Torre de Babel

Conclusión – Mitología de la juventud

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Mitología de la juventud – Conclusión

Antes de acabar, nos ha parecido conveniente añadir, sobre la Mitología, algunas observaciones, a las que contiene esta obrita para mayor explicación. Las aventuras de Júpiter, de Juno, de Mercurio, de Apolo, de Diana, de Marte, de Minerva o Palas, de Venus, de Baco, de Ceres, de Proserpina, de Plutón, de Neptuno, y de otros descendientes o aliados de la familia ambiciosa de los Titanes, formaron, por decirlo así, la mayor parle de la mitología de los griegos. Parece que estos individuos abandonaron la Fenicia en el siglo de Moisés, y se fijaron desde luego en Creta, de donde pasaron a la Grecia, que estaba entonces habitada por naciones sumergidas en la más profunda barbarie. Las artes e invenciones útiles, que comunicaron a dichos pueblos, los misterios de la religión que les inculcaron, las leyes, las costumbres, la policía y el buen orden, que establecieron, en fin, los beneficios de la civilización, que difundieron por todas partes, inspiraron, en seguida, a los que recibieron tantos bienes, una especie de admiración divina por sus autores. Estos mortales ambiciosos transformaron entonces dicha admiración en adoración, y se aplicaron en gran parte el culto divino tributado hasta entonces a los grandes cuerpos celestes. De allí vino aquel fondo inagotable de ficciones las más contradictorias e incompatibles.

Los defectos y las debilidades de unos mortales deificados de esta manera, fueron transmitidos a la posteridad, mezclados con los pomposos atributos de la Divinidad suprema. Los griegos, al adoptar las fábulas originales cuyo sentido no comprendían, las apropiaron a ciertos héroes y personajes ilustres nacidos en su propio país, y cuyas hazañas remontaban a una época muy antigua. De este modo atribuyeron a Hércules trabajos cuyo origen es egipcio, y que se refieren evidentemente al curso anual del sol por el zodiaco. También tomaron de los egipcios la expedición de Osiris, que atribuyeron a Baco hijo de Júpiter y de Sémele, hija de Cadmo. Lo mismo sucede con las aventuras y la metamorfosis de Isis, que están sacadas del romance egipcio, de las aventuras sucedidas a Isis cuando iba buscando el cuerpo de Osiris, o del Astarté fenicio atribuido a Sanconiathon. Estas dos fábulas son una alegoría de las anomalías de la luna, o tal vez de los progresos del culto de este planeta en las diferentes partes del mundo, porque lo o loh significa igualmente luna en la lengua egipcia y en la fenicia. La fábula de Faetón es visiblemente de origen oriental, y se refiere a una grande sequedad que en los primeros siglos del mundo desoló a la Etiopía y a los países adyacentes. Se dice que las aventuras fabulosas de Perseo sucedieron en los mismos países, y son también representaciones alegóricas de la influencia del sol. El rapto de Proserpina y los viajes de Ceres en su busca, los misterios de Eleusis, los ritos sagrados de Baco llamados orgías, el rito y culto de los Caberes, fueron llevados del Egipto y de la Fenicia a la Grecia, pero después extraordinariamente desfigurados por los sacerdotes griegos. La guerra de los dioses y de los Gigantes, como todos los sucesos fabulosos de esta guerra, forman el equivalente de las batallas de los Peris y de los Dives, tan célebres en los anales extraordinarios de la Persia.

Algunos censores rigorosos, más severos que prudentes (como dice un ilustre escritor), han querido proscribir la mitología, como una colección de cuentos pueriles indignos de la gravedad reconocida de nuestras costumbres. Sin embargo sería cosa triste el quemar a Ovidio, Homero, Hesíodo, y todas nuestras bellas tapicerías, nuestros cuadros y nuestros operas; y al cabo, muchas fábulas son más filosóficas que lo que se piensa. Si se conservan y consideran los cuentos familiares de Esopo, ¿por qué ha de tratarse con tanto rigor a unas fábulas sublimes, que han sido respetadas por el género humano a quién servían de instrucción? Están mezcladas con muchas cosas insípidas, (porque ¿qué cosa hay sin mezcla?) pero todos los siglos adoptarán la cajita de Pandora, a cuyo fondo se halla el consuelo de los hombres; los dos toneles de Júpiter, de que manan sin cesar el bien y el mal; la nube encendida por Ixión, emblema y castigo de un ambicioso, y la muerte de Narciso, que quiere decir el castigo del amor propio. ¿Hay alguna cosa más sublime que Minerva, la divinidad de la prudencia y sabiduría, formada en la cabeza del soberano de los dioses? ¿Hay cosa más cierta, que la diosa de la hermosura, obligada a no ir jamás sin las Gracias? Las diosas de las artes, hijas todas de la memoria, ¿no nos advierten, también como Locke, que sin memoria no podemos formar el menor juicio, ni tener la menor dosis de entendimiento? Las flechas del Amor, su venda, su niñez, Flora acariciada por el Zéfiro, ¿no son emblemas de toda la naturaleza? Estas fábulas han sobrevivido a las religiones, que las autorizaban. Los templos de los dioses del Egipto, de la Grecia y de Roma han perecido, y Ovidio subsiste. Los objetos de creencia pueden ser destruidos, pero no los de placer. Eternamente serán amadas estas imágenes tan exactas como halagüeñas.