Torre de Babel

Espiritualidad del alma humana – Psicología elemental

 

PSICOLOGÍA ELEMENTAL

José Moreno Castelló

Índice general

J.  Moreno Castelló – Psicología Elemental          2ª parte – Psicología racional – Cap. I – Substancialidad del alma humana

Artículo V – Espiritualidad del alma humana

Decimos que una substancia es espiritual cuando posee facultades inorgánicas; es así que el alma humana posee facultades de tal especie, luego el alma humana es espiritual.

No podríamos formarnos idea exacta de lo que es la naturaleza del alma humana sin fijar la atención en las operaciones realizadas por sus mejores potencias, cuales son el entendimiento y la voluntad.

Tales operaciones revelan claramente la excelencia del principio de quien proceden, pues como dice Santo Tomás: «La operación de una cosa demuestra o manifiesta la sustancia y ser de la misma, puesto que cualquier agente obra en cuanto es tal ente o ser, y la operación propia de una cosa es conforme y consiguiente a su naturaleza propia.»

Ahora bien, las operaciones admirables del entendimiento y de la voluntad se ejecutan por un modo superior e independiente de la materia, significándose con esto que proceden de facultades inorgánicas; y las facultades, a su vez, revelan que el principio o agente de quien ellas son instrumentos posee una naturaleza espiritual, guardando así proporción necesaria, según el principio racional antes citado, con el carácter de sus operaciones.

Consiste, pues, la espiritualidad del alma en poseer esta substancia simple, condiciones por las cuales es capaz de existir y obrar por si misma, con independencia de la materia.

Ciertamente el alma es principio de facultades de todo punto incompatibles con las condiciones propias de la materia. Las potencias superiores, entendimiento y voluntad, son fuerzas que suponen una actividad, que contrasta con la inercia propia de la materia; y si se quisiera suponer lo contrario, no sería posible atribuir a los cuerpos dominio sobre su actividad, a diferencia de lo que acontece en el alma, la cual, valiéndose de la voluntad, se determina a sí misma variando los modos de obrar y hasta puede suspender la acción. (1)

La libertad que la voluntad muestra en la producción de sus actos solo puede convenir a una substancia espiritual, porque el apetito racional, en sus movimientos propios, se ha de inclinar, por tendencia de su naturaleza, hacia los objetos que la posean idéntica, y siendo espiritual el objeto que sirve de término a la aspiración constante del alma, claro es que su naturaleza es igualmente espiritual.

Acredita tal verdad el hecho constante de que el alma obra con mayor vigor siempre que se relaciona con objetos del orden espiritual, y se aparta de la mezquina esfera del orden corpóreo, marcándose así no solo la existencia de una doble naturaleza, sino la oposición entre ellas y el predominio de la superior o espiritual.

El entendimiento llega, por medio de sus admirables funciones, al conocimiento de innumerables objetos que no obran ni pueden obrar sobre los órganos de los sentidos. Las operaciones del alma, que ostentan el carácter de universalidad, significan que la intelección es espiritual; luego espiritual es el alma, como sujeto del entendimiento.

Que la intelección es acto espiritual se demuestra porque, si así no fuera, habría de consumarse por medio de órganos o instrumentos materiales, y su acción no traspasaría jamás los límites de lo sensible y singular. Sabemos, por propia experiencia, que el entendimiento conoce objetos que pertenecen a un orden superior, tales come los conceptos de causa, verdad, justicia, virtud, belleza, armonía, relación, etc.; que discurre acerca de la naturaleza de los seres absolutamente espirituales; que se eleva hasta descubrir la necesidad de la existencia de un ser eterno, absoluto y perfectísimo, y que cuando así obra, no sólo el cuerpo es ineficaz e innecesario, sino que es preciso que el espíritu se abstraiga de la acción y de la influencia de las cosas sensibles; luego la facultad productora de tales actos es espiritual, como también le es el alma de quien depende.

Por último, la virtud reflexiva es un excelente privilegio que sólo puede ser propio de lo espiritual; el entendimiento, no sólo está libre de los numerosos obstáculos que dificultan o modifican el ejercicio de la sensibilidad, sino que vuelve sobre sí mismo, y por su mediación el alma conoce sus propios actos. Innegable es la espiritualidad del entendimiento y evidente es la espiritualidad del alma

Cuantas objeciones han ideado el sensualismo y el materialismo, no han logrado oscurecer y mucho menos destruir la solidez de las pruebas ni la verdad y fuerza de los razonamientos que dejamos consignados.

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(1) Z. Gonz.- Fil. elem.- T. I. p. 329

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