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PLAN DE UNA BIBLIOTECA DE AUTORES ÁRABES ESPAÑOLES

 

D. FRANCISCO FERNÁNDEZ GONZÁLEZ   -   Edición de 1861


Prólogo   -   Introducción   -   Fuentes


 

 


INTRODUCCIÓN

Aparte de condiciones internas imposibles de apreciar por los extraños a una literatura, existen circunstancias exteriores que ayudan a juzgar de su importancia; tales son entre otras la cantidad de obras escritas, la extensión del poder del pueblo que la ha desarrollado, y su duración histórica.

En todas estas tres condiciones la literatura árabe presenta una incontestable superioridad sobre cuantas se ofrecen a nuestro estudio.

Respecto a la primera, ninguna literatura de Occidente ha conservado de las épocas de su florecimiento un caudal superior de obras escritas, ni un número tan considerable de escritores (1). Mientras preciadas literaturas de Europa apenas logran inventariar un ciento de autores distinguidos por cada siglo de su glorioso pasado, la literatura arábiga conserva las obras y recuerdos de muchos millares. Los restos de su prodigiosa elaboración, no reproducidos aún por el arte tipográfico, son todavía respetables, comparados con las riquezas de todo género acumuladas en nuestras bibliotecas.

Estás se hallan muy lejos de tener siempre el interés de los depósitos de la cultura arábiga. Encerrando en gran parte un fondo común de libros clásicos, historias y textos científicos, que se hallan de la misma manera en todas las bibliotecas europeas, no compiten con las de Oriente en el número de obras autógrafas y ejemplares únicos de inestimable valor. Particularmente sorprende la inagotable fecundidad del genio árabe en la poesía. Entre nosotros, pueblos consagrados desde antiguo al cultivo y fomento de los intereses materiales, las dotes poéticas son cualidades privilegiadas, flores para cuya producción se necesitan condiciones nada comunes; entre los árabes, aunque la alta poesía sea considerada especialmente como un don del cielo, la facultad poética en general es patrimonio de todos.

De aquí las extrañas distinciones que hacen los escritores de su historia literaria de poetas reyes, príncipes, generales, gobernadores, etc., clasificación que si parece pueril en cierto sentido, en otro, es la mejor característica del fondo general de esta literatura.

Ni parece menos interesante por la extensión del territorio en que se ha cultivado y los numerosos pueblos que han abrazado su cultura. En este respecto ninguna literatura, antigua ni moderna, puede lisonjearse de poder ser colocada al lado suyo. Los árabes, observa con razón Hammer, son los romanos del Oriente; pero ni el pueblo rey, ni su maestro el griego lograron imponer su idioma a tan diferentes pueblos, como han adoptado la lengua árabe.

Dominando el árabe por sus conquistas desde el Atlántico al mar de las Indias, si no ha llegado a la remota Thule, ha penetrado más allá que el romano en el interior del África (2).
Mas en lo que aventaja indudablemente a las demás literaturas conocidas es en su duración. Las lenguas de los antiguos egipcios y persas, el Sánscrito y la lengua de Moisés han cesado de resonar hace largo tiempo; sólo dos idiomas se han conservado, desde la más remota antigüedad y a través de la edad media, invariables en los libros y en la boca del pueblo, el chino y el árabe; pero aquél apenas ha podido conquistar algo hacia el Oriente, mientras el arábigo ha extendido su dominación desde las orillas del Ganges a la embocadura del Tajo.

La literatura árabe extraordinariamente rica, superior a la romana en duración y difusión, y a la china en importancia e influencia, es bajo estos particulares respectos la primera literatura del mundo.

Sobre estas circunstancias generales que la hacen interesante en sí misma, recibe una importancia particular de la influencia que ejerce el genio árabe por las conquistas en Al-Andalus, la Gallia e Italia y por las Cruzadas en el Occidente; no menos que por las condiciones particulares de Europa en la época en que florece, y los caracteres peculiares de su idioma.

De largo tiempo viene la controversia entre orientalistas y románticos sobre el origen e introducción de aquellas instituciones, que no existiendo en la antigüedad aparecen por primera vez en la edad media. Tales son la caballería, la rima y la arquitectura gótica. Con este motivo se ha querido contraponer el Occidente al Oriente, cuando procedía a nuestro parecer aproximar el uno al otro. Durante la edad media domina el Semitismo lo mismo en Europa que en Asia, y aparte de la predicación del Evangelio y del estudio de los libros santos, las últimas producciones de la literatura latina en San Agustín y San Gerónimo, concluyen con el espíritu peculiar de la antigua sociedad pagana. Tradición clásica y hebraico-bíblica en Europa (Semitas y Arios), tradición arábigo-siro-persa en Oriente (Semitas y Arios); he aquí las influencias que se suceden unas a otras en la historia de la edad media.

No es dudoso que causas semejantes pudieran producir efectos parecidos en Oriente y Occidente, aunque, dada la comunicación de pueblos, es indispensable admitir que si una institución aparece en uno antes que en los otros, si se muestra con más brillantez y con su cultura, merece ser considerado como maestro de los demás, y no hay motivo para negarle influencia. Tal es la razón del natural influjo de la sociedad árabe en las mencionadas instituciones.

Sin aceptar, lo que seria absurdo, completa identidad entre el espíritu de la caballería oriental y la europea, el fondo espiritual del genio de la caballería es antiquísimo en Oriente. En este punto es necesario admitir lo que decía en la antigüedad a Herodoto uno de los sacerdotes de Menfis: «Nosotros los europeos somos unos niños, que no sabemos más que lo de hoy y lo de ayer».

Bajó la austera urdimbre de la sociedad hebrea se ve el sentido heroico de Juana de Arco en Judit, mostrándose igualmente en las batallas con los enemigos de los hebreos el terrorífico aparato de gigantes, que juega tanto papel en los combates de la edad media.

Los magos de Faraón y los encantadores no ocupan inferior lugar en las historias sacras que el alcanzado en las historias de la edad media por los talismanes y la alquimia.

Asimismo el sentido caballeresco brota por do quiera en la sociedad árabe. En los dos Hamasas, que encierran los ejemplos más antiguos de la poesía árabe, se leen alusiones constantes a la caballería. «Es un caballero, dice Selemet B. Said Et-taiy en un poema conservado en el pequeño Hamasa, el que cuando rico se acerca al amigo y necesitado huye de él; es caballero el que no tiene en mucho la riqueza y cuando le sobreviene la fortuna no aprende orgullo por ella.» Idéntico espíritu ilumina el carácter heroico de Antar, cuyas empresas caballerescas han ocupado desde la época de su muerte la memoria de los rauíes árabes. Preguntándole cómo había adquirido tanta reputación de guerrero, cuentan que respondió: «Siendo el primero en el ataque y el último en la retirada, volviendo siempre de los lugares adonde voy, protegiendo a los débiles y las higueras, dando terribles golpes en el calor de la batalla.»

Tales rasgos de las virtudes caballerescas de los héroes ante-islámicos se continúan en los primeros tiempos del Islam, época en que aparece la interesante figura del caballeresco Alí, cuya espada Dzulfacara (3) se puso al servicio del Corán, dos siglos antes que la Durindana de Rolando fuese el firme baluarte del Cristianismo.

Finalmente, las órdenes caballerescas al servicio de religión son mucho más antiguas en Oriente que en Europa.

De un lado el precepto islámico de las peregrinaciones a las santas ciudades, unido al sistema de predicación militar del Corán de que había dado ejemplo el profeta, y de otro la circunstancia de que las órdenes militares sólo han nacido en contacto con los árabes, en España y en la Palestina, sin que en doce siglos de Cristianismo anterior se hubiesen instituido por Constantino ni por Carlomagno, celosos defensores de la religión cristiana, bastan a probar con evidencia que el ejemplo de la sociedad árabe pudo influir de alguna manera en la fundación de estas instituciones. A la verdad, el espíritu de la sociedad y de la época favorecían el establecimiento de dichas órdenes en Europa; mas el sentido y el móvil de ellas respondía con mayor naturalidad a la nueva evolución del espíritu semítico en Oriente.

No solamente existía en Oriente antes que en Occidente la ceremonia de armar caballero sino que su caballería abrazó en el campo de la realidad lo que la occidental sólo tuvo en el campo de la leyenda.

Antes de la institución de los caballeros Templarios, orden que sirvió, según Fauriel, de modelo a la fabulosa del Santo Grial, los maestres de la caballería en Oriente enviaban con su investidura a los nuevos admitidos el permiso de usar de la fetua (calzón de honor) y una copa. Seguramente el sentido cristiano y europeo caracterizó particularmente estas instituciones; pero sería un escepticismo creer que la Europa, que recibió en aquéllos tiempos conocimientos médicos y astronómicos, numeración e industria de los árabes, no recibiese la influencia de las costumbres de su civilización adelantada. Y esto con tanta más razón cuanto que se conservan todavía las palabras que señalan el camino de la influencia. El dictado caballeresco Galib, que se dio ya a Alí en el primer siglo de la hégira y que fue aplicado por excelencia a Dios en el lema de los Al-Ahmares, se encuentra la forma Galaubier en el idioma de los provenzales con la misma significación (4).

En resumen, por las condiciones sociales de la edad media la caballería hubiera aparecido en Europa con caracteres semejantes a la de Oriente; pero la comunicación de las sociedades hizo más marcado este parecido, y en esta relación no debió ser nula la influencia del pueblo, que la tenia de más antiguo con una civilización superior, el árabe. No se nos oculta la importancia que en este hecho se ha querido atribuir a la raza germana, y que se ha citado el feudalismo, la importancia de la mujer, etc.; mas si todos estos elementos han debido ayudar a caracterizar de un modo especial la caballería de los pueblos cristianos, tampoco debiera olvidarse que la época del florecimiento de la caballería coincide con la destrucción del feudalismo en las Cruzadas, y que esa importancia de la mujer, el respeto a los débiles, a las mujeres y a los niños, está consagrado en el Islam. Los musulmanes, colocando su honor en sus mujeres, las guardan en harenes como el santuario de su honra (5). ¿Tendremos necesidad de citar las innumerables poesías árabes que celebran el amor puro y delicado? ¿Mencionaremos esa tribu de los Benu-Odhra, cuyos jóvenes, según la expresión de Albicaí, morían de amor, no por constitución delicada, sino por la hermosura de las doncellas y por la modestia y pudor de los enamorados? Las costumbres públicas de los musulmanes, tan mal apreciadas en general por los europeos, velan constantemente por el honor de las mujeres; En-nar, En-nar, guale el-aar: «El fuego, el fuego, y no la deshonra», es su grito en las batallas tomado de sus relaciones domésticas. La delicadeza del amante árabe llega al punto de no nombrar a su amada si es soltera o casada; lo general es hablar del objeto de sus amores considerándola como viuda. La mirada de una hermosa beduina, dice Lamartine en sus viajes, hace olvidar al guerrero musulmán en las batallas la inminencia del peligro recordándole en su imaginación las encantadoras huríes.

La rima es otra introducción de la edad media en la poesía, que sin proceder de los árabes directamente en Europa, ha recibido una segunda fuerza de su influencia. Sin contar la estancia de las canciones amorosas, género adoptado con particularidad por los árabes andaluces, el monorrimo de las prosas provenzales, la octava rima y el soneto (6) parecen haber pasado a la Europa de la metrificación árabe.

En cuanto a la arquitectura gótica, aunque admitamos, como es verdad, que desde los principios de la edad media alternan delicadas cúpulas y chapiteles en palacios y templos de la arquitectura semi-oriental de los bizantinos, es indudable que en ninguna parte de Europa llegó por aquellos tiempos la arquitectura de la edad media al esplendor que en las mezquitas de Damasco, Córdoba y Sevilla, y aún después en los palacios de la Alhambra. Aún aceptando, lo que no parece fuera de controversia, la legitima derivación de la arquitectura arábiga y gótica de la griega, la primera merece ser considerada siempre como la hermana mayor de estas arquitecturas, la cual enriquecida con las elegantes tradiciones en la arquitectura persa y palmirena dominó a un tiempo en Oriente y en Occidente, dejando al retirarse en el Mediodía de Europa, como precioso legado, la arquitectura mudéjar (7).

Lo que deben las ciencias naturales y físico-matemáticas a los árabes ha sido apreciado en nuestros días con juicio superior por Humboldt en la segunda parte del Cosmos. Hasan B-Heisen (8) se dio a conocer por un tratado sobre la geometría de la posición (1030), materia ilustrada novísimamente por Carnot. Abul-Güefá determinó ya en Bagdad en 975 la tercera desigualdad de la luna más de 500 años antes que Ticho-Brahe. Aben-Junis director del observatorio del Cairo se hizo célebre por la formación de las grandes tablas haquimíticas publicadas por Caussin, y por la aplicación del péndulo.

Después de las academias griegas en Atenas y Alejandría, la edad media debe a los árabes la primera academia de ciencias y la primera universidad en el sentido propio de la palabra.

Aparte de la reunión de sabios de Toledo, que tenia lugar en la época de Al-Hacam II, y de la Casa de la Ciencia, fundada por los califas Fatimitas en el Cairo para sostener sus derechos, institución la última más política que científica, y cuyo espíritu destructor dio por fruto la secta de los asesinos, se formó en el siglo IV de la hégira en Siria y en Irak-Arabi la sociedad científica de los Hermanos de la pureza. En el año 375 de la hégira recomendó el guacir de un príncipe de los Benu-Bugé a su señor, el proyecto de Aben-Rifaât, el fundador o presidente de esta sociedad, cuyos miembros debían darse el nombre de hermanos puros y leales amigos, fijándose asimismo su número en cincuenta; porque sólo cincuenta hombres, según ellos, poseyendo cada cual una virtud o ciencia, forman un hombre completo.

Diez de estos amigos puros y fieles hermanos, fueron los autores de una cincuentena de tratados científicos, que conserva en un tomo la Biblioteca Imperial de la corte de Viena; por tanto, siete siglos antes que fuese fundada en Francia la Academia de los Cuarenta, existía ya una academia árabe de cincuenta miembros, que reunía en un tomo de Memorias sus trabajos científicos.

Algunos años después el 24 de Mayo de 1009, sábado por la tarde, se abrió en el Cairo, bajo la protección del califa Haquim-Biamrillah, un establecimiento con el titulo de Darul-Hiecmet, verdadera universidad, escuela de conocimientos generales que habilitasen para todas las profesiones. Allí fueron reunidas todas las colecciones de libros de la población en una biblioteca, donde se permitía leer y copiar. Se instituyeron asimismo escuelas de lectores del Corán, jurisconsultos, astrónomos, gramáticos, lógicos, geómetras y médicos, y se pusieron dependientes asalariados, barrenderos y porteros, suministrándose gratuitamente materiales de escribir a los estudiosos.

De tiempo en tiempo eran llamados los profesores para disputar en la presencia del califa, que los premiaba y distinguía con vestidos de honor, antes que se usasen en Europa birretes de doctor y talares, y se fundara la primera universidad en Bolonia (9).

Las artes debieron a los árabes las fábricas de sedas, de cristal y de papel; la agricultura el arroz, la azúcar, el algodón, el limón y la naranja; la botánica, farmacia y medicina, yerbas y preparaciones de virtudes maravillosas.

Sobre las condiciones de esta literatura que se refieren a la importancia del pueblo que la ha hablado, puede añadirse además la influencia que ha ejercido en las otras literaturas por la época en que aparecen en Europa.

La época en que florece la literatura árabe desde el VII al XIII, es la del olvido de la cultura intelectual en Occidente.

Disuelto el sistema de centralización romana que impusiera a todos los Estados del imperio una lengua, un gobierno y unas leyes, la lengua latina se olvidó en cada una de las provincias del imperio, y reobrando los antiguos idiomas, secundados en su obra de desnaturalización del elemento clásico por las invasiones de los bárbaros, produjeron informes dialectos, que alejando más al pueblo y a los letrados del estudio del latín, fomentaban la ignorancia de la antigua literatura, sin que pudiese ser sustituida en el acto por otra, a que se prestaban mal los nuevos idiomas. La concentración de las ciencias en manos del clero, si fue una tabla de salvación en la tormenta general, hizo concebirlas todas en la relación con el fin religioso, puramente eclesiástico, descuidando los demás institutos de la vida. La iniciación de los germanos en la cultura europea tardó algunos siglos. Por el contrario, la sociedad árabe, aunque estacionaria por mucho tiempo, en la época de Muhammad llevaba siglo y medio de cultura, sin que sus antiguas y continuas relaciones con el Egipto, la Judea, los imperios de Asiría y Persia, el Macedonio y el imperio romano, permitan suponer el ínfimo grado de cultura de los bárbaros que invadieron la Europa. Si en un momento de fanatismo exagerado pudo mandar Omar la quema de la biblioteca de Alejandría, el yerno del Profeta pasa por ser padre de la filosofía; y Moavia, el fundador de la dinastía de los Benu-Omeya, así como su mujer, eran excelentes poetas. La protección que dispensaron a poetas, artistas y hombres de ciencia en el segundo siglo de la hégira los Abbasidas de Bagdad y los Benu-Omeya de Córdoba, hicieron de los árabes los maestros de la edad media.

Una embajada enviada por Harón Ar-Raxid a Carlomagno, le traía entre otras preciosidades un órgano y un reloj de agua. El ilustrado Gerberto, conocido después con el nombre de Silvestre II, había estudiado filosofía, astronomía y matemáticas en las escuelas árabes, difundiendo sus cifras de numeración en lugar de las romanas (10). El emperador Federico II, prodigio de erudición en Occidente, se había formado en la ciencia y educación oriental (11), y fue el primero en introducir la halconería oriental en Europa. Las escuelas instituidas por Carlomagno y sus sucesores, tenían sus modelos en las árabes, y como las siete artes liberales (el Trivium y el Quadrivium) fueron reunidas en un dístico, los cinco preferentes objetos de la enseñanza profana de las escuelas árabes habían sido reunidas en la palabra Kexagem, cuyas cinco letras primeras designan arte de escribir poesía, filología, astronomía y música. Los grandes trabajos astronómicos y físicos de Alfonso X, no fueron llevados a cabo sin la cooperación de maestros árabes y rabinos instruidos en sus escuelas, y en comercio con las obras de los maestros de la ciencia oriental se formó el gran filósofo cristiano de los tiempos medios, el venerable mallorquín Raimundo Lulio.

Otra importancia de la literatura árabe nace del magnífico y majestuoso idioma que le sirve de instrumento.

El árabe aventaja a todos los demás dialectos semíticos por su delicadeza, regularidad, riqueza de palabras y procedimientos gramaticales, que causan la mayor sorpresa a los que pasan del estudio del hebreo y del siriaco al del árabe literal. Los filólogos árabes, entre ellos Soyuti, han explicado esta riqueza como el resultado de la fusión de todos los dialectos, operada por los koreíschitas. Los koreischitas, según los mismos, guardando la puerta de la Caaba y viendo afluir a la Meca las diversas tribus atraídas por la peregrinación, se apropiaron las bellezas de los dialectos que oían hablar y todas las elegancias de la lengua árabe; aunque más bien parece resultado está superioridad de su posición ventajosa en el centro de la raza, al abrigo de las influencias persas, sirias, coptas, egipcias y griegas.

La generalización del árabe en el Oriente es una señal de revolución en las lenguas semíticas. El árabe es una especie de resumen ampliado de las lenguas de esta familia. Limitadas en otro tiempo a la expresión de sentimientos y hechos, entran en el dominio del pensamiento abstracto y se ejercen en los géneros de la literatura de reflexión, en la gramática, en la jurisprudencia, en la teología, en la filosofía, ciencias naturales, historia, técnica y bibliografía. De aquí formas más complicadas, con abundante juego de partículas y delicadezas de sintaxis desconocidas al hebreo y al arameo.

El estilo semítico no había presentado hasta entonces sino dos formas: la rítmica o poética, fundada en el paralelismo, y la prosaica, más libre en su marcha, pero sometida al corte del versículo. El versículo, corte arbitrario en una serie de proposiciones separadas por vírgulas, sólo servia para señalar el punto donde la respiración obliga a tomar descanso, y no tenia el valor del período clásico en lenguas que carecían de habilidad de someter a una unidad diferentes proposiciones. El estilo de la prosa árabe después de la composición del Corán, llegó a ser tan continuo como el de las lenguas europeas. El corte métrico de los períodos sólo ha quedado en este idioma para ciertos trozos de aparato, intermedios entre la prosa y la poesía (12).

La prodigiosa riqueza lexicográfica del árabe produce la admiración, al paso que el retraimiento de las personas que emprenden su estudio (13). Un filólogo compuso, se dice, un libro sobre los nombres del león en número de quinientos, otro sobre los de la serpiente en número de doscientos. El persa Firuzabadí, autor del Kamus, dice haber escrito un libro sobre los nombres de la miel, y asegura que después de haber contado más de ochenta se había dejado muchos. El mismo autor asegura que hay más de mil palabras para expresar la espada, y otros han hallado más de cuatrocientas para expresar la desgracia. Tales hechos dejan de parecer extraordinarios, si se considera que los sinónimos así recogidos no son frecuentemente sino epítetos cambiados en sustantivos o tropos empleados accidentalmente por un poeta.

Sin embargo, resumen el árabe de las demás lenguas semíticas, y el arsenal donde han depositado sus palabras, el número de sus radicales es todavía enorme, comparado con el de cualquier lengua conocida. Él ha prestado voces a todos los diccionarios de Europa. Los nombres de sofá, diván, café, etc., para los usos domésticos; la palabra cifra, adoptada en matemáticas; gran número de voces astronómicas, zenit, nadir, azimut, almicantarat; nombres de constelaciones, Altair, Antares, Rigal, etc.; nombres de guerra, gazna, algarada; de química, alambique, alchimia; de objetos alimenticios y perfumes, arroz, azafrán, azúcar, ámbar, almizcle, pertenecientes todos al arábigo, se encuentran en forma poco alterada en los idiomas neolatinos y teutónicos. Mas donde la lengua árabe ha dejado huellas más indelebles es en el castellano. Nuestro idioma tiene un caudal de palabras árabes, que son tal vez las más significativas y que denotan las costumbres interiores de nuestro pueblo. Una atmósfera oriental se respira en un sin número de estas dicciones con que tropezamos naturalmente en todos los usos de la vida. Desde el zaguán de la casa hasta la azotea, la distribución de una morada española, sus elementos componentes, adorno, entabacado y albañilería, todo recuerda la influencia árabe. El aljibe en el patio, la alberca en el huerto, las tapias, atautaus, albarradas, tabiques, alacenas, tarimas, rincones, alcobas, ajimeces, azulejos, alcayatas, aldabas , etc.; los utensilios de cocina, jarras, cazuelas, acetres, almireces, candiles, bateas y tazas; los de cama, almohada, sábana, jergón; los de sala, sofá, alfombra, tabaque, taca; los nombres de objetos de vestido, tacón, zapato, zaragüelles, zamarra, jubón, chupa, capa, ferreruelo, toca, canana, alhamares, cenefas, jareta, ribete, alforza, ajorcas, abalorios y alfileres; los de guisos y dulces, alcuzcuz, albóndiga, alboronía, almodrote, gazpacho, almíbar, arrope, alhajú, alfeñique; los de frutos de tierra, garbanzos, sandias, zanahorias, limones, naranjas, alcachofas, garrofas, albaricoques, albérchigos, alcarabea, bellotas, azafrán, aceite; los de flores, albahaca, alhelí, azucena, gualda, etc.; los de medida de capacidad y peso, azumbre, arrelde, arroba, quintal, quilate, fanega, cahiz, celemin; los de armas, alfanje, adarga, yatagan, aljaba; los de equitación y montura, acicate, jaez, albarda, jáquima; los de arriería y albeitería, recua, aciar; los de instrumentos musicales, rabel, adufe, atabal, añafil; los de repartimiento de aguas, cauce, cauchil, acequia, anoria, atanor, tasquiva; algunos de guerra, algarada, zaga, alférez; de administración, alguacil, alcalde, aduana, alamin, almoxarife, almotacén; y finalmente, los de establecimientos públicos como tahona, alhóndiga, fonda, almacén, alfarería, etc., anuncian una sociedad que se desvía del patrón de los pueblos neo-romanos. No tan abundantes las influencias gramaticales, ha aportado, sin embargo, a nuestra lengua la terminación en i de algunos sustantivos y adjetivos que hacen el plural en ies como borceguí, berberí, carmesí, baladí, alhelí, azucarí, etc.; multitud de sustantivos, que empiezan con al, az, at, ar; las formas quien y que del artículo interrogativo y conjuntivo, que corresponden en terminación y usos a las men y de los árabes; los artículos indefinidos fulano y zutano; el tratamiento Cid y Mio Cid, que se usó en Castilla en la edad media; las formas dobles de algunos verbos añadiendo una a no derivada de la preposición ad latina, sino que ofrece la significación de la cuarta forma de la conjugación árabe para expresar la acción indirecta o el deseo inmediato de hacer, como asentar, abajar, de sentar y bajar, hacer que una cosa esté asentada o baja; los adverbios adrede, quizá; la conjunción hasta; las interjecciones ojalá, , arre, guay, etc. Los árabes han dotado a España de una copiosísima historia en épocas en que sólo se escribían crónicas descarnadas; han consignado un sentido artístico, exquisito, en esos palacios labrados, según la expresión de fray Luis de León, por el Sabio moro, y la geografía antigua romana y gótica, reciben superior ilustración de datos que se conservan únicamente en sus escritos.

Pero si el influjo de la literatura árabe fue tan grande en Europa, no cupo pequeña parte a los árabes españoles. Su literatura fue el nexo de esta influencia, como la dominación de los árabes en España el primer camino que se abrieron los sarracenos para su influencia en Occidente.

Cuando los árabes invaden la Península a las órdenes de Tarif, estaba pasando su historia literaria por aquella época de fermentación que precede a su más elevado desenvolvimiento. Algunos años antes de la predicación de Mahoma, había concluido la generación de sus grandes poetas. Anstar, esa naturaleza tan ingenua, tan enérgicamente original, empieza su Moalakat como autor de decadencia. ¿Qué objeto no han cantado los poetas? La aparición del Corán fue la señal de un cambio literario, así como de una revolución religiosa. El Corán representa en la historia de la lengua árabe el tránsito del estilo versificado a la prosa, y el nacimiento de la elocuencia. Presentándose Muhammad con aquel género desconocido, produjo vivísima admiración por sus enérgicas recitaciones; pero agotado aquel siglo con aquella obra notable, y aplicadas las fuerzas de los árabes a la vida guerrera y política, apareció interrumpida por algún tiempo la manifestación de su cultura literaria.

Bajo los tres primeros califas sucesores del atrevido predicador de la Meca, todo el trabajo científico y literario se redujo a la reunión y recensión de las azoras del Corán. En este tiempo tuvo lugar la famosa quema de la Biblioteca de Alejandría, negada sin razón por la infundada crítica de mal informados historiadores. Con Alí empieza la nueva época de la cultura árabe, influida por el espíritu de la religión mahometana. Padre de la filosofía árabe, según las tradiciones, los filólogos remontan hasta él los principios de la ciencia gramatical. Según los gramáticos árabes, de Alí aprendió primeramente Abu-l-Aswed las disciplinas gramaticales. Viendo este gramático estudioso los solecismos que cometían los nuevos creyentes, en especial, guerreros de tribus extranjeras, incapaces de observar las delicadezas del dialecto koreischita, introdujo los puntos diacríticos, las vocales y los signos ortográficos.

Poco después, al advenimiento de los califas omeyas, renació otra vez la afición a la poesía. Moavia y su esposa Meisun fueron poetas; también lo fueron sus gobernadores y generales; pero la poesía, aunque forma literaria connatural al árabe, no podía tener la influencia que cuando existía exclusivamente obligada a compartir su importancia con la prosa naciente. A pesar de esto no se habla todavía de exegetas del Corán en el primer siglo de la hégira, ni se conservan obras de sus jurisconsultos; y si ya empezara a manifestarse la secta y herejía de los Xiaíes, se contuvo en la esfera de las armas, sin que se sepa que pasara a la pluma. No sucedió lo mismo con el arte que acompaña siempre a la creencia religiosa. Sin hablar de la mezquita de Jerusalén, mandada edificar por Ornar, y la primera de Egipto construida de orden de su general Amru, Moavia hizo construir en la Meca por arquitectos persas dos hermosos palacios. De estos arquitectos o de los que empleó Abdullah B Sobeir en la reedificación de la Caába, aprendió la música persa Aben-Mosegih, el primer cantor de la Meca.

Entré los califas que sucedieron a Moavia, mereció particularmente de las letras y de las artes liberales el famoso Al-Gualid, que ocupaba el trono musulmán al tiempo de la conquista de España por los árabes. Prohibiendo que se emplease la lengua griega en las escuelas y en los usos oficiales en aquellas regiones de Oriente donde dominaba todavía, contribuyó eficazmente a la difusión de la arábiga; y levantando en la mezquita de Damasco la primera maravilla del arte arquitectónico musulmán, abrió brillante puerta a las glorias de la cultura y civilización musulmanas. Bajo su reinado empezaron a tener cultivadores entre los árabes las ciencias matemáticas y físicas: Caled, príncipe de su casa, llegó a adquirir rara celebridad por sus estudios químicos.

Sería, no obstante, injustificable temeridad creer que el espíritu de cultura creciente que reinaba en la metrópoli pudiera ser patrimonio de los soldados berberíes y sirios quienes ocuparon primeramente la Península; pero este espíritu ganaba cada vez más terreno entre las personas mejor educadas y cultas y contándose los nombres de los dos generales, primeros conquistadores de la Península, Muza y Tariq, entre los de los poetas célebres de su tiempo.

Más adelante, a la sombra del califato de Córdoba, cuya corte recordaba el fausto oriental, se desarrolló de una manera inconcebible el espíritu científico en España. Su fundador Abdurrahman fue constructor y poeta: compuso versos a una palmera que le recordaba su suelo natal, y mandó echar cimientos a la mezquita de Córdoba. Los sucesores de este príncipe, Hixem y Al-Hacam, fueron improvisadores; últimamente bajo Abdurrahman II, Al-Hacam II y el ministro de Hixem II, Almanzor, alcanzó el cenit de su carrera en España el astro de la poesía y de la cultura científica de los árabes; Abdurrahman III, el primero que tomó en Al-Andalus el nombre de Emir-al-momenin, esto es, príncipe de los creyentes, prestó a este titulo en las márgenes del Guadalquivir el mismo esplendor con que brillaba a las orillas del Tigris. En su tiempo Córdoba fue hermoseada con mezquitas, puentes, acueductos y baños; fueron reparados alcázares en muchas ciudades, fabricados puentes, abiertos caminos y dotadas con esplendidez escuelas. Eligió para maestros y ayos de los príncipes a literatos de primer orden que inspirasen a sus alumnos el amor a las letras que radiaba desde el sólio, y para colmo de magnificencia, edificó con pompa asiática para el recreo de la familia real, una ciudad llamada del nombre de su esposa Az-Zahra, esto es “la Flor”, ciudad que desapareció con la rapidez que se había levantado.

Bajo su protección espléndida, floreció asimismo la música no menos que la arquitectura, siendo considerado y querido por este príncipe el gran músico Serjab, como Isaac de Mosul por los califas Mehdí y Harón Ar-Raxid. Cuando Serjab llegaba de Asia a Al-Andalus, accediendo a las invitaciones de Abdurrahman, cabalgó este para él, saludándole y yendo a su encuentro, y le hospedó en su propio palacio. Igual ejemplo de hospitalidad mostró en obsequio de los letrados, mandando construir para alojar al juez de Fez Muhammad B-Abdullah un palacio en cada estación desde su país natal hasta Córdoba, con cuyo motivo edificó treinta palacios de valor de mil dinares de oro cada uno.

Sus hijos, los príncipes El-Cassem y Abdullah, se distinguieron como poetas, compitiendo en todas las nobles artes de la caballería, y su vasallo y maula Aben-Abdi-Rebbihi, esto es, «el hijo del servidor de su señor», recogió en su obra compilatoria El Ied, o sea, El Collar, apreciables noticias relativas a la historia y poemas antiguos arábigos, sobre las cuales ha llamado recientemente la atención con sus extractos el erudito francés Fresnel. Émulo de los más cultos de su época, su ilustrado sucesor Al-Hacam sostuvo la gloria del trono de su padre; y si Abdurrahman III se halla en Occidente, como protector de las letras, a la misma altura que Haron-Ar-Raxid, su hijo no se muestra menos notable que Al-Mamon. Ningún príncipe ha protegido tal vez con más cariño las letras y las ciencias, que el erudito Al-Hacam II. Habiendo recibido durante su infancia la enseñanza de cuatro grandes letrados, halló durante el largo reinado de su padre una indemnización a su alejamiento de los negocios públicos, en veinte años de estudios; y como él mismo era poeta, ordenó un diguan en veinte partes a que dio nombres tomados de los más sublimes y bellos objetos de la naturaleza. Cuando a los 44 años subió al trono, continuaron señoreando su ánimo la ciencia y el arte, y el amor a los libros, que había satisfecho según sus facultades de príncipe, obtuvo más grandes manifestaciones.

Hasta aquel tiempo se habían hecho notables en la historia del Islam un gran número de bibliotecas; tales fueron la de Abu-Nasr, la de Sabur-B-Erdixer, la de Abul-Guefá, la de Aben-Selemet, la de Guaquidí, la de Muhammad-B-Hosein, etc.; pero a todas superó en obras importantes la grande del palacio de Meruan en Córdoba, que la afición de Al-Hacam aumentó a 600.000 tomos, y en la cual reuniera las obras más preciosas de los países de Asia y África en todos los ramos de la ciencia. A la manera que un siglo antes había enviado Al-Mamon a todas las regiones del Oriente y del Occidente, comisionados para la compra de libros, envió Al-Hacam letrados a Egipto, Siria, Irak y Persia, a comprar manuscritos de obras notables. Para facilitar la reunión de obras, que apetecía, empleaba gran número de copistas calígrafos o de escritura veloz, según necesitaba una copia hermosa, o rápida de un libro.

Como descripción de la misma puede servir aún, según la expresión de Gasiri, la obra biográfica de Muhammad-B-Jalifa, conocida con el nombre de Fihrist, obra que por el título, el nombre del autor y su contenido, está la intermedia entre la de Aben-un-Nedin, el autor de la más antigua historia de la literatura árabe, y Hagi-Halifa, el gran bibliógrafo, que murió en 1041, esto es, en 1635. Natural fue que el amor a los libros, que radiaba desde el trono, se difundiese sobre toda España.

Hacam II, el más culto y amante de libros de los Benu-Omeyas, fue al mismo tiempo grande favorecedor de los literatos y poetas; y la garganta de Orión que formaron en Oriente, como protectores de las letras, Seifadola, Aàdola y Kasar, fue oscurecida en Occidente por la constelación formada por Hacam II, su hijo Hixem II y su ministro Almanzor. La liberalidad de Al-Hacam con sus poetas e historiadores no conocía límites: a unos regalaba casas, a otros pensionaba, a muchos señalaba habitación en su mismo palacio. Hizo donación de una casa al poeta Jusuf-B-Ammar, esto es, «el hijo de los más cultos», llamado así porque reunió las dos prendas de superior cultura arábiga: elocuencia y amor a los buenos olores. Regaló otra al historiador Ah-mad-B-Sad El-Hamdaní, que había empezado a escribir una historia de Al-Andalus; a un joven de su guardia, Abdullah, hijo del juez Abú-Gualid Junis, que había pedido permiso para quedarse en Córdoba o Sevilla, por hallarse en salud débil para resistir las incomodidades de la guerra, y se ocupaba en escribir las campañas de los Benu-Omeya, le señaló una habitación en el palacio de Motilla; al poeta Calafat le hizo su familiar; al erudito persa Xabur, camarlengo; al ilustrado juez de la mezquita dé Córdoba, El-Mocni, que le había presentado un Espejo de príncipes, y a Al-Mothi, que le había auxiliado en la elaboración de esta obra, dividida en cien partes capitales, a ambos les hizo miembros del consejo de estado que presidía el instruido juez Aben-Xorbí.

Tales prodigalidades en honores y recompensas, sólo hallaron después muy raros ejemplos en príncipes como los Médicis y Luis XIV; mas el honor que dispensaban califas y sultanes a los hombres de ciencia, de acompañarles en su entierro, no ha tenido hasta ahora imitadores entre los soberanos de la culta Europa (14).

Con tantos honores y distinciones, con tales gracias y premios, natural era que se elevasen a su más alto punto la emulación con que la ciencia y la poesía eran cultivadas, extendiéndose hasta las mujeres. En aquel tiempo las poetisas del harem compiten con las del alcázar, y los nombres de algunas de ellas se han conservado en la historia de los árabes, como se halla el de Safo al lado del de los más grandes poetas griegos.

Bajo el mismo reinado de Al-Hacam, los árabes españoles dieron los primeros ejemplos de una Academia de ciencias, En Toledo, en la casa de Ahmad-B-Said B-Quesuer, uno de los más ricos y respetados jurisconsultos, se celebraba una reunión de cuarenta amigos de la bella literatura, de Toledo, Calatrava y otros lugares, que se juntaban durante los tres meses de invierno, Noviembre, Diciembre y Enero, en una casa con hermosas colgaduras y alfombras, para controvenir juicios y opiniones sobre trozos leídos del Corán. La reunión era obsequiada por el dueño de la casa con perfume de almizcle y de agua de rosa, que se derramaba en la habitación, manjares escogidos, carnero, espuma de leche, frutas en dulce y confituras.

No mostró menos espíritu protector para las ciencias el ministro gobernante en nombre de Hixemll, el gran camarlengo Almanzor.

Aunque obligado al principio a contemporizar con algunas fanáticos enemigos de estudios filosóficos y astronómicos, les permitió entresacar de la biblioteca de Al-Hacam II todas las obras matemáticas y filosóficas, que fueron en parte quemadas en la plaza pública, en parte arrojadas a los pozos y cisternas; asegurado después en el poder, procuró borrar aquel recuerdo con una munificencia espléndida para el cultivo de las letras y elevadas consideraciones para los letrados. No sólo frecuentaba él mismo las escuelas, si que también se mezclaba a los escolares, sin que su entrada y salida en las aulas interrumpiese a maestros y discípulos en la continuación de sus advertencias y explicaciones. En su presencia solían celebrarse por su mandato disputaciones científicas y certámenes poéticos, en los cuales ofrecía cien ducados de premio a los vencedores. A ejemplo de la reunión científica de invierno de los Cuarenta, fundada bajo Hacam II, instituyó en la Aljama (gran mezquita) de Córdoba, una Academia en que sólo eran recibidos poetas y bellos espíritus, cuyos méritos estaban suficientemente comprobados. Radiando de la capital se difundía la cultura por toda España, y en once ciudades principales, Córdoba, Sevilla, Granada, Toledo, Xativa, Valencia, Murcia, Velez, Almería, Quesada y Jaén, había varias escuelas donde se enseñaba la Teología, Jurisprudencia, Astronomía y Alquimia.

Almanzor es el último gran edificador del tiempo de los Benu-Omeyas en Al-Andalus. Siguiendo las huellas de Abdurrahman II, que había levantado la ciudad de Zahra (la Flor), Almanzor fundó a Zahira, esto es, «la Floreciente»; pero estás flores de arquitectura arábiga desaparecieron bien pronto; mientas edificios más antiguos de Córdoba, Granada y Sevilla, son todavía la admiración de los entendidos.

Rivalizando con los califas en grandeza, ensanchó la magnífica mezquita de Córdoba, cuyos cimientos había echado Abdurrahmán I y habían engrandecido Abdurrahman y Al-Haeam II, mandando edificar en su parte oriental el prepotente ministro otras ocho naves.

Había acabado en Fez Abdurrahman III la mezquita del cuartel de Cairwan, en cuya cúpula colocó la espada de Idris, fundador de Fez y de la dinastía de su nombre; Almanzor, para competir con el gran príncipe de los Benu-Omeyas, cuyo nieto tenia en tutela, edificó en la mezquita de Fez una capilla con cúpula que descansaba en columnas, y como Abdurrahman III había puesto la espada de Idris como talismán contra los enemigos del reino, así colocó Almanzor en la capilla edificada por él los talismanes del ratón, del escorpión y del lagarto, prueba inequívoca de la influencia que ejercía entonces en el Magreb y en Al-Andalus, el estudio de las llamadas ciencias ocultas.

Fortificó además la montaña Gebel-0l-Mína en Ceuta, levantó los puentes de Toledo, restauró los muros de Máqueda y Guaquex, y acabó la construcción de cuatro mezquitas, dos en Toledo, una en Lérida y otra en Adarbegin; y a la manera que las inscripciones del acueducto de Écija y de la mezquita de Córdoba en la época de Hacam II, llevan el nombre del maestro de obras y encargado de policía por los cuales fueron acabadas e inspeccionadas, así recuerdan las fuentes históricas, bajo el gobierno de Almanzor, los nombres del arquitecto Féth-Aben-Ibrahim El-Omeya, que había extendido sus conocimientos viajando en Oriente, y del maestro Garbalí de Córdoba, que embelleció posteriormente su ciudad natal con regios edificios.

Por estas construcciones que señalan suma vitalidad en los progresos de la arquitectura arábiga, aparte del vínculo de la poesía que unía a los árabes de Oriente y de Occidente, se hallaron también unidos por la arquitectura. Con los grandes edificios de Almanzor mencionados, compitieron a principios del siglo V de la hégira, en Egipto, los del califa Haquin Bi-amrillah, que siguió como edificador las huellas de su padre Aasis y de su abuela Moisiyet. En el año 393 (1002) edificó aquel príncipe ilustre la mezquita Raxidet, esto es, la Recta, y en 406 (1009) completó el edificio empezado hacia doce años de la mezquita En-Nuef, esto es, la de los Iluminados, cuyas ruinas son aún hoy de estudio muy instructivo para los admiradores de la arquitectura arábiga.

Disuelto a principios del siglo V el califato de Córdoba en el Occidente; de la media docena de dinastías en que se dividió definitivamente el reino de los Omeyas en Al-Andalus, como las de los reyes de Sevilla, de Badajoz, de Toledo, de Valencia, de Zaragoza, de Granada, etc., sólo cupo a los dos primeros un lugar de honor en la historia de la literatura arábiga. El por su suerte más notable poeta de este siglo, y de más interés histórico, es el ilustrado príncipe de Sevilla Motemid-B-Abbad, cuyos magníficos palacios adornados con esculturas de leones y caballos, en Silves y en las márgenes del Bétis, fueron de admiración a los poetas. Mosa Hic Ibnu-l-Efthas, el penúltimo de los reyes de Badajoz, escribió la historia política y literaria de su tiempo en setenta tomos. Aben-Abdón, el guacir de Ornar, el último señor de los Benu-l-Efthas, es el autor de la Casida histórica que corre con su nombre, tan célebre en Oriente y Occidente, como la Risalet del guacir Aben-Seidon, que compusiera éste para mortificar a su competidor ante la princesa Gualadet, hija de Mohammad III. Al-Cadir billah Dzul-Nun, se hizo famoso en Toledo por sus preciosos palacios hermoseados con juegos hidráulicos, y la magnífica clepsidra, prodigio de arte que señalaba la situación diaria de la tierra en su posición astronómica, ofreciendo con su entusiasmo artístico loable ejemplo que imitar a su sucesor Almenon.

Por estos tiempos, los innumerables poetas de Oriente y Occidente, que habían florecido en los siglos IV y V, fueron distribuidos en clases según su patria. Así lo hizo Saâlibí, que recogió versos de unos quinientos poetas. El español Aben-Jacan que escribió tres historias de Al-Andalus, una grande, otra mediana y otra pequeña, a principios del siglo VI de la hégira, justamente un siglo después que Saâlibí, ordenó en sus Collares dorados una sesentena de poetas de su patria, clasificados según sus condiciones, como califas, guacires, faquíes, secretarios y gramáticos.

En el año 73 del siglo V de la hégira murieron dos de los más grandes historiadores árabes: el celebrado bajo el nombre del Predicador (Jatib, orador) e Aben-Abdilbirr, de Córdoba, conocidos ambos por los jafizes, aquel del Oriente y este del Occidente, y con ellos el mismo año el poeta andaluz Aben-Seidon, célebre por su Epístola satírica, resplandeciente en erudición histórica. Contemporáneos con los dos jafízes de Oriente y Occidente vivieron dos de los grandes historiadores de Al-Andalus, Aben-Hayen (Jaian), cuya Historia de Al-Andalus llenaba diez tomos, y la Universal sesenta; y el Homaidí, autor de biografías de poetas y letrados de Al-Andalus, y uno de los grandes adornos históricos de este espacio de tiempo. De las obras de Aben-Jayen bebió el famoso Aben-Besam, autor de la Ad-Dacira o Tesoro de los excelentes lugares de los escritos del pueblo español, y del segundo fue discípulo en historiografía Aben-Al-Abbar, el mejor biógrafo de los españoles.

A la salida del siglo V están los aún no sobrepujados colosos de la oratoria y la escolástica árabe, Hariri y Algazalí, aquél dado a conocer por primera vez en Europa en el siglo pasado por Schultens, y en el presente por Silvestre de Sacy, Peiper y Ruckert, y éste conocido 300 años antes por la obra Lógica Philosophia Algacelis arabis, que vio la luz en Colonia en el siglo XVI.

Bajo Algazalí llegó la dogmática musulmana a su punto más elevado. No sin razón se ha dicho de su obra titulada Renovación de las ciencias, que si todas las obras del Islam se perdiesen y quedase ella, podría restablecerse en toda su pureza. En efecto, dicha obra ocupa el mismo lugar en la escolástica mahometana, que un siglo después la Summa de Santo Tomás de Aquino en la escolástica de los cristianos.

De los metafísicos y escolásticos ortodoxos que estudian el Calam (Ilm Calam), ciencia de la palabra (esto es, de la palabra divina) o de la palabra en relación con el Corán, distinguen los árabes a los filósofos (filosofat) que proceden por razón pura. De estos se cuenta ordinariamente el primero a Alquindí, que en la segunda mitad del siglo III de la hégira miró al mundo con doscientas obras, aunque el fundador de su filosofía sea propiamente Alfarabi, conocido bajo el nombre de Aristóteles II. Contemporáneo de éste fue también el gran médico traductor de las obras de Aristóteles y libre pensador Muhammad Er-Rasí, al cual ataca Algazalí, como también al gran médico y filósofo Aben-Sina (Avicena), en su notable obra Ruina de los filósofos.

A estos tres grandes doctores de la filosofía árabe que Europa conoce, Alkindius, Rhazes y Avicena, junta la historia árabe otros cuatro, a saber: Aben-Ragüendi, libre espíritu que vivía a mediados del siglo II y enseñó la trasmigración de las almas, llegando a atacar la divinidad del Corán en sus libros intitulados La vara dorada, La espada, El brillo y La Esmeralda, con que se proponía sepultar las doctrinas islámicas; Aben-Hayen At-Teguahidí, Aben Rifaat, fundador de la sociedad de los Hermanos de la pureza, e Ibn-Ahmed el Magirití o el Madrileño, que trajo a Al-Andalus el conocimiento de los cincuenta y un tratados compuestos por los hermanos de la pureza, y escribió una obra titulada: Los genuinos tratados de los hermanos de la pureza, que se ha conservado hasta nuestros días. Las doctrinas de los Hermanos de la pureza no respiran el espíritu del fanatismo musulmán, sino el de la filosofía griega y el de la tolerancia cristiana. Con esta sociedad de hermanos puros y fieles amigos, como se llamaban sus miembros, cuyos cimientos eran razón y virtud, estaba en oposición la sociedad propagandista de los Fatimitas que Hasan Sabbah, el fundador de los asesinos, utilizó para dominar sobre ciegos ejecutores de crímenes. Hasan hacia pasar a sus adeptos por todos los órdenes de la filosofía, para cuyo fin reunió una gran biblioteca de obras griegas y persas en su retiro, Alamut.

A esta ojeada de la filosofía árabe hasta principios del siglo VI de la hégira, anudaremos su marcha en España en ésta época. Veintitrés años después que Algazalí, murió en Fez el filósofo andaluz Abu-Becre Mohammad Ibn-Es-Saig, cuyo nombre inalterado los europeos en Aben-Pace, contemporáneo de Aben-Thofail, muerto en Marruecos en 581, y autor de la conocida novela filosófica traducida por Pocoeke, Hali-B. Yoctan, bajo cuyo título había escrito Aben-Sina una obra semejante. A fines del siglo VIi murió también en Marruecos un médico filósofo que escribió una obra en defensa de los suyos contra la de Algazalí (Destrucción mutua de los filósofos). Ibn-Saig, el hijo del batidor de oro, Aben-Thofail, el hijo del parásito, Aben-Roxd, el hijo de la rectitud, y el discípulo de los dos últimos, el rabino Maimónides, habían nacido todos en Occidente.

Por aquel tiempo dominaba en Magreb la dinastía de los Almohades, muslimes unitarios, que por medio de su caudillo Abdulmumen había extendido su poder aquende y allende el Estrecho, y la cual se mostró más favorable a las ciencias que la de sus predecesores los almorávides. El amir Abdulmumen embelleció a Marruecos con palacio, mezquita, jardines y acueductos que celebró en una brillante casida el secretario Abu-Becre B. Merber de Fehra, dotó de aguas abundantes a Salen, y recordando que la ruina de los almorávides databa de la quema de las obras del filósofo Algazalí, prohibió severamente la quema de libros, en particular los tan perseguidos entonces de caballería, cuentos y novelas. Desgraciadamente no manifestó la misma tolerancia religiosa, sino que deseoso de plegar todos los pueblos a la unidad de la creencia musulmana, forzaba a muchos judíos y cristianos a hacerse musulmanes, so pena de verse obligados a emigrar. Así perdió Al-Andalus bajo su reinado la presencia del gran filósofo Maimónides, que después de haber pasado largo tiempo por muslim, emigró a Egipto, para vivir y morir allí en la libertad de la filosofía.

El ejemplo de tolerancia literaria de Abdulmumem no fue seguido por sus sucesores, fanáticos déspotas que prohibieron escribir la historia de sus reinados; llegando uno al extremo de hacer decapitar a un historiador como infractor de esta orden. Su propio hijo Abu-Jacob ordenó en Fez, año 588 (1192), un auto de fe con el objeto de acabar con todas las novelas, libros de caballería y colecciones de cuentos. A esta quema de libros escapó afortunadamente el precioso libro de caballería Antar, que no tiene semejante en valor en la literatura de la edad media, y cuyo primer autor conocido, según modernas investigaciones, fue el médico español Ibnol-Mogellí, conocido por el Antarí (15), que había censurado en versos los tratados de los Hermanos de la pureza. Estos actos de barbarie a fines del siglo VI de la hégira, cuando los árabes contaban quinientos años de cultura intelectual, los anteriores bajo los almorávides y Almanzor, advierten sobre la verosimilitud de la quema de la biblioteca de Alejandría a principios del Islam, bajo el reinado del austero Omar, enemigo de los literatos y poetas. Por lo demás, Abu-Jacub siguió las huellas de su padre en materia de construcciones, hermoseando sus capitales, Sevilla, Fez y Marruecos, con mezquitas y palacios. Finalmente, entre los andaluces y magrebinos de que merecieron mucho este siglo en punto a cultura arábiga, se encuentra el geógrafo Edrisi, que, estando al servicio de Roger, rey de Sicilia, construyó un planiglobio de plata y compuso una obra conocida largo tiempo bajo el nombre de Geografus nubiensis, traducida en parte al castellano por Conde, y últimamente al francés por Jaubert.

Llegado el siglo VII de la hégira, cuando la cultura y dominación arábiga parecían arruinarse en Irak, Kiptchak, Siria, Egipto, Persia y Asia menor, se conservaban todavía esplendentes y renacían con nuevo brillo en algunos pueblos de España. Un cuarto de siglo antes de la devastación de Bagdad por los Mogoles, se había ilustrado bajo la dominación decadente de los Almohades, la dinastía de los Benu-Ahmar, y al tiempo que la mezquita catedral y el palacio de Bagdad eran destruidos por los tártaros, se levantaban los templetes, cúpulas, baños y mezquitas de la Alhambra, constituyendo el canon más perfecto que ha quedado desde entonces en la arquitectura de los árabes. Habían empezado a escribir en piedras la historia de la cultura arábiga con edificios antiguos, sólidas construcciones e inscripciones enigmáticas los Benu-Himiér, esto es «los hijos de los rojos», construyendo en su residencia de Sana el famoso palacio Gondan, de cuatro colores; y los Benu-Al-hemer, esto es «los hijos del rojísimo», concluyeron de escribirla en monumentos arquitectónicos en las construcciones de la Alhambra. La dinastía de los Benu-Himier en Yemen, echó los cimientos de la civilización y cultura arábiga: los Benu-Al-Ahmer en Al-Andalus la llevaron a su cúspide. Desde la ruptura del dique de Mareb, que ocasionó la emigración de las tribus árabes a Siria en los reinos de los Benu-Lajmi y Gasan, donde florecieron primero la escritura y lengua árabes, hasta la conquista de Granada y salida de los moros de España, pasan catorce siglos limitados por las dinastías de los Benu-Himier y Benu-Al-Ahmer, esto es, los rojos y los rojísimos. Las dinastías del rojizo y del más rojo son los dos faros que derraman su roja luz sobre el principio y el fin de la arquitectura arábiga; y la Alhambra, esto es, el castillo rojo, tiene este nombre porque ha sido edificado no sólo de día, sino de noche, al resplandor de las antorchas.

Con la fundación del reino de los Benu-Al-Ahmer coincide la extinción de la dominación de los Benu-Hud en Murcia, cuya monarquía sucumbe, no sin haber producida antes la «Estrella polar de la religión», el sabio fundador de la escuela aristotélica de los sabinianos, conocido de árabes españoles e italianos, Aben-Sabin, docto autor de las respuestas a Federico II intituladas Cuestionas sicilianas en que responde con agudeza y profundidad a preguntas que habían sido dirigidas en vano a muchos sabios del Oriente. Como al principio de la edad media empezaran a desenvolver sus gérmenes las ciencias y las artes al lado de la arquitectura, así se perfeccionaron en Al-Andalus, mano a mano con las construcciones, las ciencias, la oratoria y el derecho. El gran literato, poeta, filólogo, historiador e ilustrado guazir de los Benu-Al-Ahmer, Ebnu-l-Jatib Lisanud-din, esto es «el hijo del predicador, la lengua de la religión», se muestra en la historia de la literatura arábiga no menos grande y elevado, que el rojo alcázar de Granada.

En el resto de España y en Magreb dominan por este tiempo los Benu-Merines, cuyo más grande soberano, Aben-Yusuf, hijo del vencedor de Alarcos, había venido a España a hacer la guerra santa siete veces.

El último año de su reinado fundó este príncipe en Fez una academia de ciencias a donde envió trece cargas de libros que había hecho comprar en España, entre los cuajes, si había muchas exégesis del Corán, se hallaban, también obras filológicas como las de Aben Aatya y Saâlibí.

En el siglo VIII de la hégira (XIV) dominan todavía los Benu-Ahmer en Granada; pero ya desde una generación no se levanta en arquitectura ninguna obra notable. A principios de este siglo se construye el último palacio de Granada (el de Azaque) con columnas de alabastro, esculturas, inscripciones, fuentes y alboreas, terminando con el mismo el período florido de la arquitectura árabe que sólo dura cíento treinta y siete años, desde 1238 hasta 1375, aunque pudiera extenderse dos siglos, contando hasta el año 1454, época de las últimas restauraciones de los edificios notables de Granada.

Un año antes de la conclusión de aquel palacio había sido decapitado el último gran letrado de Al-Andalus, el hijo del predicador, el guazir Lisanud-din. Sus obras y la conclusión del palacio de Azaque, son los signos postreros de la cultura arábiga de Al-Andalus, la cual después de este tiempo, en el siglo IX (hégira) apenas ofrece alguno que otro escritor, poeta u hombre de ciencia particularmente notable.

Al acercarse el siglo X, a semejanza de lo que había ocurrido en el décimo de la era cristiana, pareció favorecer la decadencia de la literatura y ciencia árabe la creencia difundida entre los muslimes que con aquel siglo había de sobrevenir, sino el fin del mundo, al menos el término y conclusión del reino musulmán. Esta superstición, dado el carácter fatalista de los musulmanes, debió relajar sus fuerzas morales y físicas. Tres años antes de concluirse el siglo IX se cumplió en parte el vaticinio, y el pesado palacio del emperador Carlos no tardó en levantarse al lado de los aéreos artesonados de la Alhambra. En vano se había dirigido el último de los Benu-Ahmer con una brillante casida a Bayaceto II demandándole auxilio; su llamamiento poético, aunque repetido en las cortes de los sultanes africanos, tuvo tan poco éxito como la elegía escrita por el último sultán mameluco, Timambay, en las pirámides.

Llevada a cabo la conquista de Granada, quedaron aún muchos miles de moros en Al-Andalus, cuyo sólido Islam resistió por algún tiempo las persecuciones del Santo Oficio. De estos embarcó la caravana marítima de Barbarroja unos 70.000, sin contar los innumerables trasladados a viva fuerza al África, de orden de Felipe III; y después de la expulsión de los moriscos ha permanecido sepultada la literatura árabe española en los estantes del Escorial, hasta que destruido en gran parte por el fuego el resto de las bibliotecas andaluzas, sólo ha sido dada a conocer de cerca en el siglo pasado por Casiri, y en el actual por D. Pascual Gayangos.

 


 

En el siglo XVII de nuestra era, época de recuento de la literatura árabe, siglo de Abu-I-Xair y Hagi Halfa, floreció el célebre historiador Al-Maccari.

El año 1628 de Jesucristo llegaba a Damasco un sabio mogrebino, de vuelta de una peregrinación a Jerusalén. Era hombre favorablemente conocido por sus producciones literarias. Nacido en Tlemezen, había seguido sus estudios en Fez, donde se había consagrado al de la Teología, Literatura e Historia, en cuyo ramo escribiera entre otras obras un comentario sobre Aben-Jaldon. Desterrado después y perseguido, se fue en peregrinación a la Meca, fijándose luego en el Cairo, donde se casó. Desde allí emprendió nuevos viajes, en uno de los cuales llegó a Damasco, donde fue recibido con los brazos abiertos. El jefe del colegio de Yacmac le señaló una habitación en el establecimiento, y se dedicó Al-Maccari a dar cursos públicos por la mañana en la mezquita, sobre las tradiciones de Al-Bojari, siendo escuchado de muchos millares de oyentes. Por la tarde entretenía a sus amigos hablándoles de las glorias políticas y literarias de los árabes españoles, y sobre todo de los interesantes escritos del guazir e historiador Lisanud-din ben Al-Jatib. En otro tiempo había escrito una obra sobre este asunto; mas habiendo dejado el manuscrito en Fez, bastábale su memoria y algunos materiales que había traído, para interesar a la sociedad culta de Damasco. Era esto tanto más fácil cuanto que España es siempre un tema popular entre los árabes, que no cesan de llorar la pérdida de este hermoso país; y el viajero supo hacerlo aún más atractivo para su auditorio, insistiendo sobre el gran número de sirios, y principalmente de naturales de Damasco que habían brillado en España. Al partir le invitaron a que redactase en el Cairo cuanto había referido de una manera tan interesante, tarea a que dedicó tres años; y resuelto a establecerse en Damasco, hacía sus preparativos de viaje, cuando le sorprendió la muerte en el Cairo, año 1641. La obra escrita con este motivo es la Historia de las dinastías musulmanas y la Biografía de Lisanu-d-din ben Al-Jatib por Ahmad ben Muhammad Al-Maccari. Nuestro respetable maestro D. Pascual Gayangos ha publicado hace algunos años una traducción de la misma, poniendo en su orden natural los capítulos del texto, y adicionando la parte histórica con colección de pasajes de otros historiadores, notas críticas y noticias bibliográficas de inestimable valor. Ha hecho cuanto era necesario para atraer lectores europeos y servir a la historia de los árabes en España. A la altura en que se encuentra hoy el cultivo de las letras árabes en Europa, los estudios de modernos orientalistas españoles y extranjeros, ejercitados sobre textos diferentes, darán mayor luz, como esperamos, sobre la historia y la literatura de los árabes españoles; mas con dificultad se producirá una obra sola de más nuevo y sostenido interés que la versión inglesa de las Dinastías musulmanas de Al-Maccari. La prueba del acierto de nuestro ilustre compatriota en la elección del trabajo histórico publicado por la Sociedad Asiática de Londres, la suministra el hecho de haberse asociado en los últimos tiempos cuatro de los más distinguidos representantes del orientalismo en las naciones más cultas de Europa, para espigar, digámoslo así, el campo, donde aquél había cosechado con tan envidiable fortuna. Grandes servicios se promete el orientalismo de la concienzuda publicación del texto de Al-Maccari hecha últimamente por los Sres. Dozy, Dugat, Krehl y Wright; servicios que no serán completos antes de la esperada traducción de la parte poética y literaria omitida por nuestro compatriota; pero el nombre del respetado Gayangos se halla tan unido a la difusión en Europa del conocimiento de Al-Maccari, que en la conciencia y en el sentimiento del público, a pesar de la divergencia posible de opiniones, los mencionados orientalistas extranjeros sólo parecerán continuadores de la empresa ilustre del sabio español.

Aunque ricamente abundante en preciosos libros de escritores arábigos, referentes a autores y cosas de España, las bibliotecas escurialense y nacional de nuestro país, la particular de D. Pascual Gayangos, las extranjeras de Leiden, Bodleana, imperiales de París, Viena y Petersburgo y las de las sociedades asiáticas, no cumpliría con la tarea que me he impuesto, limitándome a exponer en juicio crítico la materia de tales obras con el mayor o menor caudal de noticias que pudiese allegar de sus autores. Teniendo a la vista, ante todo, la conveniencia literaria e histórica enseñada por el ejemplo de varones de reconocida autoridad, daré cuenta de los autores nombrados que han llegado a mi conocimiento, con los títulos e indicaciones de las obras que se conocen o que se encuentran citadas, atento particularmente a consignar el mayor número de datos que alcance, sin pararme en la consideración de que acaso no existirán los escritos que por referencia nombro, dada la imposibilidad de hacer afirmación semejante en una literatura, no sometida todavía generalmente a las reproducciones de la imprenta, que llena bibliotecas muy antiguas, cerradas con cuidado a la curiosidad de los europeos y esparcidas en países muy apartados entre sí, cuando no incomunicados, como acontece con frecuencia en la relación política y literaria. Si se reflexiona sobre los servicios que han prestado los diccionarios y bibliotecas compuestos antiguamente, se me perdonará, sin duda, esta prolijidad que en otro sentido pudiera tildarse de pesada y embarazosa.

Respecto a la marcha que deba seguir en mi trabajo, se ofrecen tres métodos con ventajas especiales cada uno, al par que rodeados todos de reparables dificultades.

El método alfabético empleado en muchas bibliografías no parece convenir a mi propósito, por la infecundidad de tales trabajos para la determinación de la relación interna literaria, y la difícil aplicación a los escritores árabes en atención al sin número de nombres con que se designa cada autor y las frecuentes homonimias.

El de clasificar los escritores por géneros, poniendo a continuación cuantos han cultivado una misma forma de literatura, tiene la inconveniencia de aislarlos de las otras relaciones literarias e históricas, juntando variedades de un mismo genero literario que suponen grandes evoluciones en el espíritu de la sociedad, inexplicables dentro de la historia particular del mismo.

El método, en fin, histórico y cronológico por épocas, aunque al parecer más externo que científico, es el que menos inconvenientes puede presentar e incontestablemente el más útil para las investigaciones históricas y literarias participando hasta cierto punto de las ventajas del de clasificación por géneros, por cuanto en períodos cortos, es muy fácil contemplar las gradaciones de cada forma literaria, y seguir el sentido general del espíritu de un pueblo sin interrupciones ni lagunas.

Haciendo aplicación del mismo, señalaré en la historia de la literatura árabe-española tres grandes períodos que comprenden la duración entera de la dominación muslímica en España. En el primero, están incluidos aquellos autores que florecen en la Península desde la invasión de los árabes a la época de Abdu-r-rahman III; abraza el segundo los que brillan en la edad de oro de la literatura árabe-española desde el califa citado a la ruina de los reinos de Taifas por los almorávides; el tercero, considerablemente más largo, los pertenecientes a los tiempos de almorávides, almohades y reyes de Granada, acompañando la obra entera como suplementos, dos apéndices sobre la literatura muzárabe y la aljamiada morisca y mudéjar.

Aunque ceñido, por ahora, a la exposición del primer período, es mi plan seguir en trabajos sucesivos el desenvolvimiento entero histórico, determinando el carácter de las épocas principales con introducciones que indiquen la relación del sentido literario con el histórico, y capítulos que reasuman el desarrollo de géneros determinados, sin pretender por tanto abarcar toda la trama de esta literatura desconocida e inmensa, contento con señalar aquellos hilos que a los ojos del bibliógrafo observador aparecen como más capitales.

En cuanto a los recursos para emprender una obra que es superior a lo que puede prometerse el esfuerzo individual, confieso que, a pesar de la adjunta y numerosa lista de fuentes bibliográficas, no son tan abundantes como requería la naturaleza de la obra; mas pensando en la imperfección de las cosas humanas, he intentado iniciar un trabajo de utilidad indisputable, esperando que talentos superiores lo completen y lo corrijan.

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(1) V. Hammer-Purgstall en los siete tomos publicados de su Historia de la literatura de los árabes incluye 9.915 artículos sobre autores ilustres en el período que se extiende desde un siglo antes de Muhammad al año de 1258.
       Hagí Halfa, sin agotar la materia, daba cuenta e mediados del siglo XVI en su Diccionario bibliográfico, de 15.000 obras notables.

(2) Historia de la literatura de los árabes (en alemán), introducción, tom. I, págs. XVII y XVIII.

(3) «No hay caballero como Alí, ni-espada como Dzulfacara» es adagio que se lee todavía sobre las hojas de algunas espadas árabes, turcas y persas.

(4) Según Fauriel (Historia de la poesía provenzal, tom. III, pág. 324 y siguientes) hay algunas expresiones en la lengua provenzal, que forman una parte muy interesante del Diccionario caballeresco. Tales son las palabras Galambey, Garlambcy, Calambeiar, Galaubia, Galaubier, Galaubey. Por Galaubia se entendía la manera de exaltación, que impele a un hombre a buscar la gloria y la fama señaladamente en las armas, haciendo todos los esfuerzos por obtener y disputar el premio a los que tienen la misma pretensión. Llamábase Galaubier al guerrero en que se advertían estas inclinaciones. El mismo autor afirma que tales expresiones son derivadas del arábigo.

(5) El sentido de esta costumbre arábiga se encuentra en el conocido pasaje de la poetisa griega semi-oriental Safo, donde compara la mujer casada a la flor que se abre en un jardín, sin temer el pié de los que pasan, protegida por los cuidados de su esposo.
      Frecuentemente sirve de tema el mismo pensamiento a poesías persas y árabes, y algunas de ellas como la del persa Yasac intitulada, Mcisun y Leilat ofrecen tanta semejanza con las frases de la poetisa de lesbos, que parecen indicar una fuente común.

(6) V. Hammer-Purgstall (O. C. tom. I, pág, XXI) halla paralelismo hasta en la palabra soneto comparada con la voz segal, sonoro, usada en la metrificación árabe. Sea cualquiera el origen y procedencia de las citadas formas de metrificación, consta históricamente que los más antiguos ejemplos de octava real y soneto los ofrecieron los poetas italianos de la Sicilia en época próxima o contemporánea a la corte de Federico II, cuyas relaciones literarias con los árabes están comprobadas de una manera auténtica.

(7) Escrita esta introducción, hemos tenido noticia del libro, que con el título El arte latino bizantino en España acaba de publicar nuestro respetable maestro D. José Amador de los Ríos. De esperar es que las doctas investigaciones de tan entendido conocedor derramen viva luz sobre gran parte de este linaje de tradiciones e influencias.

(8) Sedillot hijo, Nouveau Journal Asiatique, tom. XIII, pág.435.

(9) V. Hammer-Purgstall O. C. p. LXIV.

(10) No nos detendremos a refutar la vanidad de las razones con que el autor de la Memoria descriptiva de los códices españoles rechaza el fondo de este hecho universalmente recibido. Ligereza que toma proporciones colosales al afirmar (p. LXV) que «la patria de Séneca... Silio Itálico y otros insignes varones, el pueblo que ha visto salir de su seno un Rioja, un Cervantes, etc., nunca podría necesitar para ilustrarse del influjo de los mahometanos, gente soez y opuesta a la civilización.» De extrañar es que en frente de las tablas astronómicas de los árabes y de sus bibliotecas de médicos y filósofos, no haya encontrado otra cosa mejor de contraponerles que Rosas de Vientos. Verdad es que su instrucción matemática llega hasta afirmar que el sistema de Ptolomeo empieza a tener boga entre personas competentes.

(11) Amari, Journal Asiatiatique, V serie, tom. I, pág. 240.

(12) Renan, Histoire des langues semitiques, tomo I.

(13) Ibidem. 

(14) De esta regla son honrosísima excepción las exequias celebradas hace dos años por la muerte de Alejandro de Humboldt, presididas por el príncipe-regente, hoy rey de Prusia.

(15) V. Hammer, Introducción citada, p. XCII, Journal Asiatique, 3.ª serie, t. V.

 

 

 

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