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I. Intervención del Estado en la enseñanza

II. Intervención de la Iglesia

III. Instrucción primaria

IV. Enseñanza superior. Materias y métodos

V. Maestros

VI. Alumnos

VII. La clase

VIII. Los títulos

IX. La Biblioteca

X. Instrucción de la mujer

Conclusión

Apéndice 1

Apéndice 2

Apéndice 3
 

 

 

 

Grupo de sabios discutiendo - Irán siglo XVII - The Aga Khan Museum


LA ENSEÑANZA ENTRE LOS MUSULMANES ESPAÑOLES

 

JULIÁN RIBERA Y TARRAGÓ - 1893 - Índice


 

 


I - INTERVENCIÓN DEL ESTADO EN LA ENSEÑANZA

Acostumbrados como estamos desde antiguo en las naciones de Europa que han ido y van a la cabeza de la civilización, a que el orden y sostenimiento de las instituciones de enseñanza se hallen a cargo, solicitud y cuidado de los gobernantes, no es de extrañar que se nos produzca la ilusión de que todo pueblo, de cualquier edad o raza, que se haya distinguido entre los demás y llegado a alto grado de esplendor científico y literario, ha debido de lograrlo por medios parecidos a nuestras instituciones actuales. La historia, sin embargo, lo desmiente de manera terminante y decisiva: ni Grecia ni Roma necesitaron de tales medios para llegar a ser maestras de la humanidad.

A semejante ilusión, ayudada en este caso por algunos hechos de interpretación difícil y dudosa, vistos sólo y aisladamente a través de las secas noticias suministradas por las crónicas de la época, he de atribuir las infundadas frases de orientalistas de tanta autoridad como el Barón do Schack (1), Dugat (2), Artín Pacha (3), Dozy (4), etcétera, por las que se puede entender que allá por el siglo III o IV de la Hégira, hubo en los países musulmanes fundación de escuelas sostenidas por el Estado, o cuerpos colegiados con organización parecida a la de las Universidades antiguas o modernas.

El respeto que nos merecen las opiniones de orientalistas tan distinguidos nos obliga a comenzar examinando los hechos que hayan podido suscitar tales ideas. Además nos conviene desde el primer momento afirmar lo capital que domina en todo ese período y por tanto en toda la materia que estudiamos, es a saber, la ninguna intervención directa del Estado en la enseñanza.

Si fueran los hechos históricos unos sujetos que probada su existencia o acaecimiento en un lugar se pudiese inferir de ahí que al mismo tiempo en otra parte no pueden darse, alguna vez sería posible probar una negación de los mismos; pero ¿qué hemos de decir para rechazar la afirmación de que Hixem I creó escuelas, cual sostiene Conde y repiten muchos que le han copiado, o que los Omeyas fundaron academias donde se enseñaban las artes y las ciencias como refiere Dugat? No puede contestarse de otro modo sino diciendo que no hemos visto huella ni rastro de tal hecho en ninguna crónica fidedigna, y que, al contrario, todos los maestros de los primeros tiempos lo eran sin estar adscritos a una corporación docente y su enseñanza  fue meramente privada, entendiéndose maestros y discípulos con absoluta independencia del poder público.

Es verdad que Hixem I se inclinó casi desde el principio de su reinado, y en general hicieron lo mismo sus sucesores, a los hombres estudiosos que habían asistido a la escuela de Málic o profesado las doctrinas de esto jurisconsulto, y elegía entre los mismos a los más sabios, a los más virtuosos, a los que más prestigio alcanzaban entre el pueblo, para los cargos de más confianza del Estado, especialmente para la magistratura, y en ese sentido puede decirse que fomentó el estudio de libros y doctrinas de esta secta, pero ¿tiene esto algo que ver con la fundación de escuelas, academias ni nada semejante? Si algo hicieron los Omeyas respecto a estudios hasta Alhácam II, no fue otra cosa que velar por la libertad de la enseñanza contra las miras estrechas y egoístas del clero musulmán maliquí, que trataba de monopolizarla haciendo lo posible para impedir que se diera distinta de las de esta secta en materia jurídica y teológica.

Alhácam II ya realizó algunos actos que pueden dar lugar a duda respecto a la naturaleza de los mismos. En tiempos de su padre, siendo él príncipe heredero, y en los que ocupó el solio real, se dio el caso de venir a la corte sabios orientales, algunos de ellos de gran fama y renombre, a quienes recibía y pagaba espléndidamente. Éstos, a indicación suya, dieron conferencias y lecturas públicas en la mezquita aljama de Azzahrá y otras de Córdoba, a las que gente principal de la ciudad solía asistir. Pero bien mirado no basta este hecho para dar a entender que el Sultán se preocupara, como jefe del Estado, de la instrucción de sus súbditos.

Sabido es el amor y la afición decidida por la ciencia que desde joven mostró el hijo del gran Abderrahmán. Ni aun los asuntos de gobierno le exigieron atención ninguna; la nave del Estado andaba viento en popa dirigida por el padre, experto y hábil piloto, cuya longevidad permitió al hijo pasar la mayor parte de su vida entretenido en las delicias del estudio, pudiendo estar a sus anchas rodeado de libros en la soledad de su numerosa y rica biblioteca. Y, sin embargo, le faltaba allí lo principal, que el menos acomodado de sus súbditos podía conseguir a poca costa. Éstos, si sentían el noble estímulo de estudiar, tan común en aquella época de paz y de prosperidad, tenían abierto el camino para Oriente, foco del saber; podían visitar sus escuelas, asistir a la clase de los más renombrados maestros, acudir a sus conferencias, proporcionarse libros copiados directamente al dictado de los mismos; mientras él, en su calidad de príncipe y de una dinastía tan divorciada de la de Oriente, no podía dejar su palacio ni aun para confundirse entre la multitud de los alumnos en la misma ciudad de Córdoba, ni personalmente ir por las librerías y encantes a comprar los buenos libros que se ofrecieran. Su fortuna, no obstante, le podía compensar esa falta por otro medio: privado de ir a Oriente, podía hacer venir a los sabios de allá, costase lo que costase; y, si no podía tener copias directas, encargaba originales, que valieron a sus autores fabulosas sumas. No hacía, pues, venir a los sabios por el gusto de proporcionar a otros instrucción que tenían mejor y más barata, sino por su gusto personal. Ahora, una vez aquí, los tenía como el más preciado adorno de su corte, y, en tal concepto, encargaba que diesen lecturas en la mezquita aljama de Azzahrá, donde acudía la flor de la nobleza de Córdoba, que bien sabían cuánto gusto de ello el monarca recibiera. El sueldo que les daba era por el placer de retenerlos a su lado, aprovechar sus lecciones, dirigir los cotejos de sus libros, conversar sobre literatura y arte, etc., y aun por darse la vanidad de que le dedicaran las obras que escribiesen, o, si oran poetas u oradores, para que en cada una de aquellas fastuosas y solemnes ceremonias cortesanas, al recibir embajadas extranjeras, o conceder honores a los altos dignatarios del imperio, hicieran resonar los cantos u oraciones rimadas en alabanza del Califa; de la misma manera que concedía feudos o daba crecidos honorarios a músicos, cantores o instrumentistas, que le recreaban en las fiestas y reuniones íntimas de familia.

Por los efectos se puede conocer también la obra: aquellas conferencias o dictados en las mezquitas, dadas por los sabios que la corte mantenía a sueldo, no duraban más que el tiempo en que se cumpliera el deseo del monarca, sin dar jamás origen a academias organizadas ni permanentes, ni colegios, ni enseñanzas fijas sostenidas por el Estado.

El hecho, después de todo, no es único en la historia musulmana; antes y después, aquí como en Oriente, acontecía a menudo entre reyes de grandes y pequeños estados; pero hay que confesar que en Alhácam nos impresiona más vivamente por la mayor esplendidez y cuantía del don, por la mayor frecuencia con que se repetía y sobre todo por la resonancia de otro hecho que realizó, colorado por nuestra imaginación de un matiz muy expuesto a que tiñéramos también con él a los demás, es a saber, la donación de algunas fincas cuyas rentas se destinaron al pago de los maestros de veintisiete escuelas que fundó en Córdoba. En ello se puede ver casi segura la intervención directa del Estado en la enseñanza, y fue fácil caer en tentaciones de adjudicar esta tendencia a lo demás, porque con los hechos nos sucede lo que con los objetos lejanos que limitan el horizonte: en éstos se pierden los pormenores y sólo se divisan los rasgos indecisos y confusos de las figuras; en aquéllos, olvidamos los motivos principales por ser de índole personal y pasajera y adquieren más valor a nuestros ojos los secundarios por los efectos permanentes que vienen a producir.

Trataremos de examinar las circunstancias que rodearon al suceso (5). Alhácam II entró a reinar a los cuarenta y ocho años, tiempo más que suficiente para traer madurados proyectos de instrucción, si los hubiera alimentado alguna vez en su vida; sin embargo, se inicia su reinado sin que parezca preocuparse de tales propósitos. Transcurren catorce años y tampoco; por fin, allá a los sesenta y dos de su vida, pasada la flor de la edad y de su afición a las letras, un día sintióse atacado de gravísima dolencia que los médicos diagnostican de apoplejía. Pesadillas horribles, pavorosas apariciones de fantasmas le aterran y abaten; encerrado en su cámara no se deja ver más que de su propia familia; ni a los empleados de palacio se les permite entrar en la estancia. Entérase el pueblo de que algo grave había ocurrido en la salud del rey y comienzan las rogativas para el restablecimiento de su salud. Cuarenta días se pasaron así.

El efecto moral que la enfermedad producía en el ánimo del monarca, fácil es deducirlo de la conducta que siguió; apenas se levanta del lecho, llama a su hijo Hixem, a los demás individuos de su familia y a los dignatarios del imperio y manda extender un acta solemne, que todos firman, concediendo libertad a todos sus esclavos. Evidentemente el rey iba conociendo que la muerte le avisaba con los primeros toques; en tales circunstancias no es mucho suponer que si conservaba memoria de algunos actos de su vida debía ser de los que causan más remordimiento que reposo y satisfacción de espíritu; viéndose a las puertas de la eternidad no es de extrañar que sintiera fuertes escrúpulos de aquellos inocentes entretenimientos de su florida juventud, cuando paladeaba con placer el grato pero prohibido manjar de la filosofía; en sus ratos de insomnio había de aparecérsele aquella balanza tan sensible con que se pesa en el día del juicio la conducta de los hombres, y vería tal vez que el platillo de las culpas se hundía porque las buenas obras eran demasiado leves. Había que cargar lastre, en el tiempo de vida que le restaba, para hacer declinar la balanza del otro lado: limosnas a pobres, libertad a esclavos, recomendar a su hijo Hixem el estudio de libros ortodoxos de religión y moral, etc. En este estado las cosas, quince días después de salir de su enfermedad, dona, como manda o legado pío, unas tiendas del mercado, para que se pagara, de la renta que produjeran, a los maestros de antemano elegidos, que enseñasen la doctrina a los hijos de los pobres y desvalidos de la ciudad de Córdoba (6).

La creación de esas escuelas en tales circunstancias, claro es que no se debe a un acto de realeza, sino a un acto de personal penitencia impuesta tal vez por los faquíes; por eso ni se extiende a más que la enseñanza religiosa (que no era la única que se daba en la primera enseñanza de España) ni a otras personas que a pobres y desvalidos, ni trascendió a otras ciudades que la de Córdoba, objeto siempre de la solicitud personal de los monarcas, por razón de residencia.

Alhácam hizo aquello como otros muchos musulmanes devotos lo hicieron antes y después de él, ya en la plenitud de la vida, ya en la hora de la muerte, que era lo más frecuente (7).

De Almanzor, que trató de imitar casi servilmente la conducta de los Califas en lo relativo al fausto y pompa de la corte, en atraer a ella y pagar con esplendidez a sabios orientales que repitieron en su sitio real de Azzáhira lo que aquéllos habían hecho en Azzahrá, no hay noticia de que fundara escuelas de religión para los niños, a pesar de su decidido empeño en favorecer los intereses del clero, con lo que alcanzaba popularidad entre el vulgo: al fin y al cabo, no necesitaba de penitencias un hombre que, si la lista de sus crímenes no era corta, había probado su religiosidad quemando por sus propias manos los libros prohibidos que Alhácam dejó en su biblioteca.

Así quedaron las cosas a la caída de los Omeyas y transcurrieron los tiempos de Taifas, Almorávides y Almohades, sin llegar a la intervención directa del Estado, pudiendo decir entonces Ben Saíd (8) que los españoles no tuvieron universidades o colegios: el que deseaba instruirse tenía que pagar a los maestros particulares que de ordinario daban lecciones en las mezquitas.

No diré yo, sin embargo, que todo aquello que había sucedido aquí en la época de los Omeyas y en la de los Abasíes en las comarcas orientales, no fuese un precedente que haya de tenerse en cuenta para explicar la transformación que luego se notó en los países musulmanes, pues otros les habían de imitar en lo secundario, que era instruir a sus súbditos; pero hay que declarar que en España no parece que se sintió necesidad de que el Estado facilitase los medios, porque antes de que viniera la decadencia en los estudios habían perdido los musulmanes la mayor parte de las ciudades y reinos en donde habían dominado. La necesidad comenzó más pronto a sentirse en Oriente, donde ya iba envejeciendo la enseñanza y enfriándose el primitivo ardor; allí nació el nuevo tipo en la organización de los estudios que más tarde habían de imitar los demás países musulmanes, y, a mi modo de ver, pudo servir de ejemplo a Europa para la fundación de las antiguas Universidades.

Cuéntase (9) que Nidam-al-molqui, célebre ministro de Málic Xah el seljucida, por insinuación de Abu Saíd el Sufí, fundó en Bagdad la primera y luego más famosa Universidad de los países musulmanes, allá por los años 457 de la Hégira (1065 de la era cristiana) apellidándola La Nidamí, de su mismo nombre. Nada se escaseó al fundarla: edificio propio y multitud de fincas rústicas y urbanas con que atender a la manutención de profesores y discípulos, presididos por un jefe o Rector. La obra gustó, porque, al cabo de algunos años, Nisabur, Basora, Meru, Damasco, Alepo, Jerusam, El Cairo y Alejandría, vieron levantarse en su recinto nuevas fundaciones parecidas a la anterior y que los cristianos de las primeras cruzadas pudieron admirar.

En Europa, los normandos conquistadores de Sicilia, príncipes a la oriental, que no tendrían de cristianos más que el bautismo, pues ceremonial de corte, modo de gobernar, leyendas de monedas, inscripciones de palacio, todo llevaba el sello de Oriente (hasta el harem) (10), que gustaban de ciencias y artes y se complacían en rodearse de sabios y poetas musulmanes, fueron los que organizaron el primer establecimiento científico colegiado de Europa, la escuela de Medicina de Salerno que, en costumbres, libros y maestros, era también árabe en su mayoría.

Puesto el pie en Italia, pronto se dejó sentir el contagio.

Uno de los príncipes de la noble familia de los Hohenstaufen, sucesor en el trono de Conrado III que asistió a la segunda cruzada cuando estaban en su esplendor las Universidades de Oriente, Federico Barbarroja, fue el que organizó la primera Universidad europea, la de Bolonia.

Más tarde, doscientos años después de la Nidamí, aparecen las de París, Oxford, Cambridge, etc., y sigue la moda España al fundar las de Palencia y Salamanca, declarándose también aquí la tendencia nueva en el régimen de los estudios, caracterizada por la intervención del Estado en el fomento y reglamentación de los mismos (11).

En España, por uno de esos singulares contrastes que en la historia se ofrecen, no se debió la fundación del primer colegio musulmán pagado por el Estado a importación directa oriental, sino que vino la influencia del lado de Europa, y, lo que es más raro aún, debida a un príncipe cristiano, al hijo de un santo: Alfonso el Sabio fundó el primer colegio musulmán de España, en la ciudad de Murcia. Aquel amador de toda ciencia, de cualquier pueblo que procediese, debió prendarse de un sabio moro que era un portento por su vasto y profundísimo saber, pues profesaba todas las ciencias, no sólo árabes, sino también las que éstos llamaban antiguas, geometría, medicina, música, lógica y demás ramas de la filosofía, y, lo que es más extraordinario, era maestro capaz de enseñar a los alumnos de las distintas religiones de la península, a cada cual en su propia lengua. A aquel príncipe, sublime iluso, se le ocurrió levantar un edificio donde Abu Béquer El de Ricote (12) enseñara las diversas ciencias que poseía a moros, judíos y cristianos. Alfonso el Sabio le trató espléndidamente, procurando atraérsele con sueldos, honores y distinciones, en la esperanza de que, a fuerza de promesas, algún día se convirtiera a la religión cristiana (13). El ruido de la fama debió llevar a Granada la noticia de que un príncipe cristiano había construido una escuela para que enseñase un musulmán a hombres de las tres religiones, y el Sultán invitó al de Ricote a que se trasladara a la capital de su reino para enseñar a la gente de su misma ley; y tan repetidas serían las instancias, que al fin le decidieron a abandonar el servicio de Alfonso el Sabio.

El segundo de la dinastía de los Nasaríes, hízose su discípulo y dióle por residencia una quinta en el sitio más ameno y apacible de la vega granadina; la casa fue conocida de todo el mundo y a ella acudieron los estudiantes a recibir las lecciones del ilustre doctor. Hasta los predicadores de la capital iban allí de real orden a consultar sus sermones, pues era habilísimo para la discusión y controversia.

Aquello se mantuvo mientras vivió el maestro, siendo el primer caso y tal vez único de escuela pública, entre los musulmanes de España, en que se profesaron las ciencias antiguas; pero la institución traía defectos originales: el ser imitación demasiado clara de cristianos, el ser hecha para una persona únicamente, y, sobre todo, el que so dieran las ciencias filosóficas, jamás bien recibidas por la comunión tradicionalista musulmana; así que, a la muerte del maestro, cerróse la escuela y quedaron prohibidas las enseñanzas filosóficas y demás ciencias anexas. Quedó, pues, muerta en germen la tendencia de intervención directa del Estado.

Pero, entretanto, los aires levantinos que habían traído a Europa las Universidades habían de llevar al África la misma semilla; los viajeros musulmanes de Occidente que acertaban a visitar esas instituciones en Egipto, Siria, Mesopotamia, etc., volvían admirados de la magnificencia de aquellos edificios, de la riqueza de sus rentas, del número y valer de sus catedráticos, del concurso de estudiantes a quienes se estimulaba pensionándolos, y todo era suspirar por que en las comarcas de Occidente se imitara la conducta de los hombres de Estado de allá (14).

Un español de la provincia de Almería, alcalde de Fez por nombramiento de Abu Yúsuf ben Abdelhac, Mofáddal el de Dalías, fue el que importó la costumbre de fundar Universidades en Almagreb, construyendo la antigua y célebre de Alcarawín, la más famosa en los países occidentales, que aun mantiene hoy renombre y fama por la superioridad científica de los alumnos que en ella se instruyen (15). Después fueron varias las ciudades del imperio marroquí que imitaron el ejemplo (16).

A Granada, donde ejercían una especie de protectorado las potencias africanas, debieron éstas traer esa influencia en tiempo del célebre ministro y canciller Reduán, fundador de la Universidad Nasarí. Concedióle tierras productivas cuyas rentas servían para pagar los sueldos de los catedráticos y el Rector, proveyendo al edificio de todas aquellas comodidades que requería (17). Allí se enseñaban lecturas alcoránicas, derecho, teología, medicina, etc., viviendo vida próspera, si hemos de creer el testimonio de Ben Aljatib (18).

En la parte cristiana de la península española quedaban otros musulmanes que conservaron, aunque muy en decadencia, las tradiciones antiguas, especialmente en Aragón, donde, tal vez por la mayor libertad de que gozaban, o por la circunstancia de formar núcleo más compacto y unido, continuaron estudiando ciencias árabes, medicina y filosofía; los mudéjares, que produjeron la literatura aljamiada, curiosa aunque de poco valor, llegaron hasta seguir la moda introducida nuevamente en el reino granadino, con el cual estaban estrechamente relacionados, fundando una Universidad en la morería de Zaragoza (19).

En resumen, transcurrió todo el tiempo de la dominación árabe en España sin que apareciera intervenir directamente el poder público en la enseñanza; sólo allá al final, cuando quedaron reducidos los estados musulmanes a la estrechez del reino granadino, vióse un malogrado remedo de la obra de Alfonso el Sabio, que por su índole había de ser efímero y transitorio, y posteriormente, cuando se iban hundiendo las gloriosas tradiciones académicas de España, amaneció una tardía imitación de la moda oriental traída por medio de las Universidades africanas.

Hay que decir, además, que esa novedad introducida en los países musulmanes, y que hasta el presente ha conservado todos sus caracteres arcaicos, no alteraba gravemente el régimen antiguo de libertad, que subsistió a la par; pues el Estado no hizo con ello otra cosa que fundar centros permanentes que facilitasen los medios de instruirse a los pueblos, no privilegiadas instituciones para cuyo fomento fuera menester anular la enseñanza privada; y los títulos siguieron dándose por los profesores, según la antigua costumbre, sin adquirir jamás valor oficial, que los de las Universidades europeas han adquirido, creando un régimen de monopolio que excede a los fines meramente docentes, únicos a que debiera quedar para siempre reducida la jurisdicción universitaria.

__________

(1) Poesía y arte de los árabes en España y Sicilia. Traducción de Valera, I, pág. 67, 8.ª edición.

(2) Prólogo a Almacarí, pág. XLV, donde afirma gratuitamente que hubo Academia oficial y que en ella se enseñaba filosofía.

(3) L'Instruction publique en Egypte, pág. 31, citando como autoridad al orientalista francés Houdás. París, 1889.

(4) Hay que hacer una salvedad respecto al ilustre historiador últimamente nombrado, a quien venero como insigne maestro: emplea la frase «Universidad de Córdoba» al hablar de los estudios de esa ciudad en su Histoire des musulmans d'Espagne, tomo III, pág. 110, pero tal vez no tuviese el intento de decir que allí hubo institución colegiada, que es lo menos que puede dar a entender la palabra Universidad, en el sentido más primitivo; pues sabía muy bien que Ben Saíd dice, con mucha verdad, que los españoles no habían tenido colegios sostenidos por el Estado. Sin embargo, sus palabras se interpretan materialmente hasta por los mismos literatos del Cairo y esto nos obliga a llamar la atención.

(5) Felizmente disfrutamos de un trozo de crónica muy detallada en que aparecen transcriptas las noticias de cronistas contemporáneos. Es un manuscrito de los anales de Aben Hayán, adquirido en África, no ha mucho, por nuestro venerado maestro D. Francisco Codera (Véase Misión histórica en la Argelia y Túnez, publicada por el mismo. Madrid, 1892 página 85) para la R. A. de la Historia, en cuyo archivo se conserva. Ese tomo es completamente nuevo para Europa.

(6) Para que se entere el lector de los textos que me sugirieron esa explicación, extractaré unas cuantas noticias de la citada crónica do Aben Hayan. No me he atrevido a publicar el texto árabe porque de hacerlo debía incluir todos los sucesos que allí se refieren: asuntos de Estado, recepciones en palacio, y hasta noticias de nevadas, riadas, etc., acaecidas en Córdoba.   

       El manuscrito, no muy correcto, es además único y por tanto de difícil acometer con las prisas con que he tenido que llevar mi trabajo; esto, dado caso que la Real Academia de la Historia hubiera tenido la dignación de dejármelo usar a mis anchas en mi propio domicilio o en la Biblioteca de esta Universidad.

        He aquí los extractos: (folio 118, v. y siguientes):

       «El lunes 18 de rebía primero del año 364 tuvo el califa Alhácam apariciones de espectros o fantasmas, horribles pesadillas, que le dejaron en estado que no le permitió dejarse ver de la corte. Difundióse la nueva y se hicieron rogativas por su restablecimiento. Mostróse a los dignatarios del imperio el viernes 28 de rebía segundo. Al día siguiente dio libertad a todos sus esclavos de ambos sexos, extendiéndose con tal motivo un documento público que firmó Hixem, su hijo, como testigo, siguiendo después la firma de los individuos de la familia real, los ministros según su orden jerárquico, el alcalde o juez, el gobernador, los faquíes del consejo, etc., etc.

       A mediados de chumada primero, legó, como manda pía, las tiendas de los silleros (guarnicioneros que hacen sillas de montar) sitas en la plaza del Mercado, para los maestros religión, de antemano elegidos, a fin de quo ensoñasen a los hijos de pobres y desvalidos de Córdoba.
        El juez firmó el acta del legado el viernes 28.
       En el mes siguiente se dejó ver del público yendo en cabalgata a la mezquita aljama de Azzahrá. Según dictamen facultativo la enfermedad era de apoplegía.

        En el mes de xawal, él y su hijo se dejaron ver en el terrado del palacio de Córdoba, que da a la carretera, para presenciar el reparto de cuantiosas limosnas que los pajes y servidores de palacio hacían a los pobres, a manos llenas, allá abajo en la calzada. Éstos manifestaban su agradecimiento rezando en altas voces.»

(7) Hasta los pueblos más pequeños llegaron a tener escuelas sostenidas con limosnas y donativos píos de los particulares. Véanse los tratados do D. Jaime I con los moros de Eslida, de Uxó, del arrabal de Játiva, etc. (JANER.— Condición social de los moriscos de España, páginas 194,196 y 199. Y FERNÁNDEZ Y GONZÁLEZ.— Estado social y político de los mudéjares). Y también las capitulaciones de Granada. (JAnER, pág. 227 y FERNÁNDEZ Y GONZÁLEZ, pág. 426).

(8) Almacarí. Tomo I, pág. 186, edición de Leyden, 1855-1860.

(9) Ben Jalicán y Abu Béquer, el Tortosino, apud Machani-l-adab fi hádaic alarab. Beirut.

(10) Description de l'Afrique et de l'Espagne, par Edrisí. Introducción, pág. 1. Dozy y de Goeje.

(11) Esta explicación del nacimiento do las Universidades en Europa no me la ha sugerido únicamente el hecho de haber precedido a éstas en el tiempo las Universidades orientales y la comunicación por las cruzadas, sino el examen de ciertos fenómenos que serían un enigma de no aceptarla, a saber: 1.° La rapidez con que aparecen y se propagan, sin lenta y gradual transformación del régimen de los estudios. 2.° El contrasto que a primera vista se nota de exenciones, privilegios y fueros con el cosmopolitismo y la democracia que en las costumbres y organización reinan en las mismas, especialmente en la de Bolonia, como mas antigua, y que denuncian la fusión en un cuerpo de tendencias opuestas, de dos civilizaciones distintas. 3.° La costumbre de expedir certificados o títulos, sin precedentes en la edad media cristiana, ni en Roma, ni en Grecia, cuando los maestros musulmanes hacía ya tres o cuatro siglos que los expedían en la misma forma en que al principio los expidieron los profesores de Universidad, para convertirse luego en Europa en patentes de monopolio que aun continúan. Además en Grecia, en Roma y entre los árabes, únicos pueblos de la antigüedad donde puede apreciarse bien el ciclo de evolución de los estudios, se ve que aparecen los colegios reglamentados por el Estado en épocas de gran decadencia, no siendo producto de imitación o en carreras de servicio directo del mismo, como la militar.
        De todos modos, aunque no fueran de peso estas consideraciones, aun resistiría acogerme a la muy socorrida, pero completamente desacreditada, teoría de la generación espontánea! que parece estar en boga. Véase, por ejemplo, Gabriel Compayré, Abelard and the origin and early history of Universities, London, 1898, pág. 26, donde dice: «The universities sprang from a spontaneous movement of the human mind.» Frase muy bonita para quien pueda encontrarle sentido.

(12) Así se llamaba este famoso maestro. ALMACABÍ, T. II, p. 510, le llama pero el manuscrito de la Ihata que posee la Academia de la Historia, tomo II, fol. 158 v., dice que sospecho sea la verdadera lectura, pues repite este denominativo en la biografía del filósofo murciano Ben Sabín, fol. 189 r. del mismo tomo.

(13) Si te hicieras cristiano, le dijo Alfonso en cierta ocasión, te colmaría de honores. Él le contestó de modo ambiguo para que no desesperara de que algún día lo fuera; pero al salir dijo a sus amigos: ahora sirvo a uno solo (Alá) y no puedo cumplir con él como es debido, ¿cómo me había de arreglar para servir a tres? (Aludiendo al misterio de la Trinidad, por el que nos tienen los moros por politeístas).

(14) Véase El Viaje del célebre valenciano Ben Chobair (edición de W. Wright. Leyden, 1895, págs. 88, 49, 273, 280 y 286) donde se desata en elogios por aquellos sultanes que dispensan favores a mezquitas y colegios y crean y pagan escuelas. En Alejandría se daba al alumno extranjero hospedaje y maestro y en caso de enfermedad, baño y servicio médico. En la aljama de Damasco se repartía un tanto diario a cada persona que acudiera a aprender unas cuantas azoras del Alcorán. (Ya podrá suponerse qué prisa se darían en aprenderlas). Solían asistir quinientos individuos a esa clase. Los alumnos de Occidente que iban allí a estudiar formaban nación aparte con sus maestros; a unos y otros se les daba pensión.
         En la Nidamí de Bagdad sucedía cosa análoga.
        Ben Chobair, del que extractamos a la ligera estas notas, acaba diciendo:«'¡Dios sea misericordioso con el que las instituyó primero y con todo aquel que haya seguido esta santa costumbre!»
       Especialmente, de la Universidad fundada en Damasco por Nuredino, salió embelesado nuestro ilustre viajero.

(15) Véase de Aben Alcadi Abulabás Kon Abi Alafia, pág. 220, obra litografiada en Fez.
        No os sólo española por su fundador esta Universidad que tanta fama goza todavía en el norte de África, sino también por las costumbres académicas que allá llevaron los nuestros y por los libros de texto que aun hoy se dan. Basta para convencerse leer a la ligera la obra de G. Delphín, Fas, son Université et l'enseignement supèrieur musulman, donde traduce noticias dadas por alumnos musulmanes que allí han estudiado.

(16) IHATA, III, fol. 152 y otros lugares.

(17)  IHATA, tomo I, fol 157 r.

(18) Dozy, en su «Supplément aux dictionnaires árabes», artículo Madraza, duda de que en España esta palabra significase Colegio o Universidad, porque Alcalá dice que síguiticaba «librería de originales». Es indudable que tanto en el pasaje de Ben Aljatib, que acabamos de citar, como en el de Almacarí citado por él, ha de entenderse así, porque la IHATA, tomo III, fol. 52 v., dice al hablar de un profesor do la Universidad granadina:



y en el fol. 178

y aun hay otros parecidos lugares en la misma obra. Además, mucho antes de que se creasen esos establecimientos ya se usó en España con acepción de escuela y no de biblioteca (v. Ben Pascual, pág. 480, edición Codera) por uno que murió antes del año 400 de la Hégira.

(19) Como el testimonio por el que sé que hubo Universidad mudéjar en Zaragoza es único, he creído que debía publicarse fotograbado al final. Es una inscripción de un libro fechada en ese establecimiento. También se publica a continuación, en los apéndices, una carta autógrafa de un alumno de Zaragoza, dirigida a su maestro en Belchite, dando noticias de sus estudios en medicina, etc. Ambos documentos pertenecen a la notable colección de códices y ms. árabes que posee mi distinguido amigo el sabio arqueólogo D. Pablo Gil, Decano de la Facultad de Filosofía y Letras de esta Universidad.

 

 

 

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