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BIBLIÓFILOS Y BIBLIOTECAS

EN LA ESPAÑA MUSULMANA
 

JULIÁN RIBERA Y TARRAGÓ

Catedrático de lengua árabe en la Universidad de Zaragoza

 

Disertación leída en la Facultad de Medicina y Ciencias

ZARAGOZA

Establecimiento Tipográfico de "La Derecha", 1896

 

Edición digital en Torre de Babel Ediciones. Mantenemos la trascripción de los nombres árabes; modificamos únicamente la ortografía, para adecuarla a las normas actuales de la RAE. 

AL QUE LEYERE

Al publicar en el año 93 mi estadio La enseñanza entre los musulmanes españoles, aprovécheme, para la redacción de uno de sus capítulos titulado «La biblioteca», de las notas que había ido recogiendo mucho tiempo antes con el propósito de escribir una monografía acerca de los bibliófilos y bibliotecas en la España musulmana; y como ya por entonces tenia trazado el plan y dispuestos en orden los materiales, prometí, por inexperiencia, su publicación inmediata: creía que el placer experimentado en inquirir y en ordenar las investigaciones hechas, había de ser eficaz estimulo que facilitase la pronta redacción. Por desdicha ésta me ha resultado laboriosa y difícil. No sé a qué atribuirlo: unas veces lo achaco a torpeza o ineptitud mía (escribo siempre despacio y penosamente); otras a las dificultades de la labor a que nos vemos condenados los que trabajamos sobre originales árabes, de autores muchos de ellos con escasa disciplina intelectual, y de los cuales ha de sacarse a montones la materia prima en estado informe, de gran volumen y escaso valor, así como de orujo, al que hay que someter a operaciones de alambique para la extracción del espíritu o esencia, que resulte agradable al gusto europeo. Sea por una causa, sea por otra, o porque en realidad medien las dos, me convencí de que no era cosa de acabarlo en algunos meses.

A pesar de ello no desmayé; y hubiera cumplido mi promesa a no haber interrumpido el trabajo atenciones de importancia del momento, a saber: el viaje a Marruecos acompañando la Comisión diplomática para arreglar los asuntos de Melilla; la publicación de la obra bibliográfica árabe de Abenjair, colaborando con mi querido maestro el ilustre don Francisco Codera; un trabajo sobre los orígenes del justiciazgo aragonés, cuya impresión va a comenzar, etc., etc.

En medio de todo, no he podido negarme a las instancias de algunos amigos deseosos de conocer el asunto, aunque fuera de modo sumario, y me comprometieron a escribir esta disertación para las conferencias en el edificio de la Facultad de Medicina. La redacté con apresuramiento y sin gran cuidado, no haciendo entrar en su contenido sino lo más corriente, a fin de no verme obligado por mis afirmaciones a insertar textos y exponer pruebas, pues no llevaba ánimo de publicarla; mas aunque la mayor parte de las noticias aprovechadas son de las que pueden leerse en libros europeos, agradó el conjunto, sin duda por la brevedad y ligereza en el modo de ser presentado; me arrebataron el manuscrito y me honró publicándola el popular diario La Derecha, haciéndome al propio tiempo el obsequio de tirar aparte 50 ejemplares.

Poco tiempo después, tras correr la noticia por revistas y periódicos, me vi sorprendido por repetidas demandas de libreros españoles, franceses y alemanes. No pudiendo servirlas, ocurrióseme regalarles un ejemplar; y ¿cuál no sería mi asombro al ver ofrecidos en sus catálogos a precio exorbitante esos ejemplares que regalé, por la única razón de que yo no los vendía? Entonces caí en la cuenta de que podrían ellos abusar de la buena fe de los bibliófilos con un rótulo tan llamativo, y me decidí a hacer esta segunda edición (muy a mi pesar, pues no quisiera ofrecer sino la obra completa) para que no llevase mi nombre un producto tan injustamente encarecido, y que no vale la pena de tamaños precios.

Esto, después de todo, no traerá desventaja alguna: a los impacientes y a aquellos que sólo quieran someramente enterarse sin larga y fatigosa lectura, puédeles bastar este cuadrito, y a los que pueda interesarles el asunto, por deseos de apreciar en su plenitud la grande, extraordinaria afición que los musulmanes españoles tuvieron a los libros, como un aspecto de su vida literaria, ruégoles que esperen el cuadro más completo donde caben mayores desarrollos que en esta miniatura. Allí presentaré con más datos y pruebas la estimación que hizo del libro la sociedad musulmana; señalaré con muchos más pormenores las épocas que en España tuvo la afición; estudiaré cómo nació y fue creciendo a los principios en la ciudad de Córdoba, enumerando las personas que introdujeron libros, cuáles eran y de qué materias; haré que el lector asista a escenas entre bibliófilos en los tiempos de Alhácam II, cuando la afición era de espíritu muy abierto, sin prevención ninguna, (en la época de Almanzor más ceñida y exclusiva); trataré de exponer los caracteres en cada edad, con cita detallada de los bibliófilos y sus bibliotecas, los copistas y libreros de más renombre, copias célebres y de gran valor, etc.; luego, al derrumbarse el califato por la guerra intestina, podremos asistir a la dispersión de la biblioteca de Alhácam, la venta al encante de la de Ben Fotáis y la de Fatín, a robos de librerías, quemas y destrucción de libros; investigaré después cómo se difunde la afición por las provincias, su apogeo en el reinado de Taifas, el comercio de libros en distintas poblaciones, las escuelas de copistas y los principales bibliófilos de las ciudades de Córdoba, Sevilla, Almería, Málaga, Granada, Badajoz, Toledo, Guadalajara, Zaragoza, Calatayud, Tortosa, Valencia, Denia, etcétera; más tarde seguiremos viendo la suerte que cupo a los libros arábigo-españoles al llevárselos al extranjero por constante emigración: unos van a Oriente: Egipto, Siria, Mesopotamia, Irak, Meca y Medina; otros al África: Túnez, Marruecos, Tánger, y sobre todo a Fez, que guarda aún riquezas de la ciencia hispano-musulmana; otros a las naciones de Europa; y por fin acabaremos estudiando la fortuna que corrieron los libros que quedaron en la España cristiana hasta la formación de las bibliotecas actuales.

Ya comprenderá el lector por este bosquejo la repugnancia que habré sentido al decidirme a desflorar el asunto publicando esta edición. Mas una vez ya decidido, al destinarla al público, he cuidado de corregir algunas faltas que por las prisas de la primera se me escaparon. Por lo demás nada he querido aumentar: de añadir, hubiera querido añadir mucho y transformarlo, y esto no lo podía ni debía hacer precipitadamente. El lector podrá agradecerme el que no me haya apresurado para hacerlo mal.

Acoja bien el trabajillo presente y me proporcionará nuevo estímulo para hacer el futuro más completo.

 

Señores:

DESPUÉS de la conquista de Granada, los Reyes Católicos, por facilitar la conversión de los moriscos, ordenaron a éstos que entregaran a los Justicias todos los libros arábigos que tuviesen en su poder, para que, examinados por peritos, les fueran devueltos los de filosofía, medicina e historia, y se quemaran los demás.

La orden, por excesiva tolerancia de las autoridades a quienes competía su ejecución, no fue cumplida; pero el cardenal Cisneros, hombre de firmes resoluciones, creyó que debía procederse con rigor y expidió órdenes eficaces para que se llevara a efecto: de resultas, se reunieron unos cuantos miles de manuscritos moros en la plaza de Bibarrambla, en la ciudad de Granada, y se les prendió fuego.

Este hecho, acaecido en sitio tan público, presenciado por muchas personas, narrado por historiadores coetáneos y casi inmediato a nuestra edad, ha sido, sin embargo, tan alterado por la pasión de partido y los prejuicios de secta, que su averiguación precisa ha venido a ser difícil para las personas desinteresadas e imparciales; pues los de más contrarios pareceres se han puesto de acuerdo para alterarlo en el mismo sentido: los historiadores que simpatizan con la conducta de nuestro insigne cardenal, por creerla medida necesaria para que no reverdecieran entre los moriscos las aficiones mahometanas, no tienen escrúpulo en exagerar el número de los libros quemados, pues a su juicio, cuantos más se quemaran, más meritoria resulta la acción; y aquéllos a quienes se les crispan los nervios y se indignan por la gran riqueza literaria que allí se debió consumir, no dudan en acrecer y aumentar el número de los manuscritos quemados, aunque no sea más que para justificar los desahogos que se permiten contra el bárbaro furor de la intolerancia religiosa. Pocos son verdaderamente los serenos e imparciales que no se creen autorizados para hacer el milagro de la multiplicación de los panes y los peces, que tan expedito y fácil encuentran algunos en materias históricas.

El asunto ha llegado a ser un tópico de los más usados y punto a propósito para animadas controversias. Una se suscitó en Granada no hace mucho y llegó a apasionar vivamente los ánimos: de una parte, un periodista de exaltadas ideas liberales, que no sabía el árabe, y por tanto personalmente no perdió nada en aquella quema, pintaba con negros colores el horrendo crimen de intolerancia que cometió Cisneros, arrojando al fuego, sin compasión, en la plaza pública, dos millones de libros que contenían la gran sabiduría de los moros. (El periodista, como se ve, por expansionarse en sus amores morunos, usó de la multiplicación elevando los millares a millones, doliéndose de la pérdida de aquello que para él hubiera sido siempre letra muerta.) En cambio, de la otra parte, salió al palenque el muy docto catedrático Sr. Simonet, hombre dedicada exclusivamente al estudio de lo árabe, y, al tratar de poner las cosas en su punto, con todo su fervoroso apasionamiento tradicionalista, por defender a Cisneros, llegó a afirmar (por supuesto después de alegrarse de la quema de aquellos manuscritos que no le hubieran venido mal para sus estudios) llegó a afirmar, digo, que era casi imposible que existiese en la España musulmana el número de códices en cuestión; porque de haber llegado a poseer dos millones de libros, es menester que se suponga a los moros el pueblo más sabio e ilustrado del universo; y en verdad, añade, que no lo acreditan así, ni los documentos que han llegado hasta nosotros, ni lo atrasado y grosero de su civilización que como en todo país musulmán, nunca pasó de los límites de la barbarie.

Todas estas afirmaciones exageradas movieron mi curiosidad a estudiar la afición que a los libros tuvieron los musulmanes españoles, por parecerme además punto muy interesante, para el estudio de su historia literaria; y, como resultado de las averiguaciones que hoy me prometo exponer ligeramente a vuestra consideración, obtuve: que no fue sólo posible, sino hecho real y positivo, la existencia de dos millones de códices en la España musulmana; que no por eso, sin embargo, podrá decirse que ha sido el pueblo más ilustrado del globo, porque la posesión de muchos libros no implica grado elevadísimo de instrucción (¡cuántos sabios habría si esto bastara!); pero el hecho de tener dos millones de libros, sí prueba hasta la evidencia, para mí, que la España musulmana transpuso muchas leguas más acá los límites de la barbarie.

En cuanto comencé mis tareas en este sentido, sorprendióme agradablemente el encontrar más datos de los que al pronto me pude prometer, y de tal naturaleza, que me hicieron dudar, al principio, de la veracidad de los historiadores; pues tan grande y extendida me pintaron éstos la afición, que me nacieron sospechas de si por ser andaluces se les correría la romana; pero eran tantos, de tan diversa época, de tan distintas religiones y tendencias, tan desinteresados respecto a este asunto, y estaban tan unánimes, que hube de acallar mis dudas. Confieso, sin embargo, que no me convencí decididamente, hasta que encontré una explicación de estos hechos que me pareció natural. Y como recelo que a vosotros os ha de suceder lo mismo, me permitiré adelantarla, no sea que creáis exageradas mis referencias.

Por uno de esos azares históricos difíciles de explicar, ofrecióse un fenómeno raro en la escritura del pueblo árabe: siendo éste un conjunto de diseminadas, pequeñas y pobres tribus, dedicadas al pastoreo en su mayor parte, sin núcleos de población que merezcan nombre, sin morada fija más que las infecundas tierras de la Arabia (privadas del beneficio de las lluvias y de la corriente de un miserable río), de costumbres semisalvajes, apenas influidos por las diversas civilizaciones que alrededor de su península se sucedieron, tenían, sin embargo, un alfabeto y una escritura tan cursivos cual sólo vienen a tener los pueblos donde la civilización es vieja, y donde las necesidades del comercio y de las comunicaciones han hecho que se inventasen o aceptaran. El hecho por extraordinario no es menos real y verdadero. Una línea casi seguida, sin que en ella se perciban grandes inflexiones, constituye su escritura: ni la romana, ni la griega, ni la hebrea, se le parecen; sólo es comparable con la moderna taquigrafía. Como ésta, es silábica y la mitad de las letras se dejan de escribir, fiando siempre en que la sagacidad del lector sabrá suplirlas o adivinarlas. Un nombre de cuatro o cinco sílabas se traza con tanta rapidez y brevedad, como una sola de nuestras consonantes. El nombre de Mahoma, por ejemplo, , no cuesta de escribir entero en árabe tanto como la primera letra del mismo en nuestra escritura, y si el trayecto recorrido por la curva se pusiera en línea recta, la palabra árabe apenas vendría a recorrer esta distancia; mientras que la nuestra vendría a ser aproximadamente esta otra:

No es, pues, de extrañar que un copista entre ellos pueda escribir cuatro veces más que un escribiente latino; y por consecuencia, ganando igual salario, el copista árabe dará por el mismo precio cuádruple materia que los nuestros. La mano de obra, por esta sola circunstancia, es cuatro veces más barata.

Por otra parte, los pueblos de la antigüedad y los de Europa en casi toda la edad media, utilizaron para escribir el papiro egipcio o el pergamino, materias que por su escasez o por su costosa preparación, tuvieron siempre alto precio en el mercado.

Los árabes emplearon desde muy temprano el papel de pasta, y la industria lo multiplicó de tal suerte, que hizo desterrar el papiro antiguo y redujo considerablemente entre ellos el uso de las vitelas. Por esta otra causa, siendo ellos los que exclusivamente utilizaron este invento, pudieron abaratar otro tanto más el coste de los libros. La transformación que la imprenta ha traído, y la acumulación y profusión de libros y bibliotecas que ahora nosotros presenciamos, puede servirnos de ejemplo para formar idea del efecto que pudo producir entre los musulmanes el uso del papel y su rápida escritura.

Además, la manera especial de vivir de los pueblos mahometanos hizo del libro el único medio de instrucción: circunstancia no tan principal como las anteriores, pero bastante por sí sola, si otra no hubiera, para explicar la difusión de los libros entre los mismos. Los griegos tenían asambleas políticas en las cuales el pueblo podía enterarse de la marcha de los negocios públicos, teatros en donde la vida humana se representaba en todos sus aspectos, academias donde las ciencias se profesaban y se discutían públicamente las cuestiones, aprendiendo todo el mundo aquello de que más gustara. Nada de todas estas cosas disfrutaron los musulmanes: por eso no pudo desarrollarse entre ellos la oratoria política, pues no se ofrecía ocasión para emplearla, ni la forense porque no juzgaban tribunales ni jurados, ni la académica porque eran pocas y mal vistas las discusiones en que se usaba del razonamiento; apenas la oratoria sagrada pudo crecer mal criada y caprichosa por la triste soledad en que se la educó y crió. Toda la vida literaria del pueblo se redujo a oír contar leyendas fantásticas o maravillosas en los zocos o mercados y a la lectura de libros en las mezquitas. Por eso el género favorito fue el que resplandece tanto en Las mil y una noches, y ha venido a ser el pueblo de la antigüedad más aficionado a los libros, pues constituían éstos su único (y por demás baratísimo) medio de instrucción.

En todos los países dominados por los musulmanes no cundió el gusto a los mismos en igual grado, ni se mostró con la misma intensidad; sobresale en aquellos pueblos en que antes habían florecido civilizaciones antiguas; por ese motivo, los persianos, los egipcios y los españoles fueron siempre los musulmanes más ilustrados y los que más bibliófilos contaron en su seno. Entre estos tres, no sé cuál se llevó la supremacía; pero motivos hay, por lo menos, para que no cedamos pronto si se discute el primer lugar: en España creció el gusto por los libros a extremo que causa verdadera admiración.

En los primeros tiempos, después de la conquista, mientras el número de musulmanes en la península española se redujo a las colonias militares que ocupaban las ciudades y castillos fuertes (por tener sometida la tierra que ocupaban) los libros y la instrucción brillaron por su ausencia, como vulgarmente se dice, sólo se mantenían las tradiciones latinas de los cristianos mozárabes y ésas en la propia lengua de sus antepasados; pero cuando el número de adeptos fue creciendo, y las necesidades del Estado exigieron hombres diestros en la ley musulmana, comienzan ya a notarse los primeros movimientos de importación de libros y saberes orientales, aunque escasa y reducida exclusivamente a las ciencias legales y religiosas.

Mas cuando los renegados españoles comenzaron a sentir los entusiasmos del neófito y se lanzaron decididamente al estudio de la nueva lengua y de la doctrina nueva, la corriente se hizo cada vez más caudalosa, y más acentuado, vivo y general el deseo de leer. Esta marcha progresiva (al principio lenta e indecisa; vigorosa, resuelta y fuerte después) sufrió las alternativas y vaivenes que el imperio de los Omeyas hubo de sufrir, hasta el advenimiento de Abderrahmán III el Grande, que tuvo el valor y la suerte de reducir a todos los rebeldes y organizar completamente el reino.

La paz y el orden produjeron sus naturales efectos: el comercio y la industria sustituyeron a la ocupación de las armas, los resortes del Gobierno se fortalecieron y vino la prosperidad particular en la fortuna privada, al par que en el erario público, bien administrado, ingresaban sumas cual jamás, hasta entonces, había logrado conseguir.

Córdoba, como cabeza, sintió primero las consecuencias: su perímetro fue ampliado; extensos arrabales se añadieron a su población; palacios, jardines y casas de recreo bordaron las márgenes del Guadalquivir; mercados, cementerios y mezquitas tuvieron que ensancharse por los ahogos que la acumulación causaba; alumbrado público, fuentes y demás exigencias de policía en los grandes centros tuvieron que introducirse.

La holgura de la hacienda pública hizo posible la construcción de acueductos, puentes y calzadas, y el soberano pudo permitirse el lujo de construir, al pie del monte, aquella villa real que se llamó Azzahra, donde podía verse trabajar incesantemente miles de obreros gallegos, bizantinos y orientales, edificando la hermosa mansión de los Califas, tan célebre en la historia.

El ruido de la fama hizo acudir allí a los maestros más sabios, a los estudiantes de provincias y extranjero, a los copistas más hábiles y a libreros y mercaderes más ricos, que hicieron de Córdoba emporio de la industria y del comercio, al propio tiempo que el cerebro de las comarcas de Occidente. La afición a los libros, que había ido creciendo al par que la instrucción recibió incremento nuevo al instalarse las fábricas de papel en Toledo y Játiva.

Para no aturdimos con la variedad y número de los bibliófilos y bibliotecas que había en la Córdoba de aquel entonces, nos contentaremos con una rápida visita a las más principales, ocupando el primer lugar, por la importancia de la persona, mérito, valor y número de los volúmenes la biblioteca real.

Desde el primer Abderrahmán comenzó ya a dar a conocer la familia omeya el gusto por la instrucción: era literato y poeta; entre sus descendientes que ocuparon el solio, hubo hasta filósofos, cosa que disgustaba a sus propios súbditos; en el reinado de Mohammed ya señalan los historiadores la biblioteca real como una de las mejores de Córdoba; en tiempo de Abderrahmán el Grande, la fama de su afición a los libros llega hasta el imperio de Bizancio, cuyo emperador, necesitando atraerse las simpatías del sultán andaluz, creyó que el más preciado obsequio que podía mandarle era un libro nuevo; éste fue el famoso libro de Dioscórides, ejemplar maravillosamente escrito en letras de oro, y adornado de hermosos dibujos que representaban las plantas citadas en el texto. El monarca español, que no sabe griego, ni encuentra fácilmente persona perita que lo traslade, ruega al emperador bizantino que le envié sabio que lo traduzca: el monje Nicolás fue enviado de Constantinopla a ponerse al servicio de Abderrahmán.

Por esos días, sus dos hijos, los príncipes Alhácam y Mohammed, comenzaban sus estudios bajo la dirección de maestros nacionales y extranjeros. Su afición se despertó con tal viveza, que no les satisfizo la biblioteca de su padre, y ambos se emulaban mutuamente por ver cuál de los dos llegaba a formar una más escogida y numerosa. Pasado algún tiempo murió Mohammed y heredó su biblioteca su hermano Alhácam, el cual al morir su padre reúne tres bibliotecas: la de palacio en la que sus antepasados habían puesto toda su solicitud, la de su hermano Mohammed y la suya propia.

En su alcázar trabajan de continuo los mejores encuadernadores de España, juntamente con otros de Sicilia y Bagdad que ha hecho venir; iluminadores y dibujantes adornan con hermosas viñetas los libros que hábiles copistas escriben para entregarlos después a una junta de sabios espléndidamente pagados que los cotejan y corrigen.

Un eunuco, alto empleado palaciego, es el bibliotecario jefe y tiene a su cargo la formación y custodia del índice y la guarda de los libros en los estantes. El número de volúmenes, según nota del mismo bibliotecario, asciende al de 400.000, es decir, doce veces más que el de nuestra biblioteca universitaria El índice en que se anota el título de la obra y el nombre del autor, consta de 44 cuadernos de 50 folios cada uno. Se comprende que no son exageradas estas noticias recordando que allí hay reunidas tres grandes bibliotecas, y que Alhácam tiene, recorriendo exprofeso las comarcas orientales, mercaderes a quienes adelanta grandes cantidades de dinero para la compra de libros, además de los agentes fijos del Cairo, Bagdad, Damasco, Alejandría, etc., que le proveen de todas las novedades literarias que se dan a luz en el mundo musulmán. Mantiene relaciones directas con los autores, y ocasión ha habido en que el obtener la primera copia le cuesta más de 20.000 duros: sólo por darse el placer de que sea conocida en España, antes que en Persia, patria del autor, la obra que éste escribe.

Entre sus mismos súbditos es ya muy corriente el saber que el mejor medio para insinuarse por alcanzar algún favor o empleo es presentarle libros que no tenga; así que le dedican sus producciones o le regalan ejemplares de obras raras. Hasta entre los mismos obispos cristianos de Córdoba, hubo uno que le dedicó un calendario de las fiestas cristianas españolas; libro muy curioso que ha tenido la suerte de llegar a nuestros días y ser conocido y publicado.

Su afición no es meramente externa, no acumulaba libros por ostentación o lujo, sino que los leía y los anotaba; notas que después apreciaron y utilizaron los sabios dándoles la fe que merecería la autoridad del erudito, pues por tales medios alcanzó un saber y una erudición imposibles de conseguir por los que no tuvieran a su disposición tantos materiales.

El lugar que ocupaba su biblioteca era ya estrecho, los libros yacían amontonados en las estancias y no cabían tantos como diariamente aumentaban; así que hubo de destinarse otro sitio apropósito. La mudanza, trabajando buen número de personas asiduamente, duró seis meses enteros.

Los autógrafos, las copias estimadas de antiguos y afamados copistas, los libros que no tenían curso vulgar por su rareza o volumen, darían materia para largo entretenimiento. No es esta ocasión para enumerarlos; baste decir, que los bibliófilos posteriores que recordaban la biblioteca, decían que fue una preciosidad, de cuya posesión rey alguno de la tierra ha podido envanecerse antes ni después.

Y su formación no es un hecho aislado; la familia real no hizo más que seguir la moda del pueblo cordobés. Visitemos, si no, alguna de las más famosas entre las de sus súbditos musulmanes, verbi gracia, la de Abén Fotáis.

Pertenece el dueño a una de las más acaudaladas y linajudas familias cordobesas: todo un barrio de casas alrededor de la en que vive es suyo. Para biblioteca ha mandado construir un edificio especial, hecho con tal arte que desde un punto dado pueden verse todas las estanterías. El elegante vestíbulo, techo, paredes, terraza y ricos almohadones y alfombras, todo es verde, color simbólico de la nobleza. Allí se ven trabajar constantemente seis copistas que no cobran a destajo, sino un salario fijo, para que la prisa no ocasione incorrecciones en la escritura. Un literato de los más entendidos de la ciudad es su bibliotecario, que tiene como tal el encargo de catalogar y hacer las copias de mayor compromiso.

El dueño es hombre que en cuanto sabe que alguien ha pescado un buen original, ya está sobre la pista y dispuesto a cualquier sacrificio para obtenerlo; paga doble, triple, cuádruple de su valor corriente y cuando por precio no lo consigue, se impone por la recomendación, y si no lo logra, obtiene al menos que le dejen sacar copia o cotejarlo con las suyas; pero en cuanto hace una adquisición, por nada del mundo consiente siquiera prestar el libro: demasiado sabe, por experiencia, de cuan mala gana se suelen devolver y con cuánta facilidad se hacen los aficionados los suecos y olvidadizos. A apurarle mucho, manda a sus bibliotecarios sacar una copia y ésa es la que presta.

Como el dinero ni le duele ni le falta y su afición toma mayores proporciones cada día, ha reunido la mejor biblioteca de Córdoba, fuera de la del sultán.

El valor de los libros que la componían pudo apreciarse algunos años después, cuando desgracias de familia obligaron a sus nietos a realizarla. Un año entero vinieron los corredores a la mezquita de este barrio, para verificar en ella la venta a pública subasta; y a pesar de haberse hecho en aquellos azarosos días de la guerra civil, aun se sacaron 40.000 monedas de oro casemíes, que ahora equivaldrían a unos diez y siete millones de reales aproximadamente.

No eran sólo las familias acomodadas las que se permitían el lujo de formar buenas bibliotecas; entre las más humildes clases se notaba la afición, alimentada según la posibilidad de sus alcances: como muestra podemos visitar la de un pobre maestro de escuela, la de Ben Hazam, por ejemplo. Este individuo se mantiene enseñando a los muchachos, tarea en que le ayudan un hijo suyo, encargado de los chicos, y una hija de las niñas. Los pocos ahorros que consigue, los dedica a la compra de libros, al propio tiempo que las horas libres de clase, las dedica con afán a copiar las que sus amigos le prestan. Aunque no puede permitirse el lujo de mantener bibliotecario, no por eso su librería está desarreglada, ni deja de tener su valor; alguna vez los mismos literatos de Córdoba le envidian la corrección de sus códices y la preciosidad de algunos, únicos, que trajo de un viaje que hizo por Oriente con este objeto. Mal vestido y mal comido se le podría ver, pero su biblioteca muestra claramente a dónde puede llegar el amor a los buenos libros hasta en persona de escasos haberes.

Y no eran sólo los hombres los bibliófilos: aquella mujer muslímica que muchos describen sentada perezosamente sobre mullidos divanes, aspirando los aromas que se desprenden de humeantes pebeteros, recluida en las interioridades del harem, soñando siempre en materiales placeres, ésa no es la española. A ésta tampoco pueden aplicarse aquellos epítetos duros que escribió en su curioso opúsculo Philobiblion, el notabilísimo bibliófilo inglés del siglo XIII, Ricardo de Beri, obispo de Burham y gran canciller de Inglaterra, el cual dirigiéndose contra las mujeres y clérigos de su nación y tiempo, dice:

«Ahora los libros han sido echados a la fuerza y por las armas de las casas de los clérigos, donde en otro tiempo disfrutaban de asilo por derecho hereditario; antes por lo menos, se les concedía un cuarto interior, una apacible celda donde estaban recogidos; pero ¡oh tiempos nefastos! a los  libros se les arroja fuera de puertas, siendo sustituidos, unas veces, por perros y aves de caza, otras por ese animal bípedo que se llama mujer, con la que el clérigo no debe vivir. Apenas esta bestia, siempre perjudicial para los estudios, descubre los libros ocultos, que antiguas telarañas cubren, los insulta con los discursos más virulentos, encontrándolos dignos únicamente de ser cambiados por telas de seda, paños de escarlata o cualquier otra vana chuchería».

La bestia bípeda hispano-musulmana, no presenta los caracteres que Ricardo de Beri notó en las damas inglesas de su tiempo, ni en la clase alta ni en la baja de la sociedad cordobesa.

En las oficinas reales de Alhácam se podía aprender caligrafía, gramática y poética con Lobna, la insigne secretaria, o con la anciana Fátima, que siendo muy viejecita escribía aún libros con elegancia y seguridad, y pasó la vida tan honestamente que según los testimonios de la época murió virgen.

Entre las muchas señoras de la alta sociedad cordobesa que tuvieron afición a los libros, se puede citar a Aixa, de familia muy principal, a quien los amores literarios le dieron tales instintos de independencia que no quiso casarse nunca, muriendo también doncella y de edad avanzada. Era un portento de elocuencia en sus odas, modelo de decir en sus versos, y tenía habilidad tan grande para la copia, que causaban admiración los códices y folletos que personalmente escribía de su propia mano. Con su afición a coleccionar libros llegó a reunir una de las bibliotecas más famosas de la Córdoba de entonces.

Entre las clases bajas, ya que no hubiese mujeres bibliófilas, no eran por eso enemigas de los libros; pues se formaron obradores donde centenares de ellas copiaban alcoranes y libros de rezo, que eran los más corrientes, para venderse luego por los libreros; porque se conseguiría con el trabajo de la mujer, más limpieza y habilidad caligráfica, al propio tiempo que mayor baratura de jornal que con el de copistas masculinos.

En la populosa capital del reino, no vivían únicamente musulmanes: pululaban por la ciudad multitud de cristianos (que tenían su culto, iglesias, sacerdotes y obispo), los cuales se dejaron llevar en la educación e instrucción de sus hijos por las ideas y moda reinantes, según puede deducirse de un testimonio nada parcial, el de un ilustre cristiano mozárabe, Álvaro de Córdoba, que, en su Indícuio luminoso, dice:

«Muchos de mis correligionarios leen las poesías y los cuentos de los árabes y estudian los escritos de los teólogos y filósofos mahometanos, no para refutarlos, sino para aprender cómo han de expresarse en lengua arábiga con más corrección y elegancia. ¡Ah! todos los jóvenes cristianos que se hacen notables por su talento, sólo saben la lengua y literatura de los árabes, leen y estudian celosamente libros arábigos, a costa de enormes sumas forman con ellos grandes bibliotecas, y por donde quiera proclaman en altavoz que es digna de admiración esta literatura.»

Y es que la política sagaz, de tolerancia interesada, de los omeyas (que no excluía a los cristianos de los empleos mismos de palacio) había ido produciendo su efecto, hasta el punto de que, fuera de aquellos días tristes en que la sangre de los mártires tiñó las calles de Córdoba, supieron los califas suavizar la tirantez y los choques que la profesión de religiones tan distintas producía entre sus súbditos.

Los judíos, ese pueblo que ha tenido que avenirse a vivir con cualquier otro, porque después de todo en todas partes son igualmente odiados y aborrecidos, también se dejaron llevar de la corriente de la época, y al propio tiempo que sinagogas y escuelas se enriquecían con las obras de sus hermanos de Oriente, ayudados con el patrocinio del célebre Hasdái, médico de cámara de Alhácam, no descuidaban los estudios árabes, en cuya lengua solían escribir y con cuyos libros formaban bibliotecas.

Hasta una multitud de infelices renegados gallegos, catalanes, franceses, lombardos, calabreses, etc., algunos de los cuales tenían la desdicha de ser a propósito para guardas del harem (sin riesgo para la honestidad de las señoras) y que estaban empleados en el palacio o ejército del sultán, se contagiaron de estos gustos. Como llegaban casi niños a Córdoba, bien comprados por los omeyas con ese objeto, bien regalados por los soberanos europeos, (el conde de Barcelona, en una sola ocasión, mandó 20 eunucos jóvenes por congraciarse con Alhácam) se les educaba escrupulosamente y se les instruía de manera que más tarde podían darse pujos de literatos, componiendo versos y obras literarias en lengua árabe y hasta formando biblioteca. ¡A tal punto había llegado la afición a los libros!

Este gusto, que al principio sólo cundió entre las personas ilustradas, fue remedado luego (como hoy sucede) por las que pretendían pasar por tales. Algunas veces esos aficionados tontos hicieron terrible competencia a los bibliófilos de buena ley. Leeremos, para evidenciarlo, una relación de la visita que hizo el distinguido viajero y notable bibliófilo Elhadrami a uno de los encantes del mercado de libros de Córdoba, donde se solían vender a pública subasta por un corredor.

«Estuve, dice, una vez en Córdoba y solía ir con frecuencia al mercado de libros por ver si encontraba de venta uno que tenía vehemente anhelo de adquirir. Un día, por fin, apareció un ejemplar de hermosa letra y elegante encuadernación. Tuve gran alegría. Comencé a pujar; pero el corredor que los vendía a pública subasta, todo era revolverse hacia a mí indicando que otro ofrecía mayor precio. Fui pujando hasta llegar a suma exorbitante, muy por encima del verdadero valor del libro bien pagado. Viendo que lo pujaban más, dije al corredor que me indicase la persona que lo hacía y me señaló a un hombre de muy elegante porte, bien vestido, con aspecto de persona principal. Acerqueme a él y le dije: Dios guarde a su merced; si el doctor tiene decidido empeño en llevarse el libro, no porfiaré más; hemos ido ya pujando y subiendo demasiado. A lo cual, me contestó: usted dispense, no soy doctor; para que usted vea, ni siquiera me he enterado de qué trata el libro; pero como uno tiene que acomodarse a las exigencias de la buena sociedad de Córdoba, se ve precisado a formar biblioteca: en los estantes de mi librería tengo un hueco que pide exactamente el tamaño de este libro y como he visto que tiene bonita letra y bonita encuadernación, me ha placido: por lo demás, ni siquiera me he fijado en el precio; ¡gracias a Dios me sobra dinero para esas cosas! Al oír aquello, prosigue nuestro bibliófilo, me indigné, no pude aguantarme y le dije: Sí ya, personas como usted son las que tienen dinero; bien es verdad lo que dice el dicho: Da Dios nueces a quien no tiene dientes. Yo que sé el contenido del libro y deseo aprovecharme de él, por mi pobreza, no puedo utilizarle.»

Esta escena, para mí, pinta mejor que cualesquiera otras descripciones lo que era el mercado de libros en Córdoba, lo arraigado de la afición (que se tenía ya por mero lujo) y evidencia dos tipos de bibliófilos: el de buena raza, que se queda sin libro, y el del petrimetre que lo compra para enseñarlo por el dorso en su casa, sin ulterior finalidad. La extrañeza misma que esto causa al extranjero, es prueba de que en su país no se presenciaban de ordinario estas escenas.

Sería curioso averiguar el número de libros que anualmente se escribirían en Córdoba: es difícil calcularlo; pero si consideramos que allí concurrían de cinco a seis mil estudiantes (¡en una sola clase, de un solo maestro, se reunían mil!), que éstos copiaban todos al dictado las enseñanzas de sus maestros, y que al año aprendían varios libros; si tenemos en cuenta que centenares de mujeres tenían por oficio copiar alcoranes y libros de rezo, y había quien en una semana concluía un alcorán; si además se sabe que multitud de libreros pagaban sus copistas especiales y que bibliotecas privadas tenían multitud de hombres empleados en este oficio; bien se podrá fijar, así, por aproximación, de sesenta a ochenta mil ejemplares, no exagerando el cálculo.

Esto es muy poco, comparado con el movimiento actual; pero es tanto para aquel tiempo, si se considera que son ejemplares manuscritos, que bien puede presumirse que toda Europa, no diera igual contingente. No creo que se apartara mucho de lo real, quien dijera que había allí más libros y bibliotecas y más bibliófilos que ahora, v. g., en Zaragoza o Valencia, a pesar de ser principales ciudades de una España mucho mayor que entonces era, en época de florecimiento literario, al final del siglo XIX, cuatro después de la invención de la imprenta.

Sin embargo, aquella época de tanto esplendor no duró largo tiempo; la guerra civil enseñoreóse de Córdoba tras los días de Almanzor, y los berberiscos, que formaban la mayor parte de las tropas reales, inauguran una época de barbarie, robando y quemando palacios y bibliotecas: las familias acomodadas se trasladan a provincias y los estudiantes y maestros huyen de la capital, formando centros docentes y desarrollándose también la afición a los libros en aquellas poblaciones que fueron después cabezas de reinos de taifas, separados de la obediencia del poder central vacilante, discutido y derrumbado a cada momento en Córdoba.

Si esta ciudad fue la primera en el rango de la instrucción y del gusto por los libros, la segunda fue la patria del rey poeta Almotamid, la sin par Sevilla. Discutían en cierta ocasión el célebre filósofo cordobés Averroes y el ilustre médico sevillano Avenzoar, acerca de la preeminencia entre las dos ciudades; decidió la polémica una frase muy gráfica de Averroes, que pintaba la realidad: «Yo no sé porque será, dijo, pero es lo cierto que cuando en Sevilla muere un sabio, traen a Córdoba su biblioteca para venderla; y si en Córdoba muere un cantor o músico, los instrumentos de su arte los llevan a vender a Sevilla.» La anécdota, que retrata bien el carácter de ambas ciudades, decide la opinión a favor de la capital; pero hay que conceder a Sevilla el lugar segundo. Si no lo adquiriese por la biblioteca de la real familia, que fue una de las más ilustradas, ni por el número de los bibliófilos y bibliotecas que en ella florecieron, lo merecería por la fama de su mercado de libros, que ocupaba una calle entera, visitado por literatos que iban en busca de los libros más raros y curiosos.

Una de las ciudades andaluzas más famosas en este sentido, fue Almería; aunque no fuera más que por haber vivido en ella el bibliófilo de más renombre en aquellas edades: Abu Chafar ben Abbás, ministro del rey Zohair. Decían sus contemporáneos, que nadie aventajaba a este bibliófilo en cuatro cosas: en tener dinero, en tener avaricia, en tener vanidad y en escribir bien. Según informes de los mismos, era un guapo mozo de apuesta y gallarda figura, que heredó de sus padres una fortunita en la que, sólo en moneda contante y sonante, aparte fincas rústicas y urbanas, había 500.000 mitscales de oro chafaríes, es decir, unos noventa millones de reales. Estudió con gran aprovechamiento todas las ciencias, especialmente el derecho y aquellas ramas del saber que más se relacionan con la carrera de la política, en la que llegó según he dicho antes, al cargo de ministro. Se le achaca el pecado de la avaricia, sin duda porque, en el gasto de su casa y persona no se ponían de manifiesto las rentas que sus bienes producían. Sus diversiones, aparte del placer de coleccionar libros, eran muy baratas: no hacía otra cosa que jugar al ajedrez, al que era aficionado sempiterno. Sin embargo, en la adquisición de códices, hojas sueltas antiguas, cuadernos desvencijados, trozos de tela, cacharros y muebles, no era regatón, ni tacaño, sino espléndido, liberal y hasta pródigo. Bien lo daban a entender los libreros, copistas y comerciantes, que con él trataron: muchos de ellos se hicieron ricos con este solo cliente, el cual tenía la costumbre de pagar triple valor al del precio ordinario de los libros, pues se había convencido de que era el mejor medio para que los agentes y libreros le trajeran los mejores. Con tal sistema reunió una biblioteca monstruo que excedió de 400.000 volúmenes encuadernados y completos, fuera de papeles y cuadernos sueltos que eran innumerables, llenando su palacio además de cachivaches viejos.

Badajoz debe su fama, en los fastos literarios, al sabio por antonomasia, Almudafar ben Alaftás, su régulo, que escribió la célebre obra titulada Almudafaría, de su propio nombre, enciclopedia de 50 tomos donde se trata de toda ciencia desde el arte de la guerra, política e historia, hasta la fábula y demás géneros literarios, y sacada totalmente del estudio de la grande y escogida biblioteca que él mismo se formó.

De Toledo no debíamos hablar, pues conocido es ya el renombre que gozó en la Edad media como centro de instrucción adonde acudían los sabios de Europa para estudiar las ciencias árabes; en ella aparecieron desperdigados restos de la biblioteca de Alhácam II en los días de la guerra civil; en ella vivieron los Beni Di-nón, régulos que en su afán por los libros llegaron al extremo de apoderarse violentamente de las bibliotecas particulares, robando la del bibliófilo Alarauxi; en ella se vio el portento que toda la población pudo admirar, al ocurrir el incendio del barrio de Pellejeros, y fue que de él no se salvaron más que las habitaciones del bibliófilo Ben Maimón, donde guardaba su famosa biblioteca, la de los correctos códices; en ella vivieron, por último, bibliófilos tan especialistas como Ibrahim el Toledano que se ciñó exclusivamente a reunir autógrafos y originales de los sabios que habían florecido en la ciudad.

A pesar de que Zaragoza era uno de los puntos más alejados del imperio musulmán y comarca fronteriza donde los hábitos militares se habían sobrepuesto a las aficiones científicas, sufrió aunque tardía y fugazmente las influencias del gusto reinante. Dio alta prueba de ello la familia de los Beni Hud que regía sus destinos en los últimos tiempos, la cual contaba entre sus individuos al astrónomo, filosofo y geómetra, Almoctádir, cuyo nombre llevan escrito las ruinas del palacio de la Aljafería, y al no menos célebre Almostain, al que Ben Buclárix dedicó su famoso libro de materia médica, Almostaini, con cuya posesión se envanecen algunas bibliotecas europeas. Mas cuando comenzaba a nacer y desarrollarse en esta tierra la afición a los libros, que en alto grado sintieron las ciudades andaluzas, Alfonso el Batallador la conquistó. Aun queda, sin embargo, memoria de algunos libreros de Calatayud y Zaragoza que tuvieron que emigrar con la conquista.

Valencia fue la población elegida por los libreros emigrantes aragoneses: en esa ciudad pusieron su tienda los bilbilitanos Cidrey al huir de Calatayud que cayó en manos de cristianos, tras la rota de Cutanda; a ella fue a establecerse el famoso librero zaragozano Ben Matruh, coleccionador de las poesías del vate aragonés Axxachar, y en su tienda se reunían los literatos valencianos, atraídos por su grande ilustración, carácter jovial y discreto y amable trato; y finalmente, allí se trasladó la familia del bibliófilo zaragozano Aben Assaguer, dedicándose al comercio de librería, y despuntando el hijo Ahmed, que llegó a ser hábil copista, sabio coleccionador de códices y libros, de los que reunió una buena biblioteca, y nombrado, por último, bibliotecario real de los almohades.

A medida que la reconquista avanza, se nota que los sabios y políticos de las partes conquistadas se repliegan a las provincias libres; por eso fue Granada la que alojó a tantos sabios y mantuvo por más tiempo la afición: el número de bibliófilos fue allá superior al de las otras provincias porque pudo sumar a los naturales de la comarca, los emigrados que a ella se acogían.

Si pudiéramos detenernos en esta ligera (y por mi causa ya pesada) visita a las bibliotecas de la España musulmana, entraríamos en la biblioteca real de los Beni Alahmar de Granada, conoceríamos a sabios bibliotecarios que la dirigieron, para hacer luego una excursión entre las de particulares, verbigracia, la de Azzobaidi, robada por los Esquílula y devuelta posteriormente merced a los buenos oficios del rey de Granada; la de Ben Faracún, preciosa por los notables códices que aquel artista iluminó al encausto; la del célebre Attaraz, visitada por los literatos que deseaban cotejar sus copias para corregirlas; o la de Ben Lope, aquel fogoso orador, hábil polemista, teólogo escolástico (de la escolástica musulmana) que solía hacer frecuentes viajes por las comarcas cristianas españolas, con el exclusivo objeto de entablar discusión pública con nuestros obispos, en aquella época en que tan crudas batallas se libraron entre ambas teologías. Pero para conocer el grado a que había llegado la afición, no hay más que acercarse a la calle de los libreros y ver cómo abogados y clérigos, que han abandonado sus carreras por creerlas poco lucrativas, se han metido al oficio de vender libros, que les proporciona rendimientos bastantes para retirarse a los pocos años a vida exenta de cuidados y preocupaciones.

Acabada la reconquista, quedaron entre nosotros los moriscos que conservaron la afición a los códices, pero en la medida escasa que los tiempos consentían: nuestro pueblo opuso tenaz resistencia a la difusión de las enseñanzas musulmanas entre los súbditos que profesaban el islamismo, y frecuentes prohibiciones produjeron por consecuencia el que ocultasen la afición como un pecado, menguando más cada día, hasta desaparecer por completo con la expulsión.

Mas tanto número de libros, tantas bibliotecas, ¿qué se hicieron? La escasez actual de libros árabes ¿no indica que estos datos tienen algo de fantástico o fabuloso?

La misma causa que ha producido la multiplicación asombrosa de códices entre los musulmanes ha sido también motivo para su rápida destrucción: el papel industrial de las fábricas españolas, grueso, duro y lustroso, con apariencias de resistir las injurias del tiempo, era, comparado con el pergamino, efímero, fofo, como de estopa, que se deshace en cuanto la humedad le ataca; muy apto, por otra parte, para servir de cebo a los ratones y polilla y de pasto al fuego; no resiste un manejo continuado y largo, pues se rompe con bastante facilidad, así que el uso desvencija pronto los libros y los inutiliza para el estudio, pasando los restos a ejercer otros oficios. Agregúese a esto la exportación por los emigrados, los descuidos de manos indoctas, etc., etc., y se tendrá un buen caudal de motivos de pérdidas acaecidas lenta y silenciosamente sin el estrépito de los acontecimientos que llenan las historias.

En éstas, sin embargo, han quedado rastros suficientes para explicar la extinción de millares y millares de manuscritos: me refiero a las quemas intencionadas hechas a vista del público, o por el pueblo mismo, y con gran solemnidad.

En España se ha tenido por muchos siglos como fiesta y regocijo muy popular la quema de manuscritos árabes: pocas naciones del mundo habrán disfrutado tantas veces de ese placer, en que se han emulado todos, musulmanes y cristianos; pero no se crea que ha sido por desdeñar la ciencia o por odio a la instrucción, no; al contrario, por excesivo entusiasmo o exaltado cariño a los ideales, cosa propia de nuestro carácter nacional. En pueblos atrasados donde no se sabe apreciar debidamente el valor de los libros, ni los escriben, ni los queman; mas en países como el nuestro en que fue pronto notoria la virtualidad que llevan en su seno, como instrumento o medio de difusión de las ideas, apelóse a la quema para que no se propagaran doctrinas perniciosas o heréticas, contrarias a las creencias que la generalidad tuvo por más sanas.

Como el fenómeno es curioso, haremos una reseña, aunque sea rápida, para que se aprecie en su conjunto.

Mientras no hubo instrucción bastante difundida entre los musulmanes, después que se posesionaron de España, no les vino a la memoria lo pernicioso que puede ser un libro; pero cuando la secta ortodoxa de Málic arraigó con bastante fuerza para resistir la invasión de otras doctrinas orientales, comienzan ya las quemas en la España musulmana. Primeramente el pueblo, incitado por los faquíes, tomóse la justicia por su mano, insultando y maltratando a la persona que el rumor popular señalaba como introductora de peligrosas novedades, y, si ésta no acababa por cantar la palinodia, amotinábase aquél, entraba en la casa y quemaba los libros. Tal ocurrió con el filósofo materialista Ben Massarra, cuyo mismo padre contribuyó con sus propias manos a destruir los libros de su hijo. Más tarde, a la muerte de Ben Colaib, que trajo la doctrina de la filosofía oriental acerca del libre albedrío, contraria al fatalismo alcoránico, ya son los ulemas organizados en comisión los que entran en la casa, sacan los libros a la calle y queman todos los que no son de la secta a que pertenecen los inquisidores. Esta inquisición, sin embargo, no era oficial, obraba sin atenerse a leyes ni reglamentos, y al Gobierno disgustó muchas veces este exceso de intrusión en negocios en los que creía debieran seguirse trámites legales de denuncia y juicio ante las autoridades ordinarias. Los omeyas templaron en muchas ocasiones este rigor con ejemplos de mayor tolerancia, como sucedía en tiempos de Alhácam; pero no se atrevieron a resistir siempre, viéndose obligados a desterrar de España personas que sin su intervención no hubieran vivido seguras entre sus súbditos. La prueba de que el celo popular incitaba estos actos y no procedían del deseo que tenían las personas que formaban el Gobierno, se vio claramente en los tiempos de Almanzor, quien como particular tenía sus aficiones a los libros de filosofía y otras ramas del saber, detestadas del clero musulmán y del pueblo, guardando en escondidos estantes de su biblioteca sospechosos volúmenes, y organizaba a la vez, como jefe del Gobierno, una inquisición de ulemas por complacer a sus súbditos, que habían insinuado deseos de hacer un expurgo en la misma biblioteca de Alhácam, señalada por la voz pública como contenedora de muchas obras heréticas y perniciosas. Ni el prestigio y fama de su poseedor, ni la consideración de ser biblioteca del padre del sultán reinante, pudo librarla. Los inquisidores fueron sacando a un patio del alcázar los libros sospechosos y comenzó la quema en grande, a presencia del mismo Almanzor, que ayudaba con sus propias manos a echar ejemplares a la hoguera. Libros de filosofía, de astronomía superior, de controversias teológicas, etc., todos los que se consideraron perniciosos fueron a la pira, preservándose únicamente los de medicina, aritmética, astronomía elemental, derecho y otras materias inocentes.

Sin embargo, los cuatrocientos mil volúmenes que había no son de fácil examinar en poco tiempo, ni permiten selección muy minuciosa: por eso quedaron muchos libros que, según el estrecho criterio por que se regían los faquíes, debían haberse entregado a las llamas. Evidencióse esto algunos años después (en aquellos días de la guerra civil, tan tristes para Córdoba, en que entran los berberiscos en la ciudad y arrasan el alcázar de los califas) al encontrar dispersos, bajo los escombros o escondidos en alcantarillas y sótanos, los libros de la biblioteca, que no fueron ya robados o vendidos a vil precio por aquella inmunda soldadesca africana que Almanzor había traído para formar el ejército del sultán.

Al derrumbarse aquel imperio, fraccionóse en innumerables estados o reinos, regido cada cual por un príncipe de peculiar tendencia. Puede decirse que, en general, fue la época de mayor libertad y expansión, las cuales, iban escandalizando al mismo clero musulmán, de quien no hacían grande caso algunos reyes de taifas. Únicamente en ciudades andaluzas, como Sevilla, se atrevió la inquisición a recorrer bazares y mercados en busca de libros sospechosos, para quemarlos en las plazas a vista del pueblo que celebraba esos autos de fe con regocijo.

La reacción religiosa tomó pujanza con la venida de los almorávides, y acentuó más su acción excitada por los espectáculos que daban algunos reyes y pueblos con su irreligiosidad y falta de celo en el cumplimiento de los deberes que el Alcorán impone. El monarca almoravide mandó decretos por toda España disponiendo que se quemaran los libros de filosofía que hubiese en poder de particulares, incluso de teología escolástica. Estas disposiciones, por este segundo extremo, levantaron valiente protestas entre el mismo clero musulmán; pero fueron aisladas voces y de ningún fruto: los gobernadores que se inclinaron a la tolerancia viéronse destituidos y las órdenes severamente cumplidas.

Algunos años más tarde, se enseñorean del Occidente los almohades, partidarios decididos de la doctrina escolástica musulmana y, por lo tanto, amigos de la filosofía; llegan a España y vengan a estas doctrinas de los ultrajes anteriores, mandando que se quemen todos los libros de la secta tradiciónalista malequí, oficial y exclusiva hasta entonces en España. Comienzan a recogerse, llévanselos a la otra parte del estrecho y en caravanas se transportan innumerables cargas a Fez, donde públicamente son quemados. Como esto era un grave ataque a la ortodoxia nacional española, pudo correr la voz entre el pueblo de que los monarcas almohades eran herejes o descreídos y éstos, por librarse de este mote, emprenden la persecución de los filósofos; por ese motivo, Averroes y Ben Tofail, que antes habían recibido cargos y honores de estos sultanes, a quienes dedicaron sus obras filosóficas, sufrieron luego humillación y persecuciones, ellos o sus libros, los cuales han venido a ser tan escasos, que apenas se conserva ejemplar de los mismos como no sea traducido al latín o al hebreo por los judíos que fueron entonces desterrados, como sucedió con el insigne filósofo Maimónides.

Con estas alternativas de criterio entre los gobernantes, se iba consumiendo aquel caudal antiguo que celosamente acumulaban los bibliófilos españoles, aunque renovándose poco a poco en épocas de paz y de libertad relativas; pero los que ellos dejaron de quemar y se conservaron en manos de cristianos, moriscos y judíos, los fuimos nosotros unas veces regalando, como sucedió en tiempos de Sancho IV que se comprometió con los Beni Merines a entregar los libros moros que hubiese en sus estados (y en una sola ocasión les mandó trece cargas); otras veces quemando, pues no habíamos de tener más escrúpulos que los mismos musulmanes, cuyo ejemplo, en esta parte, no hacíamos más que imitar.

Una de las quemas más famosas, con las que se empezó en la España cristiana la obra de destrucción, fue la que tuvo lugar en la plaza de Bibarrambla de la ciudad de Granada por orden del cardenal Cisneros. Allí se abrasaron millares de preciosos códices de esmerada labor caligráfica y artística y, al decir del Padre Alcolea, había muchos con cantoneras y manecillas, de plata y oro, y bastantes perlas, apreciado todo en más de 10.000 ducados que algunos espectadores dieran en el acto si se los hubieran querido vender.

Esto no fue más que para hacer boca, una probatura; luego se hizo crónica la quema por decreto de doña Juana, de 1511, en que se ordenó que los moriscos entregaran a los justicias todos los libros arábigos que hubiese en su poder para que, examinados, les fueran devueltos los de filosofía (que no tendrían, porque ellos mismos los habían quemado) y los de medicina e historia (de los que ya no tendrían muchos), y se quemasen los de su dañada ley y secta (que eran los más).

Desde entonces al Santo Oficio fueron a parar las denuncias de libros y él se encargaba de quemar éstos y de castigar a los remisos o delincuentes. Pero los moriscos aun lograron esconder bastantes y librarlos de la chamusquina; pues se notó que al tiempo de la expulsión, según nos dice Fray Marcos de Guadalajara, se encontraban en casa de los expulsos muchos libros de religión mahometana, y alcoranes rubricados con letras coloradas y azules, con curiosas pinturas y caracteres que, siendo cosa natural a sus costumbres, pareció a los cristianos viejos, prueba de perjurios y desmanes, considerándolos no pocos como obras de brujerías y encantamientos.

El celo de nuestros inquisidores aun fue emulado y excedido por otros organismos: ocurrieron en el siglo XVII unas negociaciones diplomáticas entre nuestros reyes y los sultanes marroquíes, y como se acordasen éstos de que en el Escorial se había formado una biblioteca de códices árabes, en su mayoría del apresamiento, hecho por nuestra escuadra, de un buque en el que iba la biblioteca del rey Zeyán, quisieron obtener los negociadores del imperio marroquí, la devolución de los mismos. El caso llegó a consulta del inquisidor general y éste opinó que no se devolvieran los manuscritos referentes a la religión mahometana, porque podrían contribuir al afianzamiento de ésta; pero en cambio creyó que podrían entregarse los relativos. a astrología, medicina, matemáticas, historia y otros, salvo mejor parecer del Consejo de Estado, reconociendo, así de pasada, como buena medida, la quema de cinco mil volúmenes hecha por Cisneros después de la toma de Granada. El Consejo de Estado, adonde fue el negocio de consulta, estimó excesivamente benigno el parecer del inquisidor, pues por mayoría decidióse por la quema de todos ellos; sólo hubo particulares votos que opinaron que debían quemarse solamente los de religión; mas la fortuna, que tenía reservada mejor suerte a la única y pobre librería de códices arábigos existente en España, hizo que se salvara del fuego por la intervención y consejo del marqués de Velada, el cual recomendó al monarca que se guardase en sitio reservado; y éste aceptó su parecer.

Con esto se habrá podido notar cuán a punto estuvo de perecer en las llamas aquel caudal exiguo de que tanto ahora nos ufanamos.

La conducta del ilustre cardenal Cisneros y de nuestros inquisidores, no merece por mi parte ningún reproche, ni tiene absolutamente ningún motivo para mi indignación: aquello no lo hicieron por odio a las letras ni a las artes; y ¡cómo había de ser enemigo de las mismas el fundador de la Universidad de Alcalá!; ni siquiera mediaba desdén por la literatura arábiga, cuyos libros de filosofía, medicina e historia mandaban ellos conservar; pero sin afearles su acción, es muy lícito, y hasta natural, lamentarse y dolerse de que tales cosas sucedieran, por la misma causa que nos lamentamos y nos dolemos de la muerte de un hermano, de un amigo; pues aunque aceptemos resignados los decretos de la divina Providencia, no deja de ser cosa por demás sensible y triste para el corazón humano. De culpar a alguien, la censura había de ser para nuestro pueblo, para nuestros mismos antepasados, para nuestros mismos padres, cuyos vehementes deseos los gobernantes no hacían más que cumplir. ¿Y no les hemos de tolerar algunos desahogos, expansión precisamente de aquellas grandes virtudes que conquistaron nuestra libertad e independencia y fueron después la firme base de nuestra grandeza y poderío?

A mí no me queda más que el disgustillo del bibliófilo. La intención de nuestras leyes era que se quemasen los libros perniciosos y se conservaran los útiles: no podía haber mejor intento; mas para llevarlo a cabo, era menester que los alcaldes y justicias hubieran tenido hábiles intérpretes para elegirlos. Con esto no pudo contarse, era materialmente imposible. Recuerdo haber leído, en un manuscrito árabe que se conserva en la biblioteca universitaria de Valencia, una nota en catalán que, puesta en castellano, dice lo siguiente:

«Este libro me lo encontré yo, Jaime Ferrando, en (el pueblo de) Laguar, después que los moros subieron a la sierra, en la casa donde vivía Mil-leni de Guadalest, el rey que ellos habían elegido, y como es letra arábiga, jamás he hallado quien sepa leerlo. ¡Tengo miedo no sea el Alcorán de Mahoma!».

El códice es completamente inofensivo: ¡una gramática!

¡Cuántos por miedo a que fueran malditos alcoranes, en la duda, por ignorancia, no habrán parado en la hoguera!

He dicho.

 

 

 
 

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