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I. Intervención del Estado en la enseñanza

II. Intervención de la Iglesia

III. Instrucción primaria

IV. Enseñanza superior. Materias y métodos

V. Maestros

VI. Alumnos

VII. La clase

VIII. Los títulos

IX. La Biblioteca

X. Instrucción de la mujer

Conclusión

Apéndice 1

Apéndice 2

Apéndice 3
 

 

 

 

Grupo de sabios discutiendo - Irán siglo XVII - The Aga Khan Museum


LA ENSEÑANZA ENTRE LOS MUSULMANES ESPAÑOLES

 

JULIÁN RIBERA Y TARRAGÓ - 1893 - Índice

 


 

 


V - MAESTROS DE ENSEÑANZA SUPERIOR

El menosprecio que acompañó a todas partes a los maestros de instrucción primaria y de materias fáciles pagados por los alumnos, no trascendió en España a los dedicados a las enseñanzas superiores; al contrario, era la profesión no para rebajar ante las gentes a aquellos que la ejercían, sino para elevarlos a un honor comparable al tenido por nobleza de raza, cargo de iglesia o altos empleos civiles o militares. Nadie pudo pensar que un príncipe de la familia real española, Dahún (1), empañara los timbres de su elevada alcurnia por ir a la aljama cordobesa, después de su viaje a Oriente, y rodearse de un círculo de estudiantes que iban a oír sus doctas enseñanzas; ni que imames, jueces, gobernadores y ministros se humillaran por tener a su alrededor entusiasta juventud a quien daban lecciones por la tarde, después de haber despachado por la mañana los negocios oficiales (2). Al revés, se nota que gente de humilde cuna, pero de inteligencia despierta, comenzaba a darse a conocer en la cátedra para verse luego señalada por la voz popular que indicaba al soberano candidatos para los altos cargos vacantes (3), a lo cual había de acceder si es que quería darlos a personas de popularidad y prestigio; como que no había asambleas políticas donde poder brillar, ni ateneos, ni academias de discusión libre o pública, ni ningún otro medio que el profesorado en las mezquitas. Por otra parte, los literatos de gran renombre no tenían recurso más adecuado para la publicación y difusión de sus obras que las lecturas públicas o la enseñanza. A eso se debe el espectáculo que ofrecían algunas clases como la de Ben Fotáis, individuo de las más acaudaladas y linajudas familias de Córdoba, la de dictados de Abu Alí Álcali, Ben Sáid, Ben Áidz, etcétera, que no sólo la frecuentaba la juventud estudiosa, sino que atraían también a lo más granado y florido do la sociedad cordobesa.

Ni aun el orgullo faltó a esa nobleza profesional. Cuenta un discípulo de Abu Guahab Abdelala: «mi maestro vivía en las inmediaciones del cementerio de Coraix (de la ciudad de Córdoba) en un huerto que él mismo cultivaba. Un día, servido ya el almuerzo o desayuno, del que nos había ofrecido a sus discípulos, llega a la puerta y pide permiso para entrar Háxim ben Abdelaziz, ministro y favorito del emir Mohammed. El maestro lo concedió con disgusto. Al tiempo de entrar, estábamos comiendo el pan que nos había dado, con verduras cocidas, criadas en el huerto. El profesor quedóse en actitud un tanto embarazada, haciéndose el distraído, sin querer franquearse con el ministro del Emir. Al ver esto Háxim, hombre de mundo, comienza la conversación diciendo: ¿No me convida V.? ¿Teme que me lo coma todo?—¡Ah! no; estos manjares no son dignos de tan elevada persona, contesta (con evidente ironía).—¿Por qué no? y alarga la mano, coge unos zoquetes, los moja en la verdura y se pone a masticarlos; pero no los podía pasar. Terminado esto, le consultó un caso o cuestión de derecho que le había ocurrido y dio su parecer el maestro. Al marcharse el ministro, fui a levantarme y el maestro me puso la mano encima y me hizo sentar. Después tuvimos reprensión severa por haber querido guardar demasiada cortesía con gente mundana (4).

Un día fue a la clase de Abu Ibrahim (gran sabio maliquí que vivió en tiempos de Abderrahmán III y Alhácam II) un emisario del Califa para decirle, con muy buenos modos, que hiciera el obsequio de ir en seguida a palacio, para consultarlo sobre un caso urgente. —Iré con mucho gusto, contesta, pero no con tanta prisa. Di que estoy rodeado de alumnos que anotan tradiciones que les enseño: cuando acabe la clase estaré a sus órdenes; esto es más urgente ahora que ir a ver al Califa. Enterado éste de la contestación, insiste y vuelve a mandar al emisario. Todo inútil; tuvo que estar plantado allí, delante de los alumnos, esperando al maestro mientras duró la clase (5).

Almudáffar el Amirí fue una vez a visitar a un maestro toledano en ocasión en que estaba en clase y éste no permitió que los alumnos cumplieran con el más elemental deber de urbanidad (6).

El emir Abu Isaac ben Yúsuf ben Texufín mandó a un ministro suyo a casa del célebre maestro zaragozano Ben Socarra para decirle que apreciaría que fuese a enseñarle tradiciones. Éste contestó que era en su clase donde tenía la costumbre de enseñarlas. El Emir (no dándose por entendido) repitió la indicación y el maestro volvió a insistir. Lo única que pudo lograr fue que le diese lección privada en la casa del propio maestro, a hora distinta de las que tenía fijadas para sus clases (7).

Fue necesario que llegaran tiempos de gran decadencia en la enseñanza para que un don Ice ben Chébir, muftí de Segovia, tuviera a los maestros de la superior en menos estima que a los mercaderes y menestrales y en poca más que a los labradores y gente baldía (8).

CUALIDADES APRECIADAS EN LOS MAESTROS

La primera condición para ser maestro es la ciencia. Eso pronto lo comprendieron los musulmanes. Málic ben Anas decía: tenemos hombres virtuosos, muy devotos, pero no aprendáis de éstos si no saben, pues hay algunos a quienes se les puede fiar un tesoro, y tratándose de la enseñanza de las tradiciones, aun dando menudas señas de la ocasión y sitio en que las oyeron, no se les puede creer (9): no aprendáis sino de aquellos que han estudiado y asistido a clase de profesores que sepan (10).

Por seguir estas inspiraciones, hubo en la España de los primeros tiempos, y aun continuó rastreando en los demás, la tendencia o el afán de aprender de los maestros orientales que aquí venían a enseñar, o de los españoles que habían hecho peregrinación o viaje, pues siendo aquellos países cuna de los saberes arábigos, allí había que acudir, como a la fuente, para aprovechar sus raudales.

Los introductores de libros nuevos allá aprendidos y cuantos llegaban a alto grado de reputación científica, eran solicitados para que diesen lecciones, y si alguno se resistía a darlas tenía que acabar por condescender a puro de ruegos, aunque no fuese más que para contadas personas de su intimidad, que al fin divulgarían o popularizarían las enseñanzas.

A España le ocurrió entonces lo que a todo país atrasado que pone empeño en seguir los adelantos que en otra parte se alcanzan, el tener por mejor todo lo que del extranjero procedía; y se dio el caso de tomar muy en serio lecciones de maestros orientales que en su país eran la risa de sus conciudadanos (11) y de agruparse numerosos discípulos alrededor de ignorantes mercaderes que en comarcas extrañas habían tomado un baño superficial de ilustración (12): todos estos derrochaban el prestigio que los buenos maestros habían ido atesorando.

Siguieron así las cosas hasta Alhácam II y Almanzor en que comenzó España a sentirse satisfecha de sí misma; y sus moradores, por su agudeza, despejo y aplicación, fueron acrecentando el saber nacional, y al fin sintiéronse orgullosos al compararse con los de los países orientales y notar superioridad decidida. Entonces pudieron devolver a los de Oriente la contestación a las despreciativas frases de la primera época, cuando decían de los maestros españoles que eran unos zafios (13). Los príncipes de allá repiten con los sabios de España (14) lo que los Omeyas habían hecho con maestros orientales, hacerlos sus propios profesores o levantar escuelas donde enseñaran (15). Apenas hubo establecimiento científico oriental donde los españoles no dejasen gloriosa memoria de su enseñanza, en Alepo (16), Damasco (17), Rasáin (18), Alejandría, el Cairo, etc., y hasta hubo un paladín de la ciencia, sevillano animoso, que juró ir a Basora (19), donde había escrito el ilustre gramático Sibawaihi su famoso libro de gramática árabe, para probar que un español podía enseñar la lengua mejor que nadie en el mundo. Y lo cumplió. Empresa parecida a la que pudiera llevar a efecto un chileno o peruano que viniera a Madrid a fundar un colegio y probara que sabía enseñar el castellano mejor que ningún maestro nacional (20).

La segunda cualidad que debía resplandecer en el maestro era la religión, no porque sin ella sea el hombre incapaz para la enseñanza, sino porque como ésta no se cumple si no hay quien aprenda, y la sospecha de heterodoxia alejaba a los alumnos, claro es que para ser maestro se necesitaba de esa condición extrínseca. Ya dijo el Profeta: «La ciencia es como una religión: mirad de quién la recibís» (21).

No sólo era necesario ser ortodoxo, sino a veces de la ortodoxia peculiar a la Iglesia nacional, la maliquí. ¡Cuántos vinieron de Oriente, con entusiasmo e ilusión por novedades aprendidas, prometiéndose hacer furor por aquí, y al comenzar la enseñanza y vislumbrarse sus tendencias se quedaron sin un alumno que les escuchara!

La casa de un sabio de Toledo, residente en la Meca, sirvió de hospedería durante algunos años a muchos estudiantes y personas devotas de España que fueron allá, y al volver aquél a la península, cuando creería que los compatriotas a quienes había tratado con tanta hospitalidad le recibirían bien, se abstuvieron de asistir a su escuela, sólo porque le vieron un poco mundano (22); Jalil ben Colaib vino de Oriente, encariñado con la teoría del libre albedrío, y esto bastó para tratarle como alucinador del pueblo, y a su muerte quemar sus libros en la plaza (23); Ben Hilel el Cordobés, trajo libros de los exterioristas, y al poco tiempo estaba desacreditado (24); un descendiente del conde Don Julián, llamado Ayub, se vino con libros de los iraquíes, y no los pudo enseñar más que a un hijo suyo (25); Mofárech Elfaní de Córdoba, descolgóse también con libros nuevos, creyó la gente que era sectario de Ben Masarra, y quedóse sin un alumno (26); y, en fin, recuérdese lo hecho con Baquí ben Majlad, Bon Hazam, etc., y bastará de ejemplos.

Al contrario, aquel que se distinguía por ser enemigo acérrimo de toda innovación, aquel cuyo fervor religioso se desahogaba insultando o deprimiendo a los de otras sectas, o probaba su celo por la ortodoxia diciendo horrores de otras doctrinas o escribiendo tremendas diatribas, a ese se le veía a veces llenar su clase por multitud de alumnos atraídos por la aureola de rectitud e integridad: que el vulgo juzga de las virtudes positivas de un hombre por la violencia con que éste trata a lo que aquél aborrece, o adjudica el nombre de sabio, no al que por propios méritos se levanta, sino al que aparece elevado por haber deprimido y rebajado a los demás.

Esas violencias entre los defensores de opuestas doctrinas pudieron atenuarse y se atenuaron en ciertas épocas de relativa calma; pero fueron pocos en la España muslímica esos respiros: a lo primero, por la necesidad de mantener una sola acción, una creencia sola, frente a los cristianos y judíos, entre quienes vivían; luego, por unir a las disgregadas provincias con el único sentimiento capaz de llevarlas a la empresa de la salvación común, ante la imponente superioridad guerrera y social de los países cristianos que las reconquistaban una a una; dos situaciones difíciles durante las cuales no se podía tener la serenidad que en los estados produce el buen régimen interior y el verse libres de amenazas exteriores, cosas que apenas se pudieron gozar en cortos períodos.

Aparte de estas dos principales cualidades, ciencia y religión, había otras que eran muy apreciadas en el maestro, entre las cuales figuran la veracidad aun en asuntos que no eran científicos, por la sospecha de que en éstos se dejara influir de malas tentaciones, y el ser de irreprochables costumbres, a fin de que se le pudiese entregar sin recelo la dirección de la juventud (27).

En la clase había de ser de carácter afable y comunicativo, no avaro de observaciones, sino generoso y liberal en transmitir la ciencia a quien la deseare, pues Málic decía: «el maestro debe tener más deseo de comunicarla que los mismos discípulos de aprenderla» (28). Hacer lo que un padre por su hijo, o un hermano por otro hermano, ese era el ideal (29). Esto hacía que en la práctica resultase grande intimidad y cariño entre profesores y alumnos.

En cuanto a ciertos pormenores pedagógicos, poco se puede decir: maestros hubo que usaron de medios ingeniosos y sutiles para inspirar a los alumnos el gusto al estudio y sugerirles ideas, facilitándoles la enseñanza (30); pero no debió llegarse a formar sistema, aparte de los métodos y costumbres de que se ha hablado, y todo hace creer que no pasaría de ese empirismo que se logra por la experiencia personal; bien que dicen bastante al resumirlo todo en una virtud pedagógica que elogian y alaban extraordinariamente: la paciencia.

EDAD, TRAJE, HONORARIOS, ETC.

La edad en qué podían dedicarse a la enseñanza no la fijaban leyes, ni reglamentos: en cuanto hubiera quien buscara a uno por maestro, maestro era; los mismos alumnos de una clase podían hacer de maestros enseñándose otras materias mutuamente, pues además de no requerirse edad determinada, tampoco hacía falta título ninguno, y, si algún escrupuloso lo exigiese, fácil era presentarlo, habiendo cursado ya la asignatura, porque lo expedían los profesores al terminar el estudio de cada libro. Pero, por lo regular, sólo se tenían clases formales y numerosas al llegar a edad bien granada, pues para entonces ya habría la fama pregonado el nombre del maestro, y toda una generación habría ido convenciéndose del mérito de su persona. La generalidad de los maestros en enseñanzas superiores, eran de edad madura y aun ancianos, ejerciendo algunos la profesión después de haber desempeñado cargos públicos.

Algunas enseñanzas, tales como el derecho y la teología, demandaban en cierto modo la respetabilidad de las canas, por ser más fácil deslizarse propagando novedades propias de los entusiasmos juveniles. El dictado de jeque que daban a estos maestros, parece que se obtenía a los cincuenta años.

Como ejemplo de precocidad en la carrera y de largo profesorado se puede citar al célebre gramático Salaubiní, que comenzó allá a los veinte años y enseñó durante sesenta, hasta que le inhabilitaron los achaques de la vejez (31).

No eran, sin embargo, vejestorios de inteligencia anublada, porque la jubilación, como no era ministerial ni decretada en virtud de expediente, no erraba nunca el golpe; la determinaban los estudiantes cuando, al advertir que la claridad de juicio del maestro iba menguando, dejaban de asistir a clase, sin que padeciera el orden de la misma por incapacidad del profesor, pues allí no había otro reglamento que cumplir que el provecho propio, y en cuanto éste faltaba, marchábanse a otra parte.

Los maestros no se distinguían por el traje; había, sí, entre los jeques de consideración, la costumbre de llevar en la cabeza un velo llamado tailesán y dejar suelta la coleta (32) pero no era cosa peculiar a los de esta profesión. Alguno, como Ben Habib, iba a clase con rica vestimenta de seda y usaba el saidí, tela fabricada en el Yemen, haciéndolo, según él decía, por honor y veneración a la ciencia: algo y aun algos se debe a la aparatosa exterioridad, pero el mejor vestido de seda para el maestro de todo tiempo es el saber.

Hemos dicho que a los principios la enseñanza árabe era exclusivamente religiosa, y el extender la religión entre las gentes de las naciones conquistadas por la espada, considerado como un deber entre los hombres que la profesaban; ¿cómo se les había de ocurrir que aquello pudiera ser objeto de remuneración terrena? Pero difundidas las creencias, se hizo obligación moral el aprender y vinieron los regalos y nacieron los sueldos. En España, como punto fronterizo donde se necesitaba más ejemplaridad para atraer a la gente y mantenerla en las creencias, persistió más tiempo que en otros países la enseñanza gratuita, sin pasar a ser remunerada.

En las obras de la escuela de Málic (por cuyo criterio hemos dicho ya repetidas veces se solían regir en España) se propone la cuestión moral de si es lícito o no al maestro cobrar honorarios. Parece lo más natural que la resolviesen declarando ilícito el cobrar tratándose de la enseñanza del Alcorán, por considerarla como deber religioso, y que a lo sumo, lo permitiesen respecto a otras ciencias de aplicación que no hay imprescindible necesidad de saber; pero no, todos están conformes en considerar permitido recibir honorarios por la enseñanza del libro sagrado, y aun estipular de antemano todas las condiciones imaginables que favorezcan al maestro; y todo son escrúpulos, dudas y discusiones sobre si cabe hacer lo mismo en las enseñanzas de derecho, división de herencias, gramática, versos y arte poética. Esto, para mí, tiene explicación histórica: comenzaríase por la enseñanza del libro revelado, y como nacida primero, llegó antes que ninguna a profesión pagada; las escuelas de derecho, al formarse, se vieron precisadas a admitir como lícito, por lo tradicional, el cobro de la enseñanza del libro sagrado; pero, como ellas, tomándolo por deber, enseñaban gratuitamente, declararon ilícito el cobro por la enseñanza de las demás materias.

Después fue disminuyendo poco a poco la severidad moral en las escuelas, y por fin acabaron los jurisconsultos por opinar que era muy lícito recibir honorarios, no sólo por la enseñanza del Alcorán, sino también por la del derecho, poesía, gramática, redacción de epístolas, historia, etc.

Este juicio, que a priori puede formarse leyendo los formularios de contratos (33), se corrobora al estudiar lo sucedido en España.

A los antiguos maestros españoles, aun los más famosos, se les ve ejercer un oficio o trabajo manual para procurarse el sustento, a no proceder de hacendada familia: uno siembra su campo con la esportilla colgada al hombro, mientras los estudiantes recitan o leen libros a su lado; otro, sin dejar su faena en el taller, dirige la enseñanza de sus discípulos; y muchos enseñan en las mezquitas después de haber ganado el pan de cada día con el sudor de su rostro (34). Cobrar entonces estaría rayano a la desvergüenza.

Cuentan de Abdelala (á quien ya conocimos en su huerto) que estando en cama con la enfermedad que le llevó al sepulcro, se reunieron a su alrededor todos sus discípulos y cofrades, entre los que se hallaba un paje de palacio llamado Abderrahim. El maestro comenzó a lamentarse de sus achaques, y de la aflicción y tristeza que sufría, y, entre otras cosas, dijo: «en fin, ya veo que la muerte es irremediable; pero lo que más me abato es verme reducido al extremo de no tener con qué pagar una deuda que he contraído; me muero con el amargor y el disgusto de no poder satisfacerla.» Al oír aquello, los presentes se pusieron a rezar por él, y el paje les increpó diciendo: «me asombra vuestra conducta. Todos vosotros le debéis la ciencia aprendida, habéis asistido a su clase y aprovechado sus lecciones, oís las lamentaciones por su deuda, veis la tristeza y aflicción que ésta le causa, sois hombres de posición, podéis pagarla sin sacrificio, y, sin embargo, no se os ocurre otra cosa para consolarle más que unos rezos. Eso es una injusticia. Yo me encargo de tu deuda», dijo, volviéndose al maestro, y marchóse a pagar los 500 dinares en que aquélla consistía (35).

Un discípulo de Abu Alí Algasaní (gran tradicionista español del siglo V de la Hégira) después de acabar los estudios que hizo bajo la dirección del maestro, le dio como honorarios una gran suma; Abu Alí se la devolvió diciendo: «permíteme que no la reciba; no tomo nada por ese concepto; no creas que es desaire; si de alguno admitiera dinero, lo admitiría de ti» (36).

Unos por atraerse discípulos y darse a conocer, otros por devoción y fervor religioso, y otros por entretenimiento y gusto, es lo cierto, que hubo muchos que daban enseñanzas gratuitas. Ben Guadah, granadino que vivía en Alcira, enseñó durante cuarenta años sin tomar una sola vez honorarios ni regalos (37). Azzayyat, comerciante muy rico de Córdoba, repartió todos sus bienes en limosnas, y entró de monje en la comunidad religiosa de Mochéhid de Elvira, dedicándose a la enseñanza hasta su muerte (38). Alí ben Hudzail de Valencia tenía todo su placer en estar rodeado de estudiantes: se los llevaba a su masía, y allí unos leían, otros recitaban, y él dirigiéndoles pasaba la vida agradablemente. ¡Cobrar! ¿cómo había de cobrar honorarios, aquel manirroto, cuando todas las pendencias con su mujer eran porque lo daba todo en limosnas exponiéndose a dejar a sus hijos en desamparo? (39).

Pero el ejemplo más hermoso en esta parte lo dio Ben Cáutsar de Toledo. Por referencia de un alumno se sabe que en los meses de noviembre, diciembre y enero, daba la clase en un salón, de paredes tapizadas de fieltro, alfombrado de lana, que en el centro tenía una estufa como un hombre de alta, llena do carbón y cuyo calor trascendía y alcanzaba a todos. En los largos divanes del circuito sentábanse los estudiantes. Al acabar la lección con los rezos de costumbre, quedábanse a comer, por mandato suyo, los cuarenta y tantos que solían asistir. La comida, si no variada, era abundante y apetitosa: un buen plato de carne de carnero condimentado con aceite o manteca, con el cual ya tenían para saciarse, y luego un principio que ya estaba de más; quedando todos tan satisfechos, que no sentían necesidad de comer hasta el día siguiente a la misma hora en que la operación se repetía. Y esto, añade el alumno que lo cuenta, lo hacía el maestro por esplendidez, liberalidad y nobleza, en las que no lo aventajó ningún toledano (40).

La costumbre de no recibir honorarios debió estar muy arraigada en España en los primeros siglos y aun en tiempos bastante posteriores. Refiérese que un español que vivía en el siglo IV de la Hégira Mohammed ben Fotáis, y frecuentaba la clase de Ben Abdelhácam, había oído hablar de un maestro que lo pasaba tan mal que, condolidos de su situación los discípulos, hicieron entre ellos una colecta, y diéronle algunas monedas de oro. A Mohammed, influido sin duda por las doctrinas de los libros que había estudiado, le pareció aquello un caso de moralidad dudosa y quiso consultarlo un día en clase con su maestro; pero, temiendo algún arranque del vivo genio que éste tenía, esperó una oportunidad para decirle: maestro, ¿el sabio puede tomar honorarios por enseñar la ciencia? El maestro, que en seguida cayó en la cuenta del caso que motivaba la pregunta, de un revés le tira el libro contra la cara y le dice: ¡y muy lícitamente! ¡Y hasta me sería permitido a mí no enseñarte sino a dirhem la hoja! Pues qué, ¿acaso tiene alguien derecho a imponerme el castigo de venir aquí todo el día, abandonando mis obligaciones que puedan proporcionar el sustento mío y el de mi familia? (41).

El caso prueba que la costumbre de no percibir honorarios había hecho creer a los mismos alumnos, que en cierto modo era obligación de los profesores el dar gratuita la enseñanza.

Con tal liberalidad, el oficio de maestro, había de ofrecer poco porvenir, tal vez a eso aluda Ben Abdelbar, cuando en sus versos dice:

Donde está la ignorancia, desahogada fortuna;

y donde está la ciencia, apuros y estrechez (42).

Tanto heroísmo no podía ser muy general ni duradero; lo regular sería admitir regalos u honorarios en forma de presente, ya sin fijarlos de antemano, ya contratados o sabidos entre discípulos y maestros, llegando un tiempo en que no haría falta ser preceptor de reyes o de príncipes (43), ni aun de gente bien acomodada (44), para que la enseñanza fuera un medio de vivir con decencia.

Los profesores eran libres para establecerse donde quisieran y para enseñar cada cual lo que creyese saber: tenían unos residencia fija y otros eran ambulantes (45), dando conferencias en distintas poblaciones.

El no haber establecimientos con frecuente variación de personal docente y el encargarse un solo maestro de la enseñanza de varias materias a un mismo discípulo, hacían que entre ambos se engendrara verdadero cariño y que hubiera gran intimidad dentro y fuera de clase.

Como al morir un maestro puede decirse que moría una institución, sus discípulos lloraban con verdadera tristeza, mostraban su cariño llevando en hombros el cadáver y traducían su sentimiento en elegías que alguna vez inmortalizaron el nombre del maestro.


__________

(1) Tecmila, biog. 86. Almacarf, T. I, pág. 802.

(2) Ihata, T. II, fol 110.

(3) Ben Pascual, biog. 1276.

(4) Tecmila, biog. 1200.

(5) Y aún un poco más, pero no viene al caso referirlo. Almacarí, T. I, pág. 244.

(6) Ben Pascual, apéndice a Alfaradí, biografía 1671, edición Codera.

(7) Mocham, biog. 40, edición Codera.

(8) En su Breviario zuní (v. Memorial histórico español de la Real Academia de la Historia, T. V) dice que el mundo se rige y gobierna en doce grados: 1.º Jalifa.— 2.º Muftí.— 3.º Caudillo.— 4.º Religioso.— 5.º Ciudadano.—8.º Mercaderes.— 7.º Menestrales.— 8.º Maestros que enseñan ley y zuna, teología, filosofía, lógica, medicina, etc.— 9.º Discípulos que aprenden leyes o artes.— 10.º Labradores (villanos, cavadores, ganapanes), etc.— 11.º Baldíos (corsarios, ladrones, rufianes). —12.º Mujeres.

(9) Ben Jair, fol. 6 v.

(10) Tecmila, pág. 12.

(11) Alfaradí, biog. 201.

(12) Alfaradí, bíog. 1248 y 1425, etc.

(13) Dozy, Recherches, tercera edición, T. I, pag. 88.

(14) Tecmila, biog. 1882. Mocham, biog. 215, etc.

(15) Almálic Alcámil construyó la Universidad o escuela que llevó su nombre, para que ensoñara Abuljaitab ben Dihya, que fue el primer Rector de la misma. Sucedióle en el cargo su hermano Abu Ámer. Ben Soroca de Játiva (paisano de los dos anteriores) lo ocupó después. ALMACARÍ, T. I, págs. 523, 525 y 502, Abu Hayan el Granadino, celebérrimo gramático, fue también Rector de la Almansuría, en Egipto. ALMACARÍ, T. I, pág. 823, etc.

(16) Yacout, Geographische Wörterbuch, T. III, pág 880.

(17) Ben Chobair, pág. 273.

(18) Yacout, T. IV, pág. 120.

(19) Ben Aljidab, sin rival en su tiempo. Tecmila, biog. 803.

(20) Cito los hechos que antes me han venido a la memoria; pues la lista completa seria interminable. El estudio de la influencia de los nuestros en las naciones musulmanas extranjeras, es uno de los puntos que con más gusto estudiaría.

(21) Ben Jair, fol. 6 v.

(22) Alfaradí, biog. 660.

(23) ídem, biog 417.

(24) Ídem, biog. 653.

(25) ídem, biog. 268.

(26) ídem, biog. 1529.

(27) «No aprendáis del licencioso ni del que miente en negocios humanos», Ben Jair, fol 6, v.

(28) Ben Jair, fol. 7 r.

(29) Ben Pascual, biog. 1264. Tecmila, biog. 886.

(30) Ben Pascual, biog. 1264. Teomila, biog. 159.

(31) Tecmila, biog. 1829.

(32) Ben Saíd, apud Almacarí, tomo I, pág. 137.

(33) Los incluidos en los apéndices, me han guiado en esta materia. Para mí, éstos constituyen mejor material histórico que otras colecciones legales, por ser redactados para la práctica y uso corriente. Las disposiciones de los códigos no se han cumplido algunas reces y hay que aprovecharlas con más cuidado para darles valor histórico. Sería una lastima que quedasen algunas sin publicar, porque a veces enseñan más que las crónicas de reyes.

(34) Ben Pascual, biog. 61. Alfaradí, blog. 1595, etc.

(35) Tecmila, biog. 1660.

(36) Mocham, biog. 122.

(37) Tecmila, biog. 828.

(38) Tecmila, biog. 1259.

(39) Tecmila, biog. 1858.

(40) Ben Pascual, biog. 69. Esta escuela ha sido convertida en academia por los historiadores y dicen que, acabada la sesión, los académicos comían opíparamente. Véase D. Vicente de la Fuente, Historia de las Universidades.

(41) Addabí, biog. 252.

(42) Ben Pascual, biog. 1204.

(43) Ben Hayán, fol. 42 v. y 43 v., y 80 v. Alfaradí, biog. 1290.

(44) Alfaradí, biog. 1816. Tecmila, biog. 1166.

(45) Tecmila, biog. 517.

 

 

 

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