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La enseñanza entre los musulmanes españoles

Introducción

I. Intervención del Estado en la enseñanza

II. Intervención de la Iglesia

III. Instrucción primaria

IV. Enseñanza superior. Materias y métodos

V. Maestros

VI. Alumnos

VII. La clase

VIII. Los títulos

IX. La Biblioteca

X. Instrucción de la mujer

Conclusión

Apéndice 1

Apéndice 2

Apéndice 3
 

 

 

 

Grupo de sabios discutiendo - Irán siglo XVII - The Aga Khan Museum


LA ENSEÑANZA ENTRE LOS MUSULMANES ESPAÑOLES

 

JULIÁN RIBERA Y TARRAGÓ - 1893 - Índice

 


 

 


II - INTERVENCIÓN DE LA IGLESIA

No es la Iglesia musulmana una sociedad aparte de la comunión de fieles que se distinga por órdenes ni jerarquías especiales: todo fiel puede ser nombrado para todos los oficios eclesiásticos y, después de haber servido, quedar como cualquier otro feligrés; sin embargo, los hombres que se han distinguido por su estudio, aquellos cuyas virtudes les han hecho prestigiosos ante el pueblo, han conseguido unirse para sus comunes fines y acabado por formar, si no un cuerpo cerrado bien delimitado y fijo, un organismo tan fuerte que el poder político ha tenido que utilizarle y andar unido con él en casi todos los estados musulmanes. Y no sólo por razón de que el Estado profesara una religión y los ministros de ella estuvieren ligados a él por interés meramente religioso y moral, sino porque en realidad, ellos han sido el poder legislador. El Alcorán y la zuna (dichos y hechos del Profeta) han servido de norma y criterio para las prácticas morales, religiosas y políticas de los musulmanes, y como el Alcorán necesita un intérprete y las tradiciones una garantía de su verdad, ese cuerpo de doctores de la ley, depositario de la misma, ha sido el que ha inculcado ciertas prácticas y costumbres en el pueblo, ha sostenido el criterio en los tribunales y hecho valer su consejo en las disposiciones de los reyes. De ahí la inmensa importancia que adquirió, constituyendo un verdadero poder en el Estado.

Esta sola consideración hará comprensible la importancia también inmensa que en la instrucción habrá ejercido.

En España, se puede distinguir desde luego el diferente papel que la Iglesia y el Estado representaron en la materia. Cuéntase que As-somail, ministro que gobernaba a su antojo al Emir Yúsuf El-fihrí, y por tanto el verdadero rey de España, pasó cierto día junto a un corro de chicos formado alrededor de un maestro de escuela, a tiempo en que leían el siguiente versículo del Alcorán: «Nosotros hacemos que los reveses y la fortuna se sucedan alternativamente entre los hombres.» El ministro, que no sabía leer ni escribir, y que de Alcorán alcanzaría tanto como de lectura, extrañóse de aquello y dijo: Maestro, entre los árabes deberá decir. —No, entre los hombres, replico éste.— ¿Así lo dice la revelación? preguntó el ministro.— Así se ha revelado, contestó el otro. —¡Bah! pues entonces eso quiere decir que el poder no es exclusivamente nuestro y que también tendrán participación la canalla de villanos y patanes (1).

Esta anécdota puede presentarse como imagen que retrata la distinta tendencia que mantienen el poder político y religioso en España. El primero atendía principalmente a conservar por la espada o por la habilidad el poder público, mientras algunos hombres de acrisolada virtud, de entusiasmo comunicativo, de encendido fervor religioso, se aprovecharon de lo mal arraigadas que en general tenían los españoles las creencias para adquirir prosélitos entre el pueblo. Ellos fueron los que extendiéndose por los ámbitos de la península enseñaron el libro que tenían por revelado y en trances extremos en que los mismos Omeyas no mandaron más que en la capital, porque todo el mundo les había vuelto la espalda, el único vínculo que unía a las provincias sublevadas con el soberano era una sombra de obediencia espiritual (2).

Si la Iglesia maliquí española debe favores a la dinastía reinante porque prefirió a los hombres de estas opiniones para los cargos públicos, también éstos forjaron la masa para que algún día pudiesen constituir una sola nación la España musulmana y el Noroeste de África a donde esta escuela había llevado su influencia.

Juntamente con el dogma religioso y la moral, el clero musulmán comunicó a todos los países de su dominación las máximas alcoránicas y las opiniones de Mahoma en favor de la ciencia y del estudio, ensalzado y hasta santificado por ellas; a este impulso los pueblos que todavía conservaban las antiguas disciplinas, las renovaron, y entonces fue cuando la iglesia musulmana, viendo que las cosas marchaban más de prisa de lo que a sus propios intereses convenía, retrocedió asustada y trató de sofocar el ardor con que se dedicaban a las profanas ciencias.

En España comenzó aún más cerrada y estrecha la intolerancia en materia científica, porque la secta maliquí, al verse única dominadora de las conciencias, envanecida por haber logrado la conversión de gran parte de la península, trató de impedir que otras le disputaran el campo, dando enseñanzas distintas de las contenidas en los libros de su corifeo, última palabra de la ciencia teológica, jurídica y moral.

Como prueba del criterio mezquino a que le llevó su engreimiento, bastará recordar lo sucedido con el docto y santo varón Baquí ben Majlad.

Éste había ido a Oriente a estudiar, y no contentándose con los maestros que enseñaban la doctrina de la escuela medinense, que era la moda española, asistió a la clase de 284 maestros de toda secta, de Axxafeí, Ben Hambal, etcétera. Después de tan largo viaje, pudo traer a España rico tesoro de ciencia muy extensa y variada; si esto era abonado para causar envidia a algunos rezagados de aquí, no podía ser causa justificada para que todos le recibieran mal; el más grave e imperdonable pecado que cometió fue el conservar la bastante independencia de criterio para no afiliarse a ninguna secta o partido y sentenciar en las consultas por su personal opinión, fundándose en la tradición sagrada directamente (3); y esto no lo pudo perdonar la colectividad, idólatra del maestro de Medina. Sin embargo, no se le podía atacar de modo abierto, pues la doctrina de todos ellos se derivaba de la misma fuente de donde Baquí sacaba sus decisiones y para mostrarse escandalizados de atrevimiento tal, esperaron la oportunidad que se les ofreció de que éste enseñara públicamente el libro de tradiciones de Ben Abi Xiba, en el que, aparte las sentencias y opiniones de la secta de Medina, se exponen controversias y polémicas sobre puntos de fe, mantenidas por faquíes de distintos pareceres. Ben Martanil (4), de familia renegada, que entonces pasaba aquí por el jefe de la secta, se distinguió por su dureza contra él; Asbag ben Jalil, rabioso enemigo de novedades, dijo que estimaba más que le pusiesen un puerco en el ataúd que no la obra de Ben Abi Xiba (5); en fin, Mohammed ben Harits y toda la plana mayor se desataron en denuestos contra él y excitaron la animadversión del vulgo, dispuesto siempre a secundarles: llegaron hasta el extremo de proponer que se reuniesen los ulemas para firmar un acta donde se decidiera que debía ser sentenciado a muerte.

Aquella inmensa oleada que cada día iba creciendo la vio acercarse Baquí medroso y asustado: apenas contaba con discípulos que se decidieran a ir a su escuela por no pasar por sospechosos; y ya estaba decidido a marcharse al extranjero, cuando se enteró el Emir Mohammed de lo que sucedía y llamó a todos a su presencia. Entonces defendióse Baquí con poderosa argumentación que hizo mella en el ánimo del rey; éste pidió el libro, motivo del escándalo, le estuvo hojeando largo rato y por fin, cuando los maliquíes presentes se figuraban que iba a decretarse la prohibición de su enseñanza, dirigiéndose a su bibliotecario, dijo: «Toma, manda que saquen una copia para mi biblioteca; no tengo ningún ejemplar», y volviéndose a Baquí, añadió: «divulga tu ciencia, enseña las tradiciones que sepas, abre clase a la que asistan personas que puedan aprovecharse de tus enseñanzas.» Y prohibió a los demás que le hicieran oposición (6).

Si esto sucedía con un doctísimo varón, de intachable ortodoxia, a quien, al decir de los contemporáneos, había Alá favorecido con el don de profecía y de milagros (7) y que más tarde murió en olor de santidad y la veneración de los fieles le hizo ocupar un puesto en el santoral español, ¿qué no dirían de Ben Masarra y otros que estudiaron filosofía y otras ciencias que siempre han estado reñidas con todas las sectas ortodoxas? Éstos tenían que huir de la ciudad y establecer un monasterio en la montaña, donde con el aparato de devoción exterior se dedicaban al estudio de las ciencias prohibidas, cosa que no podrían hacer en medio del estruendo de la ciudad sin exponerse a que la fanática inquisición popular los matara sin proceso.

Este ejemplo bastará para comprender qué hubiera hecho con la enseñanza la secta maliquí, iglesia oficial en España, a dejarla campar por sus respetos. Felizmente en la corte reinaban otros vientos que refrescaron aquella atmósfera caldeada por el fanatismo y merced a éstos las enseñanzas respiraron con alguna libertad; por lo menos pudieron enseñarse públicamente libros que no fuesen doctrina personal de Málic. Sin embargo, ésta había echado en España profundas raíces y regía la práctica religiosa y judicial, y si se leían o estudiaban libros de otras sectas era por afición meramente teórica, especulativa, fracasando toda tentativa de introducir en la práctica otras doctrinas.

En lo que estuvieron conformes unas y otras sectas ortodoxas, fue en no dejar introducir doctrinas sospechosas de herejía. Los que las traían nuevas, de enseñanza peligrosa, las ocultaban; pues si alguno las dejaba traslucir quedaba desacreditado él y desierta su escuela; y cuando a pesar de las precauciones el olfato popular los señalaba, repetía las denuncias hasta que el poder tomara la determinación de desterrarlos; el mismo Alhácam II tuvo que privarse de sabios orientales que había hecho venir, por suscitar esos recelos.

El temporal arreció más fuerte a la venida de Almanzor, el cual para hacerse perdonar su exaltación buscó el aura popular echándose en brazos del clero, que llegó hasta el extremo de manchar la preclara memoria de Alhácam II, haciendo auto público de fe con sus libros sospechosos, quemándolos ante una comisión de ulemas.

En aquella época de despotismo religioso y militar no estaban más libres las personas. A la puerta de la aljama, los días de fiesta, al salir de los oficios, cuando la concurrencia era mayor, podía oírse pregonar el nombre de afamados literatos cordobeses, sospechosos de herejía, para ver si entre el público había quien testificase contra ellos, por llenar los requisitos legales exigidos en procedimientos para hacer válida la sentencia (8).

Considérese en tal situación, con qué cuidado andarían los maestros para no deslizarse en sus lecciones. Sin embargo, al convertirse la inquisición de popular en oficial había de notarse desde luego una ventaja: la de que fuera dirigida por personas más ilustradas que no habían de perseguir con mucha severidad sabiendo que el primer sospechoso era Almanzor que, si malas lenguas no mienten, al quemar los libros de filosofía sólo procedió por cálculo político, no por horror a una ciencia a la que había tenido la debilidad de dedicar algunos ratos solitarios (9). Lo que ganó en aparato teatral, perdió en rigor.

Al fraccionarse el imperio y dividirse éste en multitud de reinos fue más fácil sustraerse al fanatismo popular allí donde los reyes tuvieron el criterio más holgado, v. g. en Zaragoza y Toledo, provincias fronterizas en que la frecuente comunicación con los cristianos en tiempos de paz, les había hecho más tolerantes y expansivos, algunos de cuyos reyes se habían dedicado a esos estudios. Sin embargo, aun conservó bastante fuerza para conseguir que Alí Ben Hazam, cuyas ideas liberales le habían hecho servir de blanco a los tiros de los faquíes de su tiempo, fuera huyendo de corte en corte hasta que le recluyeron en su retiro de Niebla, donde apenas pudo enseñar a jóvenes incautos que no sabían el veneno que ocultaban obras suyas, cuyos ejemplares habían sido ya quemados en las plazas de Sevilla (10).

La secta de Málic, en tanto, iba perdiendo terreno en el orden teórico y aun tal vez hubiera comenzado en el práctico si una reacción religiosa en la península no le hubiera favorecido. Los príncipes almorávides encontraron en el clero maliquí un gran instrumento y comenzaron a servir sus intereses rodeándose de los doctores de esta escuela con exclusión de los de otras, se gobernó según el criterio de los mismos y se hizo el estudio de sus doctrinas tan general y exclusivo que hasta el del Alcorán y las tradiciones del Profeta cayeron en olvido completo: apenas si los grandes maestros dedicaron atención ni ahínco a estas materias. Los hombres de aquel tiempo creyeron que debía tenerse por infiel o al menos por incrédulo a todo aquel que se inclinara a la teología escolástica, y el poder público, sin meditar en la grave perturbación que había de resultar para el dogma, la declaró herética, amenazando con pena de muerte a todo aquel a quien se le encontrasen libros de esta materia, especialmente los de Algazalí (11).

La secta de Málic se engañó esta vez y el efecto que produjo fue contrario al que deseaba, pues vino a levantar las protestas de los hombres más sensatos: creía encontrarse en aquellos tiempos en que dominaba ella sola como reina en la enseñanza y esos habían pasado ya; las nuevas doctrinas habían abierto más vasto horizonte a las inteligencias, el criterio se hacía cada vez más ancho y más holgado y, aunque entre el pueblo a puro de practicarla era cada vez más firme, en las escuelas quedóse apartada de las corrientes científicas, apta sólo para la rutina judicial y la liturgia.

Al venir los Almohades con sus nuevas doctrinas apoyándose en los santones y devotos, pronto notaron que las decisiones jurídicas entre los faquíes de la península no se deducían directamente del Alcorán y de las tradiciones del Profeta, sino de las doctrinas de Málic, y que la autoridad divina de donde emana toda fuerza de obligar había quedado por completo relegada. Esto causó tal escándalo que comenzaron por prohibir que se estudiasen los libros de esta secta y después mandaron quemar todos los que se encontrasen (12); viéronse entonces llegar a Fez inmensas cargas que el fuego redujo a cenizas. Para sustituir estas enseñanzas con otras, reunieron una junta de sabios que formase una colección de tradiciones entresacadas de diez obras de entre las de más autoridad y mandaron que las estudiaran de memoria altos y bajos, dando recompensas, honores o dinero a aquellos que las aprendiesen. El intento era arrancar de los países de Occidente a la secta de Málic de raíz y de un sólo golpe (13).

El huracán pudo tronchar las ramas, pero el árbol retoñó pasada la tormenta, y continuaron los maestros enseñando y los alumnos aprendiendo, y mientras quedó un juez musulmán en España, tuvo en sus sentencias que atenerse a esas doctrinas, y el último morisco que estuviese en la península sería el último adepto español en la práctica religiosa.

En medio de las luchas entre secta y secta, también le tocó su turno a la filosofía y en no pocas ocasiones quemaron sus libros y persiguieron a los filósofos; pero en esas revueltas alguna vez la dejaron en paz el tiempo necesario para que brillara, si momentos breves y fugaces, con tan vivo y claro resplandor que penetró muy adentro en las edades posteriores.

Por esta rápida ojeada, se habrá podido comprender fácilmente que el clero musulmán español hizo cuanto pudo por que no hubiese completa libertad de enseñanza en lo referente al criterio científico, pero no supo crear un organismo que fuese brazo ejecutor de sus deseos. El haber quedado la enseñanza abandonada a la iniciativa particular pudo salvar la instrucción: vano era el querer imponer, de real orden, los libros de texto que habían de servir para el estudio si faltaba un organismo que se encargara de cumplirlo.

No hay que desconocer, por último y a pesar de todo, los servicios prestados por él; al principio supo estimular a los pueblos al estudio; luego, tuvo buen cuidado de que las escuelas para pobres se multiplicaran y estuvieran dotadas y sostenidas por la caridad particular y siempre inclinando la devoción para que hiciese donativos de libros y otros objetos a las mezquitas y demás instituciones benéficas de que exclusivamente se aprovechaban los estudiantes.


__________

(1) Ben Alecutía, páginas 40 y 41. Edición (en prensa) de la Academia. Nótese que las palabras del ministro son una blasfemia contra el Alcorán.

(2) Los Omeyas no se atrevieron a usar el título de Califas hasta Abderrahmán III; pero desde que Abderrahmán I puso los pies en la península dejó de mencionarse en las oraciones públicas el nombre del Califa Oriental, sustituyéndolo por el suyo. Si no se llamaron Califas, les denominaban «Los hijos de los Califas». Ben Alcutía, pág. 59.

(3) Almacarí, tomo I, pág. 812. Véanse noticias de éste, Tecmila, biografía 1102; Addabí, página 16 y biografía 584; Alfaradí, biografía 281; y Aben Adarí, tomo II, pág. 112.

(4) Biografía 683 de Alfaradí. — Llamábase éste Abdalá ben Jálid, pero uso del apodo con que ordinariamente se le denominaba, y que por su forma española indica la probable descendencia de familia latina.

(5) Alfaradí, biografía 245.

(6) Aben Alfaradí, biografía 281. Aben Adarí, tomo II, pág. 112, edición Dozy.

(7) Tecmila, biografía 1102. Almacarí, tomo I, pág. 812.

(8) Sirach almoluc de Abu Béquer el Tortosino, pág. 167. Bulac.

(9) Almacarí, I, pág. 186.

(10) Ihata, III, fol. 144.

(11) Marrecoxí, págs, 122 y 123.

(12) Tocmila, página 278.

(13) Marrecoxí, página 201.

 

 

 

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