Torre de Babel

Conclusión – 5

CAPÍTULO VIII
Conclusión

(1) (2) (3) (4) (5) (6) (7) (8)

Plan – Una más amplia ciencia del alma – Distinción de problemas – El objeto de la Psicología – El método de la Psicología; métodos objetivos y subjetivos; explicación y descripción – La vida mental; todo orgánico, no suma de elementos; cualidad-cantidad; medidas psíquicas – Psicología y Filosofía – Metafísica psicológica – Posibilidad de la Metafísica y características de ésta – Alma, espacio y tiempo – Causalidad psíquica – Substancialismo y actualismo – Paralelismo e influjo recíproco – Personalidad – Evolución psíquica – De la comunidad suprema de lo psíquico – La Parapsicología – Bibliografía

  
Descartes, por primera vez de una manera decisiva, contrapuso el alma como pensante (poseedora de conciencia) a la extensión. Que el alma no es extensión, es un hecho de experiencia inmediata; se representa el espacio, pero no es espacial. En este respecto todos los psicólogos contemporáneos parecen estar de acuerdo. Hay, sin embargo, excepciones; así sucede con el citado (capítulo III) H. Ebbinghaus (1). Espacialidad para este pensador significa no lo que aparece en el espacio, sino una propiedad de lo que aparece en el espacio, o sea el estar en relación inmediata con varios lugares a la vez, de modo que la intervención en estos lugares traiga modificaciones en lo relacionado de dicha manera con ellos. Esto es lo que sucede con el alma con respecto del cerebro; luego el alma es espacial. A una tan vaga determinación de la espacialidad pueden hacerse dos objeciones: 1ª, si algo no espacial existiese (y esto no puede negarse a priori) se comportaría lo mismo que lo que pretende espacial Ebbinghaus; es decir, se modificaría si se modificasen aquellos otros elementos que se hallasen en relación con ello. Por lo tanto, el criterio de espacialidad empleado no sirve; 2.ª, efectivamente; para la espacialidad es preciso añadir algo más, y este algo más es la apariencia en el espacio. El espacio es primeramente no un sistema de relaciones, sino una forma de la representación. Ahora bien; es indiscutible que lo psíquico no se nos aparece en el espacio, por lo tanto que no es espacial.

El alma, la unidad real de las actividades psíquicas, se presenta sólo en el tiempo. En ningún sistema de los estudiados en el curso de este libro, se ha acusado esto con tanta fuerza como en el de Bergson, quien, como vimos, identificaba la actividad psíquica con el tiempo; ésta era así, según él, duración pura. Ya al exponer esta opinión indicamos cómo enlazaba con la afirmación kantiana de que el tiempo es la forma de la percepción interna y cómo la posición de Bergson era injustificada. El tiempo es algo más que la realidad que se entreteje en los procesos mentales y algo más necesario para la actividad psíquica; sin él ésta no existiría. Por consiguiente, la actividad psíquica no se confunde con el tiempo, pero se desarrolla necesariamente en el tiempo.

Sin embargo, a pesar de ser el alma algo que se da sólo en el tiempo y ajeno al espacio, se presenta tradicionalmente el problema de cómo esto no espacial se halla en relación con lo espacial; es decir, el problema de la relación del alma con el cuerpo espacial o, en términos vulgares, la cuestión del asiento del alma. En relación con esto debemos recordar cómo Th. Lipps declaraba este problema absurdo, diciendo que era tan desatinado hablar de un lugar del alma como del olor de una fórmula matemática; es decir, que el alma no tiene ninguna clase de determinación espacial ni se halla en ninguna relación espacial. ¿Qué nos muestra, pues, la experiencia que nos lleva a planteamos esta cuestión? Lo que muy acertadamente ha observado Lotze: la pretendida relación espacial del alma significa sólo que ésta se halla en determinada relación simultánea con varios lugares del espacio (en el cerebro). Esto no exige una división espacial o extensión del alma, pues (según el mismo Lotze) es posible concebir que un mismo elemento real esté en varias relaciones recíprocas con otros elementos. Es verdad que esta solución puede parecer insuficiente, ya que es irrepresentable dada la diferencia de lo psíquico y lo físico (espacial). Pero ha de tenerse en cuenta que otra cosa sucederá si consideramos que son dos esferas heterogéneas las que aquí se relacionan: todo el sujeto consciente y su representación del mundo. Debemos, pues, preguntarnos qué corresponde en sí a dicha representación. Esto no será espacial (la representación es una manera de afección del sujeto y el espacio una forma de ella). En consecuencia, la relación entre alma y cuerpo no será tampoco espacial y en ella no podrá hablarse estrictamente de localización o asiento del alma.

¿Este suceder en el tiempo que es la actividad del alma, se realiza según la ley de causalidad? Pasemos a esta cuestión. Al hablar de la causalidad psíquica con respecto a la psicología, en sentido empírico, hicimos notar que era excusado discutir el problema, pues lo que importaba era la ley y ésta la mostraba la experiencia. Ahora aquí debemos profundizar el problema y preguntamos por el fundamento de aquella ley. Recordemos lo ya entonces dicho, a saber, que la causalidad significa meramente constancia en la sucesión.

Dos puntos de vista se nos presentan en el pensamiento actual con respecto a este problema: el uno, la negación de la causalidad en lo psíquico; el otro, su afirmación. El primero está representado por Bergson. Se basa éste, para mantenerlo, en la identificación de la pretendida causalidad psíquica con la causalidad natural y siendo la actividad del espíritu creadora, y la de la naturaleza (la de la ciencia natural) no, claro está que no puede asimilarse aquélla a ésta. Sin embargo, en contra de la tesis de Bergson se pronuncia la experiencia que presenta a la vida mental como determinada causalmente.

Con esto pasamos al segundo punto de vista. La causalidad psíquica existe, pero tiene notas propias; es creadora. He aquí la afirmación de Wundt. Se presenta, pues, la necesidad de distinguir varias formas de causalidad como lo hace Elsenhans. Según él, estas formas serían:

1.º Causalidad física, para la que vale la ecuación cuantitativa de causa y efecto.

2.º Causalidad biológica, para la que por ahora no está (claro según Elsenhans) demostrada tal ecuación y que presenta un sistema de efectos propio que permite el crecimiento, la conservación y la reproducción de los seres vivos.

3.º Causalidad psíquica (y psicofísica), que es creadora y libre.

El suceder psíquico, la vida del espíritu, es producir algo que aún no existía, es traer siempre algo nuevo a realización, y esto nuevo, aunque condicionado por el medio, radica en el fondo del sujeto, del alma. Es por lo tanto el suceder mental, producción, creación y creación espontánea. La sucesión en él de hechos, es, pues, una producción que se revela en la forma de la causalidad sucesiva, que constituye algo como su forma externa.

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(1) Véase EBBINGHAUS, Grundzüge der Psychologie, I, pág. 27.
 
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