Torre de Babel

Teofrasto – Historia de los hombres célebres de Grecia

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Historia de los hombres célebres de Grecia – Capítulo XIV – Teofrasto

Teofrasto, filósofo griego, era hijo de un batanero de Lesbos. Platón fue su primer maestro. De la escuela de éste pasó a la de Aristóteles, en la que se distinguió mucho. Su nuevo maestro estaba tan complacido de la perspicacia de su talento y de la facilidad y gracia de su elocución, que le cambió su nombre, que era Tirtamo, por el de Teofrasto, que significa «lenguaje divino». Temiendo la suerte de Sócrates, se vio precisado Aristóteles a  salir de Atenas, lo que hizo 322 años antes del nacimiento de Nuestro Señor. Cedió su escuela a Teofrasto, y le entregó sus escritos, con la condición de conservarlos ocultos, así es que por medio de sus discípulos han llegado a la posteridad las obras del maestro.

El nombre de Teofrasto cundió tanto y se hizo tan célebre, que reunió en su Liceo 2000 alumnos. Las sobresalientes prendas que lo adornaban, le adquirieron, no sólo el aprecio del pueblo, sino el de los reyes. Fue amigo de Casandro, rey de Macedonia, sobrino de Alejandro el Grande. Murió a una edad muy avanzada, sin haber nunca dejado de trabajar. Dice Cicerón que al morir se quejó de la Naturaleza, porque concedía a los ciervos y a las urracas una vida más larga que al hombre.

La mayor parte de los escritos de Teofrasto se han perdido; los que han quedado son: una historia de las piedras, un tratado sobre las plantas y sus «Caracteres», obra que compuso a los 99 años, que ha sido traducida y comentada, y que, aunque con pormenores vulgares y mezquinos, contiene, según dicen, lecciones de moral muy útiles. Éstas son algunas de sus máximas:

1. Se debe uno más bien fiar de un caballo sin freno que de un hombre sin cordura.

2. Lo que hace peor en malgastar el hombre es el tiempo.

3. No se debe amar a sus amigos para probarlos, sino probarlos para amarlos.

Ya os he enumerado, niños míos, los filósofos más sobresalientes de Grecia, y os he dado una idea de sus doctrinas. Admira, o más bien espanta, el ver que aquellos hombres sumidos en las tinieblas y faltos de la divina luz de la revelación, sólo por el poder de su grande inteligencia y la profundidad de sus reflexiones, se fuesen acercando tanto, no sólo a una sana moral humana, sino también a las verdades divinas, como lo hicieron Sócrates y Epitecto, y que los filósofos modernos, cerrando los ojos a la luz del cielo que les rodea, se hundan voluntariamente en las tinieblas, formando con sus variados sistemas un espantoso caos, triste, pero seguro fin, a que llega el saber del hombre cuando se aparta de la verdad.