Torre de Babel

Diógenes – Historia de los hombres célebres de Grecia

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Historia de los hombres célebres de Grecia – Capítulo IX – Diógenes

Llamado el Cínico, nació en Sínope, ciudad del Ponto, de la cual fue desterrado como monedero falso, lo que había sido igualmente su padre.

Dirigióse a Atenas, y teniendo talento quiso aprender la filosofía con Antístenes, creador de la escuela que se llamó «Cínica», unos dicen que por haberse establecido primero en un arrabal llamado Cinosargo (lo que significa perro blanco), y otros que por razón de ladrar estos filósofos contra los demás hombres, y morderlos, como perros. Antístenes, vistos sus malos antecedentes, no quiso recibirlo en su escuela; Diógenes insistió, el maestro cogió un palo para pegarle; «pegad cuanto gustéis, le dijo Diógenes; mientras tengáis algo que enseñarme, no hallaréis palo bastante fuerte para alejarme». Y así fue, no teniendo el maestro más celoso discípulo. Habiendo agradado mucho a Diógenes aquella escuela, que le prometía la celebridad y prescribía el desprecio de las riquezas, no poseyendo él ninguna, tomó el uniforme de la secta, que era un palo y unas alforjas, a lo que añadió un tonel que le servía de morada, y que llevaba siempre consigo como el caracol la suya; mas a pesar dé estas señales de pobreza, no se crea que fuese modesto, siendo por el contrario extremadamente orgulloso. Así fue que, habiendo entrado un día con su asqueroso traje en casa de Platón, se puso a pisotear una alfombra, diciendo: «Pisoteo el fausto de Platón»; a lo que éste le contestó: «Sí, pero con otra especie de fausto». Es muy conocida su respuesta a la pregunta que le hizo Alejandro el Grande de qué cosa podría hacer por él, y fue que se desviase un poco para no quitarle el sol. También lo es su ocurrencia de salir un día llevando en la mano una linterna encendida, y lo que respondió cuando le preguntaron el por qué lo hacía, y fue que «buscaba a un hombre»; con lo que daba a entender su acerba sátira que aun no había hallado ningún mortal digno de ese nombre. Cayó cautivo; sus amigos quisieron rescatarlo, pero no quiso. «¡Qué necesidad! les dijo, ¿no veis que los verdaderos esclavos son los que nos alimentan y alojan?». Lo compró un noble de Corinto, que le confió la educación de sus hijos, y en cuya casa murió a los 96 años, 320 antes de la Era cristiana. Fue un hombre de talento; pero de tan laxas ideas sobre moral y de tan depravada conducta, que ha dado margen a que se dijese entonces, y se haya repetido después, que se debía volver la vista del fondo de su tonel o cuba, es decir, de su vida privada. Éstas son algunas de sus máximas:

1. El maldiciente es una fiera salvaje, la más cruel; el adulador es un animal doméstico, el más peligroso.

2. Los oradores piensan más en hablar bien que en obrar bien.

3. El amor es la ocupación de los ociosos.

4. Haz con los grandes como con el fuego, ni muy lejos ni muy cerca.