Torre de Babel

Bruto y sus hijos – Historia romana

BRUTO Y SUS HIJOS

Desde el año de Roma 245 hasta el año 247 (espacio de 2 años)

 

Bruto - Historia romana contada a los niños - Lamé FleuryAcabáis de ver de qué modo el malvado Tarquino fue echado de Roma con toda su familia; voy a contaros ahora lo que sucedió después de su salida, con la que casi todos estaban muy contentos.

Como no había ya rey y que todo el pueblo, a ejemplo de Bruto, había declarado que ya nunca habría otro en Roma, establecieron en lugar del rey dos magistrados que llamaron Cónsules porque su empleo era velar sobre la salvación de la República, lo que quiere decir cosa pública o cosa común. Por la primera vez lo fue Bruto, a quien ya conocéis, y que en lugar de estar tonto como hasta entonces lo habían creído, era un hombre hábil y valiente; a éste, pues, hicieron cónsul con Colatino, el marido de la pobre Lucrecia que había sido tan desgraciada.

Estos dos cónsules eran verdaderos reyes; usaban la túnica de púrpura en las ceremonias lo mismo que los reyes, y siempre iban acompañados de Lictores con fasces para ejecutar sus órdenes al momento; también tenía cada uno una silla de marfil; pero no gobernaban más que un año y después de aquel tiempo volvían a ser simples particulares, sin quedarles entonces más que el título de personajes consulares, que no les daba ningún poder.

Cuando os he dicho que nadie en Roma echaba de menos a los Tarquinos, es porque en un pueblo tan grande no cuento algunos jóvenes perezosos y cobardes que estaban encantados de que Tarquino, para afeminar a los romanos, hubiera cerrado el campo de Marte, donde ya os he contado que la juventud de Roma iba a ejercitarse en toda especie de juegos para adquirir fuerza y agilidad; pero muy pronto arrancaron las cosechas que el malvado rey había hecho sembrar en el campo de Marte, las arrojaron al Tíber y volvieron a enviar a él como antes a los jóvenes romanos.

Tarquino supo muy pronto en su retiro que algunos malos súbditos hubieran querido que fuese rey todavía, para no tener que trabajar, y envió embajadores a Roma para pedir los tesoros que había dejado, y que le negaron porque siempre es peligroso dar a los malos los medios de perjudicar, pero los distribuyeron entre los romanos más pobres, a quienes esto hizo mucho bien.

Mientras que hacían esta petición al Senado y a los cónsules aquellos embajadores, según las órdenes que habían recibido, visitaron algunos de aquellos malos súbditos, de que ya os he hablado; y los obligaron a que procurasen hacer volver los Tarquinos a Roma. Los dos hijos de Bruto, que no merecían tener semejante padre, tuvieron la debilidad de entrar en estas ideas y prometieron, como los demás, facilitar el regreso del rey malvado. Más un esclavo que oyó esto fue a contarlo todo a los cónsules, que hicieron prender a todos los jóvenes por sus Lictores y conducirlos ante su tribunal.

Ya podéis pensar cuál fue el dolor del pobre Bruto cuando vio a sus hijos culpables de tan gran delito, porque los quería como un padre ama siempre a sus hijos, y también cuán avergonzados estaban aquellos dos jóvenes de presentarse así delante de su padre, como viles criminales. Todo el pueblo esperaba con ansia la sentencia que iban a dar los cónsules y se creía acaso que iban a dejarlos sin castigo, pero se sorprendieron mucho cuando Bruto, después de haberse limpiado las lágrimas que a pesar suyo corrían por sus mejillas, mandó a los Lictores que hiciesen morir a sus hijos al momento, lo que se ejecutó en su presencia misma, porque los cortaron la cabeza.

Todos se llenaron de horror; pero al mismo tiempo admiraron el valor que el desgraciado padre acababa de manifestar, vertiendo así su propia sangre para la salvación de la República.

Algún tiempo después de esto Tarquino el Soberbio, que no había renunciado a la esperanza de volver a entrar en Roma y que por todas partes la buscaba enemigos, llegó con un grande ejército para apoderarse de la ciudad. Los dos cónsules marcharon a su encuentro con sus soldados; pero Bruto, habiendo visto a lo lejos entre sus enemigos a Aruns, el segundo de los hijos de Tarquino, se arrojó a él, y los dos cayeron muertos al mismo tiempo de los golpes que se daban.

Todos los romanos lloraron a aquel ciudadano que por dos veces había salvado su patria. Pronunciaron públicamente su elogio, y las señoras romanas vistieron luto durante doce meses, como si todas hubiesen perdido a su padre; y lo era en efecto, porque había preferido la República a sus propios hijos.

Bien haréis en no olvidar la historia que acabo de contaros, porque os enseña lo peligroso que es el ser perezosos; si a los hijos de Bruto no les hubiese gustado tanto el no hacer nada, su padre no se hubiera visto obligado a hacerlos matar.