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Grupo de sabios discutiendo - Irán siglo XVII - The Aga Khan Museum

 

 

 

LA ENSEÑANZA ENTRE

LOS MUSULMANES ESPAÑOLES
 

JULIÁN RIBERA Y TARRAGÓ
 

Discurso leído en la Universidad de Zaragoza
 en la solemne apertura del Curso Académico de 1893 a 1894

 

 

 

 

ZARAGOZA, 1893

 Imprenta de Calixto Ariño, Coso, 100, bajos

 

Edición digital en Torre de Babel Ediciones. Mantenemos la trascripción de los nombres árabes; modificamos únicamente la ortografía, para adecuarla a las normas actuales de la RAE. 

ÍNDICE

 

Introducción

I. Intervención del Estado en la enseñanza

II. Intervención de la Iglesia

III. Instrucción primaria

IV. Enseñanza superior. Materias y métodos

V. Maestros

VI. Alumnos

VII. La clase

VIII. Los títulos

IX. La Biblioteca

X. Instrucción de la mujer

Conclusión

Apéndices

Apéndice 1

Apéndice 2

Apéndice 3

 

Introducción

Illm. Sr.:

PERMITIDME que os lo diga con sinceridad: no me asaltaron vacilaciones ni dudas al tener que elegir materia para la presente disertación; desde el primer momento creí que, dentro del reducido espacio en que se mueven mis aficiones especiales, no podía haber punto más apropósito para ser expuesto ante tan ilustre asamblea de maestros y discípulos que algunas investigaciones humildes acerca de

La enseñanza entre los musulmanes españoles.

Sólo el enunciado del asunto deja ver desde luego el alto interés e importancia que encierra; porque ¿no es algo más que curioso estudiar el espíritu que mostró nuestra raza en la enseñanza de las ciencias y las artes dentro de una civilización tan distinta de la cristiana? ¿No es interesante averiguar cómo y por qué llegó a tan alto grado de esplendor en las mismas, cuando apenas alumbraba con tenues resplandores el renacimiento científico y literario de la Europa de aquel entonces? ¿No es de importancia histórica el decidir si aquel hecho fue extraño y sin influencia sobre nosotros, o, por el contrario, el ejemplo vivo que ofrecía pudo servir de estímulo para excitarnos las mismas ansias, el mismo gusto de saber y nos llevara a imitar también algo de sus costumbres de escuela, de sus métodos o de sus libros?

Aunque ninguna de estas cuestiones resolviera, cada una de las cuales bastara para justificación de mi empeño, aun tendría el punto el atractivo del contraste que ofrece con nuestro régimen actual, cuyos caracteres, a su lado, resaltan con tan vivos colores que no pueden ocultarse a la mirada más superficial y a la observación menos atenta; aquí todo organizado y dependiente del Estado, con una pauta que sirve de norma a todos los establecimientos, una misma disciplina, los mismos estudios, las mismas virtudes y los mismos vicios; allá variedad inmensa, con ese aparente desorden que se observa en campo donde la industria humana no ha llevado el ajuste y la medida; pero sin nada irregular: las aguas corren por sus cauces naturales, hendiendo y quebrando por lo más débil el terreno; la vegetación no brota y vive si no allí donde luz, aire y suelo lo requieren, aunque suceda como en todas partes, que la multitud se agolpa en la baja y húmeda ribera, mientras a algunos pocos se les ve allá solitarios en las empinadas cumbres donde si no tienen más agua que las gotas de lluvia que de tarde en tarde el cielo envía, en cambio disfrutan de una atmósfera diáfana y pura y pueden deleitarse al mirar por anchos y dilatados horizontes.

De esa misma variedad proviene una de las mayores dificultades con que he tenido que luchar en las investigaciones para mi trabajo. Si hubiera habido cuerpos docentes organizados que pudieran servir de tipo en los cuales estuviese resumida y personificada la enseñanza, la tarea hubiera sido relativamente fácil, estudiando los caracteres de esas instituciones, a conservarse memoria de ellas; pero no, ha habido necesidad de ir poco menos que de maestro en maestro, de pueblo en pueblo, de ciudad en ciudad y de época en época, para ir escudriñándolo todo y después generalizar y puntualizar las costumbres académicas con datos tan a la menuda recogidos.

Esa dificultad se acrecienta al no tener guía ninguno que me indicara el rumbo que había de seguir, pues ni los árabes (1) ni los orientalistas europeos han estudiado esta materia de propósito y en conjunto. Al contrario, he tenido que vencer no pocos prejuicios que las opiniones de algunos de estos últimos habían producido en mí con sus afirmaciones contrarias a la realidad, las cuales he debido olvidar para atenerme sólo a las memorias que de aquella época se nos han transmitido.

Pero como todos ellos son infinitamente superiores a mí en autoridad y crédito y mis afirmaciones no habían de bastar, frente a frente a las suyas, sin ir acompañadas de su correspondiente prueba, me he visto obligado a dar al trabajo cierto aparato de erudición y de crítica del cual hubiera querido prescindir para evitar la pesadez a mis oyentes, bien que vosotros, acostumbrados a la ruda labor científica, me lo perdonaréis sin dificultad.

De todos modos, lo digo para tranquilizaros, he hecho lo posible para no embarazar la materia con menudencias técnicas y digresiones, relegadas algunas a notas, prescindiendo en muchos casos de algunas cosillas que los especialistas hubieran visto tal vez con agrado, y por eso noten la falta, pero que no interesan al público en general, para quien desearía yo que fuese campo abierto mi trabajo. Éste, de todas maneras, ha de resultar no sólo deficiente por los pocos libros y manuscritos árabes de que he podido disponer, sino además mal trazado y mal expuesto. Y no lo digo para traer a cuento mi poca habilidad y destreza, no, pues aun cuando hubiera formado más alta idea de mis disposiciones y talentos había de seguir pensando lo mismo, por una razón muy sencilla: porque considero casi imposible hacer bien los dos oficios que simultáneamente he tenido que desempeñar: el de peón y el de arquitecto. No podía trazar el plan de antemano, porque dependía éste, a mi modo de ver, de la naturaleza de los materiales; y tenía que buscarlos y extraerlos, sin saber cuáles eran los más adecuado para la futura construcción de traza tan compleja. Así, no es raro que me sucediese, unas veces, no hacer caso de ciertos datos que después me hubieran venido como anillo al dedo, quedándome sólo el sentimiento de haberlos desdeñado, cuando ya era irremediable el descuido; otras, he tenido que sufrir la pena que causa el verse obligado a arrojar como inútil aquello que tal vez haya costado más afanes y vigilias: entretenido con el pormenor perdía la idea de la generalidad; al mirar el conjunto había que despreciar detalles inútiles, por mucho que hubiese costado su adquisición.

No abandono, sin embargo, la esperanza de que al menos por la novedad y el interés del asunto, os dignaréis oírme con benevolencia.

Para desenvolver con algún orden el tema propuesto consideraremos sucesivamente la Intervención del Estado y de la Iglesia en los estudios, los Grados de la enseñanza, sus métodos y materias, los Maestros, los Alumnos, la Clase, los Títulos y la Biblioteca; terminando con algunas noticias acerca de la instrucción de la mujer musulmana en nuestra patria.

__________

(1) Bon Jaldún, el único que ha tratado de propósito asuntos de enseñanza en España en algunos capítulos de sus prolegómenos a la Historia Universal, ha llegado a mis manos cuando estaba ya casi terminada mi tarea. De todos modos, vino a tiempo para corregirme en alguna cosa y confirmarme en muchas.

 

 

 
 

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