Torre de Babel

Ideas psicológicas de Henri Bergson – 7

CAPÍTULO VI
Ideas psicológicas de Henri Bergson

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Bergson y la psicología introspectiva francesa – La significación de Bergson – Plan – La intuición – La conciencia – Análisis de los datos inmediatos de la conciencia – La conciencia no es cantidad – La conciencia, multiplicidad cualitativa – La duración pura – Causalidad y conciencia – Resumen – Alma y cuerpo (materia y memoria) – El cerebro, causa del pensar – Crítica del paralelismo – El cerebro, órgano de acción – Inmortalidad personal y parapsicología – La conciencia y la vida – La personalidad – Influjo de Bergson – Bibliografía

  
Después de considerar esta labor crítica de Bergson, debemos dirigimos a su punto de vista relativo a la relación del espíritu (alma) y cerebro. La tesis de Bergson es que el cerebro no es un órgano paralelo al espíritu, que por el contrario, el espíritu desborda la actividad cerebral. Como ya se indicó de paso, la experiencia nos muestra que «el cerebro es un órgano de pantomima, y de pantomima solamente. Su papel consiste en mimar la vida del espíritu y mimar también las situaciones anteriores. La actividad cerebral es a la actividad mental lo que la batuta del director a la sinfonía» (27). Es decir, el cerebro es un órgano de acción y por lo tanto de movimiento. El cerebro encauza, por un movimiento iniciado, nuestra actividad en determinado sentido. Dicho figuradamente: el cerebro es un filtro, a través del cual pasa la actividad del espíritu y que por su estructura y estado determina esta actividad, concebida, claro está, como acción externa.

¿Qué hace, pues, el cerebro con respecto a la memoria? Prestar mecanismos de acción y orientar a la memoria hacia la acción mediante ellos. Sólo lo que está en relación con la acción es lo recordado. «Nuestro pasado entero nos sigue en cada instante; lo que hemos sentido, pensado y querido desde nuestra primera infancia se inclina hacia el presente y va a unirse a él, empujando la puerta de la conciencia que desearía dejarlo fuera. El mecanismo cerebral está hecho precisamente para rechazar casi la totalidad de aquél de la conciencia y para no introducir en ella más que lo apropiado para ayudar a la acción que se prepara » (28). Consecuencia de ello es que no todo en el espíritu es conciencia: consciente es sólo lo que pertenece a la acción presente. Lo demás existe de una manera subconsciente. También es fácil comprender, después de lo anterior, que hay diversos planos mentales, caracterizados por la atención o distracción mayor o menor, con respecto a la vida (presente de acción). El ensueño se explica como un caso de enorme distracción de la vida, de aislamiento con respecto de la acción; es el espíritu abandonado a sí mismo.

Este aspecto motor, de acción, condiciona, como la experiencia lo muestra, toda la vida del espíritu y en ella, también, el conocimiento. La inteligencia nace de necesidades de acción, y es sólo un instrumento para manejarse en el mundo de los cuerpos sólidos, del espacio; se representa todo de una manera espacial, y por consiguiente artificiosa, cuando no se trata de algo que se reduzca a espacio. Sin embargo, a pesar de esta orientación hacia la acción y el espacio, existe en el espíritu humano la intuición, puesta en relación por Bergson con el instinto (entendido como un conocimiento cierto e inmediato), que llega inmediatamente a la esencia de la realidad (de esto ya hemos hablado antes).

Hemos visto que para Bergson la vida del espíritu desborda de la actividad cerebral y que, por lo tanto, la vida del espíritu es independiente del cerebro. Esto tiene importantes consecuencias que debemos considerar ahora. La vieja cuestión de la inmortalidad del alma puede resolverse así afirmativamente, según Bergson, pues ya que el espíritu es en su actividad independiente del cuerpo (cerebro), nada se opone a que siga existiendo después de separado de él. Otra consecuencia es la posible existencia de los fenómenos parapsíquicos, tales como la telepatía y otros análogos, pues pueden existir percepciones oscuras, por haber sido apartadas por el cerebro como órgano selector; estas percepciones son capaces de actuar, sin embargo, en ciertos casos como una ampliación del conocimiento, comunicándose a las almas por una especie de endosmosis, ya que los espíritus, excediendo al cerebro, pueden participar de un mundo meramente psíquico más allá de aquél. Lo único que hoy repugna a los científicos para admitir los antedichos fenómenos parapsíquicos, es el método mediante el cual han sido indagados y confirmados. Este método tal como lo ha empleado, por ejemplo, la Sociedad para investigaciones psíquicas (29), no es el método experimental, sino el histórico. Con dicho método se obtiene únicamente una evidencia histórica, y ésta se valora en menos que una evidencia experimental; pero, sin embargo, en los casos de telepatía puede ser grande si hay coincidencia total entre la imagen concreta percibida telepáticamente y el hecho sucedido a que corresponde, pues la mera probabilidad no explica esta coincidencia total.

Como se habrá visto, la teoría que expone Bergson acerca de las relaciones del alma y el cuerpo, pertenece al grupo de las teorías llamadas del influjo recíproco. No debemos entrar aquí en un examen de dichas teorías, examen que reservamos para el último capítulo. Nos limitaremos a indicar lo siguiente. Según Bergson, el cerebro orienta y condiciona la actividad mental mediante un movimiento iniciado. Mas ¿qué es esto? No se dice jamás claramente (30).

Por último, nos ocuparemos de la posición del espíritu en el universo según Bergson. Veremos que el espíritu es la base del proceso evolutivo universal, de la evolución creadora. El pensamiento de Bergson no está aislado, en este respecto, de contemporáneos y antecesores. Es sabido que hoy día, en cuanto a la concepción científica de la vida, existen dos grupos de teorías. Para unos, la vida es un conjunto de fenómenos físicos y químicos, y el organismo vivo se reduce a una máquina complejísima (mecanicistas). Para otros, la vida muestra como lo esencial de ella, además de dichos fenómenos físicos y químicos que constituyen en todo caso los medios para aquello esencial, algo irreductible al mecanismo (vitalistas). Bergson es un vitalista, y el algo irreductible a la mecánica es, para él, el espíritu, que en la vida se revela como impulso creador (élan vital). En esta concepción de la vida, Bergson enlaza con su compatriota Guyau (1854-1888), quien consideraba la vida como una fuerza sui generis, inagotable, creadora e imprevisible en su desarrollo. Para Bergson la vida aparecerá también como creadora, pues «vista desde fuera la naturaleza, aparece como una inmensa florescencia de novedad imprevisible; las fuerzas que la animan parecen crear, con amor, por nada, por placer, la variedad sin fin de las especies vegetales y animales» (31). La vida es creadora y libre, y como libre, imprevisible. La vida aparece como «un esfuerzo para injertar sobre la necesidad de las fuerzas físicas, el mayor grado de indeterminación» (32). Ahora bien; creación, libertad e imprevisión son características de la duración pura, del espíritu, de la conciencia, que aquí se revela como impulso vital. Así dice Bergson: «Veo en la evolución entera de la vida en nuestro planeta una penetración de la materia por la conciencia creadora, a fin de librar, a fuerza de ingeniosidad, algo que queda aprisionado en el ánima y que se liberta definitivamente en el hombre. (33). En este inmenso proceso genético, «en ciertas líneas evolutivas, en particular en las del mundo de los vegetales, el automatismo y la inconsciencia son la regla; la libertad inmanente a la fuerza evolutiva se manifiesta aún, es cierto, por la creación de formas imprevistas, que son verdaderas obras de arte; pero estas formas imprevisibles, una vez creadas, se repiten maquinalmente; el individuo no elige. En otras líneas, la conciencia llega a libertarse lo bastante para que el individuo encuentre un cierto sentimiento y, por consiguiente, una cierta latitud de elección; pero las necesidades de la existencia hacen de la facultad de elegir un simple auxiliar de la necesidad de vivir… Sólo con el hombre se realiza un salto brusco. El cerebro del hombre sólo se asemeja externamente al del animal, y tiene de particular que proporciona el modo de oponer a un hábito contraído otro hábito, a un automatismo otro automatismo… La libertad… convierte entonces a la materia en instrumento» (34). Junto al hombre dotado de inteligencia e intuición, el otro extremo de la serie evolutiva, es cierto en una línea divergente, es el insecto con su inmenso desarrollo del instinto.

Idéntico con la fuente perennemente activa de la vida debe considerarse a Dios; la materia aparece simplemente como evolución detenida. Precisamente en el hecho psíquico del esfuerzo intelectual hallamos un esclarecimiento para esto último. El esfuerzo intelectual, «esta operación que es la misma de la vida, consiste en el paso gradual de lo menos realizado a lo más realizado, de lo intensivo a lo extensivo, de una implicación recíproca de las partes a su yuxtaposición… Al analizarlo hemos abarcado lo más exactamente que hemos podido… esta materialización creciente de lo inmaterial, que es característica de la actividad vital» (35).

En relación con esto se presenta la cuestión de la personalidad. Ésta, en la filosofía de Bergson, se pierde en un océano de vida, se diluye en un panteísmo vitalista (36). «Un fluido bienhechor nos baña, del que podemos sacar la fuerza para trabajar y para vivir. De este océano de vida donde estamos sumergidos aspiramos sin cesar a algo, y sentimos que nuestro ser, o al menos la inteligencia que lo guía, se ha formado por una especie de solidificación. La filosofía no puede ser más que un esfuerzo para fundirse de nuevo con el todo. La inteligencia, al reabsorberse en su principio, revive al revés su propia génesis». (37).

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(27) L’âme et le corps. L’énergie spirituelle, pág. 50.
(28) L’évolution créatrice, pág. 5.
(29) Véase el capítulo anterior.
(30) La fisiología respondería a esta pregunta diciendo que se trata de un determinado estado psíquico. En el fondo de la teoría bergsoniana no habría más que: un determinado estado químico del cerebro trae consigo determinados estados mentales, y los estados mentales traen consigo determinados estados cerebrales que llevan a determinadas modificaciones en los músculos. Pero esto ya no es original de Bergson. Habría aún que preguntarse de qué manera podrían resolverse las dificultades que de aquí surgen. He aquí lo que han hecho otros psicólogos partidarios del punto de vista del influjo recíproco; por ejemplo, C. Stumpf (véase capítulo VIII).
(31) La conscience et la vie. L’énergie spirituelle, pág. 25.
(32) L’évolution créatrice, pág. 125.
(33) Ídem, pág. 19.
(34) La conscience et la vie. L’énergie spirituelle, págs. 20-21.
(35) L’effort intelectuel. L’énergie spirituelle, pág. 202.
(36) Sin embargo, Bergson, en sus cartas a T. Tonquedoc (Études, 20 de febrero de 1912), admite la personalidad divina. La personalidad humana es también admitida, pero no explicada.
(37) L’ évolution créatrice, pág. 209.
 
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