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Torre de Babel Ediciones

La psicología objetivista – 6

CAPÍTULO VII
La psicología objetivista

(1) (2) (3) (4) (5) (6) (7)


El objetivismo en psicología. Comte y la frenología de Gall. W. Wundt y el objetivismo – Materialismo. Energetismo. Epifenomenismo – La Psicología objetiva de Bechterew – El conductismo de Watson. Su crítica de la introspección – La conducta como objeto de estudio. Reducción de lo psíquico a la conducta. Fines del conductismo. Métodos. Crítica del conductismo – El neovitalismo y Driesch – El psicoanálisis de Freud. Bleuler – Bibliografía

  
Driesch, el más importante de los neovitalistas actuales, fue discípulo de Haeckel y zoólogo; sus trabajos de biología experimental (entre ellos el estudio del desarrollo de los embriones del erizo de mar) en la estación zoológica de Nápoles le llevaron al neovitalismo. Más tarde se dedicó a la filosofía (22). Para él, como acabamos de decir, la vida es irreductible a la mecánica; el organismo vivo no es una máquina. Ante todo es preciso fijar el concepto de máquina que Driesch acepta: aquélla es, en su sentido más amplio, «una ordenación típica de constituyentes físicos y químicos, por cuya acción se alcanza un efecto típico» (23). Una máquina es, pues, algo fijo e inmutable en que es absurdo suponer que una parte de lugar al todo, que el todo repare una pieza destruida y que el todo se reproduzca o aproveche la experiencia pasada. Ahora bien; en un organismo vivo pueden tener lugar los fenómenos anteriormente enumerados, de donde se derivan las tres pruebas de la autonomía de la vida. Helas aquí:

1.Primera prueba. La producción de la forma del ser vivo es inexplicable por mero mecanismo. Dicha producción de la forma la tenemos presente en el desarrollo ontogénico de cada ser vivo y en los procesos de regeneración de partes u órganos. En el primer caso son importantes ciertos hechos anómalos, es decir, producidos artificiosamente. Así, los fragmentos del embrión del erizo de mar, dan lugar a otros erizos lo mismo que el todo del embrión, con la única diferencia de que son más pequeños. Una parte es, pues, capaz de producir el todo, lo que, claro, no lo explican las causas externas, que no existen, ni las internas, que pueden eliminarse. En la regeneración local (de un miembro, por ejemplo) se produce una parte de nuevo, en relación con el todo, teniendo en cuenta el total organismo, la adecuación a éste, obteniéndose a veces un órgano más perfecto que el primero. Este factor regulador, creador de la forma, no puede reducirse a causas externas, que no existen aquí tampoco, ni a internas, pues no se altera su actuación al cambiar artificiosamente la situación de las partes del animal. En estos fenómenos, claro que existe una base material y que influyen en ellos las propiedades de la materia orgánica, sobre todo su naturaleza coloidal que permite se haga de ella lo que se quiera. En la producción de la forma hay, pues, un factor que excede a lo mecánico.

2. Segunda prueba. La herencia, o sea el hecho de que «una parte de un producto del huevo se transforma continuamente en una forma relativamente análoga al punto de partida», es también inexplicable mecánicamente. La teoría del plasma germinativo (Weissmann) no explica el porqué de células especiales para la reproducción. Hering y Semon emplean el concepto oscuro y figurado de memoria orgánica. La herencia se explica porque el sistema de las células de reproducción es un sistema en que cada una de las partes puede realizar todas las funciones según la ocasión; «cada elemento del sistema complejo posee todas las potencias para el todo ideal, aunque este todo jamás se realice en su propia totalidad» (24). (Por ejemplo; una hoja de begonia es un sistema tal, lo mismo que el órgano reproductor de los animales.) Recordemos aquí que el óvulo primordial es una célula única, de la que, por sucesivas e ilimitadas divisiones, se derivan los restantes óvulos que dan lugar a los nuevos seres. Ahora bien; es absurdo suponer que una máquina produce mediante ilimitadas divisiones nuevas máquinas análogas. Hay también, pues, en la herencia algo que excede a lo mecánico y asimismo una base material como en lo anterior: los genes en los cromosomas.

3. Tercera prueba. El movimiento orgánico tampoco es reductible a la mecánica. Esta prueba es particularmente interesante para nosotros, porque partiendo del problema de si la conducta de los animales era explicable mecánicamente, hemos llegado al problema del vitalismo. En el movimiento orgánico es preciso distinguir: 1.º, tipos más simples de movimiento; 2.º, el instinto; 3.º, la acción. En cuanto a los primeros, es preciso decir que el reflejo no es el más simple ni el más frecuente de los movimientos orgánicos. Los tropismos y los taxismos son movimientos de dirección. Los tropismos son fenómenos de crecimiento ya complejos, pues varían con las variaciones del excitante y con otros excitantes; hay en ellos una dirección unitaria; así, pues, regulación. Los taxismos, tipo muy restringido de movimientos animales, son análogos a los tropismos. El movimiento más extendido, y de hecho más simple, es el que no presenta dirección determinada (Geratewohl); hay en él también regulación. Por último tenemos movimientos coordenadas. En éstos, la regulación de los anteriores que podría pretenderse mecánica, se revela como irreductible al mecanismo, pues el excitante actúa, no como luz, sonido, etc., es decir, como factor físico o químico, sino como algo individual, como noticia de un ser (como una «totalidad individual»), y la reacción del organismo es unitaria y adecuada al excitante. El instinto se caracteriza por presentarse perfecto de una vez y no ser influido por la experiencia; es, por lo demás, difícil de delimitar con respecto a los movimientos inferiores. Si existe, como parece, un excitante individual, no hay reducción posible a la mecánica. En todo caso, el instinto no ofrece más que indicios para el vitalismo.

La acción, o sea los movimientos orgánicos superiores, aparecen como plenamente irreductibles a la mecánica. La acción se caracteriza precisamente por ser influida por la experiencia, por el influjo del pasado sobre el presente; y esto de dos modos. A) El organismo no repite, sino que aprovecha la experiencia en nuevas combinaciones. B) El organismo transforma las sensaciones en movimientos. Ahora bien; es incomprensible mecánicamente cómo se aprovecha y no repite el pasado, pues una máquina, por ejemplo el fonógrafo, sólo repite, y cómo las sensaciones pasadas se transforman en movimientos, dos fenómenos completamente distintos. Tampoco es reductible a la mecánica la regulación de la acción frente al excitante individual (como representación).

El factor no mecánico, así no espacial y finalista, que se revela en la producción de la forma y la herencia, se llama entelequia, que cuando en la acción se muestra dependiente de la memoria es el psicoide (semejante a lo psíquico). La acción de la entelequia ha de entenderse según la de la voluntad humana. La entelequia (incluyendo el psicoide) es un factor natural. Pero ¿qué relación existe entre la entelequia, el psicoide y el espíritu? El último aparece, para Driesch, como paralelo al psicoide; lo que experimentamos, la experiencia psíquica, es el psicoide de nuestro cuerpo visto «desde dentro» (25).

Así, según Driesch, habríamos salido de la concepción mecanicista. La conducta de los seres vivos no podría explicarse por la mecánica de lo físico y químico. Pero este factor no espacial, finalista que acumula experiencia para emplearla, y que regula la conducta reaccionando ante lo individual (representaciones), que hay que entender en su actividad según la voluntad humana, que experimentamos psíquicamente ¿no es muy afín al espíritu? Lo cual no quiere decir que deba ser siempre consciente. No nos corresponde tratar aquí de las dos primeras pruebas de la autonomía de la vida (producción de la forma y herencia); en estos fenómenos vería Bergson también la obra del espíritu. Limitándonos a la última (movimiento orgánico), lo más exacto es, indudablemente, pensar como Wundt, que lo psíquico, como específicamente psíquico, constituye un factor natural ya en los comienzos de la vida. La dificultad que experimentamos al querer abandonar una terminología psicológica cuando hablamos de la conducta de los animales tendría, pues, su base en un hecho que la experiencia nos impone.

Se nos preguntará: ¿pero todos los animales tienen conciencia? ¿Quizá las plantas? Examinemos brevemente este punto a que nos lleva la discusión de la tesis conductista. Los pensadores han llegado, efectivamente, a preguntarse en qué seres vivos aparece la conciencia, o mejor, lo psíquico que puede o no ser consciente, y en qué signos hemos de basamos para reconocer esto psíquico. ¿Cuáles son, pues, los criterios de la conciencia? Los criterios de la vida psíquica o de la conciencia que aquí se aceptan son de dos tipos (que pueden presentarse conjuntamente en el pensamiento de un psicólogo); a saber:

1.º Criterio fisiológico. Una análoga organización, es decir, la existencia de un sistema nervioso, por ejemplo, prueba una vida psíquica próxima o semejante a la nuestra. Este criterio no vale para la existencia de cualquier vida psíquica, sino, todo lo más, para una vida psíquica análoga a la nuestra, ya que podría existir otra que no requiriese una tal base fisiológica. Si se trata de la mera analogía de la estructura de la materia orgánica, el criterio nos llevaría a una atribución ilimitada de lo psíquico.

2.º Ciertas características de la conducta de los seres vivos en que ésta aparece condicionada por lo psíquico. Se supone aquí que hay acciones que pueden realizarse sin intervención de lo psíquico, o que aparece como psíquico (es decir, mecánicamente), y otras que de modo forzoso lo incluyen. Nos preguntaremos, pues: ¿cuándo la acción deja de ser explicada como movimiento mecánico? Como se ve en seguida, caemos de nuevo en la cuestión de la tercera prueba que Driesch presenta en favor de la autonomía de la vida. Aquellos criterios de la acción no mecánica que Driesch ha indicado, lo habían sido ya separadamente antes. La cualidad individual del excitante es el actuar como representación, no como agente físico o químico, que vimos consideraba Simarro como criterio de la conciencia. El influjo del pasado sobre el presente es la memoria, ya estimada por otros como señal de vida psíquica. Por último, la adecuación de la reacción al excitante era el carácter finalista que hacía concluir a Wundt la existencia de procesos de voluntad simples (impulsivos), por ejemplo, en los protozoos. Sin embargo, aquí se plantean dos cuestiones después de admitir este punto de vista. La primera es que una acción determinada por placer o dolor, en nada se diferenciaría de una acción externa por un proceso físico o químico; el ser vivo se dirigiría hacia la luz en la misma forma, si sintiese placer en la luz, que si la luz actuase sobre él mecánicamente. Los anteriores criterios serían, pues, insuficientes, y sólo valdrían para una cierta vida mental, pero no ya para una psiquis meramente afectiva. Segunda: supongamos que la conciencia surge en un momento dado de la vida. ¿De dónde surge? ¿De la materia? Esto es imposible. Luego la conciencia, lo psíquico, supone algo psíquico anterior. Es necesario, por consiguiente, suponer, aun donde no aparece la conciencia, la posibilidad de lo psíquico, de una cierta forma de espíritu.

En efecto; no de otro modo han procedido los grandes psicólogos del presente, a pesar de sus salvedades. Wundt admite señales de la conciencia ya en los protozoos, y hasta a las plantas nos obligan a atribuirles un pequeño residuo de actividad psíquica, fenómenos de carácter finalista que en ellas hallamos; es más, en la materia misma se dan las condiciones anticipadas de la conciencia. Bergson considera, como ya vimos, a la conciencia como coexistente con la vida, y, por otro lado, la materia es evolución detenida, espíritu solidificado, si se nos permite expresamos así. Después de esto, no parecerá tan extraño que Fechner haya admitido, aparte del alma de los animales y las plantas, un alma del mundo, y que Lotze quisiera interpretar según nuestro espíritu el ser íntimo de las cosas.

Pasemos, después de esta digresión, a lo que hay de válido en el conductismo. A pesar de sus fantasías, ¿qué es y puede ser? La respuesta es clara. Una elaboración de los métodos objetivos de la psicología experimental. Esto debe ser y es necesario que lo sea. Hay dominios de la psicología en que la introspección es absolutamente inaplicable. Así acontece, por ejemplo, en la psicología de los animales, del niño recién nacido o de algunos meses, de los dementes, etc. Para todos estos casos tendrá siempre el conductismo el mérito de haber desarrollado y perfeccionado métodos, si no de haberlos creado, y de haber planteado el problema y haberlo atacado de una nueva manera. Recordemos a este propósito y como ejemplo, la cuestión del instinto en los animales. ¿Es el instinto congénito? ¿Nace por condiciones del medio? ¿Es variable? A todas estas cuestiones claro que sólo un estudio de la conducta animal, y un estudio experimental, puede dar respuesta suficiente.

Es interesante hacer notar que ya en los Estados Unidos de Norteamérica se ha tratado de poner de acuerdo la psicología de la conducta y la psicología de la conciencia. Una síntesis de este tipo la defiende Samuel W. Fernberger (26), quien dice: «Creemos que los presentes datos tratados bajo el término psicología, no pueden ser considerados desde un único punto de vista y con un único sistema de categorías de interpretación. En el presente estado de nuestro conocimiento parecen ser suficientes dos puntos de vista, desde los que se realice la observación. Reconocemos, pues, francamente, la independencia de las ciencias de la conciencia y de la conducta. Las dos son tan diferentes en el punto de vista y las categorías que implican, en el material que ha de estudiarse y los métodos usados, que parece imposible una reconciliación bajo una única ciencia. La antigua psicología surge, como una forma de procedimiento especulativo que intenta poner en relación los datos de estas ciencias, independientes entre sí, con los datos de la fisiología». Mas, según lo antes dicho, aquellas dos ciencias no son sino dos grupos de métodos y de datos.

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(22) Discípulo de Driesch es Uexkull, que acepta la idea de un plan en biología teórica y explica los fenómenos biológicos partiendo de un punto de vista kantiano entendido psicofisiológicamente. Véase su obra traducida al castellano: Ideas para una concepción biológica del mundo.
(23) Philosophie des Organischen (Filosofía de lo orgánico). 2.ª ed., 1921, pág. 131.
(24) Ídem, pág. 215.
(25) Philosophie des Organischen (Filosofía de lo orgánico). 2.ª ed., 1921, pág. 523.
(26) S. FERNBERGER, Behavior versus introspective Psychology. The Psychological Review. Noviembre 1922.
 
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