod eis dicitur, nisi dicatur eis per modum mathematicum. Et hoc quidem evenit propter consuetudinem, his qui in mathematicis sunt nutriti, quia consuetudo est similis naturae. Potest etiam hoc quibusdam contingere propter indispositionem, illis, scilicet, qui sunt fortis imaginationis, non habentes intellectum multum elevatum.» Metaphys., lib. I, lec. 5.ª

Alberto Magno                                                                                                    Antropología de Santo Tomás

 

 

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