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HISTORIA DE LA FILOSOFÍA                                             

ZEFERINO GONZÁLEZ (1831-1894)                                                        

Tomo I - Tomo II - Tomo III - Tomo IV                                                       

 

 

Historia de la Filosofía - Tomo III - Crisis escolástico-moderna

§ 85 - VOLTAIRE

Sucede generalmente que en las épocas y sociedades en que más se habla de virtud y de moralidad, es cuando menos se practican éstas, y no es raro también que se hable mucho de Filosofía en épocas y naciones que apenas la conocen. Nunca se habló más de Filosofía, ni se presentaron tantos filósofos como en Francia durante el siglo XVIII; y, sin embargo, nunca hubo menos Filosofía ni menos filósofos en Francia que en aquel siglo. Y es que la Filosofía consistía entonces, no en la investigación y conocimiento de las esencias, causas y atributos de las cosas, del mundo, de Dios y del hombre, sino en atacar, combatir y desprestigiar a la religión de Jesucristo, echando mano de todos los medios, y especialmente de la ironía, la mentira y la calumnia. Aplastar al infame (1), o sea al catolicismo y a su divino autor Jesucristo, era el grito de guerra de aquellos pretendidos filósofos, y esta horrible blasfemia fue como la palabra de orden, el delenda Carthago, que les proponía e inculcaba sin cesar el que llegó a ser su jefe, no tanto por su edad, por su talento literario y por su fama, cuanto por su odio perseverante y profundamente satánico contra Jesucristo y contra todo cuanto tenía algún sabor cristiano. Este odio profundo contra el catolicismo que respiran los escritos del filósofo de Ferney, y también su correspondencia particular, no descendió con él al sepulcro: que la revolución antisocial y antireligiosa, iniciada por él y por sus sucesores, desarrollada y organizada en sociedades secretas y públicas, es su heredera legítima, y, como tal, esfuérzase en conservar y aumentar ese odio satánico, no ya sólo contra Jesucristo y su Iglesia, sino contra el mismo Dios.

Este odio profundo y universal contra Cristo y contra todo lo que lleva el nombre y la señal de Cristo, fue el carácter distintivo de

Voltaire (Francisco María Arouet), que nació en Chatenay, cerca de París, en 1694, y murió en 1778. Cualquiera que sea su mérito como literato, como historiador, como poeta y como crítico, es lo cierto que es muy inferior como filósofo, y que su nombre no merece apenas figurar en la historia de la Filosofía. Su dirección filosófica coincide con la de Locke, cuya doctrina propagó en su patria. Locke es para Voltaire el mayor de los filósofos y el más profundo de los metafísicos, y al lado del Ensayo sobre el entendimiento humano, poco o nada valen ni significan, no ya sólo las obras de Platón, de Aristóteles y de Santo Tomás, si que también las de Descartes, Malebranche y Leibnitz.

 

  Así no es de extrañar que la Filosofía de Voltaire se reduzca a un sensualismo deísta e incompleto, con ribetes y tendencias materialistas. Mientras que por un lado afirma la existencia de Dios, enseña por otro que la existencia del mal es incompatible con la bondad y sabiduría divinas. Habla algunas veces del alma humana, ensalzando su dignidad y nobleza; pero al propio tiempo se inclina a creer que es una abstracción realizada, y admite la posibilidad de una materia dotada de pensamiento: Ce je ne sais quoi qu'on appelle matière, peut aussi bien penser que je ne sais quoi qu'on appelle esprit. 

Con respecto a la libertad, obsérvanse en Voltaire las mismas dudas, la misma ignorancia, las mismas contradicciones. Después de sus ditirambos en favor de la libertad, el patriarca de la incredulidad concluye dudando unas veces y negando otras en absoluto su realidad y existencia: Je veux nécessairement ce que je veux, autrement je voudrais sans raison, sans cause, ce qu'est imposible.

Si en cuanto a las ideas propiamente filosóficas Locke es el maestro y el inspirador casi único de Voltaire, no puede decirse lo mismo cuando se trata de sus ideas en el orden ético-religioso. Porque en este orden de ideas, los verdaderos inspiradores y maestros del escritor francés fueron Woolston, Collier, Boling-broke, Shaftesbury, con los demás corifeos y propagandistas prácticos y teóricos de la escuela esencialmente deísta e incrédula que dominaba a la sazón entre los literatos y filósofos de Inglaterra. En los escritos del último fue donde principalmente se inspiró Voltaire en este orden de ideas, y de allí tomó casi todos los argumentos —aunque no la saña— con que atacó al Cristianismo.

Del campo de la Filosofía positivista y anticristiana hanse levantado en nuestros días no pocas voces en favor de Voltaire y de su obra, cosa muy natural, en verdad, si se tiene en cuenta el afán hoy dominante por rehabilitar el nombre de todos los que se distinguieron por su odio contra la verdad divina en general, y con especialidad el nombre de los progenitores y representantes del positivismo materialista, y de la incredulidad religiosa, y del naturalismo, entre los cuales figura Voltaire con sobrada justicia. Así se cumprende y explica que su nombre y sus ideas hayan sido y sean hoy objeto de elogios, no solamente en Francia, sino también en Alemania, bastando citar, en confirmación de esto, la Historia de la literatura del siglo XVIII, escrita por Hettner, la biografía de Voltaire publicada por Rossenkranz, las Seis Conferencias de Strauss sobre el escritor francés, y el discurso publicado por Du-Bois Reymond con el título de Voltaire in seiner Beziehung zur Naturwissenschaft.

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(1) «Que les philosophes véritables, escribía Voltaire en 1761, fassent une confrérie comme les franc-maisons.... Cette académie secrete vaudrait mieux que l''académie d'Athènes et toutes celles de Paris. Mais chacun ne songe qu'a soi, et oublie le premier des devoirs qui est d'anéantir l'infame. Confondez l'infame le plus que vous pourrez.» Y en carta a Saurín, añadía : «Il faut que les frères reunis écrasent les coquins.» Sabido es que el odio satánico y las blasfemias con que había perseguido e insultado a Jesucristo durante su vida, se volvieron contra él en la hora de su muerte, cuando exclamaba con voz ahogada por el dolor y la desesperación: Muero abandonado de Dios y de los hombres.

Vico                                                                                                                                                 Rousseau

 

 

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