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VOLTAIRE - DICCIONARIO FILOSÓFICO 

Índice (A) (B-C) (D-F) (G-N) (O-Z)



Voltaire es un precursor. Es el portaantorcha
del siglo XVIII, que precede y anuncia la Revolución.
Es la estrella de ese gran mañana. Los sacerdotes
tienen razón para llamarle Lucifer.


         VÍCTOR HUGO

 

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Voltaire - Diccionario Filosófico  

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ASESINO, ASESINATO

I

Asesino, asesinato - Diccionario Filosófico de VoltaireVoz corrompida, tomada de la palabra heissessin. Sucede muchas veces a los que visitan un país lejano; que oyen mal, repiten mal y escriben mal en su propia lengua lo que mal comprendieron en idioma extranjero, y luego engañan a sus compatriotas y se engañan a sí mismos. El error se transmite de boca en boca y de pluma en pluma, y se necesita el transcurso de siglos para destruirlo.

Existía en la época de las cruzadas un desgraciado pueblecillo de montañeses, que habitaban en cavernas, cerca del camino de Damasco. Eran bandidos, y se escogían un jefe, al que llamaban Chik Elchassissin. Créese que la palabra honorífica chik, o chek, significaba antiguamente «anciano»; lo mismo que entre nosotros el título de «señor» proviene de senior, que significaba anciano; como la palabra graf (conde) significa viejo en Alemania. En la antigüedad más remota, el mando civil se concedía a los ancianos en casi todos los pueblos, y luego este mando se convirtió en hereditario.

Los cruzados llamaron al anciano que era jefe de los montañeses árabes «el viejo de la montaña», y creyeron que era un gran príncipe, porque mandó que robaran y mataran en el camino real al conde de Montferrat y a algunos otros señores que iban con los cruzados: y éstos llamaron a esos pueblos «los asesinos», y a su jefe «el rey del vasto país de los asesinos». Ese vasto país tiene cinco o seis leguas de longitud y dos de anchura por la parte del Anti-Líbano, país horrible y peñascoso, como casi toda la Palestina, pero cortado por agradables praderas que sirven de pasto a muchos rebaños, como lo afirman todos los que han hecho el viaje de Alepo a Damasco.

El chik, o sea el anciano de esos asesinos, tenía que ser un jefe de bandidos, porque entonces mandaba en Damasco un soldán muy poderoso.

Los novelistas franceses de aquella época, que eran tan fantásticos como los cruzados, supusieron que dicho jefe de asesinos, temiendo en 1236 que el rey de Francia Luis IX (que nunca oyeron nombrar) se pusiera al frente de una de las cruzadas y le privase del territorio en que dominaba, envió dos emisarios suyos a París con el encargo de que asesinaran al rey. Pero al día siguiente supo que ese príncipe era bueno y generoso, y envió otros dos emisarios con la contraorden de que no le asesinaran. Los envió por mar a unos y a otros, porque los dos emires que iban a matar a Luis y los otros dos que iban a salvarle la vida sólo podían realizar ese viaje embarcándose en Joppé, que estaba entonces en poder de los cruzados, cuya circunstancia aumenta lo inverosímil de ese proyecto. Sin embargo de esto, varios autores, unos tras otros, refieren detalladamente esa aventura, a pesar de que Joinville, que fue contemporáneo y estuvo en aquellos sitios, no habla de ella.

Los jesuitas Maiburg, Daniel y otros, y Mezerai, que no era jesuita, copian ese absurdo. El abad Velly, en su Historia de Francia, lo repite, sin discutirlo, sin examinarlo, dando crédito a las palabras de Guillermo de Nangis, que escribió este hecho sesenta años después de haber sucedido, en la época en que se compilaban para la historia todos los rumores públicos. Si sólo se escribieran los sucesos verdaderos y útiles, los voluminosos libros históricos quedarían reducidos a muy pocas páginas.

Durante seiscientos años se está negando la veracidad del cuento del «viejo de la montaña», que embriagaba con voluptuosidades a los jóvenes que seguían su partido, haciéndoles creer que habitaban en el paraíso y luego los enviaba a asesinar reyes al extremo del mundo para hacerles acreedores al paraíso eterno.

II

Siendo el asesinato, después del envenenamiento, el crimen más cobarde y que merece mayor castigo, no debe extrañarnos que en nuestros días exista un hombre que lo apruebe, un hombre cuya razón extraña no está siempre de acuerdo con la razón de los demás hombres. Finge, en una novela que titula Emilio (1), que educa a un joven gentilhombre, al que preserva de dar la educación que se recibe en la escuela militar. Esto es, le preserva de enseñarle idiomas, geometría, táctica, fortificaciones y la historia del país; se abstiene de inspirarle amor al rey y a la patria; se limita a convertir al joven en carpintero, y pretende que el gentilhombre carpintero, si le insultan públicamente o le dan un bofetón, en vez de devolver el insulto y la bofetada y batirse con el insultador, «lo asesine prudentemente». Verdad es que Molière, bromeando, dice, en su comedia El Amor pintor, que «asesinar es lo más seguro»; pero el autor de la novela afirma que es lo más razonable y lo más digno. Lo dice seriamente, y entre el sinnúmero de paradojas que se encuentran en sus libros, ésa es una de las tres o cuatro que es el primero y último en sostener. El mismo espíritu delicado y decente que le obliga a aconsejar que el preceptor debe acompañar con frecuencia a su discípulo a los sitios de prostitución, le hace sostener que ese discípulo debe ser un asesino. De modo que la educación que Juan Jacobo da a un gentilhombre consiste en enseñarle a manejar el cuchillo y hacerle digno de la cárcel y de la horca.

Dudamos que los padres de familia se avengan a dar a sus hijos preceptores semejantes. Forman verdadera antítesis las máximas que sienta el Emilio con las que vierte Mentor en el Telémaco; pero es preciso confesar que el siglo XVIII es enteramente distinto del siglo de Luis XIV.

Por fortuna, los lectores de este Diccionario no encontrarán en él insensateces ni extravagancias; encontrarán con frecuencia una filosofía que quizá parezca atrevida, pero no esa charlatanería atroz y extravagante que dos o tres locas llaman «filosofía» y dos o tres damas «elocuencia» (2).

__________

(1) En este artículo marca Voltaire la enemistad que por entonces tenía con Rousseau,—N. del T.

(2) Alusión a las amigas entusiastas de Rousseau, -N. del T.

 

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