Torre de Babel

Vesta la menor o pequeña – Mitología de la juventud

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Mitología de la juventud – Capítulo XVIII – Vesta la menor, o la pequeña

P. ¿Quién era Vesta

R. Vesta la anciana era la misma que Cibeles, de quien hemos hablado ya. Vesta la menor, o la pequeña, diosa del fuego, era hija de Saturno y hermana de Júpiter, de Neptuno, de Plutón, de Juno y de Ceres.

P. ¿Qué se nota relativamente a Vesta

R. Que tenían por ella suma veneración los romanos. Presidía a la entrada de las casas, que en razón de su nombre se llamó vestíbulo, a los altares, y a los hogares. En su templo se mantenía el fuego sagrado encendido con los rayos del sol y que ardía constantemente.

P. ¿Quién mantenía este fuego?

R. Las vírgenes jóvenes, llamadas vestales, estaban encargadas de ello particularmente. Si dejaban apagar el fuego sagrado eran castigadas severamente (1), y enterradas vivas si quebrantaban su voto de castidad.

P. ¿Cómo se representaba a Vesta

R. En calidad de diosa del fuego no se la erigían estatuas, porque la suma sutileza de este elemento no permitía que se la representase de esta manera; pero como protectora de las casas y hogares, se la representaba en figura de una mujer vestida con una ropa talar, que arrastraba, con un velo en la cabeza, y una lámpara en una mano, y en la otra un dardo. En algunas medallas se la ve con un tambor.

P. ¿No tenían las vestales otro encargo sino el de mantener el fuego sagrado?

R. Sí: debían guardar también una imagen, de cuya conservación dependía, según se decía, la existencia misma de Roma, y que se creía ser el palladium de Troya salvado por Eneas (2).

P. ¿No tenían grandes privilegios estas vestales?

R. Sí: cuando encontraban en su camino un reo que era llevado al suplicio, tenían el privilegio de salvarle la vida; solamente debían afirmar que este encuentro era efecto del acaso. Cuando pasaban por la ciudad iban precedidas de un lictor, que servia al mismo tiempo para preservarlas de todo insulto, y para hacerlas honor. Los cónsules y los pretores las dejaban el camino libre cuando encontraban alguna de ellas. Si había embarazos que lo estorbasen, se detenían hasta que hubiesen pasado, y hacían que se las saludase con la segur y las fasces (3). En un tribunal su declaración pura y simple tenia fuerza de juramento.

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(1) Un accidente de esta naturaleza era considerado siempre como un presagio desgraciado; todos los negocios públicos y todas las diversiones se suspendían, hasta que hubiese sido expiada la ofensa, con rogativas y sacrificios.

(2) Para explicar esto, se decía, que la imagen robada por Ulises y Diomedes, no era el verdadero palladium, sino una estatua ordinaria de Minerva.

(3) Las fasces eran unas hachas rodeadas de varitas, que se llevaban delante de los cónsules.