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HISTORIA DE LA FILOSOFÍA                                             

ZEFERINO GONZÁLEZ (1831-1894)                                                        

Tomo I - Tomo II - Tomo III - Tomo IV                                                       

 

 

Historia de la Filosofía - Tomo III - Crisis escolástico-moderna

§ 38 - OJEADA RETROSPECTIVA SOBRE EL RENACIMIENTO

Período difícil de juzgar es el período del Renacimiento, ora se le considere objetivamente en su naturaleza propia, en su origen, causas, desenvolvimiento y resultados, ora subjetivamente, o sea por parte de los juicios críticos que acerca del mismo emitieron y emiten todavía muchos historiadores y escritores de todo género. Considéranle unos como raíz y razón suficiente de toda clase de bienes, y considéranle otros como fuente y causa generadora de cuantos males afligen desde entonces a la Iglesia y a la sociedad, mientras que otros muchos se colocan entre las dos opiniones extremas, aproximándose a una o a otra, y ocupando, por decirlo así, los grados múltiples intermedios que las separan. Quien escribiera un libro con la historia completa, imparcial y concienzuda del Renacimiento, bien podría gloriarse de haber llevado a cabo una obra dificilísima, pero muy útil y provechosa para reconocer la ley general de la historia y para juzgar con acierto relativo de sus manifestaciones en ordena lo pasado, a lo presente y a lo futuro.

 

    Dicho se está de suyo que a nosotros aquí sólo nos pertenece considerar al Renacimiento en su aspecto histórico-filosófico, en sus relaciones con la marcha sucesiva de la Filosofía. Tres son los caracteres generales que nos ofrece el Renacimiento, considerado desde este punto de vista, que son: 

   a) La reaparición o renovación de la literatura antigua, y principalmente de la greco-romana, en todas sus fases y ramas.

b) La hostilidad, ora manifiesta, ora latente, contra la Iglesia y las instituciones eclesiásticas, y la tendencia a sustituir las ideas, costumbres e instituciones católicas de la Europa cristiana con las ideas, costumbres e instituciones de Grecia y Roma.

c) Los grandes descubrimientos y progresos que se verificaron en las ciencias físicas y naturales.

Lo que hemos señalado como segundo carácter del Renacimiento, representa y constituye, en nuestra opinión, el defecto capital de éste, el virus radical que vició y esterilizó el movimiento renaciente en casi todas sus manifestaciones. Porque fue esa hostilidad contra la Iglesia y sus instituciones, fue el espíritu anticristiano el que, si no fue causa única del protestantismo, contribuyó eficazmente a su origen, progresos y funestos resultados. Fue también ese espíritu anticristiano, incubado por el Renacimiento, el que en el terreno propiamente filosófico inspiró y dio cuerpo a la incredulidad latente o manifiesta de los Pomponazzi, Vanini, Bruno y tantos otros de aquella época; y en el terreno filosófico-literario dio origen a esas diatribas calumniosas y soeces que, para vergüenza eterna de Hutten y de sus amigos, se conservan en las famosas Epistolae obscurorum virorum, como dio origen también a esos libelos en que los citados renacientes, con otros varios, incluso Erasmo, se desataron en injurias y calumnias contra el Papa y las Órdenes monásticas. Fue también ese espíritu anticristiano el que dio calor y vida y fuerza y grande desarrollo a esa política, a la vez cesarista y anticristiana, cuyos efectos y lógicos resultados presenciamos y experimentamos hoy todos, y más que todos, esos mismos reyes y poderosos, que se sirvieron de ella para esclavizar a la Iglesia, para destruir sus instituciones salvadoras.

Lo que constituye el primer carácter del Renacimiento, o sea el estudio y conocimiento de la literatura antigua, nada tiene de vituperable en sí mismo y entraña un elemento real de progreso. Así es que la Iglesia, que había fomentado la incorporación parcial de la Filosofía antigua en la Filosofía cristiana, no sólo aprobaba y favorecía esta aspiración del Renacimiento, sino que hasta puede decirse que a ella más que a nadie se deben su origen y su desenvolvimiento. El estudio de la literatura antigua, y principalmente de la greco-oriental, no es debido exclusivamente, como suponen muchos, a los griegos lanzados de Constantinopla por el Califa mahometano, sino que arranca de mucho más atrás, y es debido a una serie de causas que, a contar desde el siglo XII, contribuyeron de una manera sucesiva (Cruzadas, viajes y excursiones científicas de los misioneros cristianos en los siglos XIII y XIV, Concilios greco-latinos de Lyon y Florencia, fundación de universidades y creación de escuelas de literatura griega y latina en ellas, propaganda por medio de la imprenta), pero eficaz a infiltrar y difundir en las naciones europeas el conocimiento de la antigua literatura en todas sus ramas. Así se comprende que Petrarca, Bocaccio, Valla, Nebrija y Besarión y tantos otros, promovieran la restauración de la antigua literatura, antes que Reuchlin, Crotus, Erasmo, Hermán y el mismo Hutten, tenido por el primero y principal representante de esta fase del Renacimiento, puesto que adquirió el conocimiento de los clásicos, de que tanto abusó después, en la escuela católica de Fulda.

Por desgracia, este elemento del Renacimiento, bueno en sí mismo y progresivo de su naturaleza, fue falseado y esterilizado, ora por el espíritu anticatólico que palpita en el fondo de muchos escritores renacientes, según se echa de ver en los libelistas de aquella época contra el Papa, los obispos, los religiosos (Hutten, Crotus, Eobanus, Reuchlin, Pyrkheinaer, etc.) y los escolásticos, y en los filósofos de dudosa ortodoxia o abiertamente incrédulos (Pomponazzi, Cremonini, Porta, Machiavelli, Vanini, Bruno, etc.); ora por las exageraciones a que se entregaron no pocos escritores católicos y hasta sacerdotes constituidos en dignidad eclesiástica. Representada se halla semejante exageración por aquellos sacerdotes y religiosos que escribían grandes infolios comentando y explicando las metamorfosis de Ovidio, las sátiras de Petronio o los epigramas de Marcial; por aquellos cardenales, como Bembo, que aconsejaba a sus amigos que no leyeran las epístolas de San Pablo, por temor de viciar su estilo; por aquellos obispos y prelados de los que decía Melchor Cano que neglecta Scriptura Sacra, non prophetas, non apostolos, non evangelistas, sed Cicerones, Platones, Aristoteles personabant.

El espíritu anti-cristiano, que constituye el segundo carácter general del Renacimiento, además de dar origen a los excesos, extravíos y errores de ciertos literatos y filósofos, según se acaba de indicar, fue, si no la causa única, la principal, al menos, del protestantismo, con todas sus lógicas y naturales consecuencias hasta hoy, que son las guerras religiosas y sociales del siglo XVI y primera mitad del siguiente, y después de éstas, en los siglos siguientes, el escepticismo e indiferentismo religioso, el racionalismo científico, el cesarismo político, la incredulidad volteriana, y, como síntesis de todas esas corrientes engendradas por el protestantismo, la revolución universal y radical que se cierne hoy sobre nuestra cabeza, y que amenaza ahogar con sus brazos a los mismos que antes la llamaron en su auxilio para despojar y vencer a la Iglesia, a los mismos que antes le dieron protección, calor y vida.

Y a vista de todo esto, a vista de los resultados tan funestos como innegables que ha producido, por lo que hemos señalado como segundo carácter del Renacimiento, excusado parece decir que en este concepto, y desde este punto de vista, el Renacimiento no merece las simpatías ni la aprobación del católico, ni del hombre imparcial y de sano criterio, porque, en este concepto, fue un mal grande, origen de males mayores.

Por lo que hace a lo que hemos señalado como carácter tercero del Renacimiento, bien puede decirse que representa un elemento de bien y de perfección; pero sería injusto atribuirlo exclusivamente al Renacimiento. El cual, si contribuyó en cierta medida al cultivo y progresos de las ciencias físicas y naturales, contribuyeron también, y en escala mayor, otras causas independientes del Renacimiento, bastando citar como ejemplo y como una de las principales el descubrimiento de la América, el cual dio origen a un verdadero nuevo mundo en casi todos los órdenes de ideas, y con especialidad en el terreno de las ciencias físicas y naturales. Por lo demás, la influencia del Renacimiento en este orden de ideas entraña también exageraciones y tendencias anticristianas, según se ha visto en Paracelso, Cardano, Bœhem, Telesio y otros varios representantes de esta escuela renaciente.

Despréndese de lo dicho, que así como la Filosofía patrística es como el prólogo natural de la Filosofía escolástica, así también el Renacimiento es como el prólogo natural de la Filosofía moderna, de la cual puede decirse con toda verdad que no hizo más que desenvolver los gérmenes contenidos en el Renacimiento y completar su Filosofía, sobretodo por parte de sus tendencias racionalistas, por parte del espíritu anticristiano y antieclesiástico que constituye uno de sus caracteres.

Antes de poner fin a esta ojeada retrospectiva, séanos lícito recordar que nuestra España representó papel único y brillantísimo con respecto al Renacimiento. Único, porque fue acaso la única nación que supo conservar el espíritu católico en medio de la fermentación renaciente. Brillantísimo, porque, lo mismo en el terreno de la teoría que en el terreno de la práctica y de la ejecución, no hay nación alguna que pueda presentar un conjunto de hechos, de empresas y de hombres, que hayan contribuido más eficazmente a promover los elementos verdaderamente buenos y a desenvolver y propagar las ideas fecundas y progresivas que encerraba el Renacimiento. Y todo ello sin necesidad de alardes racionalistas, sin necesidad de acudir al libre examen del protestantismo, sin necesidad de oponerse al dogma católico ni menospreciar la autoridad de la Iglesia.

Período de verdadera plenitud fue para España el período del Renacimiento, porque nadie puede negar que esta nación se vio verdaderamente llena de grandes reyes, y de grandes políticos, y de grandes capitanes, y de grandes diplomáticos, y de grandes artistas, y de grandes poetas, y hasta de grandes escritores místicos, todos los cuales supieron sobresalir en su esfera y regenerar y perfeccionar las artes y la idea divina sin traspasar los límites de la fe católica. Y si entramos en el terreno más directamente relacionado con el Renacimiento; si entramos en el terreno de las ciencias todas y de las letras humanas, veremos historiadores y arqueólogos como Zurita, Mariana, Ambrosio de Morales, Pedro Chacón y Antonio Agustín; juristas, canonistas y teólogos como Azpilcueta, Covarrubias, Victoria, Domingo Soto, Molina, Castro, Vázquez y Suárez, con tantos otros; filósofos y restauradores de la Filosofía como Vives, Foxo Morcillo, Valles, Cardillo de Villalpando, Abril, Gómez Pereira y Huarte; críticos, filólogos y humanistas como Luís Vives, Melchor Cano, Antonio Nebrija, el Brócense, Arias Montano, Malvenda y García Matamoros (1), con tantos otros que fuera fácil citar.

Hasta en el terreno de las ciencias físicas y naturales, difícil será encontrar nación alguna que pueda presentar tantos y tan grandes títulos de gloria durante la época del Renacimiento como la nación española. Testimonio son de esto los nombres y los escritos de Andrés Laguna, de Valles, de Gómez Pereira, de Mercado y de Huarte; ahí están también los nombres, trabajos y descubrimientos llevados a cabo por conquistadores y navegantes como Núñez de Balboa, Solís, Orellana, Elcano, Jofre de Loaisa, Hoces, Mendaña, Quirós y Torres, sin contar las expediciones y descubrimientos de Colón y Magallanes, que la España puede reivindicar para su gloria, y que, en unión con los citados, contribuyeron en gran manera a rectificar y ensanchar la esfera de los conocimientos geográficos, astronómicos, físicos, matemáticos y etnográficos. Ahí están también el nombre y los escritos de Pedro Chacón, corrigiendo e ilustrando con notas y adiciones las obras de Pomponio Mela, de Séneca, de Plinio y de otros naturalistas antiguos, como lo hiciera Laguna con Dioscórides; de Juan Fragoso, autor de los Discursos de las cosas aromáticas, árboles, frutas y medicinas simples de la India; de Gonzalo Fernández de Oviedo, cuya Historia general de las Indias, bien así como los dos libros De natura novi orbis, escrito por el jesuita Acosta, y la Historia natural y moral de las Indias, debida a la pluma del mismo, obras que abrieron nuevo y vastísimo campo a las investigaciones y progreso de las ciencias físicas y naturales.

La historia de España durante el Renacimiento es una demostración práctica de que éste pudo y debió llevarse a cabo sin rebelarse contra la Iglesia, y que sus efectos o resultados hubieran sido más fecundos para el bien y menos para el mal, sin el espíritu anticristiano que algunos de sus representantes inocularon en su seno.

Digamos, antes de concluir esta ojeada general sobre el Renacimiento, que éste, por punto general, se distingue también por la curiosidad intemperante y por esa especie de marcha libre, desordenada, antisistemática de sus representantes. Salvas algunas excepciones de poca importancia, y abstracción hecha del movimiento escolástico-cristiano, puede decirse que cada filósofo del Renacimiento tiene su sistema particular y más o menos sincrético. Trátase, en suma, de un período en que hay filósofos, pero no una Filosofía ; hay filósofos del Renacimiento, pero en rigor no hay una Filosofía del Renacimiento.

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(1) Este ilustre humanista, que fue profesor en la universidad de Alcalá, escribió, entre otras obras, un excelente tratado De tribus dicendi generibus, sive de recia informandi styli ratione (Compluti, 1570), y una muy notable y curiosa apología, o, según él dice: Narratio apologetica de academiis et doctis viris Hispaniae, sive pro asserenda Hispanorum eruditione. Obra es ésta que, junto con las de Mariueo Sticulo y algunas otras posteriores, debieran leer ciertos doctores de nuestros día, que solo descubren Filosofía y ciencia y saber en las naciones extranjeras.

El escepticismo durante el siglo XVII                                           Origen y caracteres de la Filosofía moderna

 

 

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