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Origen de las ACADEMIAS – Voltaire – Diccionario Filosófico

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ACADEMIA

Academia - Diccionario Filosófico de VoltaireLas academias son a las universidades lo que la edad madura es a la infancia, lo que el arte de hablar bien es a la gramática, lo que la cultura es a las primeras lecciones de la civilización. Las academias, no siendo mercenarias, deben ser absolutamente libres. Así lo son las academias de Italia, la Academia Francesa y la Sociedad Real de Londres.

La Academia Francesa, formada por su propio impulso, aunque constituida por cédula real de Luis XIII, no estaba subvencionada, y por consecuencia no tenía que ajustarse a ninguna sujeción; y esto fue precisamente lo que indujo a los primeros hombres del reino y hasta a los príncipes a solicitar que les admitieran en corporación tan ilustre. La Sociedad Real de Londres gozó de la misma ventaja.

El célebre Colbert, siendo miembro de la Academia Francesa, comisionó a algunos colegas suyos para que compusieran las inscripciones y las divisas de los edificios públicos. Esa comisión, a la que pertenecieron inmediatamente Racine y Boileau, se convirtió en seguida en una Academia aparte. Puede fecharse en el año 1663 el establecimiento de la Academia de Inscripciones, que hoy se llama de Bellas Letras. La Academia de Ciencias se fundó en 1666. La instalación de estos dos establecimientos se debe al indicado ministro Colbert, que contribuyó de varios modos a dar esplendor al siglo de Luis XIV.

Después de la muerte de Colbert y del marqués de Louvois, el conde de Pontchartrain, secretario de Estado, encargó a su sobrino el abate Bignon la dirección de las nuevas academias. Creáronse plazas de socios honorarios, para las que no se exigía ninguna ciencia, y que no eran retribuidas; y plazas de pensionistas, que exigían ciertos trabajos; plazas de socios sin pensión, y plazas de discípulos, título desagradable que se suprimió después.

La Academia de Bellas Letras se organizó sobre la misma base, y las dos quedaron sometidas a la dependencia inmediata del secretario de Estado.

El abad Bignon se atrevió a proponer el mismo reglamento para la Academia Francesa, de la que era miembro, pero lo recibieron con indignación unánime. Los que disfrutaban de peor posición en la Academia fueron los primeros que rechazaron las ofertas y prefirieron la libertad y el honor a las pensiones.

La palabra Academia llegó a ser tan célebre, que cuando el músico Lulli obtuvo permiso para establecer su Academia de Opera en 1672, hizo insertar en los despachos en que se le concedía el permiso las siguientes palabras: «Academia real de música, en la que los caballeros y las damas notables pueden ir a cantar sin descender de su clase.»

La palabra Academia, de origen griego, significaba antiguamente sociedad, escuela de filosofía en Atenas, que se reunía en un jardín legado para este objeto por Academo. Los italianos fueron los primeros que instituyeron semejantes sociedades en la época del renacimiento de las letras. La Academia de la Crusca se fundó en el siglo XVI. En poco tiempo se fundaron otras en todas las ciudades de Italia que se dedicaban al cultivo de las ciencias.

El título de Academia se prodigó tanto en Francia, que durante algunos años se aplicó hasta a las reuniones de jugadores, que antiguamente se llamaban garitos, y se conocían por «academias de juego». Los jóvenes que se dedicaban a la equitación y a la esgrima en los círculos destinados a esos objetos se llamaron «academistas», pero no «académicos». El título de académico quedó reservado para los socios de las tres Academias: la Francesa, la de Ciencias y la de Inscripciones.

La Academia Francesa ha prestado grandes servicios a la lengua. La de Ciencias ha sido muy útil, porque sin decidirse por ningún sistema, publica los adelantos y los descubrimientos modernos. La de Inscripciones se ocupa en estudiar los monumentos de la antigüedad, y desde hace algunos años ha publicado Memorias sumamente instructivas.

La Sociedad Real de Londres no tomó nunca el nombre de Academia

Las academias de provincias han producido grandes ventajas. Han excitado la emulación, han acostumbrado al trabajo y hecho que los jóvenes se dediquen a lecturas útiles, han disminuido la ignorancia y las preocupaciones en algunas ciudades y han dado un golpe mortal a la pedantería.