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La enseñanza entre los musulmanes españoles

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I. Intervención del Estado en la enseñanza

II. Intervención de la Iglesia

III. Instrucción primaria

IV. Enseñanza superior. Materias y métodos

V. Maestros

VI. Alumnos

VII. La clase

VIII. Los títulos

IX. La Biblioteca

X. Instrucción de la mujer

Conclusión

Apéndice 1

Apéndice 2

Apéndice 3
 

 

 

 

Grupo de sabios discutiendo - Irán siglo XVII - The Aga Khan Museum


LA ENSEÑANZA ENTRE LOS MUSULMANES ESPAÑOLES

 

JULIÁN RIBERA Y TARRAGÓ - 1893 - Índice

 


 

 


X - INSTRUCCIÓN DE LA MUJER

No parece que el islamismo haya tenido prevenciones respecto a la instrucción de la mujer: los más graves tradicionistas orientales no se desdeñaron de autorizar las enseñanzas del sagrado tesoro de tradiciones religiosas con los testimonios de maestras, que sólo en uno de los libros que se daban en las escuelas con más estima, llegan hasta el número de cuarenta y tres (1). As-silafí, doctor establecido en Alejandría, a quien los estudiantes y sabios españoles eran muy aficionados, tuvo en Oriente tantas maestras de esta índole, que un amigo suyo escribió un libro para tratar de ellas (2).

Bien célebre fue la escuela de la gran Carima Almeruacía, fundada en la Meca, ese centro religioso, en el cual, de haber habido prevenciones, se hubiesen manifestado mejor que en otras partes donde la consideración a las mujeres se pudiera explicar por costumbres heredadas de las civilizaciones antiguas; y vióse que en lugar de ser motivo de escándalo, acudían de lejanas tierras discípulos que tuvieron por grande honor haber asistido a las lecciones de Carima. Personajes de principales familias españolas tuvieron a gala haber sido alumnos de aquella ilustre y docta mujer, nombrándola como uno de los maestros más esclarecidos (3).

Aquí existieron menos motivos que en otros países para que dejara de apreciarse la instrucción de la mujer; de no haber sido así, no se hubiera visto un alto ejemplo, cuya magnitud y rareza denuncian la extraordinaria estima en que se tenía aquella cualidad: un príncipe de la familia real española, prendado de las dotes de saber e inteligencia de una esclava negra adquirida en Medina, discípula de Málic ben Anas, no reparó ni en la bajeza del nacimiento ni en la diferencia de raza para hacerla su esposa (4).

Desde niñas se las mandaba a la escuela de primera enseñanza, para que aprendiesen las mismas nociones que regularmente se daban a los muchachos (5), y pasar después algunas a las enseñanzas superiores, en las cuales se les expedían los mismos títulos o certificados que la costumbre había admitido para los hombres (6). Unas estudiaban las ciencias religiosas, lecturas alcoránicas, tradiciones, jurisprudencia (7), es decir, estudios algunos de ellos profesionales que no podían ejercer en la práctica; otras medicina, ejerciéndola como noble profesión (8), y otras literatura y diversas materias que podían servirles, a veces, para ocupar empleos en las oficinas de la secretaría real, si tenían excelente letra o sabían redactar con literario estilo (9). Y no fueron pocas las que se distinguieron como poetisas y literatas, de las cuales, algunas como las célebres Áixa y Vallada, sobrepujaron en fama a los hombres mas distinguidos de su época, por su ingenio, elocuencia, habilidad en la poesía, etc. (10)

Lo difundida que llegó a estar la instrucción de la mujer se puede deducir del dicho de Ben Fayyad, el cronista, que calculaba que en un solo arrabal de Córdoba podían contarse hasta ciento setenta mujeres dedicadas a la copia de alcoranes: ¿cuál no sería el número de las que en otros barrios de la ciudad tendrían este oficio? (11)

La concurrencia de las jóvenes a las escuelas hizo que las señoras se dedicasen también a la enseñanza y abriesen colegios como hacían los hombres. Los Benu Hazam, célebre familia (12) de maestros que tuvieron uno de los colegios más afamados de Córdoba, enseñaban el padre a los niños, el hijo a los mayores y la hija a las niñas (13).

Y eso era a mediados del siglo III de la Hégira, cuando comenzaba a despuntar la afición al estudio; después, la mujer musulmana española puede sufrir comparación muy honrosa con la más instruida de los antiguos pueblos; y sin hacer exclusión de razas, porque hasta negras o sudanesas, que aquí vivieron, pueden ponerse como ejemplo de mujeres de instrucción (14).

No pisaban únicamente las aulas de las escuelas nacionales, sino que algunas salían a estudiar como los hombres: Jadicha, hija de Axxantachelí, fue a Oriente con su padre y asistió en la Meca a las mismas clases que él, constando en los libros de éste los certificados expedidos por los maestros a favor de aquélla (15); y Rádiya viajó con su marido Lebib, el cortesano, por las comarcas orientales, asistiendo ambos a las escuelas y copiando ella una colección de libros, que guardaron después, como oro en paño, los herederos, y apreciaron en gran manera los elegidos discípulos que tuvo en España (16).

Aunque algunas señoras llegaron a distinguirse en todos los estudios a que se dedicaban los hombres (17), por lo general se instruían en aquellas materias que creyeron más a propósito para hacerse amables, como en todo tiempo ha sucedido, v. gr., la literatura, la poesía especialmente, y la música. En una novelita cordobesa, traducida del árabe por los moriscos, que retrata en algún modo las costumbres de la época en que se escribió, figura un matrimonio de los principales de Córdoba: la instrucción del marido consiste en haber «deprendido de toda cencía, la Almoata, el Albojarí, lóchica, filosofía y libros de medecina, dereitos, de notario y de toda cosa que pueda ser escripta de negro en blanco»; mientras que la mujer tocaba «el laúd, rabel, manucordio, órganos y otros esturmentos para facer solaz a su marido» (18).

Sin embargo, mirando desde las sublimes posiciones donde los filósofos suelen colocarse a veces para ver las cosas de este mundo, era detestable aquella realidad. «Nuestro estado social, dice Averroes, no deja ver lo que de sí pueden dar las mujeres; parecen destinadas exclusivamente a dar a luz y a amamantar los hijos y ese estado de servidumbre ha destruido en ellas la facultad de las grandes cosas. He ahí por qué no se ve entre nosotros mujer alguna dotada de virtudes morales, su vida transcurre como la de las plantas al cuidado de sus propios maridos. De aquí proviene la miseria que devora nuestras ciudades, porque el número de mujeres es doble que el de hombres y no pueden procurarse lo necesario para vivir por medio del trabajo» (19).

Lo mismo podría decirse ahora, sobre todo por aquellos que se figuren cosa pequeña e indigna de personas formales eso de tener hijos, mantenerlos y educarlos, y sólo tengan por grande y noble el dedicarse a esas altas especulaciones por las que se adquiere la ciencia que desprecia las diferencias naturales.

Averroes no fue sólo mediano observador, sino injusto y poco galante al culpar a las mujeres de la miseria de España: pues qué, ¿no hacía dos siglos que los hombres estaban en guerra civil, sin más tregua que la necesaria para acudir a defenderse contra enemigos comunes o la que imponía la vergonzosa intervención de los pueblos africanos? ¿Qué ciudad podía hacer el milagro de librarse entonces de la miseria?


__________

(1) Ben Jair, fol. 48 v.

(2) Mocham, biog. 36.

(3) Ben Pascual, biog. 218, 299, 392, 721, 876, 944,1114, 1115 y 1119. Mochan, biog. 17.

(4) Almacarí, T. I, pág. 802 y T. II, pág. 96. De ese matrimonio nació una hija que estudió también tradiciones.

(5) Véanse en los apéndices los formularios donde indistintamente se emplea la fórmula de «hijo» o «hija».

(6) Ben Pascual, biog. 1420. Addabí, biog. 1185.

(7) Ben Pascual, biog. 1419. Addabí, loco citato.

(8) Ihata, T. III, fol. 156 r.

(9) Ben Pascual, biog. 1413 y 1414.

(10) Ben Pascual, biog. 1416 y 1418.

(11) Marrecoxí, pág. 270.

(12) Distinta sin duda, de la otra noble familia de este apellido, tan célebre en los anales de la España musulmana.

(13) Tecmlla, biog. 312.

(14) Refiérome a Ixrac, conocida vulgarmente por Alarudía, de la que el Sr. Simonet, en su trabajo sobre «La mujer arábigo-híspana» sospecha que fue dama española do raza indígena. El ilustre historiador valenciano, Benalabbar, que vivía en la misma ciudad donde esta sabia mujer residió, dice terminantemente en su Tecmila, edición Codera, biog. 1548 y 2115, que era una esclava negra. No vaya a pensarse ahora que, así como el docto Simonet ha querido representar el papel muy simpático de abogado defensor de la mujer española, yo vaya a hacer lo mismo respecto de la mujer do la Nigricia; no pretendo eso, sino el dar a cada cual lo suyo.

(15) Ben Pascual, biog. 1425. Fátima, la hija de Sad-ol-jair, estudió también en Oriente, a donde fue acompañada de su padre. Tecmila, biog. 2123.

(16) Ben Pascual, biog. 1417 y 1421.

(17) Alguna fue sobresaliente en teología escolástica (Tecmila, biog. 2122).

(18) Textos aljamiados, publicados por D. P. Gil, etc., págs. 99 y 105.

(19) Renan, Averroès et averroïsme, pág. 161.

 

 

 

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