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La enseñanza entre los musulmanes españoles

Introducción

I. Intervención del Estado en la enseñanza

II. Intervención de la Iglesia

III. Instrucción primaria

IV. Enseñanza superior. Materias y métodos

V. Maestros

VI. Alumnos

VII. La clase

VIII. Los títulos

IX. La Biblioteca

X. Instrucción de la mujer

Conclusión

Apéndice 1

Apéndice 2

Apéndice 3
 

 

 

 

Grupo de sabios discutiendo - Irán siglo XVII - The Aga Khan Museum


LA ENSEÑANZA ENTRE LOS MUSULMANES ESPAÑOLES

 

JULIÁN RIBERA Y TARRAGÓ - 1893 - Índice

 


 

 


IV - ENSEÑANZA SUPERIOR

TRADICIONES

No habiendo norma oficial para los estudios, cursando cada individuo las asignaturas o libros que a bien tuviera, con la extensión y profundidad que su inteligencia, afición y medios le permitiesen, fácilmente se entenderá la dificultad que ofrece el determinar dónde comienza y dónde acaba la enseñanza superior. El término es convencional y relativo y para fijar su sentido de una vez y no andar con distingos posteriores, tendremos por tal la de aquellas materias que no sean elementos de lecturas alcoránicas, recitación de versos, hecha de memoria y sin entenderlos en la mayoría de los casos, y principios de gramática, que era lo que ordinariamente constituía la primera enseñanza.

El orden sucesivo con que se estudiaban las materias tampoco es posible determinarlo; las carreras no eran exclusivas, se mezclaban y simultaneaban a veces estudios tan diversos como pueden serlo el Alcorán, el cálculo, la lógica o la medicina, aunque por el dicho de Abu Béquer ben Alarabí, anteriormente citado, se deduce que las enseñanzas religiosas solían preceder a los otros estudios especiales y muchas veces eran las únicas. Antes que éstas o a la vez, se hacía preciso estudiar gramática árabe para entender los libros, escritos todos en esta lengua.

Nosotros, para tratar de las materias de estudio, no comenzaremos por aquella a que daban más importancia, el libro revelado, ni la que en el orden del tiempo se solía dar primero, la gramática, sino por aquella rama especial cuyos procedimientos de escuela caracterizan los métodos musulmanes, es a saber, las tradiciones.

La iglesia musulmana, como no tiene jefe encargado de definir la fe, ni aun autoridades jerárquicas a cuyo cargo se halle el sagrado depósito del dogma, encomendó a los fieles el transmitir de generación en generación las tradiciones (dichos y hechos del Profeta). El mismo texto alcoránico ha ido transmitiéndose de ese modo, pues aunque en los tiempos de Otsmán ben Afán se hiciese una revisión escrupulosa y se mandasen a distintas comarcas del imperio cuatro copias legalizadas que sirvieran de contraste a los códices particulares, la certeza del hecho no es tan evidente que no deje lugar a duda respecto a cuáles son esas copias, cuando la devoción las ha hecho crecer indefinidamente y ahora no podrían identificarse.

No sólo el texto material, sino el sentido en los lugares obscuros, ha menester de tradiciones que lo expliquen e interpreten. Son éstas, pues, ciencia fundamental en el islamismo.

A la enseñanza de las tradiciones no había de faltar una tradición que indicase el medio más adecuado para transmitir estas mismas, y es la conducta del Profeta que, no sabiendo leer ni escribir, se veía obligado a comunicar oralmente sus órdenes y enseñanzas. El medio más clásico, por este concepto, es la lección oral directa del profesor al alumno (1).
Sigue en orden de jerarquía aquel medio que consiste en que el alumno recite de memoria lo que por cualquier conducto sabe que es doctrina del profesor y éste oye y aprueba como enseñanza propia lo dicho por aquél (2). Los otros discípulos que asistan a clase y oigan de labios de su compañero lo que después aprueba el profesor, pueden considerar aquello como oído de labios de éste .

Cuando las tradiciones que por distintos conductos se habían transmitido vinieron a reunirse en gran número en un solo individuo y, generalizado el uso de la escritura, se pusieron por escrito en grandes colecciones, vino a ser medio paralelo a los anteriores, aunque no de igual categoría, el que el profesor leyese el libro y el alumno lo oyera o copiara o a la inversa, que ante el profesor leyese el alumno, solo o acompañado de otros condiscípulos, en las mismas condiciones antedichas.

Era esto una innovación que, aunque insensible, alteraba el medio más puro y verdaderamente clásico que en todos tiempos y aun hoy siguen muchos maestros, que se aprenden de memoria un libro de cabo a rabo, para decirlo delante de los alumnos hasta con puntos y comas, sin pararse a pensar que, en vez de ese atormentador y falible trabajo, es más sencillo y seguro leer el texto.

Iniciada una innovación era fácil dejarse llevar por la corriente, pues nunca faltan razones para justificarlo. Se dijo que era deber de todo musulmán entendido procurar que las enseñanzas religiosas alcancen al mayor número posible para que no falte jamás quien tenga el encargo de transmitirlas, y por tanto, si circunstancias especiales impiden que el alumno asista a la clase del profesor, se suponen transmitidas y enseñadas si éste le entrega el libro que las contiene bien por entrega directa de mano a mano, que es lo más excelente, bien por medio de otra persona: en este caso lo mejor es que el libro esté escrito de letra del maestro o al menos revisado y corregido por él (3).

Al fin se fueron haciendo más laxos los criterios, olvidáronse las precauciones primeras y vinieron las autorizaciones más o menos latas de parte del profesor a remediarlo todo (4).

En resumen, aparte estas exterioridades, el método consistía en repetir lo que a otros se había oído, con las mismas palabras, sin alterar un ápice. Con esto, la facultad que resultaba más ejercitada y por tanto la más precisa, ponderada y noble, era la memoria.

En España, donde como en todas partes se reducía la enseñanza casi exclusivamente a las ciencias tradicionales en los primeros tiempos y donde aun después solían comenzar los jóvenes por esa disciplina al principio de su carrera antes de aplicarse a las ciencias racionales, se dieron ejemplos pasmosos de memoria, increíbles a no ser tan frecuentes y estar certificados por tantos testimonios, y explicables únicamente por la índole particular de la instrucción.

Fácil es imaginarse que haya hombre capaz de aprender de memoria un poema de diez o veinte mil versos cuyos episodios y accidentes, enlazados a una acción principal, formen unidad perceptible; pero aprender de este modo un español el libro de los cantares del Ispahaní (5) con todas sus anécdotas y versos tantos que pueden formar un volumen de 2500 páginas en cuarto mayor actual, tan variados y tan sin relación entre sí y escritos en lengua extraña y poco familiar, es cosa que asombra y admira, a no saber que era frecuentísimo el encontrarse con individuos capaces de recitar el Alcorán de principio a fin, o de dictar de memoria la Almodawana, o la Almoata, el Albojarí (6), el diwán de Almotannabí (7), el Cámil de Almobarrad, el As-sonán de Abu Daúd, los dictados de Albagdadí, etcétera. Creíble es cuando el saber de este modo el Sibawaihi era en España cosa que solían hacer los que no podían pasar de medianamente aplicados (8) y a veces se encontraba uno con vendedores de uvas o de higos en el mercado de Córdoba capaces de recitar sin libro delante Los sentidos del Alcorán, de Annahhás (9).

Educando de esa manera casi exclusivamente la memoria ¡qué de penas y sudores no había de pasar aquel que no atinara a dirigirse bien para conseguirla o que por particular impotencia se viera privado de tan preciada facultad! Todo eran brebajes y medicinas por ver de despertarla. Los médicos solían recetar el anacardo, fruto de un árbol de la India, cuyas pepitas, tomadas de modo especial, creían algunos que daban por resultado el fortalecer la memoria. Otros, por el contrario, creían que el mejor anacardo era darle de firme al estudio (10), pero, contra el parecer de los pocos, se usó por la generalidad (11) y a algunos, de puro atracarse de esta bebida, se les produjo grave estado morboso de excitación colérica (12). El haberse comenzado a usar tal vez se deba al simbolismo de esas pepitas, de forma de corazón, entraña que se creía asiento de la memoria.

Resultado de la tendencia a fomentarla, fue esa vegetación inmensa de literatura didáctica que creció en las escuelas árabes sin la forma bella y entretenida de los poemas didácticos de la antigüedad griega y romana; constituíanla, por lo regular, desabridas y embrolladas composiciones en verso, sin más atractivo que el sonsonete de la rima, cuyo mérito principal consistía en encerrar en una fórmula concisa la mayor cantidad de materia de estudio por medio de términos y aun signos convencionales en que apenas se traslucen alusiones lejanas a puntos científicos. Esto las solía hacer de difícil inteligencia para los que comenzaban a iniciarse, y exigían un comentario más lato que la obra más lata que se pudiese escribir de la materia.

Pocas ciencias tuvieron la suerte de librarse de esta invasión, desde las lecturas alcoránicas y el derecho, hasta la medicina y el álgebra (13), y el abuso de las mismas contribuyó grandemente, a juicio de Ben Jaldún, al decaimiento de las buenas tradiciones académicas en los últimos tiempos de España, y en los anteriores y posteriores en Almagreb. Y no es raro, dice este escritor, ver hombres que han pasado años y años aprendiendo de memoria muchos libros y son incapaces de explicar con claridad un punto científico cuando el caso se presenta.

En realidad, el saber no puede acrecentarse de ese modo y, cual edificio antiguo que no se restaura, va desmoronándose lentamente hasta que al cabo no queda más que un montón de ruinas, leve indicio de la soberbia construcción de otras edades.

Esa especie de consagración religiosa que el pueblo musulmán hizo de la manera de transmitir las tradiciones, y cuyos efectos para las facultades del alumno y libros de texto acabamos de ver, es lo que caracteriza su método fundamental. Pudo variar el criterio al extenderse el islamismo, someter pueblos extraños y aprender nuevas ciencias que legaron las antiguas civilizaciones, pero no varió sino merced a transacciones mutuas, es decir, que si para las tradicionales se admitió el razonamiento o juicio por analogía, en cambio las otras disciplinas tuvieron que sufrir la influencia de lo tradicional hasta las que menos se prestaban a ello, lo cual explica en parte la poca originalidad que en algunas demostraron, y la afición a refundir, compilar o coleccionar, copiando las más veces directamente los textos anteriores.

Las tradiciones, que al principio se transmitían sin alterar en lo más mínimo las palabras, pues el Profeta que las dijo las había de colocar y emplear de modo que nadie debía atreverse a mejorarlas sin exponerse a que se alterasen las ideas, comenzaron después a enseñarse ateniéndose al sentido únicamente, como lo hizo en España el célebre Ben Alcutía (14); aunque otros conservaron la costumbre de dictar los textos y explicar después las palabras (15), haciendo aplicación a la práctica religiosa, moral, etcétera.

Al principio, cuando la escuela de Málic comenzó a introducirse en la península, casi exclusivamente se enseñaron las tradiciones medinenses, pero desde que Baquí ben Majlad importó los libros de otras escuelas orientales, se estudiaron con fervor las de otros países, y España fue por excelencia la mansión de las tradiciones (16).

En las escuelas españolas solían darse como textos ordinarios las dos grandes colecciones de Albojarí y Móslim, ya en el original, ya en los compendios, arreglos y refundiciones que hacían los maestros nacionales.

Las obras de crítica de tradiciones en las que se especifican los yerros o defectos de transmisión o de origen, aprendiéndose en ellas, por tanto, a distinguir las verdaderas de las falsas, aquellas en que se estudia cuáles están vigentes y cuáles derogadas y aquellas en que se contrastan unas con otras para averiguar sus convergencias o divergencias, tales como las de Ad-daracotní (17), Attermidzí, Alfaní, etcétera, fueron de uso muy generalizado.

El libro de Ben Tsábit de Zaragoza, en que explica los términos peregrinos o raros que ocurren en las mismas, y que se tiene por el mejor que se ha escrito en la materia, se leyó mucho en las escuelas españolas (18).

Como auxiliar para estos estudios se tenía por muy principal la historia biográfica y genealógica; como que toda tradición exige por adyacente la lista de las personas que por sucesión no interrumpida hayan ido transmitiéndola desde los tiempos del Profeta al último narrador o maestro.

Esto explica la propensión entre los árabes, que también llegó a España, de escribir diccionarios biográficos; precedente que explica al propio tiempo la adopción de la misma forma para la historia literaria y a veces la política.

LECTURAS DEL ALCORÁN

La raíz de toda sabiduría está, para los musulmanes, en las verdades reveladas al mensajero divino, arrancando de su conocimiento, como de un principio, todas las ciencias, y constituyendo la más sublime, si no la única, digna de la especulación humana. Allí se consignan los deberes que la criatura ha de cumplir con su creador (preceptos religiosos), se indica lo lícito e ilícito en la conducta (moral) y se señalan las relaciones de los hombres entre sí, constituidos en sociedad (ley política y civil).

Del estudio del Alcorán se han derivado, pues, una porción de ciencias, entre las cuales, la primera, como más elemental, es su lectura y recitación. Por ella se aprende a pronunciar bien las letras o signos en que está escrito, la entonación de voz, las pausas, etcétera, que han servido y sirven para fijar el texto y su interpretación y recta inteligencia, y a la vez ha unificado el rezo en todos los países convertidos al islamismo.

Desde que el niño entra en la escuela de primera enseñanza, comienzan a darle lo más elemental y preciso para que empiece a leerlo y recitarlo, escogiendo el sistema más sencillo de entre los siete principales que desde los primeros siglos se usaron, dejándose para la superior muchos pormenores que suponen el conocimiento de todos ellos.

Este estudio ocupaba regularmente algunos cursos (19) y las personas devotas lo solían hacer de ejercicio cotidiano leyendo el Alcorán en altas horas de la noche que, al sentir de algunos maestros, eran las más a propósito para fijarlo en la memoria (20). Había quien se leía, de una tirada, la tercera parte del libro (21) y aun la mitad y hasta todo entero (22).

Las necesidades del culto obligaron a tener en España, desde un principio, lectores que recitasen en las mezquitas por tradición más o menos clásica aprendida en Oriente; luego, cuando se aceptaron allá los varios sistemas, de los cuales siete eran los más principales, como hemos dicho, se estudiaron y siguieron aquí también, hasta los tiempos de Mochéhid, príncipe de Denia, muy versado en esta rama del saber, en cuya corte y edad alcanzó este estudio su más alta perfección. Los más aventajados maestros de lectura fueron a la capital de su reino, constituyendo una escuela que llegó a ser clásica en España y se ha extendido después su enseñanza en el mundo musulmán.

Abu Ámer el Dianense fue el jefe y sus obras fueron los textos que hicieron caer en olvido a los antiguos. Ben Ferro de Játiva arregló y compendió en un poema didáctico, La Xativea, en forma muy concisa a fin de que pudiera aprenderse de memoria, todo lo que aquél había consignado en sus libros (23). Este poema se aprendía en España y en África y se aprende todavía por los niños de muchos países musulmanes (24).

El estudio práctico de las lecturas tenía dos partes: la primera consistía en escribir en tablillas el texto alcoránico con los signos especiales que indican las pausas y demás pormenores de la recitación (25) y la segunda era la recitación misma. El maestro empezaba a recitar dando ejemplo y después el alumno trataba de imitarle. Una vez ya un poco práctico el alumno, recitaba él solo, indicando el maestro los defectos en que pudiera incurrir.

Los hábiles lectores de buena voz, bien timbrada, sonora y dulce, que convidaba a la unción, eran muy solicitados para el servicio de las mezquitas.

EXÉGESIS ALCORÁNICA

Ésta ha consistido principalmente en dos clases de comentarios que han seguido a los textos del sagrado libro: el filológico y el tradicional. En el primero se examina la frase, palabra por palabra, con todos sus accidentes gramaticales y su significado léxico; y el segundo consiste en citar la opinión de los antiguos, los hombres inmediatos a Mahoma, o en referir dichos o hechos de Mahoma mismo acerca de la inteligencia de los textos, en cuestiones o dudas que éstos susciten. Y ello, procediendo con lógica, en el supuesto de que la suprema verdad es la revelada al Profeta: porque ¿quién la pudo entender mejor, sino aquella criatura a la que Alá se dignó revelarla?

El método más a propósito para explicar y comentar el libro santo, es el referir cómo lo entendieron los más próximos a la fuente de la revelación, mucho más que meterse en las cavilosidades que a un hombre pueda sugerir su razón engañosa, por alta y perspicaz inteligencia que poseyere. Todo lo que no venga por ahí, ha sido sobrepuesto en la ciencia muslímica, hasta la misma teología escolástica, que muchas veces se ha colocado en los límites de la herejía.

A España traían de Oriente las obras de los exégetas de allá, o iban los nuestros a aprenderlas para enseñarlas después aquí, no habiendo escuela española hasta Baquí ben Majlad que compuso un comentario comparable, sin desventaja, con el del propio Attabarí (26).

Respecto a exégesis tradicional, Abu Mohammed ben Atía escribió una obra bien redactada, resumen de todas las anteriores y que se difundió en España y Almagreb. Y Alcortobí, siguiendo sus huellas, hizo un comentario que todavía goza en Oriente de gran reputación (27).

JURISPRUDENCIA

El estudio de esta rama del saber vino a constituir en España la carrera más generalmente seguida, como que ofrecía el aliciente de conducir al ejercicio de los cargos públicos, tanto civiles como religiosos (28) y sabida es la afición que tenemos los españoles a ocupar empleos en la república. Los alumnos de derecho llenaban las mezquitas con la esperanza de que al término de su carrera pudieran obtener de sus conciudadanos el alto y noble título de faquí que alguna vez se dio a los reyes para honrarlos (29).

Era, según puede colegirse, el estudio común con el cual se solían simultanear la literatura y otras ciencias, si es que el alumno no se contentaba con lo primero.

A los principios de la conquista, los hombres un poco instruidos que hacían de jurisconsultos, no tuvieron norma fija para sus sentencias y decisiones; resolvían los casos prudencialmente, según el criterio propio, ateniéndose, por supuesto, a lo que creyeren más conforme con la ley religiosa: no podía haber entonces estudios regulares de derecho. Después, cuando comenzaron a seguir las doctrinas jurídicas de los jurisconsultos siriacos, especialmente las de Alauzaí, ya se formó escuela en España y a ellas se atuvieron hasta los tiempos de Hixem I en que comenzaron a introducirse los libros medinenses de la escuela de Málic (30) que se hizo preponderante y hasta exclusiva al convertirse a la nueva los de la escuela anterior, al parecer sin gran resistencia.

Hemos dicho ya en otra parte que todas las tentativas para introducir las doctrinas de otras sectas, como la de Ax-xafeí, Abu Hanifa, etcétera, fracasaron porque la opinión les fue hostil y por consiguiente no ocuparon gran lugar en la enseñanza del derecho en España.

Los mismos libros de Málic, al ser estudiados en distintas comarcas del islamismo, ocasionaron la formación de tres sub-escuelas: la de Cairowán, cuyo más alto representante es Ben Sahnún, autor de la Almodawana, la de Córdoba, fundada principalmente por Ben Habib, Motárrif, Ben Almachixún y Asbag y la que se formó en el Irac. Los españoles no se desdeñaron de estudiar los libros de Cairowán, pero nunca aceptaron los de la tercera escuela porque en éstos se abusaba del razonamiento (31), al cual no se debe acudir a poderse aplicar un caso directo de las tradiciones. La obra que principalmente se estudiaba y servía de texto en las escuelas durante toda la dominación árabe, desde la aljama cordobesa al más humilde oratorio de lugar, era la Almoata de Málic, alrededor de la cual se formó una literatura inmensa de libros y tratados comentándola, compendiándola, explicando los vocablos raros o difíciles y haciendo diccionarios especiales de los nombres propios que contiene, y hasta de las prendas de vestir allí nombradas, cosa que a nada conducía, y que prueba el exceso de devoción o de idolatría a que la rutina había llegado.

En tiempos de los últimos Omeyas es cuando vinieron a fijarse con exactitud las opiniones y prácticas jurídicas de la escuela maliquí española, opiniones y prácticas que aun hoy son respetadas y acatadas en todo el norte de África, de Túnez a Marruecos.

PRÁCTICA NOTARIAL Y JUDICIAL. DIVISIÓN DE HERENCIAS

Aunque pudieran haberse incluido en el párrafo o capítulo anterior por no ser más que una aplicación de la doctrina jurídica a ciertas necesidades prácticas, como solían ser ejercicio especial de ciertos jurisconsultos, con sus asignaturas propias, conviene dedicar párrafo aparte a la práctica notarial y judicial y a la división de herencias.

El cargo de notario no era exclusivo de algunas personas a quienes el poder público autorizara; un particular, que mereciese confianza a sus conciudadanos, lo ejercía, limitándose a redactar los contratos que firmaban las partes, guardando éstas el documento original, pues no se formaba protocolo. Como sin ciertos requisitos de prueba no prosperaría ante el juez ninguna demanda y algunas condiciones puestas en el documento podían invalidarlo o darle fuerza distinta a la deseada por las partes, era muy general, aun entre gentes de instrucción, acudir a persona perita si es que querían asegurar el cumplimiento de lo tratado.

Ejercían la profesión en su casa, en las mezquitas, en la calle, en el mercado, en la lonja, a las puertas de la ciudad, por donde más transitaran las gentes que los pudieran solicitar. Allí, me los figuro yo, sentados sobre una alfombrilla o estera, o sobre el duro suelo, con su libro de formularios a un lado, el estuche de los cálamos y tintero a otro y sobre la rodilla derecha cuadernos de papel o pergamino sujetos con la mano.

Su carrera fue en tiempos, y para ciertos individuos listos que alcanzaban popularidad, muy lucrativa, de las pocas tal vez en que se podía alcanzar alguna fortuna.

Los textos que estudiaban consistían en obras cuyos capítulos solían constar de dos partes: primera, un resumen teórico de la materia o doctrina legal de cada contrato; y segunda, una serie de formularios aplicables a los distintos casos que sobre el mismo pueden presentarse (32).

En estos mismos libros, por la relación que tienen entre sí, solía haber también formularios de procedimientos judiciales, ya para actos de jurisdicción voluntaria, ya para los pleitos o litigios.

Entre los primeros que se compusieron en España, el más célebre y, por tanto, más estudiado en las escuelas, fue el diwán de Ben Alhindí de Córdoba, del cual hizo tres ediciones, mejorando y aumentando la primera (33), y posteriormente se compendió para facilitar su estudio (34). Después se multiplicaron tanto las obras de este género que sería imposible dar, ni en extracto, noticia de ellas.

La legislación alcoránica en materia de sucesiones es tan enrevesada y difícil, por la distinta proporción con que los varios herederos entran a participar del haber del muerto, que no es dado a cualquiera hacer aplicación de la misma, mucho más con los embrollos a que suele dar lugar la instable constitución de la familia musulmana. Esto ha hecho que se formara una asignatura especial en los estudios mezcla de derecho y de cálculo matemático, y un ramo particular en la práctica jurídica. Por la frecuencia con que en las familias ocurren casos de particiones, esta especialidad ha proporcionado mucho trabajo a los jurisconsultos, lo cual hizo que su estudio se fomentara considerablemente.

Los textos que se daban en España eran el libro de Ben Tsábit, el epítome de Alhaufí y el tratado de Elchadí (35).

OTROS ESTUDIOS DERIVADOS DE LAS CIENCIAS RELIGIOSAS

El Alcorán y las tradiciones han dado también origen a otras disciplinas que sería prolijo ir estudiando cada una en particular, verbigracia, la política o arte de gobernar los estados, de la cual tenemos la obra más importante tal vez que se ha escrito en el islamismo en la Lámpara de príncipes, de Abu Béquer el de Tortosa; la teología escolástica, producto del estudio del dogma y de la filosofía griega, especie de tentativa para conciliar la razón y la fe, y que en España tuvo muy dignos representantes, pero cuyo estudio no se difundió gran cosa, ya porque no era de aplicación práctica, ya por las sospechas que siempre inspiró a los tradicionalistas ortodoxos, aun cuando fuera tan escéptica como la de Algazalí; y el ascetismo y las doctrinas de práctica devota y afición a la vida monástica que tuvieron instituciones y escuelas en España, tales como el monasterio de la Montaña de Ben Masarra, el monasterio y cofradía de Ben Mochéhid, el de Elvira, la escuela de Ben Abi Zamanín, de la misma ciudad, etcétera, pero que si llegaron alguna vez a tener cátedras o enseñanzas en las mezquitas, siempre fue de un modo pasajero y trashumante, cual la vida de esos individuos andantes caballeros de la religión y de la ciencia, que tan pronto aparecían fervorosos y entusiastas misioneros como redomados herejes en completo divorcio con la iglesia oficial; de estos sufres, ascetas o místicos, tuvimos al Sestorí de Quadix, tan célebre por sus obras en Oriente, y al no menos famoso y fecundo escritor Mohi-l-dín ben Alarabí de Murcia, ciudad donde en los últimos tiempos parece que el panteísmo tenía echadas  hondas raíces.

También salieron del Alcorán otras ciencias, ridículas ahora para nosotros, como el estudio de las virtudes mágicas de algunos versículos alcoránicos, el arte de interpretar los sueños, etcétera, pero muy graves en la época en que se estudiaban con seriedad y fe.

LENGUA ÁRABE. GRAMÁTICA Y DICCIONARIO

En los primeros tiempos, cuando ni aun en Oriente se había sistematizado el estudio de la lengua árabe, porque las escuelas de Cufa y de Basora no habían formulado los cánones gramaticales de la misma, en España, como en los demás países musulmanes, era preciso aprenderla directamente en los textos. Después se fueron introduciendo las gramáticas de Alquisaí, do Sibawaihi y otros y comenzaron también los españoles a escribir trataditos gramaticales, acomodando la enseñanza a las especiales condiciones de acá. Chudí de Morón (36) y Ben Alcutía redactaron algunos opúsculos que, mejorados después y completados por sus discípulos (37), lograron extenderse y popularizarse. El célebre Azzobaidí, además de sus estudios gramaticales, dirigidos a corregir los defectos que del habla vulgar pasaban a las obras literarias y señalar los buenos modelos españoles, hizo un compendio del diccionario de Jalil que se hizo clásico en las escuelas de la península (38).

Pero los musulmanes de España no pararon ahí; daban mucha importancia al estudio de la gramática para quedar satisfechos con trataditos elementales; el sabio que no la supiese al dedillo hasta en las menudencias y pequeñeces más sutiles era tenido en poca consideración; y quien no quisiera pasar por rezagado o torpe tenía que acometer las voluminosas obras de los tratadistas orientales, especialmente Sibawaihi que fue el más favorecido. La verdad es que en España podía hacerse ese estudio mejor que en otras comarcas, por comenzar los niños la primera enseñanza con elementos de gramática, juntamente con los textos de poetas y otras obras literarias que los capacitaban para los estudios superiores, adquiriendo desde muy temprano la facultad práctica de la lengua, sin que sucediera como en Almagreb y aun en Túnez, donde siempre ha sido estudiada de un modo puramente especulativo (39).

El resultado fue que siempre hubo aquí autores que escribieron tan bien como el mejor de cualesquiera otras naciones musulmanas, y en todo tiempo hubo maestros que brillaron por la pasmosa habilidad con que supieron manejar la lengua, desde Ben Hayán hasta Ben Aljatib.

Aun en los últimos tiempos en que iban en decadencia algunos estudios, los de la lengua se conservaban en grandísima pujanza (40); baste recordar los de la escuela sevillana que al ser expulsados llevaron a Marruecos el esplendor de su tradición, o al príncipe de los gramáticos Abu Hayan, que de aquí se fue a enseñar a Egipto. Y hoy mismo las obras de Ben Málic de Jaén sirven de texto en las cuatro quintas partes del mundo, por lo menos, donde se estudia árabe, y cuyas ediciones se multiplican hasta en los más apartados confines de la India musulmana.

En materia de diccionarios no es menester más que acordarse de los trabajos léxicos del Batalyausí y el Mohkam del ciego de Murcia Ben Sida, que pueden competir con los mejores que se han dado a luz sobre lengua árabe, para saber la noble labor que en esta parte se debe a los musulmanes españoles.

¡Cuánto no tendrán que trabajar ahora nuestros orientalistas para llegar a ser en estas materias dignos sucesores de quienes tan alta supieron colocar la honra literaria de España!

LITERATURA

Comprendían los españoles con esta denominación la historia, la poesía, la prosa rimada y los cuentos o anécdotas.

Estos conocimientos gozaban de suprema distinción en España, tanto que, quien no los poseyera, se esforzaba en vano por brillar en el mundo o abrirse paso para atraerse la consideración social o lograr el trato de personas distinguidas: nadie le hacía caso alguno ni lo tenía más que por hombre molesto y enojoso (41)

Toda poesía de cualquier época (islámica o anteislámica) de cualquier género (cantos guerreros, poemas laudatorios, versos satíricos, elegiacos, de verbena y de amor y vino) y de cualquier forma (clásica monorrimada escrita en árabe puro, de rimas combinadas de invención española y generalmente compuesta en lengua del país) llegó a estar en gran predicamento y favor; la rimada prosa que se usaba en las cartas de género elevado, y a veces en la misma correspondencia ordinaria, en los discursos académicos, religiosos y de corte y en obras literarias o históricas, de difícil composición por exigir conocimiento profundo de la lengua y que acreditaba a su autor de hombre culto e ingenioso, era enseñada también generalmente en las escuelas; y la historia, desde los heroicos relatos de las antiguas gestas, la sencilla narración transmitida tradicionalmente, la crónica de sucesos mes por mes y año por año, la biografía de personas notables en política, religión o literatura, y la particular reseña de los hechos de un país, de un pueblo o de una raza, hasta la más alta y comprensiva relación que hoy podría apellidarse filosófica o sociológica (42), fruto fue de la cultura española y objeto de enseñanza.

Es imposible en reducido espacio hacer un esbozo de la instrucción en esta parte; sería preciso meterse de lleno en el ancho mar de la historia literaria, que en algunas regiones aun puede llamarse tenebroso por lo desconocido e inexplorado.

El poeta no sólo gozaba de consideración social, sino que se veía remunerado y pagado espléndidamente si lograba distinguirse, bien en la corte, o en la sociedad de los grandes, o entre el pueblo mismo. A veces, no sólo los nacionales tenían buen mercado en la península, sino hasta los extranjeros venían en tropel al olor de la ganancia.

La instrucción literaria conducía, al propio tiempo, a los empleos lucrativos de secretarios de corte, de ministros, de gobernadores, de jueces y hasta de personas principales que se pagaron siempre de que los documentos, aun de uso corriente en la administración, estuvieran redactados con pureza y pulcritud, cuando no en la más rebuscada y altisonante prosa rimada, martirio eterno de la lengua de que jamás podrá librarse por haberse el Alcorán escrito de ese modo.

Entre las obras extranjeras que se estudiaban para alcanzar una preparación clásica, estaban, además del diwán de los anteislámicos poetas, el Cámil de Almobarrad, las obras de Abu Alí Álcali, sobre todo su Annawádir, los versos de Motannabí, la historia de Ben Abi Jaitsama, etc.

De las españolas, ¿qué he de decir? Desde los sencillos ensayos en metro rechez de las antiguas leyendas históricas sobre Sara la goda hasta las difíciles macamas del aragonés Almazaní; desde las imitaciones de los clásicos orientales de Ben Abderrábihi hasta el más bajo y ramplón zachal popular de España, todo tuvo sus maestros y discípulos (43).

El procedimiento ordinario para la enseñanza de estas materias era el dictado (44) y la recitación en aquellas composiciones que podían entenderse sin largos comentarios; mas para la poesía anteislámica, que siempre tuvo necesidad de los mismos hasta entre las personas más instruidas de toda época y país, hubo de aceptarse aquí el método que introdujo Sáid, el poeta oriental, cortesano do Almanzor, que consistía en hacer que el discípulo leyera los versos, el maestro preguntara la significación de las palabras y el alumno las fuera interpretando conforme a una lista que habría sacado de los léxicos árabes (45).

MEDICINA

Los mismos árabes confiesan que fuera del conocimiento de su propia lengua, de su literatura y de las ciencias religiosas derivadas del Alcorán y de las tradiciones, las demás disciplinas las aprendieron de los pueblos a quienes dominaron o con quienes estuvieron en contacto y que las denominaron ciencias antiguas por proceder de las antiguas civilizaciones.

No la más alta por la especulación, pero sí la más importante por lo práctica, de cuya enseñanza debemos tratar, es la medicina.

Las primeras nociones sistemáticas de esta ciencia, que no sean los rudimentos empíricos que todo pueblo posee aun en la situación más atrasada de salvajismo, las debieron los árabes a Persia; los médicos que a su servicio tuvieron los mismos Omeyas orientales, eran cristianos, y las traducciones del persa, griego, indio, etc., fueron las que habían de servir para la enseñanza.

En España, aunque los cristianos tuvieron al principio algunos médicos de renombre, tanto éstos como los que profesaban la ley judaica o musulmana, parece que debieron la mayor parte de su iniciación a las doctrinas estudiadas en Oriente y traídas a la península, bien por médicos orientales que acá vinieron, bien por nacionales que las fueron a estudiar. Lo cierto es que, al fin, la corriente oriental preponderó de tal manera, que hizo desaparecer completamente la huella de toda tradición indígena española.

Hubo razón, al menos, para que, ya en tiempos adelantados, esto sucediera; pues todo lo más que podían lograr los estudiantes de medicina en España, era estudiar los libros de este arte bajo la dirección de un buen médico, y acaso acompañarle a la visita ordinaria de los enfermos de su clientela o asistir a la consulta que tuviera en su casa, donde algunos la solían tener gratuita para los pobres; mientras que en las ciudades de Oriente, el campo de observación era mucho más dilatado, pues desde los primeros tiempos hubo grandes hospitales, donde los alumnos, no sólo encontraban con facilidad profesores que les enseñaran, por ser muy numerosa la facultad de médicos adscritos al servicio de cada hospital (a veces pasaron de veinte), sino que, por los muchos enfermos y lo variado de las enfermedades, podían ver en la práctica a cualquier hora cuanto hubieran estudiado en los libros. En España tuvo que suplir la diligencia y la agudeza de los alumnos, la falta o la escasez de las observaciones clínicas (46).

No faltaba, sin embargo, este medio de enseñanza. En un manuscrito de Mohammed Attemimí, que se conserva en la Biblioteca del Escorial, se contienen unas memorias clínicas escritas por un alumno (47), donde se ve la marcha que en esa parte práctica se seguía en España. Según se desprende de la lectura de algunas (cincuenta habría si el libro estuviera completo) la forma habitual era la siguiente: al presentarse el enfermo, el médico le observa y le hace todas las preguntas que cree pertinentes al conocimiento de la enfermedad; luego invita al alumno para que a su vez le observe, operación que trae aparejado el que se crucen preguntas u observaciones entre maestro y discípulo. Aquél por fin receta. Acontece a menudo que el maestro pregunte al alumno lo que sepa de la enfermedad presentada, y si éste no la conoce bien, el maestro habla y explica ex profeso, así como actualmente ocurre en las conferencias que se dan después de la visita. De cualquier cosa que al alumno choque en el diagnóstico, pronóstico o tratamiento, pide explicación y se le da.

Aunque nada se aprenda ahora de los métodos antiguos, no dejan de ser curiosas las noticias de este manuscrito respecto a las observaciones clínicas en aquellos tiempos.

La falta de medios para observar, quizá explique la persistencia con que en algunas familias se sucedía el ejercicio de la profesión, como que pocos pueden resultar al fin tan prácticos como el hijo de un médico que le acompañe constantemente. Así vemos que en los Madzhachíes do Córdoba, cuyo ascendiente más conocido vino de los países orientales y fue médico de cámara de Abderrahmán I, se hizo hereditaria en la familia hasta la séptima generación, que se sepa (48), como en las notables dinastías de Ben Yunus el de Harrán, Aven Zoar y Ben Arrumía.

Los médicos eran casi los únicos que estudiaban Botánica, Zoología y demás ciencias naturales, como que ellos mismos tenían que hacer de farmacéuticos (49) y herbolarios.

No es este lugar oportuno para hacer mención de las obras de los ilustres médicos españoles, como las del gran cirujano (y médico) Abulcacis, las de Averroes, Avempace, ni de los naturalistas tan célebres como Ben Chólchol, Ben Beitar y Ben Arrumía; basta consignar para nuestro propósito que la obra de más curso en las escuelas españolas de medicina, en los últimos tiempos, fue El Taisir de Abdelmélic ben Zoar.

FILOSOFÍA, ASTRONOMÍA, ETC.

Aun cuando sean tan distintas una de otra, no tomando a la primera en acepción tan general que a todas las demás ciencias comprenda, no las debemos separar aquí, ya que corrieron las mismas desgracias y reveses.

La filosofía jamás ha sido bien vista por el pueblo musulmán, que consideró como herejes a los que tenían la debilidad de aficionarse a ella. El vulgo español, que profesó con mucha formalidad la ley islámica, dejóse llevar en esta parte de las corrientes que reinaban entre el clero musulmán; pero las clases más elevadas, aquellas que tal vez se convirtieron, no por la esperanza de alcanzar en la otra vida la bienaventuranza paradisíaca, sino por conservar la tranquila posesión de sus feudos; aquellos que, si se instruían, no era para ejercer una profesión, sino por el placer del estudio, ¿cómo habían de preferir el trabajo mecánico de meterse en la memoria voluminosos libros de derecho casuístico y de nombres propios de tradicionistas, al estudio que satisface las aspiraciones más altas del espíritu? Por eso en esas clases tuvo siempre devotos y aficionados secretos. Y tan secretos, como que la gente se apartaba con horror de su trato, si se traslucía la afición, o se exponía el filósofo a las burlas soeces del vulgo, si no es que la broma acababa alguna vez de un modo trágico para el individuo sospechoso.

Ese temor hacía imposible que el estudio de la filosofía se popularizara, y, por tanto, si llegó a darse en las escuelas, fue pasajera y cautelosamente.

Cuentan que un individuo de la ilustre familia de Avenzoar vio, cierto día, un libro de lógica en manos de uno de los alumnos que iban a su casa a cursar medicina. El maestro cogió el libro, arrojólo en un rincón de la sala y corrió tras los alumnos con indignado ceño y manifiesta intención de castigarlos. Los pobres discípulos se escabulleron y no se dejaron ver por la clase durante algunos días. Al fin, recobrado el ánimo, acudieron allí y se excusaron lo mejor que pudieron por el atrevimiento de traer un libro prohibido. Avenzoar fingió creerles, y siguióse el curso de medicina, no sin hacerles consagrar algún tiempo a las ciencias alcoránicas y tradiciones del Profeta, y, sobre todo, cuidando de que observasen escrupulosamente las prácticas y preceptos religiosos. Los alumnos se mostraron dóciles en seguir los consejos del maestro, y cuando éste se persuadió que ya estaban bien dispuestos, trajo una copia del libro de lógica, que anteriormente les había prohibido leer y les dijo: Ahora que estáis preparados, no veo inconveniente en daros lecciones. Y comenzó a explicarles aquel tratado.

La conducta de Avenzoar corresponde al criterio que de ordinario solía seguir la gente más sensata, bien por evitar el darse a conocer, bien por sincero escrúpulo religioso, pues sabíase por experiencia el estrago que causa en la juventud el estudio de la filosofía, cuando el entendimiento no está aún bien formado; considerándola, no obstante, como disciplina muy conveniente al espíritu cuando, adquiridas profundamente las convicciones religiosas, es menos expuesto a que las desarraigue una ciencia que, dando todo valor al razonamiento individual, prescinde de la autoridad de las verdades reveladas.

Por fortuna, no necesita que el vulgo se interese en su suerte, y, a pesar del odio popular, tuvo siempre amadores en España, desde Ben Masarra, que vivía retirado en un monasterio con sus discípulos y compañeros en loa primeros siglos, hasta los panteístas y místicos murcianos de los últimos tiempos, sobresaliendo en la mejor edad tres grandes lumbreras, Averroes, Avempace y Ben Tofail.

El no haber podido vivir públicamente hizo tal vez que no llegara a formarse tradición académica en su enseñanza; por la forma dada al gran comentario que Averroes hizo de las obras del Estagirita se ve que sigue la marcha de los exégetas alcoránicos, reproducción escrita de la marcha oral de la clase: escribe el texto de la obra de filosofía tal como la había recibido y luego el comentario o explicación propia.

La astronomía, como hemos dicho, también tuvo que sufrir de las prevenciones vulgares, que a veces se traducían por decretos de proscripción muy severa; hubo tiempo en que lo más que se permitió era adquirir las nociones necesarias para orientar las mezquitas con su alquibla, determinar en las distintas estaciones del año las horas del día y de la noche para señalar las de la oración y asegurarse del tiempo que duraban las lunas para el calendario; todo lo que pasara de ahí, era aventurarse mucho y, por tanto, se tachaba de hereje a quien por escabrosidades tales anduviera. Abundaban los estrelleros que leían en el cielo la buena o mala ventura de los hombres, echadores de suertes, agoreros, adivinos, magos y factores de amuletos y talismanes; con éstos aun transigía el vulgo, con más o menos tolerancia por parte de la iglesia; pero la astronomía, un poco más científica y racional, era reprobada.

Tampoco pudo difundirse esta ciencia, pues aparte de lo difícil y elevado de su asunto, el profesarla no ofrecía más porvenir que el de atraerse la mala voluntad de las gentes.

No siempre corrieron malos tiempos y aun en éstos el sistema libre de enseñanza fue un medio a propósito para burlar la vigilancia del poder o sustraerse a las miradas del enemigo popular; lo cierto es que tuvimos muy famosos representantes en la escuela de Moslema el de Madrid, Ben Bargot, Ben Hay, etcétera, alguno de los cuales, caído en desgracia por aquí, encontró en remotos países de Oriente, príncipes ilustrados que le colmaron de consideraciones (50).

Otras ciencias matemáticas, como la aritmética, el álgebra, la geometría, etcétera, fueron estudiadas, ya puras, ya aplicadas al cálculo o transacciones que tienen lugar en la vida social, tales como medición de tierras, comercio, derrama de tributos, etcétera.

La enseñanza, para la cual se escribieron en España numerosos tratados, cuyo estudio era más general en las escuelas, era la relativa a las transacciones comerciales; baste recordar los de Azzahrawí, Ben As-samh el granadino, Abu Móslim ben Jaldún, discípulo del gran matemático Moslema, etcétera (51).

MÚSICA

Ben Jaldún dice que en España no fue tenida en mucha consideración la música y que los artistas eran desdeñados por creerse su profesión oficio bajo y vulgar. Es exagerado este juicio: tal vez le indujera a error el haber visitado a España en época de decadencia o el haberse dejado influir por las prevenciones de algunas clases sociales. Que el arte de cantar y tocar el laúd fuese profesado por esclavas, o por gente del pueblo o extranjera, y esto motivase cierto desdén entre los hombres de elevadas clases, y que se cantaran canciones alegres, picantes e inmorales que exigieran de parte de la iglesia seria reprensión que diera por resultado el considerar este arte bello como cosa indigna de personas formales, no quiere decir que el pueblo español, en su generalidad, no apreciara a los artistas que merecieren consideración ni dejara de gustarle la buena música, aunque fuera pecando venialmente. El ejemplo más visible puede notarse en lo sucedido con el artista más original y más instruido que vieron aquellas edades, cuya venida de Oriente causó época en España, pudiendo ser considerado como el fundador de la escuela nacional por su enseñanza y sus canciones: tal fue Ziriab.

Apenas éste desembarca en las playas españolas, el emir Abderrahmán II expide cartas a los gobernadores de las provincias quo tenía que atravesar, recomendando que le tratasen con la mayor atención. Acompañado de un judío, cantor de la corte, se pone en marcha hacia la capital, de la que sale un alto empleado de palacio para recibirle y llevarle a su preparado alojamiento en Córdoba, donde descansa tres días de las fatigas del viaje. Al presentarse ante el sultán y hacerse oír por primera vez, se le asignan los siguientes honorarios: un sueldo mensual de 200 dinares para él y 10 para cada uno de sus cuatro hijos; una pensión anual de 3000 dinares, de los cuales había de recibir 1000 en cada una de las dos Pascuas, 500 en la fiesta del solsticio de verano (San Juan) y 500 en la del equinoccio de septiembre. Total, reduciéndolo a la moneda de hoy, ateniéndonos al valor relativo, más de dos millones y medio de reales (52). Dióle además aldeas, huertos y casas, le dispensó el honor de hacerle comensal suyo y jefe de los cantores de palacio.

Si hubieran sido éstas las únicas demostraciones de aprecio que recibiera, aun podría calificarse tal conducta de prodigalidad desaforada de un monarca caprichoso que no implicaba afición entre el pueblo; pero no, aquel músico tan ilustrado, de conversación tan amena, de tan elegante porte, cayó tan en gracia de todos, que vino a ser el tipo de la moda en aquel entonces: la forma y clase de tela de sus vestidos, su peinado, los muebles de su casa, los guisos de su cocina, etcétera, todo era imitado, a tal extremo, que algunas novedades que él introdujo, llegaron a constituir costumbres nacionales que persistieron hasta los últimos tiempos.

En cuanto a su arte, no hay que hablar; la originalidad se demostraba en todo: su laúd tenía cuatro cuerdas, de las cuales la tercera, que fue inventada por él, en lenguaje simbólico representaba el alma; la prima y la segunda eran de seda hilada en agua fría, bien tendidas, no blandas ni relajadas como las usuales, cuya seda se mojaba a alta temperatura; y la tercera y cuarta estaban hechas (de tripas) de cachorrillo de león y eran más melódicas, de más limpio y fresco vibrar que las que se hacían de los demás animales, y más resistentes a la pulsación del plectro. Éste, en vez de ser de madera, como el de uso corriente, era una púa sacada de las plumas del águila, superior al plectro antiguo, no sólo porque permitía más ligereza en los dedos y más limpieza en la ejecución, sino también porque maltrataba menos las cuerdas su fina y delicada superficie.

De la práctica de su enseñanza se conservan bastantes pormenores. Cuando alguien quería ser su discípulo, lo primero que hacía era probarle la voz haciéndole sentar en un taburete y que gritara Ya hacham (53), o simplemente un aaa... sostenido bastante rato para poder juzgar de la limpieza y fuerza de la voz, si se oía o no de lejos, si había mezcla de ruido nasal, si tenía torpe el habla, dificultad de respirar, etc.; si el discípulo podía alcanzar éxito, le daba lección, si no, le despedía, a menos que los defectos que notara los pudiese remediar: verbigracia, al de voz algo débil le mandaba atar la cintura con un turbante, a fin de que la voz no encontrara vacío o espacio hueco en el estómago antes de salir por la boca, con lo cual se conseguía fortalecerla; al que no separaba, al hablar, las mandíbulas, le obligaba a un ejercicio un poco molesto, que consistía en hacerle dormir algunas noches con un trozo de madera de tres dedos de ancho metido en la boca.

Pero la principal y más importante innovación que le acredita de muy diestro y hábil profesor, fue su peculiar método en la enseñanza del canto. Antes, los maestros cantaban de buenas a primeras como si estuvieran dando un concierto, los alumnos hacían por imitarles, y sólo a fuerza de repeticiones por unos y por otros llegaba a conseguirse el resultado. Ziriab dividió el trabajo en tres tiempos: primero, la enseñanza del ritmo puro, haciendo que el discípulo recitase la letra acompañado por un instrumento de percusión, un tambor o un pandero que señalara el compás; segundo, la enseñanza de la melodía en toda su sencillez, sin añadidos de ninguna clase; y tercero, los trémulos, gorgeos, etcétera (54), con que se solía adornar el canto, dándole expresión, movimiento y gracia, en lo cual se echaba de ver la habilidad del artista.

El método como los cantares más hermosos, entre los 10.000 que, según se dice, formaban su repertorio, se hicieron populares en España, cayendo en completo olvido los de Alón y Zarcón, anteriores a él y que de tanta boga disfrutaron (55), y oscureciendo con su fama a las tres cantoras medinenses, Fádal, Álam y Cálam (56).

La música instrumental estuvo muy difundida, la cítara, el rabel, el laúd, la rota, el canún (salterio o arpa) y otros instrumentos de cuerda; la flauta barítona, el flautín o tiple, el albogue y otros de viento; y los adufes, tambores, etcétera, de percusión; muchos de estos instrumentos se fabricaban aquí para exportarlos al África.

La teoría de la música tuvo también sus maestros. Ben Firnás, al decir de los autores (57), fue el primero que enseñó en España libros de esta materia, habiéndose estudiado el libro de Alfarabí, hasta que el filósofo aragonés Avempace, que tanto se distinguió como inspirado compositor de hermosas y celebradas canciones, compuso un tratado.

Entre las ciudades españolas donde la escuela de Ziriab pudo mejor conservarse, el primer puesto, sin discusión, lo ocupó Sevilla, de donde procedía la música que se aprendió luego en Túnez y Almagreb, y aun hoy, a pesar de las variaciones que han traído los tiempos, no ha dejado de ser la reina del canto andaluz (58).


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(1) Ben Jalr, fol. 4 r. Códice del Escorial.

(2) Ben Jailr en el prólogo de su obra explica esta palabra en sentido mas ceñido que el que le da Dozy en su Lettre á Mr. Fleischer contenant des remarques critiques et explications sur le texte d Almakkari, pág. 159 y siguientes.

(3) Un hijo se consideró autorizado por su padre para enseñar sólo porque poseía los libros de letra de éste. Ben Pascua!, biog. 543.

(4) Volveremos sobre lo mismo para completar la materia cuando tratemos de los títulos. Había una clase de tradiciones llamadas encadenadas que siempre han exigido un ceremonial más solemne: habían de enseñarse en día de Pascua, comiendo con el maestro, rezando algunas oraciones y mediante ciertos actos y fórmulas misteriosas.— Ben Jair, fol. 59 r.

(5) Marrecoxí, pág. 61.

(6) Ben Pascual, biog. 1092.

(7) Marreco xí, pág. 221.

(8) Idem.

(9) Ben Pascual, biog. 667.

(10) Tecmila, biog. 1802.

(11) Ben Adarí, 1.1, pág. 28.—Ben Pascual, biog. 204.-Tecxnila, biog. 836.

(12) Ben Pascual, biog. 654.

(13) Tecmlla, biog. 1995 y 1492.

(14) Alfaradí, biog. 1816.

(15) Tecmila, biog. 251.

(16) Addabí, biog. 584 y otras citadas anteriormente.

(17) Ben Pascual, biog. 1114.

(18) Alfaradí, biog. 1060. Addabí, 1800.

(19 Ben Jftlr lo hizo once veces bajo la dirección de distintos maestros. Véase folio 10 y siguientes de su obra.

(20) Mocham, biog. 268.

(21) Ben Pascual, biog. 878.

(22) Alfaradí, tomo II, pág. 106.

(23) Ben Jaldún, tomo II, pág. 455 y siguientes.

(24) Tecmila, biog. 1978, etc. Aun ahora se hacen numerosas ediciones del mismo.

(25) Addabí, biog. 898.

(26) Addabí, blog. 584.

(27) Ben Jaldún, 11, pág. 462.

(28) Los de consejeros y asesores, jueces, escribanos, rectores y predicadores de mezquita, etcétera; éstos casi exclusivamente y, con mucha frecuencia, todos los demás que no fuesen cargos militares.

(29) Almacarí.

(30) Alfaradí, biog. 774.

(31) Ben Jaldún, t. III, pág. 17.

(32) En los apéndices se podrán ver algunos fragmentos de esta clase de formularios, referentes a contratos entre alumnos y maestros, o entre maestros solos.

(33) Ben Pascual, biog. 19.

(34) Ben Pascual, biog. 99.

(35) Ben Jaldún, t. III, pág. 22.

(36) Tecmila, biog. 7.

(37) Ben Pascual, biog. 759.

(38) A eso, sin duda, obedece el que ahora no se encuentren ejemplares de la misma obra en parte alguna, a no ser en las actuales colecciones españolas, en donde se conservan todavía cinco o seis, dos de los cuales posee D. Pablo Gil y uno de éstos parece ser el mas antiguo de todos.

(39) Ben Jaldún, T. III, pág. 348.

(40) Un maestro que vivía en Denla dictaba 20 cuadernos, explicando de 180 maneras la palabra «vocablo» primera de la gramática. Almacarí, T. II, pag. 517.

(41) Almacarí, tomo I, pág. 187.

(42) Aludo en esta última a la Historia Universal de Ben Jaldún, el cual, aunque nació en país extraño, era de cepa española, discípulo de hombres nacidos y educados en España, y vivía en una comarca donde entonces se hacía sentir hasta lo mas íntimo la influencia de la civilización española. De ese modo, la mas grande creación histórica del islamismo puede con derecho reclamarla nuestra patria.

(43) Aun las poesías pecaminosas sobre el amor y el vino, que la moral religiosa había prohibido siempre por demasiado picantes, nunca dejaron de tener aficionados entre la gente alegre de Andalucía; ni tampoco los cantos populares, de palabras feas y soeces, tan del gusto del vulgo que por aprenderlos paga. Alguna vez las mismas autoridades fomentaron su enseñanza. Refiere Ben Alcutía (pág. 94, edición de la Academia) que en cierta ocasión, Omeya ben Isa, ministro del Emir Mohammed, acertó a pasar por delante de una casa inmediata a la puerta de Alcántara, en la ciudad de Córdoba, donde se tenía en rehenes a los príncipes aragoneses de la familia de los Benicasi, a tiempo en que éstos recitaban versos de Antara; al oírlos, mandó a uno de los guardias que hiciera comparecer al maestro de literatura que talos cosas les enseñaba; y, sentado en la sala de audiencia pública, al venir a su presencia el maestro, le dijo: si no fuera porque te disculpo por ignorante, ya verías cómo te sentaba la mano. ¿Quién te mete a tí donde están esos diablos, que tantos sinsabores causan a los Califas, para enseñarles versos que no hacen más que enardecerles y aumentar sus instintos guerreros? Cuidado, pues: de boy en adelante, no les enseñarás más composiciones que las de Alhasán ben Hani, que traten de vino, y cosas por ese estilo, de chistes y bufonadas.

(44) Almacarí, T. II, pág. 257 y otros lugares. Véanse también los formularios en los apéndices.

(45) Tecmila, biog. 403.

(46) Al menos no tengo noticia de hospitales en la España árabe. Leclerc, de cuya obra, Histoire de la Mèdecine Arabe, me he servido principalmente para redactar este artículo, apenas tiene noticia de uno que hubo en Algeciras allá por el siglo XII de la era cristiana.

(47) Casiri creyó que era un manual de exámenes; pensaba, sin duda, que entonces los había en las escuelas.

(48 Tecniila, biog. 1520.

(49) Ben Chólchol dice que un hijo de Ben Yunus tenía en su cosa doce jóvenes que se ocupaban en preparar medicamentos.

(50) Tecmila, biog. 77.

(51) Ben Jaldún, T. III, pág. 187.

(52) Siguiendo los cálculos de Leber Essai sur l'appréciation de la fortune privée au moyen âge, aceptados por Dozy, Histoire des musulmáns d'Espagne, tomo II. págs. 40 y 50.

(53) Dos palabras que transcribo en árabe porque para el asunto no importa saber su significación: las elegía él porque su sonido se acomoda al ejercicio del canto.

(54) Creo deber interpretar de este modo la frase de Almacarí, T. II, pag. 88,

 

que D. Pascual Gayangos no traslada en la traducción inglesa que hizo de este autor en su History of the Mohammedan Dynasties in Spain, porque no estaría en los manuscritos que usó.

(55) Almacarí, T. II, pág. 89.

(56) La última era vasca y se la llevaron a Medina, donde fue comprada para los Omeyas, en cuyo palacio estaban las tres. Almacarí T. II, pág. 96.

(57) Almacarí, T. II, pág. 255.

(58) Ben Jaldún, T. II, pág. 422. Francisco Salvador Daniel, Musique árabe: se rapports avec la musique grecque et le chant Grégorien, pags. 5 y 6.

 

 

 

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