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Rincón Literario
"El primer punto, que en esta indagación importa saber,
es si es preferible poner el poder en manos de un individuo
virtuoso o encomendarlo a buenas leyes. Los partidarios del
reinado, que lo consideran tan beneficioso, sostendrán sin
duda alguna, que la ley, al disponer sólo de una manera
general, no puede prever todos los casos accidentales, y que
es irracional querer someter una ciencia, cualquiera que
ella sea, al imperio de una letra muerta, como aquella ley
de Egipto, que no permite a los médicos obrar antes del
cuarto día de enfermedad, exigiéndoles la responsabilidad,
si lo hacen cuando este término no ha pasado aún. Luego
evidentemente la letra y la ley no pueden por estas mismas
razones constituir jamás un buen gobierno. Pero esta forma
de resoluciones generales es una necesidad para todos los
que gobiernan, y su uso es en verdad más acertado en una
naturaleza exenta de pasiones, que en la que está
esencialmente sometida a ellas. La ley es impasible,
mientras que toda alma humana es, por el contrario,
necesariamente apasionada. Pero el monarca, se dice, será
más apto que la ley para resolver en casos particulares.
Entonces se admite evidentemente, que al mismo tiempo que él
es legislador, hay también leyes que cesan de ser soberanas
en los puntos que callan, pero que lo son en los puntos de
que hablan.
En todos los casos en que la ley no
puede decidir o no puede hacerlo equitativamente, ¿debe
someterse el punto a la autoridad de un individuo superior a
todos los demás, o a la de la mayoría? De hecho hoy la
mayoría juzga, delibera, elige en las asambleas públicas, y
todos sus decretos recaen sobre casos particulares. Cada uno
de sus miembros, considerado aparte, es inferior quizá, si
se le compara con el individuo de que acabo de hablar; pero
el Estado se compone precisamente de esta mayoría, y una
comida en que cada cual lleva su parte, es siempre más
completa que la que pudiera dar por sí solo uno de los
convidados. Por esta razón, la multitud en la mayor parte de
los casos juzga mejor que un individuo, cualquiera que él
sea. Además, una cosa en gran cantidad es siempre menos
corruptible, como se ve, por ejemplo, en una masa de agua, y
la mayoría por la misma razón es mucho menos fácil de
corromper que la minoría. Cuando el individuo está dominado
por la cólera o cualquiera otra pasión, su juicio
necesariamente se falsea, pero sería prodigiosamente difícil
que en un caso igual toda la mayoría se enfureciese o se
engañase. Supóngase por otra parte una multitud de hombres
libres, que no se separan de la ley sino en aquello en que
la ley es necesariamente deficiente. Aunque no sea cosa
fácil en una masa numerosa, puedo suponer, sin embargo, que
la mayoría de ella se compone de hombres virtuosos, como
individuos y como ciudadanos; y pregunto entonces: ¿un solo
hombre será más incorruptible que esta mayoría numerosa,
pero proba? ¿No está la ventaja evidentemente de parte de la
mayoría? Pero se dice: la mayoría puede amotinarse, y un
hombre solo no puede hacerlo. Pero se olvida, que hemos
supuesto en todos los miembros de la mayoría tanta virtud
como en este individuo único. Por consiguiente, si se llama
aristocracia al gobierno de muchos ciudadanos virtuosos, y
reinado al de uno sólo, la aristocracia será ciertamente
para estos Estados muy preferible al reinado, ya sea
absoluto su poder, ya no lo sea, con tal que se componga de
individuos que sean tan virtuosos los unos como los otros.
Si nuestros antepasados se sometieron a los reyes, sería
quizá, porque entonces era muy difícil encontrar hombres
eminentes, sobre todo en Estados tan pequeños como los de
aquel tiempo; o acaso no admitieron a los reyes sino por
puro reconocimiento, gratitud que hace honor a nuestros
padres. Pero cuando el Estado tuvo muchos ciudadanos de un
mérito igualmente distinguido, no pudo tolerarse ya el
reinado; se buscó una forma de gobierno en que la autoridad
pudiese ser común, y se estableció la república. La
corrupción produjo dilapidaciones públicas, y dio lugar muy
probablemente, como resultado de la indebida estimación dada
al dinero, a las oligarquías. Éstas se convirtieron a muy
luego en tiranías, como las tiranías se convirtieron luego
en demagogias. La vergonzosa codicia de los gobernantes, que
tendía sin cesar a limitar su número, dio tanta fuerza a las
masas, que pudieron bien pronto sacudir la opresión y
hacerse cargo del poder ellas mismas. Más tarde, el
crecimiento de los Estados no permitió adoptar otra forma de
gobierno que la democracia."
(Aristóteles,
Política, libro tercero, capítulo X. Continuación de
la teoría del reinado. Traductor: Patricio de Azcárate) |