Torre de Babel Ediciones

Lecciones de historia romana. Prólogo.

Prólogo

Si es útil y agradable la lectura de la Historia en general, la de la particular de Roma es importante y admirable. Roma ha sido el emporio de la gloria y de la virtud. Este pueblo empezó por establecer una forma de gobierno que después han imitado las naciones más cultas y poderosas de Europa; y aunque muy luego se destruyó, no lo fue tanto por la calidad de su vicio principal, como por la perversidad del último personaje que la gobernó. Entonces sucedió a la Monarquía el Consulado, y bajo esta forma de administración los romanos, inflamados con aquellas ideas de amor a la libertad y a la patria, dados al trabajo, guardando la sencillez de costumbres y las virtudes características de los pueblos nacientes, y observando constantemente el principio de no hacer nunca la paz sino después de victorias, llegaron a extender su dominio por todo el mundo conocido entonces, y se hicieron las árbitros de los reyes y de las naciones. Durante ese mismo periodo fue cuando brillaron en Roma las más esclarecidas virtudes públicas y privadas. La extensión misma del Estado, las guerras largas en partes distantes, la corrupción introducida por el lujo del Asia, la riqueza y la abundancia abrieron por fin las puertas a la tiranía, que es la destructora de las naciones. Los romanos mudaron entonces de máximas, de carácter y de ocupaciones. Su primer emperador, con el fin de apartarlos de la guerra y de la política, dirigió su genio a las artes y a la literatura, única gloria que le faltaba a Roma, y en la que llegó a rivalizar con la misma Atenas. Una serie de monstruos, que mandaron casi sin interrupción desde Tiberio hasta Constantino, y otra de emperadores inhábiles, cobardes y supersticiosos que vinieron después de este, llevaron a su destrucción a aquel vasto y frágil imperio, sobre cuyas ruinas se han levantado veinte Monarquías florecientes.

La historia de un pueblo, que ha sido regido por las tres clases distintas de gobierno, el Monárquico, el Republicano y el Despótico, que en toda su larga carrera estuvo metido en guerras formidables; en cuyo seno brillaron tan ilustres virtudes, y que cultivó con tanto fruto las artes y la literatura, debe ofrecer al filósofo materia de profundas reflexiones, instrucciones útiles al militar; sabias y prudentes lecciones al hombre privado, y avisos importantes al magistrado, a los reyes y a los pueblos. Es necesario por tanto estimular a su lectura, y ese es el objeto de estas breves Lecciones, que bien aprendidas, dispondrán la memoria de los jóvenes para retener más fácilmente las muchas historias que de aquel pueblo poderoso se han escrito por tantos y tan clásicos historiadores.